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4 min
LA VISITA INESPERADA (VI)
Suspense |
08.01.18
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Sinopsis

6

—Sigue, sigue. Dame, dame más. UUhhh...Sí.... Hazlo… Jesúuuuusssss… ¡¡No pares por favor!!

 

Respira Jesús. Transpira Gina.

Resuenan los paños del mueble grande de la sala. La superficie sintética sigue bajo la seductora tonalidad naranja del sol. Resoplan, chillan, expiden placer y dentro de la mente de Gina, algo de amor… amor romántico al pene de este fanático obsesionado con ella. “Qué tal ritmo maneja este hombre” dice en su mente. Mientras Jesús embiste su útero con frenéticos vaivenes. Rápido como un conejo, tosco como un perro y fuerte como un león. Ella está por llegar al clímax. Sus manos le acarician el rostro a Jesús. En un instante, le jala un mechón de cabello. Él aguanta el dolor y no se queja. Los ojos de Gina se blanquean. La humedad que ella tiene entre las piernas se multiplica. Quiere más y quiere que lo haga el que está encima. Las caderas de Jesús reducen sus velocidad y los pies de la mujer voluptuosa arrugan la los cojines del mueble por unos segundos. Gina tiene el cabello desarreglado, ensopado. La frente se cubre de gotas de sudor, la niña gesticula con los labios en un idioma que Jesús no entiende. En el transcurso del contacto, él con los brazos enhiestos aplastaba constantemente la cama improvisada, a centímetros de las aureolas —que rebotaban con energía—. Jesús también la miraba cual toro enfurecido.  Dirigía su objetivo solo a los ojos de Gina. Por un segundo quiso saber qué deseaba y si así llegaría a conquistarla. Sus venas empezaron a remarcarse con las sombras y el alumbrar de la tarde, moría un poco cada segundo. El monte de venus se fundía durante microsegundos, entre fluidos y poca luz, con el vientre de Jesús. El disfrute mantenía a Jesús en su labor. Ella, recostada, desconocía lo que gustaba a este hombre a la hora de la pasión. Pensó en improvisar, también en acariciar para justificar la carencia de palabras sucias que motiven a Jesús. Cerró los ojos y se concentró en la profundidad del miembro de Jesús. Le gustaba, expandía sus interiores y la sensibilidad aumentaba, pero quería más. Entonces viajó entre sus recuerdos y recordó una noche no muy lejana… donde también mantuvo su atención fija en el miembro del compañero sexual que tiene desde hace un año y tres días. Cerró los ojos más fuerte, cada vez que se acercaba al clímax. La escena que recordaba se produjo en una situación distinta, una noche fría, en la que su novio estaba tan borracho como ella, y salían de un antro en el boulevard Colonial. Tenían la nariz roja de tanto alcohol, ella, él de la coca. Caminaron por una avenida cercana al lugar, entre tropiezos y balbuceos ingresaron a un hotel barato, donde los baños eran viejos y los techos altos. La cama era diminuta y el televisor a tubo. La calentura de las bebidas los hizo besuquearse desde el bar, tanto que el muchacho tenía una marca de labial impresentable en la mejilla y la boca, pero que no desapareció hasta la mañana siguiente después de un duchazo. Ella tenía las bragas húmedas desde el baile, tanto así que en la última visita al tocador, se las quitó y guardó en la cartera. Estaban listos para el amor, cada vez hablando menos y disfrutando más.  En un momento sintió casi la misma experiencia, pero algo le faltaba. Simple. Una realidad muy notoria para Gina, el miembro de su “chico” era grande y el de este “grande” era chico. Así que en sus recuerdos percibía, algo que en ese instante no.

—¡¿Daniel?!¡¿Daniel?!¡Házmelo como esa vez, maldita sea!¡Métela más, hasta el fondo!¿Se te ha achicado?—sonreía sin abrir los ojos—. ¡Quiero gozar, carajo!

Y recibió una bofetada tan fuerte que su adorable sueño se transformó en pesadilla. El tipo con el que fornicaba mantenía en el rostro, ira y miedo. Luego del impacto, el hombre repitió el golpe. Una, dos, tres veces. Y continuó...

 

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