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5 min
La Vida de Helena Ginés II: El Abuso Sexual
Reales |
13.08.13
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Sinopsis

La historia real de una joven española estudiante de psicología que nos cuenta lo bueno y lo malo de su vida. Impulsada por una tarea en la que tiene que escribir su autobiografía, esta chica nos revela cosas íntimas y conmovedoras. Os la entrego por partes.

CAPÍTULO TRES.

Una Experiencia Triste De Mi Infancia

 

Ay, Dios mío, no sé si sea correcto que escriba esto. Me da miedo que el cuaderno desaparezca y alguien lea lo que escribí, pero también sé que si voy a ayudar a otros debo enfrentarme a mis propios miedos.

La profesora siempre tira el mismo sermón: “no podéis pedirle a vuestros pacientes que sean honestos si no estáis dispuestos a ser honestos vosotros mismos”. Ufff, bueno sé que tiene razón pero es que es tan difícil. Tengo miedo que este secreto salga, pero debo armarme de valor.

Lo diré:

Cuando tenía seis años fui abusada por mi primo Esteban.

En ese entonces mamá y papá apenas me ponían atención. Mamá vivía estresada por los quehaceres de la casa y mi papá vivía trabajando. Maaike tenía un grupo de amigas al que no me dejaba entrar y yo me distraía soñando despierta, imaginando cosas, jugando sola en el jardín.

Mi primo Esteban tenía catorce años en ese entonces. Era un adolescente alto, flaco, de pelo rubio ensortijado. Llegaba mucho a la casa para aprender a trasquilar ovejas y a nadie le importaba que anduviera por ahí, observando todo y metido en todo.

Una mañana se me acercó y me invitó a que jugáramos un “juego nuevo y divertido” según sus propias palabras. Yo era inocente y dije que sí. Me llevó hasta una especie de bosquecillo que estaba a unos metros de la granja y se bajó el pantalón y me enseñó su pene erecto.

Era la primera vez que miraba esa parte del cuerpo de un hombre pero no me asusté. Yo estaba esperando el juego nuevo. Esteban entonces me tomó la cara y me besó apasionadamente y pude sentir que sus manos apretaban mis nalgas con fuerza. A mí no me gustó que me metiera su lengua en la boca ni que me tocara así, pero no pude soltarme porque era más fuerte que yo.

Luego se sentó en el suelo y se puso un poco de miel en la punta del pene.

-¡Chúpala! –dijo con voz ronca.

Yo no entendí de que iba el juego pero me ordenó que chupara con tanta urgencia que pensé que algo malo pasaría si no le hacía caso. Me puse en cuclillas y comencé a chuparle el pene. Yo no sentía nada, ni bueno ni malo. Para mí solo estaba sorbiendo la miel.

Cada vez que me la acababa él se ponía un poco más y yo tenía que chupar y chupar. Era un juego bastante soso para mí.

De pronto algo pasó, Esteban se tensó como si convulsionara y gimió de placer. Me tomó del pelo y me metió su polla hasta la garganta de forma violenta mientras me tiraba su semen adentro. Yo sentí que me ahogaba y cuando Esteban me soltó vomité esa cosa hedionda en el suelo y me fui corriendo de allí.

Pasé el resto del día aterrorizada, con la consciencia de haber hecho algo muy malo y creyendo que Dios me iba a castigar.

Al día siguiente regresó Esteban a la casa. Apenas lo miré yo me fui corriendo hacia la cocina creyendo que no me buscaría pero me equivoqué. Mamá y Maaike se habían marchado y papá nos dejó solos para ir al campo. Creo que no es necesario decir que me obligó a chuparle el pene de nuevo, aunque volvió a usar el truco de la miel.

Para que me dejara en paz yo se lo chupaba rápido y yo sé que eso le daba más placer porque me apretaba el cabello con fuerza. Luego de un rato su placer llegaba al máximo nivel y yo sentía aquel pene entrando groseramente en mi boca.

Esa ocasión no me dejó vomitar. Me obligó a tragarme el semen.

La última vez que abusó de mí fue casi dos meses después. De nuevo me dejaron sola en la casa y mi primo entró a mi propio cuarto. En esa ocasión fue más salvaje que en las anteriores. No usó miel ni nada, sólo dijo que me mataría si no le chupaba el pito y yo no pude hacer nada por miedo. Me puse de rodillas frente a él y dejé que me metiera el pene a la boca con violencia. Luego me tiró a mi cama y yo creo que ya iba a penetrarme cuando se escuchó el auto de mamá llegando a la casa.

El maldito patán ni se dejó mirar. Salió por una ventana y no volvió a llegar en meses. Nunca más volvió a abusarme y yo nunca le conté esta historia a nadie.

 

CONTINUARÁ

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