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12 min
LA VENUS PERFECTA
Amor |
09.02.14
  • 5
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  • 1935
Sinopsis

No le importa a quien ames, siempre que el amor se sincero. Eso es lo esencial.

Aquellas viejas vías de tren no llevaban a ninguna parte. Se perdían en el infinito sin llegar a rozarlo siquiera. Morían ,a su pesar, en una humareda de caos silencioso. Miles de trenes que cruzaban la plazoleta desaparecían en un negro túnel sin fin, ocultos en un océano de palabras inconexas entre si. Un maremoto de sonidos que volaban sin dirección en los vagones ,ahogados en ocasiones, por el crepitar de las campanas de la torre de la estación. Aquel día, aquella figura esbelta vestida de blanco cruzó su mirada ocre con la mía. Fue un segundo de delicioso estudio. Unas facciones perfectas, un cabello rizado, sedoso y brillante como ninguno, unos zapatos caros... El cálido viento de julio agitó su sombrero durante unos breves segundos. Luego ella comenzó a andar. Nadie ocultaba su asombro al verla pasar entre el ruido del tren. Un grupo de viajeros depositaron sus maletas sobre el frío suelo. Uno de ellos se cohibió y desechó el impulso de inclinarse mientras que los demás intercambiaban impresiones entre si. Una madre con su hija en brazos no se imaginaba que su pequeña comenzara a agitar sus menudos bracitos en ademán de alcanzar a la mujer. Ella se acercó y dejó que el bebe acariciara su rostro. Un  olor a rosas invadió el lugar al acercarse un hombre con un ramo en la mano. Las flores cayeron a los pies de “ella” que con una sonrisa cordial se las devolvió a su dueño. El hombre no logró tocarla pero su andar no le permitió seguir su camino. La atmósfera era como un lugar idílico, fantasioso, irreal, como sacado de un  cuento de hadas. Unas risas lejanas cargaron el ambiente. Unos susurros se disolvieron en el aire. El sol brillaba en el cielo cargando, desmedidamente, contra los transeúntes. Un sin fin de miradas, un billar de rostros... Pero ninguno como aquel. Las páginas de mi novela corrían en una carrera acelerada, impulsadas por el viento. Me relamí de placer al saborear el humo de un cigarrillo, un humo mortal pero agradable.  Sentía como algo crecía dentro de mí al compás de la apertura de las puertas del tren de la estación. Un remolino de sentimientos contradictorios. Unos pensamientos vagos, al igual que el movimiento de la gente alrededor. Ella siguió moviendo sus caderas al mismo tiempo que la melodía inaudible e irreal de una guitarra viajera. Aquellos zapatos caros de tacón que golpeaban el suelo sin cuidado. Los pares de ojos que la seguían en la lejanía. Sobre todo mis ojos, que la miraban sin verla. Subió al tren de repente como un fantasma, sin ser vista. Sin pensar en lo que acarreaba haber tomado aquella decisión entré detrás de ella. Fue entonces cuando todo perdió su magia. Ella seguía siendo una reina de marfil blanco, más que todas, que cualquiera. Sin embargo ya no era mi musa, ya no era tan especial como minutos atrás cuando nos habíamos leímos mutuamente, mirándonos a los ojos. Era muy bella, incluso única, pero nada más. Simplemente un ángel que pronto, más pronto de lo que nadie podría imaginarse, perdería su blanco plumaje y no podría volver a volar. Ella, no era como el ave fénix que al morir es capaz de renacer de sus cenizas, ella era como todos ellos, caería en el profundo agujero sin fondo donde caen todos los divinos, en la oscuridad y monotonía de ser perfectos. Todo a mi alrededor cambió de color a blanco y negro. La negrura y tristeza de aquel transporte público atrajo la añoranza a mi cansado corazón. Las brillantes y luminosas paredes de la estación me llamaban, quería que regresara a la hojas del libro que nunca debía haber cerrado. No miré atrás. No esperé a que el tren saliera. Entre las palabras y frases de los pasajeros me alejé. Todo había vuelto a su ser. Encendí otro cigarrillo. Exhale el humo con suma suavidad. Como aquella primera mirada. Mientras todo se ocultaba para volatizarse lo pensé. Solo a mi. A nadie más. Ella solo me había mirado a mí. Aquel era un buen trofeo que añadir a las demás derrotas. Un recuerdo. Aunque no el único. Ni el más valioso. Fumé de nuevo y luego lancé el cigarro lejos de mí. Una media sonrisa se dibujó en mi rostro. Entre mis dedos algo brillaba más incluso que el sol de julio. Alcé en lo alto el preciado botín. Era un tacón. Era su tacón. Era el tacón de uno de sus zapatos caros.

 

La primera persona a la que le debo poder conocer el sentimiento de frustración  y  rechazo es a mi padre. Jamás escuché de sus labios ninguna palabra de cariño ni de comprensión ,ni siquiera en sus últimos años de su vida. Nunca pude oír nada que no fuera sobre la dificultad que entrañaba estudiar una carrera en condiciones o sobre lo equivocados que estaban los políticos referente a como gobernar y conducir correctamente el país o sobre la perdida de bienes de diferentes empresas al participar en causas solidarias. Siempre delante de la televisión o en su despacho escribiendo números y cifras que solo tenían sentido para él. En casa nadie era capaz de soportar sus continuas quejas ni su ácido humor.  Sin embargo solo yo se lo hacia saber. Solo yo interrumpía sus monólogos y decía lo que nadie en la casa quería o se atrevía a decir. Mi padre por su parte no perdía en tiempo en escucharme y se giraba dándome la espalda. Entonces era cuando comprendía que aquel hombre que simplemente vivía bajo mi mismo techo no cambiaría ni para bien ni para mal. Siempre seguiría hablando cuando nadie tenía intención de escucharle e ignorando mis palabras como si nunca hubiera existido. O como si fuera un error; la misma palabra que escuché de sus labios una noche mientras hablaba con mi madre y yo escuchaba detrás de la puerta. Aquella noche no me tuve lo necesario para pedirles dormir a su lado y como consecuencia las pesadillas no me dejaron.  Ni aquella ni las noches siguientes hasta un mes después. Desde entonces entendí, por fin, lo que era para mi padre y para muchos más que vinieron después.

Mi madre entendió tarde que no le quería. Para entonces la vida ya no tenía ningún valor para ella y tras un suicidio fallido quedó en un silla de ruedas. Desde aquello mi padre no quiso volver a verla alegando que siendo incapaz de poner la cena ya no le sería útil ni valiosa. Ella me demostró su capacidad de aguante al no recurrir al odio sino a la indiferencia total y absoluta. Fue en aquel momento cuando me aseguré que mi padre no ocupara un mínimo lugar en mi corazón.

 

El segundo gran dolor de mi vida fue cuando comencé a trabajar en un hospital. A pesar de las dificultades y los duros golpes durante la universidad acabé los estudios de medicina y logré entrar a trabajar en aquel centro médico. Tiempo después maldeciría haber trabajado en ese lugar. Tras los primeros meses no tuvo problema alguno ni quejas de los pacientes ni demás trabajadores y la felicidad me llenaba completamente. Un día, por desgracia, uno de lo médicos comenzó a hacerme la vida imposible. Me hacía trabajar más que a lo demás, me bajó el sueldo sin explicación alguna... Traté de buscar ayuda para solucionar lo que un principio me pareció simplemente un trato normal en aquel hombre y que con el paso de las semanas se había vuelto imposible de soportar. El mismo día en el que intenté pedir un tanto de apoyo se las ingenió para dejarme en ridículo delante de toda la plantilla médica inventándose una supuesta neglicencia médica en la que había cooperado. No traté de defenderme y tampoco hubiera valido para mucho. Tras aquello pude comprobar que ya nadie creía en mi veracidad, que nadie era tan amable ni justa como antes. Todos y cada uno de los días en los que comenzaba la jornada laboral creía estar junto con un grupo de extraños de sombras que ni se dignaban a hablarme. Aguanté y aguanté, incluso recibí notas amenazándome con acabar conmigo si no dimitía. Sabía que solo eran falacias, mentiras rastreras que no llegaban a nada. Lo sabía pero no podía reprimir que me hicieran daño. Lo más duro fue el día en el que alguien decidió que era prescindible. Simplemente, aquel medico se acercó donde mi y sonriente me dijo que no tenía que volver a trabajar el día siguiente. Fue brusco e inexplicable. Ni razones, ni palabras con fundamento ni profesionalidad.... Nada que no fuera silencio y ambiente cargado de sucia victoria. Bajé la mirada intentando asimilar lo que acababa de oír. Con vertiginosa rapidez algo afloró en mí. De repente la rabia almacenada en mi corazón se convirtió en un fuego insaciable de dolor e impotencia. Sin embargo el orgullo controlaba las riendas de mi caballo interno y no dudé ni un segundo en alzar la mirada. Mis ojos se clavaron en su rostro, un rostro envejecido y demacrado en el que las huellas del tiempo estaban perfectamente dibujadas. Era una cara que mostraba un carácter huraño y egoísta, avaro y falso. Mantuve la mirad fija en él y la sostuve incluso cuando me apartó de un empujón. Hasta que desapareció no me percaté de que las lágrimas habían aflorado en mis ojos y amenazaban con caer. Sin esperar a que me despidieran formalmente, como creía que me merecía, me marché de ahí y juré no volver. Justo antes de irme una joven paciente a la que había atendido días antes dijo mi nombre y se acercó corriendo. Después de agradecerme mi esfuerzo y dedicación me regaló un gran ramo de flores y una maravillosa sonrisa. Aquella noche, mientras buscaba un nuevo trabajo en anuncios y guías, no había olvidado a aquella mujer, su sonrisa y sus flores. Era una de las únicas personas que había llegado a hacer que me sintiera bien y a gusto desde hace años. Ella fue la segunda persona que logró hacerme sonreír y llorar de emoción y por la que había sentido algo fuerte e intenso.

 

Pasaron varios años hasta que todo cambió. Llevaba poco más de un año con mi primera pareja estable  y aunque parecía que el amor sería permanente nada dura para siempre y menos cuando la falta de comunicación es notable y los privilegios de uno son excesivos y los límites o fronteras del otro son imposibles de traspasar. En ese punto en el que la relación se estanca no hay a donde ir ni que hacer. En ese punto es cuando se recurre a hacer daño al menos fuerte utilizando las palabras hirientes. Y los golpes sin control. En ese capitulo de desorientación me encontraba yo aquel día. Tras una paliza de la que logré escapar a duras penas logré arrastrarme hasta una calle y caí sobre el frío asfalto. Alguien, a los pocos minutos, me encontró, me llevó a su casa y cuidó de mí. Las heridas eran tanto superficiales como mentales y al despertar en aquella cama todo me pareció nuevo, un sueño o el mismísimo transito a la muerte. Raquel, la joven que había cuidado de mí sin conocerme, estaba a mi lado y con paciencia empezó a examinarme y a hacer las preguntas que tantas veces uno contesta al conocer a alguien nuevo. Y para mi Raquel fue más que  un descubrimiento nuevo que me llamó tanto la atención que despertó nuevos sentimientos en mí. Verdaderamente al mirarla a los ojos supe que aquella era la persona que en el menor tiempo posible había logrado hacer que todo fuera perfecto a mi alrededor, que todo lo  malo cambiara, brillara por su magnitud y presencia. Algo en ella hizo que se convirtiera en mi tótem, mi amiga, mi confidente... Mi gran amor.

 

Nunca he sentido remordimientos de haber amado a Raquel. Me merecía aquella oportunidad y la disfruté.

Había conocido a muchas más mujeres pero ninguna como ella; ni siquiera la más bella criatura había logrado que  olvidara el color de sus ojos, ninguna era tan perfecta. Hace poco decidí crear una fundación muy especial para mí. En ella se intentan mejorar las relaciones entre los sexos para que las mujeres tengan su respetado lugar en el mundo. Los hombres deben aprender a respetarlas como iguales y a dejar de lado los prejuicios y los pensamientos machistas que tanto mal han causado. Siempre había querido empezar con este nuevo proyecto, desde que descubrí la belleza interior de las mujeres, lo especiales que son...

Yo amo a las mujeres. He querido a muchas. Por lo tanto me quiero. Y estoy muy orgullosa de ello.

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