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6 min
La Vida de Helena Ginés III: Recuerdos
Reales |
16.08.13
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Sinopsis

La historia real de una joven española estudiante de psicología que nos cuenta lo bueno y lo malo de su vida. Impulsada por una tarea en la que tiene que escribir su autobiografía, esta chica nos revela cosas íntimas y conmovedoras. Os la entrego por partes.

CAPÍTULO CUATRO

Un Recuerdo Que Me Marcó

Escribir este libro se está haciendo muy difícil. Sinceramente a veces me ha dado ganas de quemarlo o de tirarlo a la basura. Ayer me hizo llorar mucho cuando recordé lo sola que me sentía cuando era niña y creo que hoy me va a tocar llorar de nuevo.

La profesora insiste que escribamos lo que sentimos en nuestro corazón y que si lloramos quiere decir que estamos limpiando nuestra alma, pero yo me siento muy mal mientras estoy escribiendo estas cosas. La verdad es que me duelen mucho.

Hoy debo escribir un recuerdo que haya marcado mi vida.

Creo que una de las cosas que marcó mi vida de forma terrible fue la muerte de mi abuelo Alberto. Él era un lindo anciano de ochenta y tantos años pero yo le quería mucho porque tenía un carácter muy dulce. Era alto, blanco, tenía una piel arrugadita como una pasa pero tenía unos ojos azules muy lindos y luminosos. Sus manos eran duras, muy duras, pero me tocaba con mucho cuidado para no lastimarme.

Al abuelo Alberto le encantaba acariciar mi cabello.

Pasaba horas y horas haciéndome trenzas que luego deshacía para volverla a armar. Él me tocaba el cuello y me hacía pequeñas costillas y luego reía con su voz bajita.

Mi abuelo me hacía sentir muy amada. Me regalaba galletas de chocolate y reprendía a Maaike cuando no quería jugar conmigo. Yo tenía como once años en esos días y le amaba mucho. Él no vivía con nosotros. Vivía a muchos kilómetros en una casa de retiro y sólo le visitábamos una vez cada mes. Esas visitas eran muy especiales para mí.

Una noche llamaron a papá al teléfono. Era de la casa de retiro.

Todavía puedo recordar como el rostro de papá cambió mientras tenía el teléfono en el oído y como empezó a llorar histérico apenas colgó. Fue en ese momento que supe que mi lindo abuelito había muerto.

Nadie supo que yo lloré toda la noche y que me puse de rodillas cerca de dos horas pidiéndole a Dios que me dejara despedirme de mi abuelito.

Dios no me respondió nada.

La tarde siguiente realizamos una pequeña ceremonia frente a la tumba. El padre Carlos dijo que la muerte era, en realidad, el comienzo de la vida en el cielo. Todavía recuerdo muy bien sus palabras. Luego bajaron el ataúd hacia el hoyo y yo recuerdo que me desvanecí, caí al suelo y desperté quince minutos después.

Me había desmayado por la impresión.

CAPÍTULO CINCO

¿Cómo Influyó Mi Infancia en mi Vida?

 

Creo que pasé la mayor parte de mi infancia sintiéndome sola. En la escuela no tenía muchas amigas y mi familia tenía mil cosas qué hacer y siempre me dejaban a un lado.

Yo quería tratar de encajar.

Quería encajar en la escuela pero era una tonta de la que las demás chicas se burlaban. Quería encajar en mi casa pero mi familia me miraba como un estorbo. No encajaba en ningún sitio: era la eterna excluida.

Para paliar mi soledad me inventé un mundo propio. Me imaginaba que viajaba a un planeta lejano llamado “carabás” y que allí era una princesa que viajaba por paisajes hermosos y vivía mil aventuras, pero lo más lindo es que en ese planeta sí era amada.

Yo nunca me sentí realmente amada.

Creo que la razón por la que peleaba tanto con Maaike era porque siempre sentí que a ella la querían más, que ella era la hija favorita, la princesa de la casa. Papá le consentía todos sus caprichos, mamá salía de compras con ella y sólo Helena se quedaba a un lado, triste y abandonada.

Nadie supo cuántas veces lloré pensando que yo era fea, tonta, torpe, inútil y que por esa razón era obvio que nadie me amaría. Nadie supo cuántas veces le pedí a Dios que me convirtiera en Maaike aunque solo fuera por un día para disfrutar de ser amada. Nadie supo cuántas veces pensé en matarme bebiendo el veneno para ratas que mamá guardaba en una despensa.

¿Por qué los padres creen que con solo darle ropa, casa y comida a sus hijos ya es suficiente?

Yo hubiera regalado toda mi ropa y mis juguetes y hubiera dejado de comer un mes por un solo abrazo de mi padre, por una palabra cariñosa de Maaike, por un instante a solas con mamá en un centro comercial… pero no, nada que ver, a Helena sólo le tocan los regaños, a Helena sólo le corresponden las reprimendas y los castigos, a Helena dejémosla sola.

Creo que por eso me volví rebelde en la adolescencia.

Trataba de demostrar con mis rebeldías y mis estallidos de ira que ya era una chica grande y que ya no necesitaba de nadie, pero en el fondo seguía teniendo una enorme sed de amor.

Nadie entendió eso.

Todos pensaban que yo era la chava lunática, la rebelde sin causa, la oveja negra y nadie se tomó el tiempo para preguntarme si me sentía bien o para decirme un simple “te amo”.

Me dejaron sola. Siempre me dejaron sola. Vivía con ellos, comía con ellos, miraba televisión con ellos, pero yo estaba sola. Nadie conocía mi alma y lo peor es que a nadie le importaba conocerla.

¿Será por eso que soy tan insegura en las cosas que hago? ¿Será por eso que trato de hacerme la fuerte por fuera aunque por dentro esté a punto de llorar? ¿Será por eso que me da tanta tristeza cuando estoy sola? No lo sé.

Mi familia cree que soy la chica fuerte, la indomable Helena Ginés y nadie sabe que por dentro solamente soy una niña que desea que la abracen y le den amor.

No puedo contener las lágrimas, mientras escribo esto se me acumulan en la mente tantos recuerdos tristes y siento que me duele el corazón por la depresión.

Quisiera que mamá estuviera aquí y me abrazara y me dijera que sí me ama, que yo no era un estorbo y que nunca lo fui. Quisiera que alguien me hiciera sentir especial, valorada. Quisiera que toda esa gente que me lastimó o que abusó de mí me pidiera perdón… ¡Ay, yo sé que nada de eso va a pasar nunca!

Lo siento, ya no puedo seguir escribiendo.

Quiero llorar.

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