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5 min
La venganza del optimista
Reflexiones |
11.01.15
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Sinopsis

Reflexiones sobre los pesimistas.

He conocido a unas cuantas personas pesimistas. Demasiadas quizás. Ya sea en su forma de hablar o de escribir hay algo que aborrezco. Escondida entre esa maraña de palabras, que al cerebro inexperto (en tratar con personas pesimistas se entiende) le provoca tristeza y compasión, hay un mensaje oculto: ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!

Personas que creen ser las únicas que viven y sienten. Amantes del drama y la exageración. Carentes de empatía. ¿Sabéis cual es su problema? Que creen que la vida les debe algo. Se merecían algo mejor. ¿Porqué? Por que son geniales. El mundo debía ser suyo. ¿Qué paso en realidad? Lo que a todos. La vida les decepcionó. ¿Respuesta? Tristeza, pesimismo, autocompasión.

Cada vez la repulsión hacía ellos es mayor. A veces tengo miedo que mientras me están hablando les vomite en la cara. Quien sabe, quizás caen en una depresión de la hostia. Bromas aparte, siento verdadera repulsión hacía ellos. Muchas veces quiero huir cuando estoy con ellos. Sueño con una isla a la que escapar. Un lugar que repela a esta gente. Pero es imposible. Estoy atrapado. Igual es mi destino. Pero intento no deprimirme mucho, no sea que me convierta en uno de ellos. A veces tengo pesadillas de ese tipo. Es horrible.

 

Estas reflexiones tienen dos partes. La primera ya esta terminada. En ella he descrito mi asco hacia el pesimista. Creo que ha quedado claro. Ahora viene la segunda parte. Mi venganza personal contra el pesimista. Es una demostración que hasta los optimistas, en los que me incluyo, somos capaces de sentir tristeza y desamparo, y odiar al mundo de vez en cuando, solo que optamos por no hacerlo público. Una manía nuestra. Queremos ver el lado bueno de la vida. No queremos amargar a las personas. Esas cosas. Ya sabeis de lo que hablo. Bueno, no. No teneis ni idea. Espero que ahora lo entendais.

 

Poca gente conoce la soledad. La mayoria conoce derivados, pero la verdadera no la catan hasta que son ya muy ancianos, si es que tienen la mala suerte de vivir tanto. Yo soy uno de esos pocos que la ha conocido. La sensación es cuanto menos curiosa. Tu cabeza se convierte en tu cárcel. Poco a poco las paredes se ciernen más y más sobre ti, hasta que llega el día en que no necesitas al mundo exterior. Es muy extraño. La necesidad humana de relacionarte con otras personas desaparece. Dejas de sentir esa conexión con el resto. Empiezas a hablar de "los seres humanos son" en vez de "los seres humanos somos" apenas sin darte cuenta. Como si te hubieran extirpado el cable que te conecta con los demás y te hubieran dejado allí colgado, inerte, observando al resto vivir sus vidas. Tú en cambio no estas vivo, pero tampoco estas muerto. Estas en un lugar mágico. Debe ser el lugar donde habita la Muerte. Es un vacío absoluto. Ya no eres humano, pero tampoco eres animal. No eres nada.

Desde esa nada observas. Piensas. Llegas a conclusiones un tanto sinestras. No por ello absurdas o irreales. Encerrado en tu cabeza paseas por las calles, sin saber muy bien a donde ir, pensando que por mucho que camines nunca te mueves. Estas encerrado en una prisión andante. La llave hace tiempo que la escondiste, solo que has olvidado donde. Solo te queda observar por esas rejas, esperando ver una señal o un gesto que te indique su paradero. De vez en cuando te habla un desconocido, le contestas de manera automatica y sigues tu camino. No puedes perder el tiempo. Tienes que encontrar la llave.

Cada vez la situación se vuelve más agobiante. La falta de sensaciones y necesidades te agota. Sin metas ni objetivos tu aparente vida pierde su aparente sentido. Rozas la locura. Quieres gritar pero no tienes fuerzas. Tus lágrimas brotan solo de noche, como si solo la luna pudiese compadecerte. Te sientes al borde del precipicio. La ansiedad cada vez apretando más la soga. Los muros de tu templo y prisión a punto de aplastarte. Te ahogas. Tu respiración se agita de manera descontrolada. No hay salida. No hay salida. Golpeas las rejas que te encierran con toda tu rabia. Ya no caminas, corres. Tus gritos ya implacables salen despedidos por tu boca. Tus lagrimas por fin conocen la luz del día. Entonces, por fin, ya mareado, escupes algo al suelo de tu celda. Cuando te acercas para ver que es, una sonrisa se dibuja en tu cara. Es la llave.

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Estudiante de Filosofia con aspiraciones literarias. Más relatos y pensamientos en mi blog: http://sinpalabras.ghost.io/

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