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6 min
LA VISITA INESPERADA (V)
Suspense |
04.06.17
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Sinopsis

Los retos más grandes en mi vida —tal vez— me entregaron las satisfacciones más intensas. Hacerla mía, despertar y tenerla a mi lado. Me aloco recordando, mientras las sombras se hacen más grandes y recaen sobre mi rostro como durante esa tarde.

 

La traje de la mano y la detuve frente a la ventana, ahí donde la luz naranja del atardecer y la calentura nos cubría por completo. Levanté su mentón con una mano y miré de abajo a arriba su figura.  Perfección por el amor de Dios. Puta perfección. El bóxer rosado  esbozaba sus nalgas tamaño XG, extragigantes,  se veía MIL VECES MEJOR. Le pedí que no despegara sus ojos de mí. Me encanta ser el centro de atención cuando sé qué hacer y sí que hago esto muy bien.

 

Desde su cintura: uso mis dedos como pinzas, subo su blusa blanca. No jalé los tirantes de arriba hacia abajo para conservar la sorpresa. Lo pensé, pero quiero alargar las cosas.  La brisa del mar era escasa y no había embarcaciones que nos vieran.  Maldita, perfecta. Quiero durar y hacerlo por horas. Hasta que ella, con la espalda sudorosa  y llena de marcas apasionadas, se retuerza de placer en un orgasmo que nadie ha sabido darle...

 

Me excité demasiado con sus pechos, redondos, con aureolas grandes y sensibles. Las toqué despacio y se endurecieron. Las besé y mordí, alternando la intensidad en que mis dientes torcidos intentaban chocar entre sí. Estrategia planeada previamente solo para demostrar que tan sádico sería con ella.  Su mirada mezclaba emociones y —oh, noticias: Más perfección—. Tenía el brillo cristalizado  de quien derramará muchas lágrimas y una marca que solo la lujuria plasma cuando la acción combina sudoración y pasión entre dos o más. Cogí su cabello por detrás y halé un poco. Su cintura, de nuevo, envuelta con el brazo que hace un rato la acariciaba sus mejillas. No se compara con el dominante, la derecha, que ejercía brutalidad y más. En ese antebrazo veía mis nudillos y las venas sobresalidas. Me fascinó la agresividad animal que, por fin, aplicaba. La cogía fuerte y mantenía o incrementaba la presión. Sonreía, le gustaba. Me sentía un cavernícola desesperado por copular. Combinaba las ganas, maldiciones y susurros delicados o sucios. Era mi hora. No oponía resistencia, debía gustarle mi uso de la fuerza. La acerqué a mí, aún más. Sus rodillas se metían entre mis piernas con suavidad. No hay música, solo brisa.

 

Me besó con la tibieza de una virgen que fue desflorada después de los 20. De seguro esperaba la rutina de alguien que la acostumbró a la calma y lentitud. Conmigo no tendría nada de eso, para nada. Correspondí ello: me alejé y mordisqueé su mentón, sus mejillas —qué perfectas— hasta oír un chillido. Ella se perdió cinco segundos en el espacio, no se movía. Sentí en ese instante que era un hombre sobando el hocico contra una pared fría y tosca. Luego retornó  la diversión. Me escupió en la  boca luego de estrujar mis gruesos labios. En vez de asquearme, la erección se hizo mayor. Quería —yo— una revancha y esa mirada me hacía delirar de placer.  Me lamió ahí, probó su saliva combinada conmigo y ella se abalanzó contra mí. ¿Incontrolable? Más que yo no, pero qué incómodo, carajo. Si no llevo las cosas, dudo. Si dudo tengo miedo, si pasa eso, pierdo el control. Así que la aferré a mí con los brazos, la miré con furia y succioné sus labios. Me desprendí de su boca y subí desde una comisura, hacia la mejilla, que tras una mordida, pasé y acerqué mi nariz hacia su cabello. Lugar, donde para mí, se concentra la esencia de alguien. Ahí transpiras y expides un olor o hedor. Si son de ella, cualquiera es una fragancia que no quiero compartir. Solo para mí.

 

¿Yo debajo de ella?¿Ella encima? El eterno dilema. La cuestión sin resolver. El frustrado que siempre quiere poseer.

 

No me dejé vencer. A cada segundo que pasaba, dejaba de ser una cama para transformarse en un ring de box. Primero porque transpirábamos mucho. Segundo, la sangre se combinó con el placer. Yo le hinché tanto los labios que sangró. Ni habíamos realizado los juegos previos, entre lágrimas siguió y se vengó de mí. Reventó mi boca con una mordida, el mismo lado donde había escupido y probado su saliva. Cogí sus nalgas, repasé su espalda y quedaron marcadas mis uñas. Poco recortadas y uniformes. Cuando su incrustaron un segundo en sus muslos dijo:

 

—Para, Jesús. Para. Quiero que me la metas, pero trátame con cariño. Despacito y ya cuando veas que yo no me detenga: hazme lo que quieras.

—Gina, no doy más. He venido a follarte, no a darte amor. A mí modo. Si tú quieres cursilerías, déjalos para otros en otro momento. Ya se me bajó la erección. ¿Contenta?

—Trátame bien. Como si fueras a quedarte aquí por siempre. Eso es lo que te pido, mis chicos siempre fueron calmados, cariñosos, profundos y… sobre todo… grandes. Pero no seas bruto y hazlo bien.

— ¿Qué has dicho?

—Nada, idiota. Ven y dámelo todo.

Le estampó una bofetada, lo miró con odio y lo besó. Quería evitar alguna reacción incómoda. No sabía a qué se enfrentaba. En la mente de Jesús resonaban las palabras. Grandes. Grandes. Grandes. ¿No la tengo así? Concéntrate, Jesús y clávale mil hijos a esta perra. Grandes, grandes, grandes. Mientras redirigía su atención, entre sus labios, una acción más tenue se producía.

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