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5 min
La última realidad de todas
Fantasía |
15.04.15
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Sinopsis

Un cero absoluto.

– Cada ser humano vive lo que tiene que vivir, y en todo caso el tiempo es el mismo. Si atendemos a un asunto más complejo, como es el infinito, este lapso podría referirse como un cero absoluto, sin embargo; en este mundo mentiroso diremos que ese tiempo corresponde a 120 años.

El sabio anciano, sentado con las piernas cruzadas sobre la alfombra de color granate, se toma su tiempo para formular cada palabra. Quizá sea por esto que es tal cosa.

El camino hasta aquí ha sido arduo. Solo unos pocos lo conocen y menos lo han traspasado. A través de las escarpadas laderas del monte Ipanawa. Bordeando sus acantilados. Avanzando por salientes tan estrechos como la planta de mis pies, que con una sola ráfaga de viento serían arrojados al vacío.

 Se dice que nadie nunca lo ha conseguido, pero sin embargo otros cuentan que nadie ha caído jamás al vacío en esta travesía; así es de misterioso el enigma de la vida, que solo el anciano que aguarda en el templo, en la cima más alta del Ipanawa conoce, y que sólo él es capaz de desvelar. Ni siquiera aquellos que han llegado hasta allí pueden relatarlo al regresar; si es que ha llegado alguien, o si es que alguien lo ha intentado alguna vez.

– ¿Cómo es eso posible? Muy pocos habrán llegado a esos 120 años.

–Te equivocas, todos lo hacemos.

– ¡Pero eso no es posible! Imaginemos, por ejemplo, que yo, en la ascensión hasta este templo misterioso, hubiera resbalado ladera abajo y caído por uno de los acantilados del Ipañawa. Habría muerto sin remedio. Entonces no habría llegado a mis 120 años.

– Te equivocas una vez más, viajero. – Responde el anciano, midiendo aún cada una de sus palabras. Pareciera que nada pudiera alterarlo. Mientras mi sangre burbujea encendida la suya parece un río de lava como los que abrazan Hawai con su rojo manto: lento, pausado y constante.

 No sabiendo qué contestar espero la palabra del anciano, tratando de tranquilizarme, pues no he venido hasta aquí para dar mi opinión, sino para saber la verdad, esa que ocultan las piedras, esa que los párpados esconden y nadie puede contemplar. Nadie, excepto aquel anciano formidable, vestido con un manto de tela vieja. Con profundas arrugas en la frente y las sienes, y los ojos entrecerrados, pues solo la mitad de lo que vemos es cierto, y a veces mucho menos que eso.

– ¿Y si te dijera – prosigue al fin – que así ha sido. Que tu pie resbaló y caíste sobre las rocas que rodean el Ipanawa?

– Diría que es imposible sabio anciano, pues aquí estoy en su presencia, ávido de conocer los secretos que esconde esta montaña.

– ¿Y si te dijera que no has caído solo una vez, si no cientas? ¿Te parecería extraño? ¿No es en verdad el Ipanawa un monte inexpugnable? ¿Con laderas tan escarpadas que ni un gato podría someterlas?

– Es en verdad un monte duro, nunca creí poder escalarlo con certeza.

– Y no lo hiciste si no con la perseverancia. Cayendo una y cien veces. Y sin embargo, aquí estás.

– No lo entiendo.

– Ese es el secreto, fatigado viajero.

– ¿Estoy muerto entonces?

– No lo estás, al menos no aquí y ahora ¿cierto?

– No…

– Pero sí en otros lugares.  Comenzaste el viaje vivo y lo acabaste muerto en la realidad primera, pero no en la última. El mundo es un lugar increíble ¿no es así? La realidad es un ente tan complejo que no podemos entenderla. Es un prisma con caras infinitas, con realidades infinitas, pues cada persona ha tenido cientas, y así será por toda la eternidad.

– Estoy muerto entonces, en la realidad en la que comencé el viaje, pero vivo en esta.

– Así es. Tu familia llora tu pérdida en este mismo instante en aquel mundo que has dejado con tu caída en el Ipanawa. Moriste en aquella y despertaste en otra realidad sin ni siquiera saberlo. No sabías ni que habías muerto ni que seguías vivo, pues ambas cosas son ciertas. Caíste cien veces y en cien realidades más has muerto, pero no aquí y ahora, pues aquí y ahora es infinito mientras vivamos, y así será hasta tu centesimovigésimo cumpleaños. Ese día ya no despertarás. Y solo quedará el polvo y el vacío, en la última realidad de todas.

Extrañamente noto como si una pesada carga se desprendiera de mis hombros. Ahora conozco la verdad. Todos estamos muertos y vivos. Habitamos miles de realidades en las que morimos y vivimos indistintamente. Nada importa pues viviré lo mismo que todos. 120 años. O si atendemos al infinito, nada en absoluto. 

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Guionista. Escritor, entrenador de fútbol, socorrista y monitor de padel. Un poco de todo, nada de mucho y 20 años menos.

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