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8 min
La tienda
Terror |
01.12.14
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Sinopsis

He estado en una tienda muy parecida a la que aparece en el relato. No me encontré nada tan irónico, pero si una profunda sensación de extrañeza en ese lugar. Humildemente estoy muy satisfecho con el resultado, y quisiera intercambiar opiniones cuando lo valoren.

             

                                                          La tienda

                                                          José León

Ni muy grande ni muy pequeña, ni muy burguesa ni muy proletaria, no era demasiado elegante ni excesivamente vulgar, lejos de extremos, la tienda de ropa de la familia Juárez lo tenía todo en su justo término. Así pensó Damian la primera vez que la vió desde fuera. Fue en la mañana oscura de un domingo, cuando de camino a casa de una clienta, encontró por casualidad su escaparate bañado del agua de lluvia en la calle Florida de Carmona. Eran malos tiempos para ABON, mala organización, pocas infraestructuras y muchos asalariados como Damián; estudiantes mal pagados sin ningún afán por jubilarse vendiendo cosméticos. Hasta tal punto estaba mal el negocio que llevaba tres semanas parado. Pero de repente un día sonó el teléfono y tuvo que atravesar los setenta kilómetros que separaban su casa en Sevilla de la de la señora azucena en aquel pueblucho en el que ella vivía. Caminaba falto de ánimo con el agua mojándole las hombreras, tenía muy mal humor y ningunas ganas de hablar. La gente ese día le parecía especialmente desquiciante, y el sonido de los coches entumecedor. Sin esperarlo apareció un escaparate repleto de ropas en la acera del lado derecho que le hizo alegrar el gesto. Sobre todo despuntaban los tonos verdes, pero también había rojos, dorados surrealistamente horteras y bastantes modalidades de ocres. Justo al lado del escaparte un puesto de castañas despedía humo en cantidad astronómica. La guapa encargada del puestecillo le sonrió con confianza. Entre una cosa y otra no pudo menos que ceder y terminar cayendo en la tentación; fue primero a comer castañas pilongas y después, aún con algunas en el cucurucho de cartón, entró y empezó observar. El dependiente se quedó mirándolo detrás de sus desfasadas gafas ochenteras con expresión entre satisfecha y sorprendida.

—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?

—Hola, en principio en nada. Vengo solo a mirar—. La voz sobria de Damian, aunque muy constipada, pudo lucir sobre la del otro hombre. Continuó asegurando que cuando necesitase algo, le preguntaría. El propietario de la tienda asintió, se ajustó el reloj y volvió a su asiento de mimbre. Tenía un traje negro elegantón sin llegar al empalago y un sombrero colocado en un perchero estilo Art decó. Es como salido de una película americana de detectives de los setenta, se dijo a si mismo al verlo por primera vez cuando entró. La sombra se alargaba por el suelo similar a un suspiro terminado por cuatro puntas semicirculares rematadas por esferas del tamaño de bolas de billar, Damian dejó sobre un estante el maletín de ABON y se probó una americana. Delante del espejo del probador hizo varios movimientos de brazos, y tras comprobar que no le estaba bien y cerciorarse de que el precio eran setenta euros, la devolvió a su percha. Paseó unos cuantos metros por los pasillos jugando con la mirada como si de una quinceañera en un concierto se tratase. Sus movimientos eran decididos y contundentes, pero en aquel lugar movido por no se sabe que fuerza, sus ideas divagaban y se disolvían sin cesar. Detuvo el paso frente a un pantalón de pana rojo burdeos. Alzó la vista con este entre las manos y se percató entonces de estar en el centro de la tienda. Apenas eran más de ciento cincuenta metros cuadrados sin contar con el altillo que a modo de palco colgaba en el flanco derecho. Al fijarse bien en la escalera de caracol que permitía el acceso, agarró con fuerza el pantalón y preguntó:

—¿Oiga? ¡Oiga!, ¿la ropa de arriba es más cara?—. Despues de preguntarle se quedó mirándolo esperando respuesta, sin embargo, no fue el caso. Agachó entonces la cabeza al pantalón. Pensó en probárselo, pero abandonó la idea al poco. Luego de dejarlo donde estaba, se encamino hacia el mostrador.

—¿No tiene ninguna chaqueta por menos de cincuenta euros?

—Pues no.

—¿Lo más barato?

—Las chaquetas de aquella estantería —señaló con la mano derecha—, están muy bien—. Damian apartó la mirada de su propia imagen reflejada en un espejo oval detrás del dueño y casi sin querer, reparó en algo que no había visto antes. A unos dos metros del suelo, muy bien enmarcada, una corbata verde estaba expuesta. Causaban hondas impresiones las formas talladas en el marco y no menos el fondo violáceo hecho a base de algún terciopelo o seda.

—¿Eso qué es?

—¿Lo enmarcado?

—La corbata expuesta ahí—. Alzó la cabeza en su dirección.

—Esa corbata ha visto mucha sangre.

—¿Cómo?

—Era de un asesino en serie.

—No puede estar hablando en serio.

—Antón Jeremías.

—¿Quién coño es Antón Jeremías?

—El peor animal que pueda imaginar.

—¿Algo estilo Jefree Dammer? —dejó caer sin siquiera pensarlo.

—El mismo corazón podrido.

—¿Y qué demonios hace aquí con su corbata?—. Damian arqueó las cejas sorprendió como si lo empezara a creer.

—Es un símbolo. Un emblema del mal. O, si usted quiere verlo así, su firma.

—¿Ha cuantos mató con eso? —pestañeó tres veces mirándolo fijamente.

—Oficialmente nueve. Uno de ellos era un niño de siete años, dos mujeres y un aciano parapléjico. El resto trabajadores de la construcción.

—No puede hablar en serio—. Damian dio un profundo suspiro, retrocedió, se llevó las manos a la cintura apretando los dientes con fuerza y sin decir nada, avanzó en dirección al marco. Ciertamente era singular. Era de tipo barroco en negro azabache, muy luctuoso, como de cementerio, pero al mismo tiempo elegante al estilo de salón victoriano. Mediría unos cincuenta centímetros de ancho por setenta de largo y estaba repleto de formas sinuosas. El cristal era muy grueso y el fondo, terciopelo violeta, demostraba calidad.

—No me diga que ahogaba a sus víctimas con la corbata.

—¿Ha visto no es país para viejos?

—No—. Negó con la cabeza.

—Pues los mataba haciendo lo mismo que el de la película en una escena—. Tomó aire y levantó la cabeza—. Los abordaba por la espalda y los tumbaba en el suelo haciéndoles un lazo al cuello.

—¿Así se cargó ese hijo de puta a nueve?

—Luego —continuó el encargado de la tienda—, se volvía a poner la corbata y seguía la jornada laboral. Trabajaba en un banco, fue miembro de la sociedad del disco de música clásica y estaba casado con hijos en universidades francesas.

—Vaya, que respondía al perfil del asesino en serie tanto o más que el loco solitario.

—Ajá—. Extendió la última a hasta convertirla en aaaa.

—Debe ser muy cara, ¿No?

—Tres mil dólares. Antón Jeremías, era gallego aunque la corbata la compré en una tienda de subastas en Estado Unidos.

—Tiene un nombre muy religioso para ser tan asqueroso, ¿no creé?

—Y Jeffrey Dahmer carita de angel, pero comía corazones. Es contradictorio.

—¿Y Sigue vivo?

—Sí, pero le quedan por cumplir cuatrocientos años de pena.

—Es muy raro, pero no me suena para nada la historia del tal Antón.

—Esa corbata cansa solo con ponérsela, asfixia y da sensación de pesadez insoportable. Ponérsela es como ponerse un yugo, y lentamente uno comienza a notar cierta quemazón, como cuando haces una maratón con ropa interior apretada, después vienen los temblores y por último queda una marca alrededor del cuello. A partir de ese momento ya no se vuelve a ser el mismo nunca. Te corrompe las noches con pesadillas, pensamientos que no se deberían tener, recuerdos que no son de uno…

—Oiga, he tenido suficiente. No quiero seguir con esta conversación—. Salió al exterior congelado y solitario. La calle estaba sin nadie y la escarcha se empezaba a cuajar en los coches. Cuando avanzó unos cuantos metros, tropezó con un matrimonio que surgió de la esquina. Aunque les estaba escuchando desde unos segundos antes, no era capaz de pensar en nada que no fuese la conversación que acababa de tener. El hombre del matrimonio, señor corpulento de unos cuarenta años le pidió disculpas en el mismo tono enfadado con el que mantenía una discusión con su mujer. Damian las aceptó, pero antes de marcharse preguntó que por qué estaba tan alterado. El respondió que había sido otra vez víctima de la ola de robos que sufría el pueblo. Esta vez le habían roto el cristal del coche y se habían llevado su chaqueta. El otro día, dijo enfadado mirando fijamente a Damian, me quitaron una bufanda.

            

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Soy un estudiante de bachillerato de vida agitada y vocación literaria inquebrantable.

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