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4 min
La última noche con Jose Cuervo
Varios |
08.03.10
  • 5
  • 3
  • 2003
Sinopsis









El quinto y bendito día de la semana, final de nuestra rutina y principio de nosotros mismos, trae consigo noches de reunión y en ocasiones… dolor de cabeza.

Eva como siempre dejó a Alex en casa. José luchó contra las ganas de usar aquella camiseta con pegotes de silicona, finalmente vistió una americana de pana y una bonita camisa de cuello Mao. Anna apagó el portátil y cerró las puertas de la biblioteca, se sacudió de los hombros la rectitud y se puso lentillas. Jon dejó la furgoneta aparcada, envuelto en una nube de Fahrenheit arrancó su flamante coche con asientos de piel y techo panorámico. Yo, durante el recorrido, conté las estrellas que desaparecían a nuestro paso, antes me había quitado la bata blanca y me había pintado los labios a juego con un bonito jersey morado.

Las veladas siempre comenzaban, entre cervezas y pitillos, con la charla sobre la estresante semana que estaba por concluir: El trabajo, los niños, la tripita cervecera, la arruguita del labio y todas esas cosillas de la vida que hacen que seamos como somos en verdad. Después de abonar la imperdonable cuenta que Rick plantó sobre la barra, fuimos a cenar a un lugar en el que nos sentíamos como en casa. A gusto, al calor de una robusta chimenea y vino tinto la conversación se centró en temas políticos y de actualidad. También, como es costumbre, hablamos de romanos y extraterrestres. Tras los cafés, algún chiste y un par de chupitos con espíritu gallego, nos acercamos a tomar unas copas a casa de Joan, la que estaba a sólo unos pasos del restaurante. Allí se unieron al grupo un tipo del interior y Jose Cuervo, que nos desinhibió con su carácter despreocupado y festivo.

Todo ocurrió al son de Youtube, donde se reproducían vídeos como el de un tal “José Luís y su acordeón” que cantaba una especie de canción protesta nacida de una época más que gris. También sonaron “Los Pecos”, bailamos con “Frank Sinatra” y cantamos a dúo con “La Pantoja”.

El nuevo, haciendo gala de sus raíces volcánicas, escupió lava sobre las féminas presentes. Lejos de cubrirlo todo de ceniza y roca candente, aquella erupción fue perdiendo fuelle frente a la mala baba que gastan las mediterráneas bravas cuando se enfurecen. En otras palabras, le solté cuatro frescas a grito pelado poniendo punto y final a aquel recién estrenado encuentro a la par que el vecino daba golpes al otro lado del tabique.

El viejo Jose Cuervo siguió animando la fiesta. Afectados por aquella locura mexicana, nuestra saliva quedó teñida de ámbar y el olor añejo de un Jalisco embotellado impregnó la sala enrareciendo el ambiente. Entonces fue cuando echamos de menos a Eva y al forastero, también vimos como la sangre manaba de la frente del dueño de la vivienda, quien se la restregaba por toda la cara.

En milésimas de segundo todo desapareció. Ya no éramos ni estábamos. Ya no hubo más canciones ni divagaciones. Sólo espacios en blanco.

Con el Sol llegó un amnésico sexto día. Un sábado enturbiado por una mala noche llena de imágenes confusas que fueron tomando forma cuando me percaté de que dormía en un sofá ajeno y reparé en las manchas rojas sobre el parquet. A los pocos minutos apareció Jon por las mismas escaleras por las que había rodado la madrugada anterior. Poco después subiría José, asombrándose al vernos allí con su ojo hinchado bajo una brecha. Anna se levantó en último lugar, más entera que el resto nos mostró el envase vacío.

Mucho café, un hematoma sobre el labio que golpeó la taza del inodoro, cuatro cefaleas, una ceja partida, dos contracturas, y mucha deshidratación fue lo que nos quedó de aquella velada. No era esta la primera noche que pasábamos junto al turbador Jose, pero nos prometimos los unos a los otros, entre risas, que sí iba a ser la última.

Al salir tiramos el recipiente a un contenedor de vidrio y fuimos a comprar otro frasco, esta vez de Primperan.





























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