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6 min
La última vez
Amor |
22.09.12
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Sinopsis

Las palabras nunca dichas jamás dejan de latir.

 

No podía apartar la mirada de su boca, era grande y roja, lo dientes blanquísimos, con las paletas ligeramente separadas, lo que le confería a Maya un aura de niñez que deslumbraba a Joaquín. Quería besarla mientras reía y guardar esa risa para siempre en su garganta. Cuando Maya reía, el resto del mundo se convertía en una sombra borrosa, un escenario de nubes de colores donde ella era la protagonista. -¿Estás bien? Joaquín se dio cuenta de que Maya había dejado de reír hacía ya un buen rato. Se había quedado mirándola fijamente como un bobo. - Si, si...-masculló entre sorbidos pequeños de café-...si, es que estaba pensando en una cosa... -¿En qué? -Nada, nada, tonterías mías...-notó su cara caliente. Se sentía desnudo y ridículo delante de ella. Maya se recogió el pelo en un moño usando uno de sus lápices mordisqueados del bolsillo de su chaqueta. Siempre tenía lápices metidos en los bolsillos. Tenía el pelo oscuro, no sabía si castaño o pelirrojo, lo que si sabía era que olía a manzana. A manzana y a la tibiez de su piel. Ella le miraba con sus ojos negros, miraba directamente a su alma sin ningún atisbo de pudor.  Maya le sonreía condescendiente, se habían citado ese día sabiendo que sería el último, porque Maya era fotógrafa y se iba a Marruecos en busca de inspiración. Así era Maya. Cuando estaban en el instituto ella le dijo que no estaba dispuesta a desperdiciar ni un segundo de su vida. Hasta ahora no lo había hecho.  Nada ni nadie podía detener a Maya cuando buscaba aventura, fuera la que fuese. Ni siquiera Joaquín, y él lo sabía, y sentía su estómago encorvarse de rabia cada vez que lo pensaba. Él no era nadie, ni siquiera uno de sus mejores amigos, de esos tenía muchos. Un tío normal, un don Nadie. Flacucho, asmático y blanco como la leche, aunque vivía en una isla donde el sol brillaba las tres cuartas partes del año, desentonaba claramente con la fauna local. Ella recorría el mundo con su cámara, el barría las colillas de otros en la calle. Y ahora se iba, sin sospechar siquiera que lo único que llenaba de luz la existencia de Joaquín era su sonrisa. Cruel, cruel Maya. Y ella seguía mirándole, buceando en su alma desnuda. -Te voy a echar de menos, -el corazón de Joaquín se detiene, - a ti, a Las Palmas, ... no sé... ojalá os pudiera llevar conmigo. (Ojalá me llevaras contigo, Maya). -Pero...volverás, ¿no? -No lo sé...- saca un cigarrillo de su otro bolsillo y juguetea con él pasándolo entre sus dedos con agilidad acrobática-, nunca hago planes a largo plazo. Cierto, nunca lo hacía, y , obviamente, esto no iba a ser una excepción, ni siquiera para darle a Joaquín la esperanza de tachar los días de un calendario. -¿Podré escribirte? -¿Al correo electrónuco?, claro, no voy a cambiar de dirección. -Yo no tengo ordenador. -Ah bueno, donde mi madre hay un ciber café que está muy bien. -Ya, pero yo no tengo correo electrónico. -¡Pues ya es hora de que te hagas uno abuelo!- frunce los labios en una sonrisa y enarca la ceja derecha. Zorra. Todos tenemos que evolucionar para estar a tu altura. Jamás te rebajarás a la mía.  Joaquín esconde su rabia en una patética sonrisa de pardillo y apura ese agua amarga y caliente llamada pomposamente ``CAFÉ´´. Mierda, eso era lo que bebía. Mierda. Como todo lo que le rodeaba. Su pecho le pesaba como el plomo y le costaba respirar, sus ojos se empezaron a empañar y ya le temblaba su amago de sonrisa. Se iba a marchar, se iba a marchar y él iba a dejarla ir. A Maya, su Maya. -Joaquín...-Maya alargó la mano por encima de la mesa y rozó la suya , huesuda, sudada, fría, un estremecimiento-, ¿estás bien? Joaquí miró a Maya, sus ojos oscuros cavando en los suyos, su boca roja entreabierta y su ceño fruncido de preocupación. Parecía auténtico, parecía que la todopoderosa Maya se preocpaba por alguien, por él, ni más n menos. -¿Estás bien?- repitió ella. Tenía que hacer algo, demostrarle que era un hombre, no un atrezzo de su escenario, un hombre hecho de carne y sangre, como ella, un hombre que la amaba al límete de su cordura y que lucharía por ella. Un hombre libre. Se levantó de la silla, rodeó la mesa sin despegar los ojos de Maya, la agarró por el brazo, la levantó y pegó sus labios a los suyos.  La besó desesperado, buscando sus labios, su lengua, agarrando su pelo y tragando su aliento, su olor a manzana, hasta que los dos se fundieron en un solo supiro. -¿Estás bien? Lo cierto es que no la había besado, ni lo haría jamás. Decidió que odiar era más fácil que amar. -Me alegro por ti, espero que todo te vaya bien, - Joaquín recoge su chaqueta, deja el dinero en la mesa y se levanta-, ya nos veremos. No la mira por última vez aunque sabe que no volverá a verla. Se da la vuelta ante la mirada desconcertada de Maya y sale de la cafetería, sintiendo cada paso como montones de tierra seca cayendo sobre su pecho.      En una cafetería atestada de gente una chica pelirroja deja su cigarrillo en la mesa y esconde el rostro para que no la vean llorar.
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