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6 min
La vanidad del vestido
Reales |
28.11.14
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Sinopsis

Una mujer aprovecha una fiesta de disfraces para vestirse como la mujer que admira.

              Se miraba al espejo esperando encontrar resquicios de aquella dama. La frente demasiado tersa obligaba a los ojos difuminar la mirada dirigiéndola hacia abajo o hacia un lado. Las patas de gallo reivindicaban su malestar mostrando su rústica presencia. Pero era consciente, o al menos pretendía serlo, de su aún considerable belleza. Quería ser como ella. Tener sus labios, su sonrisa, sus ojos empeñados en encandilar el cruce de otra mirada sin rumbo, el arrebato de un instante en el que el choque frontal de dos seres se encuentra en un punto intermedio que eclosiona en un suspiro profundo y anhelante. Había poca luz, pero intuía que el retoque final iba a quedar satisfactorio. Se puso lentamente el vestido rojo con los guantes blancos que lucía imperiosa la protagonista de aquel legendario film en una de sus escenas. La película que transformó su existencia, aquella hora y media de metraje que justificó su adicción a las compras, su acomodada vertiginosidad en el noble arte de ocupar una vida pretendiendo ser otra persona más resonante, desinflando el yugo del egocentrismo para acaparar el escaparate de alguien que no tiene nada que ver contigo. Se llamaba “pretty woman” aquella película. Los elementos estéticos no importaban tanto como el argumento sustancial del mensaje entretenedor. El argumento no acarrea más anuncio que el mero propósito de hacer pasar un rato agradable. En definitiva para eso está el cine, para entretener. La supuesta combinación de elementos compositivos que confeccionan el embalaje del producto no interfiere en la acogida sinuosa del resultado final, bien o malintencionado. Aquella era una película mítica por su sencillez. Por su magnífico efecto de destellos emocionales que encumbran el silogismo diáfano de la existencia. Las miserias más mundanas se veían encubiertas por aquellas manifestaciones cinéfilas, donde las imágenes fusionadas con la música engendrada, para resaltar ciertos estados de ánimo propensos al bienestar, acribillan el espíritu incitando a la empatía por las clases más desfavorecidas, convirtiendo en romanticismo un melodrama tan sobrecogedor como la prostitución, o el aprovechamiento del más fuerte por el más débil.

          Se puso la peluca y contempló su producto. No era ella, evidentemente, pero podía soñar con alcanzar el colofón requerido. Se sentía ella, respiraba como ella; la vida le había golpeado como a ella. La actriz no podía ser cualquiera. No era considerable que su imagen no irradiase glamur en todos sus poros. Debía ser una mujer fuerte y serena, luchadora, con coraje. Pero sobre todo bella. Muy bella. Con una fogosa sonrisa emisora de una emblemática mirada. Al fin y al cabo la fealdad no acaba de ser tan digna como su contrario. Una actriz poco agraciada y débil hubiese denotado lástima más que reconocimiento. Nadie querría ser como ella, pese al mayor número de personas que de alguna forma se identificarían con este personaje. Sin embargo, la imagen de Julia Roberts revela cierto resquicio de esperanza en el referente modélico; de expresión tímida, para nada arrogante, inteligente pero a la vez inocente, soñadora, débil emocionalmente, pero luchadora. Cualidades que atraen por su mediocridad atribuida a un sector superficial. Un sector del que todos formamos parte de una manera u otra, porque todos nos consideramos normales. Aquel que se considere excepcional será presa de complejos de toda índole repartidos en cada centímetro de su naturaleza. El mero hecho de tener que buscar justificaciones en los errores cometidos de su perfección le sumergirá en un mar de grotescas incertidumbres. Por ello nos atrae lo neutro, lo trivial, pero envuelto en papel caro. Ahora sí, el espejo no mentía; era ella. Podría cautivar al primer galán que se le acercase y pedirle que la protegiese, pero al mismo precio que en la película. Ofreciéndole una vida mejor, más holgada, más romántica. De cuento de hadas. Por supuesto el galán ha de ser guapo. Muy guapo. Con unos ojos pequeños pero templados y una elegancia sabedora de su porte. Alguien aseado, rico, amable, simpático. Aquel salvador que va a conseguir que tu vida dé un giro de 180 grados. El príncipe encantado sin prácticamente defectos que va a escuchar tus lamentos, soportar tus lloriqueos y aún así ofrecerte el cielo. Aquel con el que simplemente estando a su lado te importa un comino el devenir de la vida, lo angosto y escabroso del camino, lo patético de la incertidumbre, el miedo al futuro desesperanzado, el pavor a envejecer sola; el superhéroe que tachará con rotulador permanente tus cambios de ánimo, tus depresiones, ansiedades.

               Salió a la calle dispuesta a acudir a la fiesta. Observó con su atuendo en forma de armadura el mundo. Se dio cuenta de que nadie la miraba. Nadie sospechaba que aquella ninfa fuese otra persona encubierta con ropajes advenidos del celuloide, prendas conceptuales que pasan desapercibidas fuera de contexto. Ya no hay magia. No hay focos. No hay extras. No hay nadie que moldee tu historia a favor del espectáculo. Nadie que observe tus patéticos movimientos simulados en honor de nadie. Aparece la realidad cotidiana envolviendo de papel rugoso tus ingeniosos destellos exprimidos de los sueños. En la fiesta decides volver a casa cuando un anónimo y patoso invitado te mancha el vestido vertiendo el contenido de su coctel de fresa. Nadie te rescata. El príncipe azul no aparece. Las lágrimas brotan en respuesta al correoso devenir del incierto pero real trayecto que usurpa la existencia. La verdadera y auténtica existencia. 

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