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5 min
La sonrisa de Alicia
Amor |
07.08.14
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Sinopsis

... olía como el aroma silencioso de las amapolas...

Primer domingo de agosto. Como todos los años la familia se reúne para la acostumbrada comida de cada verano. La aldea está formada por unas cuantas casas de altivos muros y rojos tejados, erguidas entre prados verdes y rumorosos bosquecillos que no paran de saludar a tantos visitantes que ese día regresan a sus orígenes. La gente va llegando, se intercambian saludos y apretones de manos, los besos cambian de dueño, las sonrisas tienen alma, los recuerdos se vuelven tangibles, abandonando por un momento su esencia incorpórea. Ya en el interior, los estómagos se sacian y el vino corre más de la cuenta, animando a las lenguas a volverse parlanchinas y a las carcajadas a quebrar el aire enrarecido.

Antaño, cuando el tiempo transcurría más despacio y todo era más simple, mi niñez cicatrizaba sus heridas durante el cálido agosto con el aire incólume de los campos. El despertar cada mañana con la metálica sinfonía del agua pía cayendo sobre una palangana era un regalo inmerecido. Recuerdo la siega bajo un calor inmisericorde, el olor de la hierba tostada por el sol lo impregnaba todo, mientras las guadañas con su rítmico vaivén cercenaban los tallos sin apiadarse de ninguno. Añosos rastrillos se esforzaban en arrastrar la paja asustando algún saltamontes y con unas horquillas amenazadoras se cargaba el forraje sobre un aguerrido carro de orondas ruedas. Las sufridas vacas, cuyo destino estaba irremediablemente ligado a aquellos gigantes de madera, añoraban sus cálidos establos anegados del olor a estiércol y tiraban de las carretas cargadas hasta los topes, que se movían quejumbrosas como si el crudo invierno hubiera dejado sus tablas doloridas.

Las tardes discurrían plácidas, correteando por los prados en pos de una pelota junto a mis primos, mientras el rebaño vigilaba a nuestra tía que dormitaba con su sombrero de paja cubriéndole el rostro. La vieja lobera excavada en un terraplén nos evocaba en la memoria cuentos y leyendas de tiempos antiguos, cuando el gran cánido campaba libre por el valle dejando la impronta de sus huellas sobre la tierra humedecida.

Las noches eran hijas de la lumbre, que crepitaba adormecida en el hogar canturreando una nana mientras cenábamos en la cocina cuyas paredes lucían ennegrecidas, quizás con la morralla que durante años habían desprendido tantos corazones.

Antaño todo era más sencillo, los días no tenían minutos, la brisa hablaba al danzar entre los árboles, las estrellas podían contarse eternamente allá en el cielo. Y antaño estaba ella, tan pura como el agua de un manantial, tan joven como nosotros.

Alicia era una sonrisa imborrable dibujada en un rostro redondo. Alicia olía a hierba húmeda tras una lluvia de verano, a trigo recién segado, a flores en primavera. Olía como el aroma silencioso de las amapolas y a la niñez perdida. El viento solía jugar a despeinarla, celoso de la atención que le prestábamos, encabritando sin compasión la indomable melena negra que no dejaba de hacer malabares sobre su cabeza. El astro rey, sin embargo, nunca se atrevió a acariciarle la piel inmaculada, tal vez cohibido al no poder igualar la luz que irradiaban sus ojos. Su voz era poesía, adornada con aquel musical acento que me encandilaba, y rivalizaba con los cantos de los árboles mecidos por la ventisca, que a menudo también callaban para escucharla. Al atardecer, contemplando la salida de Selene sobre el cielo estrellado, era incapaz de ver otra cosa que no fuera su rostro, sereno con la luna llena, guiñándome un ojo travieso en el cuarto creciente.

El tiempo pasa. Los abuelos hace tiempo que se han ido, la vieja casa ya sólo recibe visitas en una única y señalada fecha. Nos hemos hecho mayores y la cuarta generación de pequeñajos corretea por la eira vacía, despojada de los tallos que antaño formaban cónicas medas sobre su suelo empedrado; juegan despreocupados sin pensar en el mañana, confiados en que los todopoderosos padres tendrán siempre una solución para cada problema.

También la modernidad ha llegado hasta la pequeña aldea. Hace lustros que unas farolas disipan la acogedora negrura de la noche, esparciendo en su lugar una luz amarillenta. Las casas tienen agua corriente, donde los labriegos manejaban curvadas hoces las máquinas martillean ahora los oídos con su monótono ronroneo, y las obras de la nueva autovía han herido al fin el valle, dibujando una lengua de tierra yerma que se ha llevado para siempre algunos lugares imposibles de borrar de mi memoria.

El tiempo transcurre inmisericorde. Alicia se ha casado y pronto sus vástagos serán compañeros de juegos del viento y de la lluvia, como ella lo fue antaño. Pertenecemos a mundos diferentes, yo vengo de donde la ciudad ruge al comenzar el día, a ella la despiertan los trinos de los pájaros.

Una vez al año todavía sumerjo mi alma en la tranquilidad del pequeño pueblo, una vez al año aún la veo. Ella ha encontrado quien la haga feliz. Yo, sin embargo, sigo buscando quien me regale cada mañana una sonrisa. Su sonrisa.

 

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  • "Yo, sin embargo, sigo buscando quien me regale cada mañana una sonrisa. Su sonrisa." todo el relato es muy bonito, pero esta parte es preciosa. saludos.
    Melódica manera de narrar, encontrando detalles y colores en cada línea. Muy poético y con una cadencia que te retrotrae a la nostalgia, a unos días tranquilos en los que quedarse ensimismado en la sonrisa de Alicia.
    Poco más me queda por decir, me uno a nuestros compañeros y me rindo ante la evidencia del Arte en escritura y te doy mi enhorabuena al mismo tiempo que te pido que nunca dejes de regalarnos esta manera tan tuya, tan "Lucio Voreno" que es imposible de imitar. Preciosa narración de principio a fin.
    Esta mañana he tenido la suerte de acompañar mi café con un relato con melodía,cada palabra es como una nota musical que ha terminado por hacer un relato precioso, lleno de luz, de descripciones y sentimientos.Un viaje desde el pasado al presente muy agradable.El toque de melancolía ha bordado el perfecto final.Felicidades,saludos.
    Me ha encantado tu forma de narrar y las descripciones; pero sobre todo me ha encantado ese punto constumbrista que le aportas a tu relato para mostrarnos, me supongo, que los lugares donde disfrutaste de tu niñez. Un saludo, compañero
    Hay historias inolvidables en cada vida, momentos y sentimientos que no mueren, sino que como el fuego con al viento, se hacen más intensos con el tiempo o la distancia.
    Creas un clima hermoso y una perfecta descripción de los paraísos perdidos.Saludos Lucio
    Es un relato precioso. Los recuerdos de la siega y de las costumbres de antaño, cuando el tiempo lo marcaba el sol y no los relojes, recuerdos de una vida con menos comodidades pero quizás más auténtica. Me quedo con la maravillosa descripción de Alicia y su eterna sonrisa, me has hecho enamorarme de ella. Saludos.
    Los amores de la niñez son tenaces, se aferran a la memoria, los asociamos con las cosas buenas de la infancia y nos recuerdan todo aquello que pudo haber sido y no fue. Por lo demás me identifico plenamente con tu retrato de la vida en la vida, pues fue la mía y aún lo sigue siendo al día de hoy. La siega de la hierba, las medas de trigo y centén en la eira, y tantas otras tradiciones que por desgracia se perdieron para siempre. Es cierto, la vida antes era dura, no había tantas comodidades, la gente tenía menos pero disfrutaba más lo poco que poseía, y, ciertamente, todo era más auténtico y natural. Es por ello que a mí, nostálgico empedernido, me guste recrearme en los relatos del pasado.
    Además de bien escrito, me ha encantado por lo bien que has creado el ambiente.
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