cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

6 min
La vida, simplemente
Humor |
01.11.17
  • 3
  • 1
  • 1915
Sinopsis

Escrito humorístico recordando, no parafraseando, las cartas cochinas de Joyce a su Nora Barnacle.

Los últimos rayos del sol iluminan una extravagante y lóbrega pieza. Sus paredes bastante azotadas por el tiempo y el trotar inclemente de los años. Ahí nos encontramos con Erwin Segundo Malpelo, cabeza inclinada sobre un cuaderno de hojas amarillas y líneas negras, que va llenándolo con palabras de dudosa caligrafía, no obstante la punta de oro de su lapicera color rojo púrpura se desliza ágil propiedad, si bien con una cierta ansia no dominada. Erwin intenta aferrar y fijar algunos hechos y recuerdos de su ya larga vida.
Lo acompaña Miel, su gata rojiza y sorda que acompasadamente ronronea en una vieja silla. Algunos grillos comienzan a cantar anticipadamente entre las rendijas de las paredes. Quizás sean cantos de amor.
Los primeros años de casado, va diciendo Erwin en su escritura, fueron intensamente apasionados: los besos interminables, el placer de sus pieles fundidas en virginales inicios. Puro fuego y ardor, risas, ternura, apetito, carnalidad, voluptuosidades, posturas, sublimes indecencias. Cuerpos que se agotan en la muerte diáfana del gozo posesivo y tiránico. Hogueras interminables que se apagan para volverse a encenderse con mayor potencia y vigor. Dos cuerpos y una sola soledad, en el placer de una juventud explosiva. Años portentosos.
Fue galopando raudo el tiempo y consumiendo años. El vuelo del águila y la carrera del leopardo dejaron el lugar al paso lento y pesado del elefante. Se fue la poesía, llegó la árida y tediosa prosa. Finalmente la amarga tristeza del desprecio recíproco, del odio definitivo.
Erwin recordaba con hiriente nostalgia el cuerpo grácil, sensual, provocador, delicioso de esos primeros años. Mujer de belleza total, delgada, ágil de lineamentos finos y perfectos. Amor arrollador, envidia total de sus conocidos y de los desconocidos que la contemplaban y deseaban, inútilmente. Le pertenecía.
En los tiempos de la prosa y el olvido, Erwin siempre mantuvo su cuerpo esbelto, delgado, seco, nervudo y, principalmente, intacto su sátiro deseo sexual al que forzosamente debió canalizar y vehicular hacia un harem de prostitutas jóvenes.
Nunca más volvió a conocer el verdadero amor ni la pasión compartida. Sólo el placer sexual como fin y liberación en sí mismo, con su tristeza sucesiva, fue su calma en la ruta carnal.   En cambio Raquel, en sus últimos años experimentó una verdadera metamorfosis en su cuerpo, seguida de un vuelco total en lo mental y caracterial tanto de no dejar huellas de su antigua y esplendorosa belleza ni de su quemante ardor sensual. Engordó a desmesura y antiguo e imperceptible bozo se fue transformando en un bigote con todas las de la ley. Y, caso raro en las mujeres, le salieron pelos no excesivos, pero evidentes desde las fosas nasales, que a Erwin, sin mayores rodeos, las consideraba auténticas cerdas. Sus deliciosas manos de antaño, sublimes en las caricias, se metamorfosearon en manos rudas, agrietadas. Pensaba Erwin recordando a Sancho Panza, que eran más aptas para salar perniles de cerdos que para embellecer un anillo de esmeralda.
Sobretodo, ella odiaba visceralmente a Erwin y lo acusaba de impotente, de incapaz de amarla como entonces. Es necesario reconocer que tenía razón, porque Erwin, al contemplar esa creciente envergadura escapaba como de un gigantesco erizo que anulaba el mínimo y valeroso líbido que pudiera insinuarse. La atracción había muerto por completo, sin posibilidad alguna de resurrección.
Los insultos de su mujer iban en un crescendo exponencial, cada día uno más hiriente se agregaba a su repertorio de desprecio y odio desencadenado. Llegó a llamarlo vil y repugnante como rata de alcantarilla.
Su lenguaje aumentaba tanto en agresividad como en vulgaridad ostentosamente.
Los días de ambos se transformaron en un infierno. Erwin ya no podía soportar, además, ese irrefrenable parlotear de su mujer, su voz quejumbrosa, sus gritos destemplados, estridentes, sus verdaderos gruñidos, y esa forma de comportarse en la mesa, intolerable su forma de comer con la boca abierta, de engullir, de sonarse la nariz en forma rumorosa, y ese eructo final le recordaba una hiena en digestión.
Sin duda su mujer recurría a toda una gama de vulgaridades para hacer daño a un marido irremediablemente perdido para siempre.
La última tortura que llegó a la vida matrimonial de Erwin fue auditiva, pero esta vez también sonora, y no sólo. El festival de pedos inició de improviso y fue una avalancha. Al inicio mientras caminaba lanzaba un pedo seco, casi risueño, y la frecuencia y los lugares aumentaron. Al final invadieron toda la casa, con sus rincones más anónimos y alejados del cotidiano trajín.
Y el tiempo pasaba inexorablemente. El pobre Erwin había aguzado de tal modo su oído y su nariz a tales sonoridades que conocía sus variadas escalas, tonos y semitonos, como también la relación estrecha con la dieta del día anterior. Era un tormento, un insomnio continuo ese impúdico concierto de ventosidades con que la descomunal gorda atormentaba al esmirriado marido.
Algunos pedos indecentes y cochinos, particularmente hediondos lo hacían maldecir a Satanás. Algunos largos, interminables, de una sola nota aguda que terminaba de improviso en un sonido breve y trunco, como el corte de una espada sobre una cuerda tensa, solo que seguía una especie de aplauso pequeñito y sordo de los cachetes del culo.
Otros pedos eran húmedos, acuosos, interrumpidos por cuetazos como de petardos. Pedos rabiosos, rencorosos, expulsados para hacer daño, otros cansados, solitarios. Una huracanada orquesta de pedos multiformes. Suspiros y lamentos del alma orgánica.
Un auténtico infierno para Erwin Segundo que colmó con creces su amplia capacidad de tolerancia y resistencia a los efectivos y mirados ataques de su mujer. Entonces decidió por la eliminación física de la fuente de sus tormentos. No veía otra alternativa, aunque al pensar en Landrú lo recorría un dañino escalofrío, que superaba. Concibió y elaboró así los más disparatados y sofisticados planes homicidas, y cuando ya había afinado los particulares del que consideró el más efectivo, su mujer murió sofocada con un trozo de pernil de chancho particularmente mal masticado y peor ingurgitado.
El día que Raquel cayó muerta, interrumpiendo sus planes homicidas, Erwin supo que había amado a esa mujer más que cualquier otra cosa en este mundo. Casi lo destruyó la piedad y el horror.
Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 88
  • 4.54
  • 182

Algo de mí está en lo que escribo.

Tienda

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta