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23 min
La visita del Cometa
Drama |
16.04.15
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Sinopsis

En 1910 pasó el Cometa Halley. Se vaticinaron inmensos desastres que no se cumplieron. En Londres, Alma era ajena a todo aquel pavor, sumida como estaba en sus recuerdos.

I
El diecinueve de mayo de mil novecientos diez no se acabó el mundo. Pese a lo que todos vaticinaban, el Cometa Halley pasó cerca de la Tierra sin dejar tras de sí el rastro de muerte y destrucción que los que decían saberlo bien nos habían augurado. El anuncio de su llegada causó en todo el orbe gran asombro y temor, cual si fuese el heraldo de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Lo esperábamos entre atribulados y angustiados; e incluso aquellos que nos miraban con desdeñoso desprecio y nos hacían creer que para ellos tales presagios no eran sino cuentos para asustar a los niños, incluso ellos, digo, contemplaban el cielo con preocupación. Mas el astro vagabundo prosiguió su largo caminar por los espacios siderales luciendo arrogante su larga cabellera, sin dignarse siquiera a rozarnos con una caricia.

Alma fue de las pocas personas que no se enteraron de tan fastuosa visita, pese a estar alojada en una casa londinense muy cerca del Observatorio de Greenwich. Aquel día, andaba muy ajetreada deshaciendo el equipaje tras meses y meses de largo viaje por media Europa. Durante su azaroso vagar de un país a otro, no hubo día en el que no volviese la vista hacia atrás con la angustia de quien teme que le sigan los pasos. Ni siquiera aquel diecinueve de mayo, mientras intentaba poner un poco de orden al revoltijo de muñecas, vestidos, zapatos, chales y partituras que se entremezclaban por los suelos o colgaban del brazo de algún sillón, conseguía que los recuerdos la dejasen de atormentar. Mientras doblaba las blancas camisas de holanda y organza, mientras las guardaba en el cajón de la cómoda, intentaba, sin lograrlo, que no la distrajera el recuerdo de Roberto, sus celos enfermizos, sus infundadas acusaciones y sus cambios repentinos de humor, que tanto dolor le habían causado. Suspiró profundamente para disolver con su aliento las imágenes que se empeñaban en llevarla una y otra vez al pasado. Ya había transcurrido un año desde su partida y en ese momento solo debía concentrarse en procurar una vida feliz a Gloria, su hija, y en el recital de lieders de Schubert que daría la semana siguiente.

¡Dios mío! No quería pensar lo que hubiera sido de ellas si Karen no le hubiese ofrecido el trabajo. Los ahorros con los que salió de España se estaban agotando y, si no hubiese sido por su buena amiga, no sabía cómo ni dónde habrían terminado. Pero Karen Watts no había olvidado los años que compartieron siendo niñas en la Guildhall School of Music. Cuando había acudido a ella pidiéndole ayuda, no había dudado en dejar de lado sus compromisos como soprano para recorrer media Alemania en su busca. No contenta con preparar la vieja casa de su abuela para poderlas acomodar sin que nada les faltase, había invitado a su antigua condiscípula a que la acompañase al piano en el recital que había de dar en un pequeño teatro londinense.

Alma y su menguada familia habían cruzado el Canal de la Mancha desde Caláis el día anterior y, después de una travesía en un barco de pasajeros que había durado varias horas a causa de la bruma, llegaron a Londres cuando ya había anochecido. Agotadas tras días y días de viaje ininterrumpido, apenas se sintieron con fuerzas para agradecer a Karen su generosidad durante la cena que les ofreció en el apartamento que tenía la cantante en Chelsea, justo en frente de la Escuela de Arte. Y después de horas de conversación, habían caído rendidas en las camas que les tenía preparadas. A la llegada de la mañana, las había acompañado a la que iba a ser su casa hasta que encontrase otra donde iniciar una nueva vida. Alma había enviado a Gloria y a Miss Logan, su institutriz, a pasear por Hyde Park en tanto ella deshacía el equipaje. Y allí estaba intentando que los recuerdos no se apoderasen de su mente y de su corazón.

Por un momento dejó su tarea. Entró en la sala donde un piano de pared parecía estar llamándola. Se acercó a él y abrió la tapa. Sus dedos recorrieron presurosos las teclas de marfil. Se sentó en el taburete y dejó que las primeras notas del "Nocturno Opus nueve número uno" de Chopin llenasen la casa de nostalgia.


II
Cuando conoció a Roberto, Alma tenía dieciocho años y todo el mundo le auguraba un futuro pleno de triunfos como concertista de piano. Acababa de terminar sus estudios en la Royal Academic of Music donde había sido una de sus más aventajadas alumnas.

Su padre había enviudado casi al mismo tiempo que ella abría los ojos al mundo y, desde ese mismo instante, dedicó todos los minutos del día a asegurar la dicha de su única hija. No había escatimado medios en llevarla a los mejores colegios, en contratar a los más prestigiosos profesores e institutrices para darle una esmerada educación. Piano, violín, dibujo... De ninguna disciplina que pudiese adornar sus dones naturales escapó la niña huérfana de madre. Y, cuando empezó a sobresalir por sus dotes para tocar el piano, la animó a seguir la carrera como concertista de tal instrumento de cuerda. La acompañó por medio mundo, orgulloso de ser el progenitor de tan prodigiosa joven; la llevó del brazo a bailes, fiestas y recepciones; y conoció con ella a lo más granado de la sociedad europea de aquellos años en los que agonizaba el siglo diecinueve.

A los dieciocho años, Alma no era una joven que sobresaliese por su belleza. Sus ojos eran demasiado pequeños para que se fijara nadie en ellos, su nariz irregular y su boca tan grande que no parecía hecha para el óvalo de su rostro. Mas, cuando sonreía, toda su faz irradiaba una luz capaz de eclipsar al mismo sol. Desde muy niña, no permitió que el espejo la engañase con vanas ilusiones. Tampoco se aprovechó nunca de la benevolencia con que la trataba su padre ni, pese a que éste nunca le negase nada, se dejó llevar por los caprichos y antojos que suelen arrebatar a las niñas. Tal vez en ello residía su encanto, en su temperamento tranquilo y fácil de contentar. Su mayor dicha fue de niña y, luego, de jovencita ver a su padre feliz. Por ello, desde muy tierna edad, se aplicó en sus estudios para que él tuviera un motivo de enorgullecerse. Solo dejaba volar su alma hacia lejanos mundos de fantasía cuando sus dedos acariciaban las teclas de un piano.

Después de una velada de música de cámara en la finca de un rico ganadero salmantino, Alma tuvo su primer encuentro con Roberto. Era éste un joven compositor que, pese a estar dando sus primeros pasos, ya gozaba de cierto renombre en el mundo de la música. Una leve cojera debida a una caída de un caballo, le contaría más tarde, le impedía tomar parte en los bailes que amenizaron la velada después del recital que dio Alma acompañando a un violín, una viola y un violonchelo. La joven pianista tampoco participaba de las danzas. Contemplaba el ir y venir por la pista de los alegres invitados con el gozo de quien asiste a un bello espectáculo. Sin saber que ella misma era objeto de admiración, se deleitaba observando los brillos de las perlas que lucían las mujeres; los brocados, tafetanes y terciopelos que, con sus destellos, competían con las lágrimas de cristal de la lámpara del techo; los vestidos de colores pastel de las jóvenes solteras: rosas, azules, blancos, amarillos; los negros de las venerables matronas... Extasiada por lo que veían sus ojos, se sobresaltó cuando una mano le rozó sus hombros desnudos. La caricia fue más leve que el suave toque de una pluma, pero bastó para que toda ella se estremeciera. Volvió la cabeza hacia atrás y sus ojos tropezaron con los de Roberto, quien, sin esperar a que alguien los presentase, se dio a conocer.

Acercó una silla a la que ocupaba Alma y no la abandonó sino hasta el término de la velada. La entretuvo con los chismes que se contaban del anfitrión y de cada uno de los invitados que pasaba ante ellos alardeando de sus pasos de vals. La hizo reír con historietas que rozaban lo picante y teñían de rubor las mejillas de la joven. Mas también le habló de asuntos serios, contándole sus aspiraciones como compositor. No crean que olvidó elogiar los dones musicales de Alma. Sin abrumarla con desmesuradas alabanzas, supo sacar a relucir sus mejores cualidades: con justeza, como quien describe un cuadro sin apasionamiento. Y aquel aplauso sobrio causó sobre Alma mayor impresión que cualquier otra lisonja exagerada.

Acabada la noche, ya estaba el corazón de la joven prendado de Roberto. Mas a punto estuvo de caer en el olvido pues aún pasarían muchos meses antes de volverse a ver.

Ocurrió en una fría mañana de diciembre en Berlín, al día siguiente de que Mahler estrenase su Segunda Sinfonía. El sol iluminaba el azul del cielo, mas tan tímidamente que sus rayos apenas calentaban a los que osaban pasear por la capital alemana. Aquella mañana, Alma, acompañada de su prima Celia, cogió un landó de alquiler que las condujo al Tiergarten. Como el parque no era muy grande, lo recorrieron a pie, deleitándose con sus frondosos árboles, que les hacía creer que estaban en medio de un bosque encantado. A la orilla de una de sus lagunas, se acercó a ellas un joven elegantemente vestido. Alma lo reconoció al instante, mas, para ocultar su turbación y su gozo, hizo como si no supiera de quién se trataba. Pero lo mismo le hubiese dado si hubiese procedido de otra manera pues Roberto no posó sus ojos ni una sola vez sobre ella. La bella Celia atrajo toda su atención mientras que Alma se confundía con el paisaje que les rodeaba, como si se hubiese convertido en una estatua más del parque. Por primera vez en su vida dejó que la envidia de la belleza ajena le mordiese el corazón y un sentimiento parecido a la aversión hacia su prima anidó en su pecho. Celia, entre tanto, ignorante de los sentimientos de su prima, conversaba con Roberto con despreocupada desenvoltura. Lo conocía desde hacía años porque el prometedor compositor había sido compañero de colegio de su hermano y, con tal pretexto, se habían enredado en una charla de más de media hora de la que Alma solo fue testigo invisible.

No volvió a verlo hasta el verano siguiente, pocos días después de su vigésimo cumpleaños. Aquella vez actúo de cupido el padre de la propia Alma. Sin que la joven se hubiese enterado, se habían encontrado con frecuencia durante las giras en las que tomaba parte la concertista y habían trabado una incipiente amistad que prometía convertirse en más profunda. El padre de Alma no había dudado, por tanto, en invitarlo a pasar unos días en la casa que tenían en Sevilla aprovechando un viaje que había de hacer Roberto a España. El joven compositor no perdió el tiempo en vagas excusas y, antes de un mes del ofrecimiento, se presentó con dos maletas a las puertas del hogar de Alma y su padre.

Durante las casi dos semanas que permaneció Roberto con sus anfitriones, no descuidó ni un instante a Alma. Desde que se levantaba muy de mañana la colmaba de atenciones. La acompañaba en los mil y un recados en los que la joven tenía que ocuparse para llevar la casa; después de comer, la entretenía con historias de su infancia; cuando se hacía más tenue el calor del sol estival, la invitaba a un largo paseo por la ciudad; y, a la caída de la noche, la escuchaba con profunda concentración mientras ella le regalaba con alguna pieza de Chopin o de Liszt. Tenía Roberto un encanto natural para saber decir en cada momento la palabra más atinada capaz de conmover el corazón más duro. Alma, joven inexperta en las lides del amor, más y más cautivada por los encantos de Roberto, se dejaba agasajar. Y no dejaba pasar un momento del día sin que se desviviese ofreciéndole todo aquello que pudiese agradar a su galanteador.

Antes de partir, Roberto pidió su mano y en la estación en la que los árboles se visten de grana y bermellón, contrajeron matrimonio en una pequeña iglesia sevillana.

Cuando lo dejó todo un año antes de que el Cometa Halley nos visitase, no olvidó poner entre las cosas que guardó en el equipaje el velo de tul y blonda con el que se casó.


III
Si dijéramos que Alma fue siempre desgraciada en su matrimonio, faltaríamos a la verdad. Mas, si dijéramos que fue siempre dichosa, estaríamos cayendo en la falsedad.

Desde que subieron al tren que los había de llevar a Córdoba en la estación de la Plaza de Armas para emprender su luna de miel, supo que el amor que le ofrecía Roberto no iba a llevarla por un camino de paz. Su flamante marido no quería sino que estuviese día y noche pendiente de él. Recelaba si ponía su mirada en cualquier otra persona, como si temiese que pudiesen acercarse al acecho para arrebatársela y llevársela lejos. Durante el viaje de bodas, se encaró en una ocasión con un hombre que, según dijo, la estaba mirando con descaro.

—No quiero que nadie te mire más que yo —le solía decir tras una noche en la que la volvía loca de pasión.

Al principio solo se trataba de la mirada de un extraño; mirada, decía, que ofendía a su esposa. Después, ya de regreso en casa, empezaron las quejas porque dedicaba demasiado tiempo a su padre; luego, la convenció de que no tocase el piano si no era nada más que para él. No le gustaba tener invitados en casa.

—Has sonreído de forma incitante —le decía sin que ella supiera muy bien a lo que se refería.

Y sus palabras cada vez sonaban menos a chanzas. El corazón de Alma se volvió un acerico donde se iban clavando, cual alfileres, las injustas acusaciones de Roberto.

Alma, al principio, influida por las novelas románticas que habían llenado las horas de su primera juventud, confundía aquellos celos infundados con el amor. Pese al sufrimiento que le causaba tener que justificarse una y otra vez, he de decir que cada vez con menos éxito, se enorgullecía de despertar un sentimiento tan profundo. Mas, casi sin darse cuenta, día tras día, se iba despojando por el camino trocitos de sí misma y, con el paso del tiempo, tenía que hacer mayores esfuerzos para convencerse de que Roberto la hacía feliz. El temor a despertar su cólera la llevó a renunciar a todo lo que pensaba que podía molestarlo. Dejó de recibir invitados en su casa y de aceptar invitaciones; estuvo años y años sin volver a ver a sus primos, a sus primas, a sus tíos, a sus tías. Y a su querido padre solo lo visitaba cuando Roberto partía de Sevilla en algún viaje para estrenar alguna de sus obras. Para aquellas visitas a la casa que la había cobijado de niña, se vestía de vistosos colores y escondía sus desdichas tras una alegre sonrisa. Pero su padre no se dejaba engañar. Los ojos de su hija eran mucho más elocuentes que sus labios y detrás de sus juguetonas palabras, de sus animadas canciones, de sus risueños gestos, él podía vislumbrar las penas que, con tanto afán, Alma intentaba ocultar. Pero, por más que preguntaba, solo recibía evasivas respuestas de su hija.

No crean que todo eran desdichas en la vida de Alma. Podían transcurrir días, semanas e, incluso, meses en los que un sol más brillante que el astro celestial hacía florecer las rosas de la felicidad. Era entonces cuando Roberto volvía a ser el hombre que la enamoró: encantador, alegre, considerado y atento a los deseos que adivinaba en su esposa. Por un tiempo, Alma creía que todos los sinsabores vividos no eran sino un mal sueño que había dejado atrás. Roberto volvía a confiar en su amor, en su lealtad, en ella. Los fantasmas de los celos parecían haber abandonado la casa. Mas, bastaba un comentario inocente de su esposa, “he visto a mi madrina a la salida de misa”, una palabra dicha al azar, para que negros nubarrones ennegreciesen la frente del marido de Alba y la acusase de imaginarias infidelidades y traiciones.

Uno nuevo pesar se alojó en el hogar del joven matrimonio: la falta de un hijo varón. Por tres veces se quedó Alma encinta; por tres veces el niño murió antes de abrir los ojos a la luz. La primera vez, Roberto derramó profusas lágrimas con ella y después la colmó de caricias para apaciguar su dolor. La segunda, se encerró en su despacho y no volvió a pronunciar una palabra hasta una semana después. La tercera, Roberto ni lloró ni enmudeció. Llenó de injurias a su esposa, culpándola de matar a sus hijos. Más y más afligida, Alma se sentía responsable de la desdicha que iba apoderándose de su marido y sufría por no saber ponerle fin. Ni los dulces que preparaba con esmero para él, ni los nocturnos de Chopin con los que intentaba deleitarle, ni las caricias con las que le acogía antes de dormir lograban apartarle de su malhumor. Cada vez eran más frecuentes los accesos de ira incontrolada en los que la acusaba de todos los males que le acechaban; cada vez eran menos frecuentes los momentos en los que disfrutaban de sosiego.

Los accesos de ira de Roberto tornaronse en su forma habitual de estar, en su forma de ser. Que si la carne estaba poco hecha, que si las camisas no estaban bien planchadas... Cualquier excusa era buena para dar rienda suelta al malhumor, para mostrar su enojo. Y Alma, mientras tanto, se iba volviendo más y más asustadiza. Temía los momentos cada vez menos frecuentes en los que estaban juntos, respirando con alivio cuando él se encerraba en su estudio a componer sus sonatas. Pero como seguía amándolo, sentía que su corazón se iba llenando más y más de tristeza, de más y más dolor. Y al llegar la noche, cuando oía la respiración regular de Roberto, cuando ya dormía a su lado, dejaba que las lágrimas reprimidas durante el día corrieran libremente por sus mejillas.

A los diez años de conocerse, Alma por fin dio a luz una criatura viva. Gloria nació con un remolino rubio en la frente y una sonrisa en los labios. Nada más verla, toda la vida de la joven madre quedó encadenada a la del sonrosado bebé, olvidó todos sus pesares y conoció la grandeza del amor que no espera más que le permitan amar. Pero Roberto no acogió a la recién nacida con tanto regocijo. Se tomó como una traición más de Alma que fuese una niña y no el varón tanto tiempo esperado. Apenas dirigió un vistazo a la cuna donde dormitaba su hija el día que nació y apenas volvió a mirarla en los meses siguientes. En cambio, cuando Alma se recuperó, no dejó de asediarla requiriendo su atención y compañía a cualquier hora del día e, incluso, de la noche. Cada momento que le dedicaba a la pequeña Gloria eran minutos que le robaba a él. No paró hasta encontrar un ama de cría que la amantatase, con la excusa de la supuesta mala salud de Alma; si veía a su esposa entretenida con el baño de la niña o vistiéndola, la reclamaba con cualquier nadería. Los celos que en otro tiempo sintiera por imaginarios amantes los sintió después por su hija. No podía ver a Alma con Gloria sin sentir aquella agonía en su corazón. De manera que enseguida contrató nannys inglesas e institutrices francesas para alejar a la madre de la hija.

Acostumbrado a una Alma dócil, la respuesta de su esposa ante sus tretas le llenaron de asombro. La maternidad otorgó a la joven madre de una fuerza que hasta entonces había permanecido dormida en su interior. Perdió el miedo a los accesos de cólera de Roberto y se negaba a plegarse a sus deseos cuando éstos no eran sino meros caprichos. En pocos meses dejó atrás a la niña obediente y sumisa que aún vivía en ella; tomó las riendas de su vida y la de su hija con una firmeza que había estado muy lejos de creer tener; y no volvió a derramar una lágrima más cuando Roberto la amenazaba con dejarla de amar.

Mas, si al principio él, desconcertado, parecía que iba a cambiar su proceder, con el tiempo descubrió que podía volver a dominar a su esposa a través de Gloria. La ira que al principio de su matrimonio descargase sobre Alma, empezó a dirigirla contra su hija. Un día era una muñeca abandonada detrás de un sillón del salón, otro día era que no se sabía la lección de francés, otro que no se sentaba con corrección a la mesa... Cualquier descuido de Gloria podía provocar su enfado y, si Alma salía en defensa de la niña, lo único que conseguía era sacarle aún más de sus casillas. Así, todo el amor que la pequeña pudiera haber sentido por su padre se tornó en terror cada vez que vislumbraba su presencia. Y aquel hogar que había de ser un refugio de armonía se convirtió en un infierno para la madre y para la hija.

... Y para el padre también.

Aún no había cumplido siete años Gloria cuando Alma empezó a pensar en dejar a Roberto. Hacía tiempo que su padre había dejado este mundo y ya nada la ligaba a la ciudad hispalense. El amor que todavía sentía por su marido apenas pesaba en la balanza al lado del platillo en el que había puesto todo el bienestar de su hija. Tuvo que reflexionar mucho para planear su huida. Sabía que, si se iba, la Ley estaba de parte del esposo. A ella la podían acusar de abandono del hogar y quitarle a su pequeña. Así que, durante meses, fue trazando con cuidado su plan. Cada vez que salía a la calle, se acercaba a una casa de empeños donde, con mucho dolor, fue convirtiendo en dinero las joyas de su madre que le entregó su padre antes de morir. Por medio del usurero conoció a un hombre que le facilitó pasaportes falsos. Ella se despojó del nombre que le diera su padre al nacer y se convirtió en Alma: como la esposa de su admirado Gustav Mahler. Para su hija, eligió el nombre de Gloria por haber ennoblecido su vida. A nadie más que a Miss Logan, la institutriz de su hija, habló de su propósito de fuga. Y un tres de mayo, aprovechando el amparo de la noche, salió de la que fue su casa durante tantos años y emprendió un viaje a través de distintos países de la vieja Europa con la niña y la profesora. Se escondieron en humildes posadas, mientras ella buscaba el amparo de antiguos amigos, almas generosas que se compadecían de su destino. Hasta que, dos semanas antes de la visita del Cometa, su querida amiga Karen fue en su busca a la pensión de Frankfurt en la que se alojaba con Gloria y su institutriz para llevarla a la capital del viejo imperio británico.

IV
—¡Mamá! En el parque nos han contado que esta noche va a pasar un cometa. ¿Me puedo quedar levantada para verlo?

La alegre voz de Gloria hizo que los recuerdos de Alma se desvaneciesen en el aire. La niña entró corriendo y saltando en la sala mientras le contaba lo que sabía de la misteriosa visita. Ella abrió sus brazos y la acogió entre ellos mientras una lágrima rebelde se deslizaba por su mejilla.

Aquella noche del diecinueve de mayo de mil novecientos diez, el Cometa Halley pasó muy cerca de la Tierra. Iba precedido de funestos presagios que hablaban de destrucción y desgracias miles; mas ninguno de tales vaticinios se cumplió. Al día siguiente la gente volvió a sus quehaceres cotidianos. Por ser domingo, los fieles asistieron a los oficios religiosos mientras en sus casas les esperaban los suculentos manjares de los días festivos. Los parques se llenaron de niños en pantalón corto que hacían rodar su aro, de niñas pulcramente vestidas de organdí almidonado, de niñeras que empujaban con indolencia cochecitos de bebé mientras miraban a lo lejos en busca de sus enamorados... Y en una casa cercana al Observatorio de Grenwich, Alma comenzaba el primer día de su nueva vida.


 


 

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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