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6 min
La Vela
Drama |
26.02.15
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Sinopsis

Una noche. Un pensamiento. Un silencio. Una vela.

Las palabras daban vuelta en su cabeza, estaban coqueteando con su conciencia, sin embargo se quedó mirando el papel y el lápiz sin poder iniciar la carta. Hacía varias horas que la oscuridad reinaba en la habitación, la misma casa se veía tan lúgubre desde el salón donde estaba sentado y la noche empezaba a cortar los suspiros.

Desde tempranas horas de la tarde la electricidad había desaparecido, y entre las cortinas se podían ver los últimos rayos de sol del atardecer. Volvió a mirar el papel y dio una mirada al techo soltando sus ideas en un soplido que movió las telas de arañas que decoraban un rincón del cielo raso. Se detuvo dos segundos a pensar en la misma idea que no podía plasmar en papel y caminó alrededor de la casa.

Se acercó lentamente, desganado pero decidido, al estante de libros y los observó uno a uno esbozando una sonrisa triste. Buscó en unos cajones y sacó una vela ya percudida; nunca antes había encendido una, no al menos en mucho tiempo.

La luz tenue de la vela caía sobre el papel y aún así se quedaba inmóvil viéndolo. Analizándolo. Contemplando. Preparando su cuerpo para escribir, pero el silencio lo cautivaba mientras su cabeza era un constante ruido que no callaba. Encendió un cigarro con la llama de la polvorienta luz y cerró los ojos.

Poco a poco la oscuridad fue completa en la casa, y los sonidos de la calle se calmaban. Se podía percibir a lo lejos gatos peleando por la basura de algún vecino, y hasta algún vehículo que volvía resacado a su hogar luego de una larga jornada. La sala se llenaba de un color grisáceo y un aroma penetrante a tabaco mezclado con un café frio que dejó sin terminar del desayuno.

Miró la pared frente a sus ojos y simplemente pensó una y otra vez perdido entre los dibujos del papel tapiz como volcar las palabras. Sabía que si comenzaba a escribir no podría detenerse. Era su maldición, se atrapaba en su mundo al escribir. Su mano danzaría sin parar. No tenía a nadie que lo trajera nuevamente a la realidad.

Cuando ya la vela estaba a la mitad, volvió a encender un cigarro y caminó alejándose lentamente de la luz. Empezó a hondar en las sombras que lo abrazaban y poco a poco desapareció. Hubo un silencio aterrador. Se escuchaban caer las gotas de la canilla mal cerrada y entre la oscuridad se veía de vez en cuando un brillo rojo que se intensificaba religiosamente cada 10 segundos.

Finalmente se vió caer el punto rojo al suelo y se escuchó como sus pies machacaban la colilla del cigarrillo como si fueran todas sus ideas. Sintió una liberación. A lo lejos, el reloj de la habitación de dormir aturdía la noche con su tic-tac.

Una leve brisa movió la llama, se podía escuchar como rechinaba una puerta al abrirse y luego más silencio. La luz de la vela no lo alcanzaba, pero se podía sentir como sonreía en medio de la oscuridad, como si algo bueno por fin hubiera sucedido. Se sintieron sonidos violentos dentro de la casa que despertaron a unos cuantos perros en el vecindario. Silencio nuevamente.

Pasos arrastrados se aproximaban a la llama, a unos metros ya empezaba a ser visible, cargaba con algo en los brazos, algo grande, pesado, metálico. Levantó el papel y arrojó violentamente el lápiz, acción que casi apaga la única luz que lo acompañaba, y de un solo golpe puso una máquina de escribir sobre el escritorio. La vela tembló por segunda vez y casi vuelve a perder la luz.

Volvió a encender un cigarro, el último que le quedaba, pero no lo fumó, solo le dio un beso tímido y lo dejó sobre el cenicero a su izquierda. Sobre la mesa tenía un par de libros que no se podían leer los títulos, solo se apreciaban letras doradas y tapas elegantes. A su derecha estaba el lapicero junto a la vela que ya casi estaba en los últimos minutos de luz, delante de él solo tenía una pared y un poco a la izquierda la ventana por donde podía ver como la luna se escondía detrás de nubes que jugaban. Más abajo a la izquierda había un pañuelo detrás del cenicero, tapando sus intenciones pero sobre éste estaba el paquete ya vacío de cigarrillos y el dorso de una fotografía que tenía escrita una fecha.

Puso sus manos sobre la máquina de escribir mientras el humo se acercaba a sus ojos y dio un suspiro decisivo, puso el papel en el aparato oxidado y empezó a escribir. Se escuchaba el eco de las teclas por los pasillos de la casa. Era un sonido frio, violento, firme. Sentía como sus ideas se condensaban. Escribió solo unos renglones y se detuvo.

Miró la vela ya queriendo apagarse, luego el cigarrillo consumido y volteó a ver la taza de café helado que tenía sobre la mesa a sus espaldas. Sobre ella había otro papel. Las palabras no se podían distinguir, pero eran palabras tan filosas como las que había dejado salir de su mente hacia unos instantes. Tomó la foto y la acercó al fuego. La sala se iluminó majestuosamente, se podía ver los rincones más alejados. La presencia del silencio era sublime y la vela se consumió cuando las nubes por fin descansaban y dejaban a la luna iluminar la ciudad; pero en medio de la oscuridad se escuchó el sonido que despertó a los vecinos. Todas las casas se alarmaron y salieron, comenzaron los murmullos. Pero su casa estaba tranquila, ese había sido el sonido final, ya no había más, el silencio era pleno, había paz.

Entre la oscuridad se podía ver como la luna entraba por la ventana develando las palabras con la tinta aun fresca sobre el papel manchado que decía “En el silencio, en la oscuridad, en la inmensidad del tiempo, siento una curiosidad casi destructiva, y es ahí, en ese instante, en la fracción de segundo invisible, donde la muerte es la salida.”

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  • Aunque tenga sólo treinta días, aún me falta uno para curarme.

    10 de diciembre. Fin.

    Te soñé. No te voy a escribir, no te voy a dirigir esto, lo diré al viento.

    Una noche. Un pensamiento. Un silencio. Una vela.

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