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10 min
La Torre
Varios |
24.08.15
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Sinopsis

Era una torre tan alta que...

El portón se cerró a la espalda provocando un estruendo del que creyó que el eco se rompería. El silencio posterior se convirtió en la siguiente prueba a superar.
Miró a los lados y recordó que estaba solo dentro de la torre. Tragó saliva y se apresuró medio agachado, con la cautela justa para esquivar cualquier trampa que surgiese de la pared bajo los espejos a los lados, donde temía mirar por si su propio reflejo se convertía en parte del mal que allí regía.
Se decía que la torre medía mil pisos y que era tan ancha como una ballena. De entre los sitios del reino era el último donde desear ir, pero allí estaba él, encerrado dentro del monstruo arquitectónico. Un rugido lejano lo confirmó.
Se detuvo, atento al bramido. Era lánguido pero insistente, poseedor de su propio eco. Cesó con una especie de ronquido. La calma. Era alguna especie de ser durmiente.
El minotauro… no, estaba muy visto, el mal de la torre era tal que poseería algo más terrible, como una mezcla de…
Una “minomastícora”. Sí, eso era más acorde al ambiente seco del lugar. Una brisa imposible le erizó la nuca.
Avanzó en busca de las esperadas escaleras. De no hallarlas, tendría que usar su hechizo de levitación, lo que lo expondría. Avanzó por la larga entrada como pasillo. Continuó agachado para no asomar ni un poco en los espejos a los extremos. Descansó y aprovechó para beber un poco de licor de hada. Muchas habían sido machacadas para sustraer sólo un poco. Normal que estuviesen en peligro de extinción…
Las escaleras. Estaban tras el marco de una puerta abierta. Una trampa. Las quedó observando y sintió la angustia de la altura, su infinito hacia arriba como el peor de los egos. Tenía que traspasar el pequeño umbral y atenerse a las consecuencias de poder ser devorado a su vez por las propias tripas del monstruo. Avanzó sin pensar, comenzando a arrepentirse conforme la imagen a cruzar se agrandaba en la vista.
Cruzó el umbral y sintió cómo el ambiente cambiaba, cómo la luz agonizaba.
Pisó en el primer escalón.
No sucedió nada.
Resopló y se limpió el sudor con la manga. Observó la pared blanquecina de un lado y fue subiendo la vista con calma siguiendo el trayecto de los escalones con barandilla. Notó su cuello forzado cuando quedó observando la oscuridad circular, un techo de sombras perpetuas y lejanas, justo donde tenía que ir.
Comenzó a subir las escaleras y se detuvo cuando volvió a escuchar el rugido. Se mantuvo atento a su fisionomía acústica. La criatura silenció tras otro ronquido escueto, lo suficiente fuerte para que el eco en las escaleras se pronunciara. Continuó el ascenso.
Cada escalón era una prueba para la cautela; cada pisada un esfuerzo para sus piernas. Se detuvo para observar por donde había pasado. Ya había otra oscuridad abajo, fiel reflejo de la superior: estaba entre abismos.
Colocó la mano en la pared y enseguida la apartó. Con precaución regresó la mano y tocó la superficie de la misma. Era rugosa, en lo seguro forrada con una piel blanca desconocida. Protuberancias lo estremecieron. La oscuridad pareció susurrar.
Escalón a escalón fue notando que el cansancio daba los primeros síntomas. De forma gradual un olor sobrevino, apretando su nariz desde dentro. Cada vez era más fuerte, casi ácido. Temió si acaso era una trampa para fundir sus pulmones.
Llegó al primer piso. El olor venía de allí, y era imperante, dominador de los sentidos por cada segundo que pasaba. Era imposible que el mal habitara en la primera planta, así que debía de huir de allí cuanto antes.
Recorrió la distancia hasta el primer escalón de la siguiente escalera. Notó que el cansancio aumentaba por culpa del olor, ¿qué clase de brujería era aquella? Llegó al escalón y se apoyó en la pared… fue entonces que lo notó.
Su mano, algo le sucedía.
Alzó la mano y la observó. Estaba quemada sin fuego, cubierta por un veneno blanco que las paredes habían supurado. Evitó el grito y se agarró la muñeca. Acabó arrodillado y alzó la cabeza, donde su cara quedó retorcida, ahogando una expresión de dolor.
Controló la respiración y con esfuerzo se pudo concentrar. Comenzó a subir las escaleras ignorando su estado, siendo más fuerte de lo que esperaba, concentrado a su vez en apartarse de la pared, la cual rozó y le produjo chispas rojas en la mente, líneas definidas de dolor. Se percató que sus pisadas eran enérgicas y sonoras, y se controló a tiempo para no llamar la atención de la bestia durmiente.
Logró llegar a una zona donde las paredes ya no supuraban. Entonces se sentó en uno de los escalones con la intención de recuperar el aliento. Agotado se apoyó contra la barandilla. La creía de piedra, pero era de un metal frío. Se apartó por precaución, apoyando los brazos en las rodillas, quedando con la cabeza gacha.
Se levantó y continuó el trayecto, ahora más descansado y con la mente más clara como la respiración. Aquel lugar estaba maldito, ¿por qué tenía que vivir allí…? El segundo piso. Borró los pensamientos y concentró su energía en observar cualquier trampa. Allí no parecía haber nada. Escuchó entonces un pequeño sonido. Era similar al gran rugido (del cual hacía rato que no escuchaba, y eso le preocupó). Eran gruñidos lanzados, casi escupidos. ¿Goblins? ¿Duendes de la magnetita? Se mantuvo. Pudiera ser una de las crías de la bestia, lo que significaba que allí estaba su nido. Sin titubear, giró hacia las siguientes escaleras. El gruñido aumentó, y gritos agudos como un infierno de grillos le atravesaron los tímpanos. Sacudió la cabeza por el pinchazo en los oídos, creyendo que uno de ellos comenzaba a sangrar. El mundo se embotó, y el eco comenzó a dar un discurso sin sentido. Cerró los ojos con rabia, los gritos eran potentes y desesperados, le pedían que se fuera pero a la vez lo querían someter.
Pisó el escalón y casi tropezó. Se sentía mareado por culpa del dolor en las sienes. El eco se convirtió en aquella criatura… estaba cerca.
Comenzó a subir, acelerando al escuchar una voz junto a “aquello”, al ser que tuviera que ser. La voz le ordenaba, lo cual empeoró a la esperanza. Decidió entonces correr sin pensar ni mirar atrás, atrapado por la inercia, agarrando la barandilla sin temores, prefiriendo que le sucediese de nuevo algo a la mano antes que ser devorado por aquello.
La voz se destapó al surgir de alguna pared oculta. La voz ordenaba calma con una autoridad escalofriante. Eso le hizo evadirse del mundo, correr y desaparecer en las tinieblas superiores, logrando escapar del posible Horror domado con ansias de ser desatado.
Se sentó en el escalón, teniendo un terrible deja vú que le hizo desear lanzarse por el hueco de las escaleras. Se sentía más arrepentido, creando preguntas que comenzaban a ahogar la garganta de su mente. El corazón fue calmándose y las dudas que ya estaban presentes se fueron esclareciendo. ¿Qué podía hacer? Una vez en la torre ya no había vueltas atrás. Tenía que ser valiente, demostrarse a sí mismo quién era.
¿Por qué a él? ¿Por qué tenía que ser esa torre?
Visiones de seres habitando el lugar le sobrevinieron. Los sintió como si los conociese a cada uno, personalidades de mentes retorcidas que hacían lo propio con la suya. Devoradores del tiempo ─cronófagos─ que ansiaban sus sesos para que fuesen como él a base de palabras y palabras, cúmulos de frases que no dicen nada y que a su vez están atrapadas en el mismo día una y otra vez…
“¡Dejadme en paz!”
El pensamiento gritado ahuyentó el peso mental. Había roto alguna especie de embrujo mental. No era la primera vez. Para evadirse, comenzó a subir aunque se sintiese agotado y derrotado, con movimientos de cabizbajo, casi bailando como una marioneta arrastrada o manejada por alguien inexperto. Los hilos lo fueron llevando hasta el tercer piso.
Allí el suelo era brillante, quizás cubierto de polvo de diamantes. Entornó los ojos: primero lo querían dejar sin tacto, luego sin oído y ahora sin vista. ¡Qué crueldad! Avanzó y se percató tarde cuando pisó el suelo brillante. Se movió un poco y confirmó que era hielo, un suelo resbaladizo que lo haría caer para romperse o romperlo a él, lo que antes sucediese.
Caminó con cuidado, logrando recuperar el equilibrio a tiempo en un par de veces. Avanzó por aquella planta. Era su destino, no podía subir más; no tenía otra. Siguió con cuidado y fue notando que la nariz se le iba destapando. Se detuvo alarmado, casi desencajando los ojos. Otra trampa, y había caído de lleno por voluntad propia. Algún olor previo o el hechizo de bruja le había taponado la nariz para que no percibiese el olor de aquel lugar. Comenzó a toser: las primeras campanadas del final.
Giró y observó la estancia. Las escaleras quedaban alejadas, tendría que avanzar por la entrada a un pasillo en el extremo opuesto. Avanzó y el olor comenzó a tomar posesión de su alma. No pudo evitar toser, cada vez más fuerte. No podría parar hasta que el maligno lugar no le viese escupir sangre. Era su final.
Su final, era cierto que nadie tiene escapatoria de la muerte.
Cayó arrodillado y se tapó la boca. Contuvo la respiración y avanzó con las rodillas, hasta que no pudo y lo tuvo que hacer gateando. No aguantó mucho y respiró una bocanada de aquel aire viciado y cítrico, sabor limón…
Muerte por fruta. El patetismo final del héroe que no pudo ser…

─¡No me pises el fregado!

Se levantó y comenzó a correr. Esquivó con facilidad a la gárgola debido a que tienen poca movilidad por el peso. El pequeño héroe desapareció en las sombras del pasillo. Se escuchó abrirse con llave una puerta para después cerrarse.

─Mañaco de las narices ─la señora se enfocó donde las pisadas y repasó el suelo con la fregona─. Aunque en el fondo da penita, tan alucinado que está. La culpa de sus padres, que seguro está así por tanto videojuego.

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