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4 min
La última carrera
Fantasía |
29.04.16
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Sinopsis

Superveloz es el superhéroe de la ciudad de Barcelona. Es glotón, un tanto huraño, y encima le acaban de jubilar por llegar tarde a una cita. Su primera aventura no será la última, pero nos dará la oportunidad de conocer algo más sobre él. ¿Te animas a descubrirlo?

Estaba cabreado, y mucho. Le jodía que le hubieran jubilado un año antes de lo que marcaba el convenio de superhéroes, y todo por llegar tarde. Precisamente él, que se había pasado la vida a la carrera, haciendo gala del poder de trasladarse a la velocidad de la luz de un lugar a otro. Ni siquiera le valió como excusa argumentar los excesos gastronómicos de la noche anterior, en la que había batido el récord de ingesta de calçots en movimiento. Se había zampado ciento veintiséis unidades en menos de un cuarto de hora, en el que recorrió la nada despreciable cantidad de cien kilómetros.

Los últimos meses los había pasado de la consulta del psicólogo a casa, y viceversa. Bueno, su casa o su cuartel general, que a diferencia del de Batman, no se ubicaba en una cueva subterránea bajo una lujosa mansión, sino en un destartalado túnel fuera de servicio de la línea verde del metro, entre Diagonal y Paseo de Gracia. Quedaba claro que el presupuesto urbanístico de Barcelona distaba mucho del de Gotham City. Era tal el hastío que le provocaba correr que siempre que salía de casa, Superveloz hacía uso del transporte público, aunque el trayecto equivaliera a dos paradas de metro. El psicólogo le recordaba que no le iría mal una carrerita para recuperar la figura que le había dado la fama, a lo que el superhéroe siempre replicaba:

—Para carreritas estoy yo. Como no me consigas un taxi, lo llevas claro. Mi mujer está de tu parte. Le gustaría que corriera más a menudo, aunque algo me huele que lo dice con segundas.

Pero lo peor, como se suele decir en términos superheróicos, estaba por llegar. En unos días se celebraba la jornada de San Jordi, y uno de los supervillanos en activo más eficientes a pesar de su nombre, Averías, se había fijado como meta aguarle la fiesta a Superveloz. Recordando las veces que le había enchironado su contrincante, ahora ex-contrincante pues ya no cotizaba a la Super Seguridad Social, Averías extendió sus poderes sobre la red de metro, que dejaría de funcionar el día de mayor movilidad en la ciudad barcelonesa.

—Bip, Bip —le dejó Averías en el contestador automático a Superveloz, en un giño a la frase utilizada por el Correcaminos cuando se escapa del Coyote.

Hacía tanto tiempo que Superveloz no se introducía en su traje de superhéroe que le llevó toda la noche encajarse en él. Su mujer quiso animarle, a pesar de que su marido le recordara al famoso ‘blandiblu’ de los años ochenta. Poco antes de las siete de la mañana, ya estaba listo para su última misión. La ciudad era un hervidero de gente atrapada en sus coches, o atascada en los vagones del metro. Ante lo delicado de la situación, Superveloz marcó el número de móvil de un colega.

—¡Te necesito!

—¿Cóommooo queee meee necesitaaas? —se escuchó una voz que alargaba las sílabas como si masticara chiclé— ¿Noo te habraaás equivocaaaado de núuumero?

Minutos más tarde, la línea de metro se restablecía, a pesar de que la avería eléctrica seguía existiendo. Los diarios informarían de ello en su edición vespertina. Los pasajeros referían que los vagones del metro eran arrastrados por un hombre con la apariencia de un sapo verde, que en un instante estaba en una línea, para cambiar en un instante a la otra. Sin embargo, cuando le preguntaron a Superveloz, éste negó que hubiera utilizado sus superpoderes.

—Lo único que hice fue llamar a un amigo —le explicaría días más tarde al psicólogo—. Cámara Lenta se encargó de todo, yo sólo tuve que ir caminando. Para carreritas estoy yo.

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Escritor de vocación, cinéfilo de profesión. Me enamoré del cine viendo Viaje Alucinante y desde entonces no he dejado de escribir.

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