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34 min
Laika
Terror |
11.06.15
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Sinopsis

Un grupo en busca de tecnología especial

                                                           LAIKA

                                                         José León

  En un momento de parálisis callada y dulzura impropia, se le vino una frase que le escuchó decir a un viejo amigo poco antes de partir «eso parece un jodido psiquiátrico llevado por maricones al que van indecisos y del que salen desfilando». La noria con radioactividad indeciblemente mayor que la necesaria para provocar cáncer parecía moverse allá a lo lejos como mecida por un viento que en realidad no existía y muy venenoso.

  Los soviéticos siempre tuvieron fama de ser ingenieros excelsos, personas de instrucción muy significativa que sin medios materiales o con medio mundo, hacían maravillas. Este fenómeno era evidente en los edificios de Prypiat. Continuaban alzándose al cielo con desdén, hasta con provocación, y desde luego con firmeza. La flora que debería estar muerta se elevaba del suelo con igual ansia de superioridad cubriéndolo todo en un destello de lo que sucedería apenas nuestras civilizaciones desaparezcan y la libre naturaleza, ahora liberada del ansia controladora del hombre, vuelva a hacer de sus leyes el martillo con que esculpe el planetita en el que nos creó. Eran enormes y muy robustos los árboles que esparcidos por la ciudad Ucraniana violaban nuestros conocimientos físicos. Y en el rio los peces radioactivos no flotaban muertos y descompuestos luego de más de treinta años de actividad atómica, muy al contrario saltaban y engullían como si el peor desastre nuclear del género homo sapiens, olvidando el horror de Hiroshima, nunca se hubiera producido.

  Muchos de los coches que los trabajadores utilizaban para ir a echar la jornada, seguían con las llaves puestas y aparcados con pulcritud en los márgenes de las carreteras solo ensuciados por las hojas de los arboles caducos. Sí uno pretendía distraerse, era cuestión de montarse en alguno, arrancarlo y darse una vuelta por la ciudad. Sin embargo y a pesar de todo, la noria era un elemento excesivo. Definitivamente era como un psiquiátrico hecho por maricones al que van indecisos y del que salen desfilando. Esta vez la frase le provocó una sonrisa y un chasquido de lengua.

  Se detuvo a unos cuatro o cinco quilómetros de la noria, tragó saliva y tras tomar aire continuó la marcha sin dilación. Pocas veces tuvo una certeza en su vida, pero esa vez la certeza le empujó, sería mejor decir le metería, en el centro del reactor de la central nuclear Lenin. No se puede decir cuántas veces tuvo ganas de pegarse un golpe sabiendo que la central que causo el peor y más sangriento accidente de la historia de la investigación nuclear, tenía el nombre de su ídolo. Se divisaba desde lejos entre nubarrones compactos pero disociados en los bordes: el sarcófago cubría el cráter radiactivo con visos de posteridad.

  Efectivamente lo mantenía cerrado con visos de no moverse nunca, pero él pretendía meterse dentro con tres más y casi sin equipo en busca de lo que había hecho que cruzara media Europa. Algo tan quimérico como las tablas de la ley del arca de la alianza y poco menos rocambolesco que las carabelas de cristal o el área 51 en su versión ufológica. Se trataba de unos planos de tecnología soviética clasificada que ni el mismísimo gobierno del Kremlin pudo recuperar, pero que no obstante, quería traer a España. Vitaly consiguió fondos de la universidad de Sevilla con la desaprobación de casi todos sus compañeros físicos, de la universidad de Barcelona, donde tuvo que decir que el dinero era para comerciar con Japón un tipo de baterías de Litio, y de la universidad de su Berlín natal.

  De sus compañeros de expedición dos eran españoles y otros dos alemanes. Todos con carreras, ninguno con demasiados permisos y en el fondo ninguno sabiendo bien que hacer. Solo sabían que el disquete, uno de esos cacharros siempre lleno de pringue de los que se estilaban entonces, estaba con toda la información dentro y suficientes roetgents como para detener el corazón de un hombre. Era lo único que quedaba del proyecto Laika.

  Dio un largo pero irónicamente nada agrio sorbo de aire por la nariz. Era un aroma cargado y cadencioso. ¿Se puede emplear ese terminó para describir el aire? Aquel sorbo de aire era cadencioso, una mezcla de hedor del fin del mundo y suave fragancia de pradera. Pestañeó dos veces y continuó el camino sin más dilación. Pripyat presentaba todos los achaques del imperio de Kronos. El tiempo, eso que es imposible que no sea, junto con fuerzas que el físico berlinés creía conocer mejor, lo roía todo por todos sitios sin misericordia. Parecía oírse un inanimado tic-tac allá donde se mirase que lo deshacía todo por momentos. Aún con esto, los edificios se alzaban seguros obviando el hecho de la radioactividad.

  Un pino, uno de esos enormes de película americana, tenía la punta naranja fluorescente como un rotulador barato. El equipo se detuvo en su sombra y se colocaron con solemnidad entre cómica y propia del lugar unas máscaras de gas que habían comprado en España.

  Tras unas breves palabras, remprendieron el camino hasta que un perro hizo que se detuvieran. En aquel momento Vitaly sintió un chispazo y casi sin demorarse vinieron a su mente imágenes de antes de partir de Sevilla; los preparativos del viaje, la incertidumbre lógica del antes y el motivo del mismo, o sea, la tecnología para sacar hidrogeno del agua y luego hacer funcionar un motor prototipo con el hidrogeno.

   En otros términos, los soviéticos habían conseguido la electrolisis casi sin consumo y habían inventado un motor que utilizando el hidrogeno sustituiría al motor actual de combustible fosil. Algo que revolucionaría al mundo tanto ayer como hoy. El problema es que por avatares del destino el único disquete con las instrucciones para hacer el proyecto realidad lo tenía uno de los tres encargados de hacer el experimento la noche de la explosión. Este físico ucraniano murió en el acto y el disquete quedó en la central guardado en una caja fuerte en paradero bastante incierto. Lo bueno era que sabían acceder al sitio y estaban casi seguro de poder hacerlo: tenían planos oficiales del gobierno, y Alexander era un ingeniero que antes de serlo se sacó la cátedra de física con tan solo 27 años y estuvo obsesionado desde pequeño con las cerraduras.

  Su afición por abrir y cerrar candados, puertas y hasta cajas fuertes desde antes de tener siquiera noción del átomo, provocó que en la etapa de la adolescencia se enfrascara cada vez que tenía tiempo libre en el estudio de las técnicas relacionadas con las cerraduras.   

  Los otros chicos jugaban al futbol o al baloncesto, pero él cuando no tenía que estudiar se quedaba leyendo libros de escapismo, de ingeniería aplicada a las cerraduras, libros sobre cajas fuertes y catálogos más o menos legales de este tipo de productos.

  Así fue como con apenas quince años abrió su primera caja fuerte, una FS-G32, que sus padres le regalaron y que cedió con una ganzúa comprada y rediseñada por él, un estetoscopio también comprado y rediseñado por el y varios minutos de cálculos. Lo malo era que la central estaba con exactamente la misma radiación que en el momento del accidente, radiación que no menguaría en unos 24.000 años, y lo suficientemente elevada como para matarlos en minutos.

  A este hecho debe añadírseles que no estaban suficiente bien equipados como para desenvolverse con soltura. Por falta de capital ni siquiera tenían buenas mascaras de plomo, la de los liquidadores o especialistas del ejército rojo que subieron al techo reventado del reactor al producirse la catástrofe, eran máscaras propias de la época muy aparatosas, muy recomendable para todos una vez que estuvieran dentro, pero no había suficiente dinero, de modo que sus máscaras fueron encargadas a una armería de Madrid, y los uniformes, o mejor dicho, las protecciones, no eran otra cosa que unas bandas; láminas de plástico especial que nada tenían que ver con las originales de plomo llevadas por los liquidadores.  Quizás el proyecto se pueda definir con las siguientes palabras, mucha ilusión, mucho talento, pero poco dinero.

  Cuando tocaron la enorme noria, ni siquiera el tacto frio y desangelado del acero corroído y dejado a su suerte fue lo bastante como para no sentir un efecto cegador en quienes se aventuraron en tan descabellada misión. Llegaron a los pies de la noria, podría decirse del corazón simbólico del lugar, con toda la protección de la que dispusieron y aun asi sintieron temblores, malestar y dolor de cabeza. Vitaly fue el expedicionario que con más ahínco sentía los achaques del lugar. Él incluso se atrevió a montarse en una de las cabinas acomodadas con sillones destrozados por el tiempo y el paso de animales probablemente ya extintos. Sintió nauseas, sofocos y muchas ganas de regresar a Sevilla, pero sin embargo, también sintió un cierto, y ¿por qué no decirlo? Difícil de etiquetar, afán de darse una vuelta en ella.

  Un pum-pum-pum cadencioso y apagado le recordó la naturaleza mortal de la atmosfera de donde estaba. Giró la cabeza contrariado, uno de sus compañeros, el de la obsesión por las cerraduras, no paraba de morderse el labio inferior detrás de una máscara y pegar saltitos con los pies juntos. El continuó pum-pum-pum de sus saltos, no solo trajo como consecuencia que el director de la expedición se girara con el ceño fruncido, sino que además, prácticamente todos en bloque lo hicieron. Vitaly se acercó a él, lo sujetó dándole dos agarrones en el pecho y le gritó que dejara de tontear. Esté inmediatamente se zafó, se puso de perfil, agachó la cabeza y emprendió a correr hacia donde estaban los coches reventando en el acto el cristal de la ventanilla de un Gaz Chaika y quedando con las piernas fuera y el resto del cuerpo dentro en un ángulo de noventa grados en otras circunstancias muy divertido pero dado el caso nada simpático. Otro miembro del equipo, también físico, fue el primero en acercarse al compañero malherido con los brazos en jarra. Lo agarró por la cintura y lo tumbó en el suelo con cuidado. Al quitarle la máscara antigua pudo ver por sí mismo que la sangre que emanaba de sus ojos en un tono azulado se le cuajaba por las mejillas formando costra parecida a escamas de pez. De los oídos emanaba sangre normal, pero en excesiva continuidad. No había razón alguna para haberlo encontrado muerto, ni mucho menos sangrando.

   Echaron el cuerpo a un lado procurando en todo lo posible darle los cuidados indispensables. Nadie en el grupo daba crédito a lo que acababa de suceder, a ninguno le podía entrar en la cabeza que su buen amigo y llave indispensable para el proyecto, sin motivo justificable, terminara muerto en postura de puta de carretera.

  Dadas las circunstancias, lo más lógico hubiera sido dar marcha atrás; posponer la búsqueda del disco flexible con la información del Laika, darle sepultura digna al compañero y volver con alguien que supla su baja y mejor equipados. Pero en lugar de esto, de hacer lo lógico, todos unánimemente decidieron quedarse en el lugar y continuar, aún sin el experto en cerraduras, con la misión. Todos lo decidieron sin necesidad de pronunciar siquiera, y todos fueron conscientes de que ninguno estaba dispuesto a regresar con las manos vacías al segundo uno de colocar al compañero muerto en el suelo con un chaleco cubriéndolo y ponerse en coro mirándose serios. El físico de Sevilla recordó entonces un relato de Poe. El demonio de la perversidad. En el demonio de la perversidad dice el genial autor de norteamericana que el hombre muchas veces hace algo por razón de que no debería hacerlo. Sencillamente, afirma el de Baltimore, por estar seguros de no tener que hacer algo, alguien va y lo hace.  

   Agachó la cabeza hasta quedarse en un ángulo de noventa grados y mientras pestañeaba mirando una colilla de hace treinta y cinco años, dijo con denuedo que lo mejor era regresar. Ni siquiera transcurrió un minuto para que las réplicas de sus compañeros, con énfasis especial la del otro alemán del grupo, lo impregnara todo con vigor tal que hasta el muerto hubiera podido oírlo. Evidentemente Vitaly fue el primero que supo que no cabía réplica posible; si imposible era no intentarlo hasta sus últimas consecuencias, más imposible aún era, al menos en la mirada del observador no invadido de aspiraciones y afanes propios de los miembros del grupo, terminar con el disquete del proyecto Laika. Hidrogeno casi sin costes en producción industrial y el prototipo de motor más avanzado, insuperable y absolutamente de ensueño que pueda uno imaginarse en un disco de menos de diez gramos a una distancia de unos cuatro o cinco quilómetros.

  Resolvieron dejar al compañero caído en la acera y acercarse lo máximo posible al edificio de la central que empezaba a desaparecer en el horizonte de poniente. Prácticamente todos los accesos al reactor estaban sellados mediante soldadura. Las varias vallas con alambre de espino dejaban entre ver unos cuantos metros de terreno calcinado seguido de otros cuantos metros de superficie casi intocada. Es curioso que la radioactividad creé puzles con piezas que matan por unos sitios  y otras sin ningún efecto por otros. Era un lugar muy adecuado para haberlo encontrado en Los Ángeles a base de cartón piedra y muy poco propicio para ser real en cualquier otro lugar.

  Todo aquí era desmedido, abrumador, superado pero arrogante, danzante entre el «no es posible» y ser el verdadero corazón del ser humano, su verdadera esencia. Si algo tiene Chernóbil es contrastes. Uno podía sentir como Vitaly que Pripyat no podía ser verdad incluso estando en ella o pensar contrariamente que la especia humana queda representada mejor que en ningún otro lugar en estos paramos. En el centro del terreno vallado doblemente, el edificio, que antes producía electricidad como para suplir la demanda de más de medio país, permanecía húmedo y gris semienterrado por el sarcófago.

   Al poco de dejar las vayas atrás, Vitaly creyó por un segundo escuchar unos gritos en ruso. Fue durante el breve instante en que se detuvo delante de la pared sur del sarcófago mientras sus compañeros marcaban distancias sin aminorar el paso. Observando aquella ciclópea pared de hormigón y plomo, escuchó una voz varonil aunque suave que asfixiada parecía implorar permiso o pedir ayuda. Era fuera de toda duda la voz de un liquidador. Se frotó los ojos y miró en derredor sin encontrar nada. Entonces supo que lo que mató a Alexander, a todas luces la radioactividad, estaba empezando a afectarle a él también, algo que por muy previsible que fuese, no dejaba de sorprenderle máxime teniendo en cuenta que al fin y al cabo aún no estaban dentro y que en ningún lugar había aprendido que altos niveles de radiación llevan a un hombree a chocarse contra una ventanilla y sangrar azul. Escuchó, ahora nítidamente, la voz de su compatriota alemán. Al grito de: 

 —Vámonos, corre, debemos terminar rápido —, le hacía gestos con los brazos mientras una polvareda se levantaba tras de sí. Cuando llegó a su altura, cambió el ritmo, y como si de un solo hombre se tratara, caminaron a paso rápido en dirección al reactor. Cruzaron la otra alambrada, esta vez los alambres se encontraban repletos de plumas de pájaro, probablemente uno similar al abejaruco y se alzaba a casi tres metros del suelo.

  En ningún plano ni en ninguna foto, ya sea de internet o alguna de las muchas visibles en libros y revistas del asunto, aparecía ninguna de las vallas interiores;  no había constancia de la existencia de ninguna verja ni nada similar entre el muro de hormigón con alambrada en su parte superior y el edificio central, sin embargo, cortándoles el paso aparecía a contratiempo otra verja corroída y en muchos puntos deshilachada. Valiéndose del mismo procedimiento que con las anteriores, dos de sus compañeros se inclinaron con un cortafrios mientras que otro con un pequeño soplete acondicionaba el metal para ser cortado. Apenas se tardó un minuto en abrirlo. Hasta que no estuvieron justo delante de la puerta del recibidor de la central, el preciso instante en que Vitaly alzó la mano y tocó la cerradura lacerada por algún liquidador, la radiación y el tiempo, hasta que su compañero, compadre lo llamaba él, de Berlín no le puso un pie en el interior, hasta ese momento no fue consciente de que el sueño de su vida estaba aún palmo de hacerse realidad… o al menos de estar seguro de que asi lo sentía.

  Abrir la cerradura fue mucho más complicado de lo que lo hubiera sido si no hubiera tenido que dejar a Alexandre muerto en el camino, pero para sorpresa del siempre cuadriculado físico alemán mucho más sencillo de lo que aparentaba ser.

  El pasillo se extendía húmedo, apagado y estéril a nivel endemoniado hasta el borrón azabache del final. Parecía dibujarse sombras en aquel caos de silencios y negros. A ninguno se le ocurrió pensar que quitarse la máscara era buena idea, no obstante, el aire filtrado por las filtros de las que tenían puestas era tan insufrible, que sintieron la necesidad todos a la vez de quitársela.

  Es curioso, pero en multitud de lugares, ya sea en la literatura especializada o en algún retal de revista, Vitaly leyó que en ese tipo de situaciones, los grupos tienden a actuar como si solo fueran un sujeto, un único cuerpo que no dispone de más cerebro que el suyo, ni piernas que no sean las dos correspondientes. Todas las partes del grupo entonces, actúan inánimemente. Se trata de un solo sujeto quien se desenvuelve.

  Antes sucedió algo similar estando cerca de la noria, y en este preciso instante volvió a sucederles. Cuando vió que su compatriota alemán se quería quitar la máscara en serio, se abalanzó sobre él gritando que no lo hiciera. Una vez recompuestos del incidente y tras haber estado aclimatándose durante unos cinco minutos, atravesaron el camino que les separaba de la primera puerta al otro extremo de las tinieblas. El haz de luz de las linternas formaba muchas veces formas entrecruzadas que recordaban a un laberinto incendiado. Dijeron al llegar a un palmo de la cerradura que sin Alexander no se podía abrir, pero consiguieron atravesar la puerta en unos quince minutos y alcanzar un despacho que muy probablemente estuviera destinado a hacer funciones de taquilla.

  En el techo unos fluorescentes descolgados y rotos pendían amenazantes con desprenderse. El suelo era de un tono ocre corroído por manchas muy singular y difícil de describir. En otro tiempo aquí hubo moquetas, huellas nevadas y chicles incrustados formando puzles, pero ya hace mucho de eso. Ya no se escucha ni siquiera el roer de las ratas en las cañerías ni en los conductos acondicionados para los cables.

   Cruzaron un dintel que daba acceso a un pasillo con puertas pintadas en rojo curiosamente bien conservadas. Atravesaron el corredor en fila india sin hablar y casi sin mirar otra cosa que no fuese el frente. Al final del todo encontraron un recoveco chapado en el que probablemente antes hubiese visto una caja eléctrica o controles, válvulas y llaves para algún tipo de sistema de aguas. Ahora estaba inutilizable y rebosante de podredumbre y moho, además de infectado de unas sustancias similar al carbón, pero mucho más amarillento. En el extremo opuesto del pasillo unas ventanitas daban acceso a una sala estanco. Al lado de estas unas puertas de ascensor permanecían entre abiertas. Llegaron al ascensor, valiéndose de palancas lo abrieron, y, una vez quitada la principal lámina de escayola alumbraron hasta el extremo superior del hueco viendo por primera vez el siguiente punto a conquistar. Se trataba de la parada número siete del ascensor, que entre cables de cobre quemados y restos de material aislante colgando, permanecía cerrado a cal y canto a unos siete u ocho metros del techo del ascensor. No tardaron demasiado en colocarse todos en coro alrededor del sistema de cables para ponerse los arneses que les permitiría ascender por los mismos.

  El primero en subir fue Vitaly, que sorprendió al resto gateando por ese endemoniado sistema de cables como un gato albino, luego, con separación de entorno a un metro y medio, los demás subían por los cables de acero contaminado con destreza increíble hasta para ellos mismo. La puerta fue abierta sin dilaciones a golpe de hacha. En el otro lada del umbral una combinación difícil de explicar de mala atmosfera, suciedad y desgaste radiactivo confería a todo un ambiente especialmente novelesco y desesperante; las manchas en las paredes que en su día fueron de madera y que ahora se deshacía en espacios rotos o apolillados, polillas que increíblemente se veían pulular por doquier pero que de ser comidas provocarían estragos, focos reventados mantenidos por cables inútiles y marrones como quemados sin fuego, silencio, un silencio insufrible y sobre todo soledad. Una atmosfera que por necesidad mataba incluso a los virus, hacia impensable la vida o por lo menos en teoría. Pero no era el caso ni por asomo viendo los pájaros de afuera ni los álamos que superaban la altura de edificios de ocho plantas, ni mucho menos las polillas de dentro.

  Vitaly tuvo un flash: poco antes de entrar en Pripyat, se encontraron con unos aldeanos viviendo a unos pocos quilómetros de la ciudad. En lo poco que le dio tiempo a verlos, pudo comprobar que eran gente de la tercera edad, flacos pero sanos y dueños de huertas de las que comían a diario. ¿Cómo era posible que aún grupo de humanos que se suministraban diariamente alimentos de la tierra maldita y respiraban su aire sin cese, no les ocurriese nada, y con total independencia, la radioactividad superase niveles casi nunca antes visto sobre la superficie de la tierra?

   No lo sabía, no pudo comprenderlo, pero lo cierto y verdad era que con igual certidumbre se podía afirmar que el reactor modelo RBMK cedió y terminó estallando, que afirmar que muchos aldeanos llanos llevaban varios lustros comiendo de lo que daba la tierra venenosa.

  Arqueó las cejas contrariado, comentó que debían darse prisa y avanzó decidido.

  La siguiente puerta dio a un intrincado sistema de pasillos con multitud de oberturas, la mayoría sin nada qué abrir o cerrar, y extintores que sorprendentemente tenían un excelente estado de conservación. Poco antes de cruzar una de las puertas, alguno de los compañeros de la expedición agarro el hombro de Vitaly con fuerza y, con el plano enrollado de la central en una mano y el casco en la otra, le gritó tan fuerte como pudo mientras hacía gesto con la mano que no se metiera, que la salida de verdad estaba dos puertas más adelante. El director de la operación asintió con la cabeza y se dirigieron todos en bloque al lugar. Cruzaron la puerta sin dilación. Entonces un olor muy acusado a mierda vacuna les golpeó en las narices, pero no era demasiado desagradable teniendo en cuenta el contexto. Por fin habían llegado a una de las salas de controles.

   Era evidente la inversión multitudinaria que los soviéticos desembolsaron en estas instalaciones. Las maquinas desplegadas en forma de semicírculos desde una esquina al lado opuesto, seguían despidiendo un resplandor blanco, cierto espectro que recordaba al original, una multitud de botones, interruptores, manómetros, bombillas de diversos tamaños, manivelas, pantallas arcaicas, teléfonos, impresoras desfasadas, reguladores, potenciómetros, teclados con letras del alfabeto cirílico, formas prominentes con cerraduras en color rojo con las que se activaban controles de emergencia y sobre todo polvo, formaban una escena indeciblemente difícil de describir. Hasta cuesta describir lo que se sentía estando ahí.

   «Bueno», rompió el silencio una voz, «el disquete debe estar aquí». Señaló al centro del complejo con los aparatos fantasmales desplegados cercanos al fondo de la estancia, a no menos de un metro de la pared. Según la información de la que disponemos, se encuentra aquí. Mientras avanzaba con el brazo extendido, los otros lo miraban con una sonrisa. La única vez que rieron fue entonces de todo el tiempo que estuvieron en Pripyat.

  El armazón cedió rápido sin dar demasiadas complicaciones. Cuestión de desenroscar cuatro tornillos y dar unos cortes. Abrieron el panel frontal del aparato, alumbraron con las linternas y, aun sabiendo que prácticamente habían invertido los fondos de sus carreras, que toda Europa no es poco camino, que los niveles de radiación eran ingentes, y en definitiva que el sueño de sus vidas pendía de las luces de unas linternas, ninguno sintió nada cuando alumbraron y la caja fuerte secreta apareció entre los cables, fusibles y placas electrónicas con circuitos enormes y desfasados. Ahí estaba como era previsto y deseado por todos los integrantes de la expedición.

  Cuadrada, negra, con la cerradura al lado de la ruleta con la que hacer la combinación que la abriese, sin ninguna ralladura, absolutamente digna para lo que sería la mayor revolución desde la invención de la máquina de vapor. Alzó los brazos en dirección a ella, la sacó de un empujón tan fuerte y descontrolado que cayó de canto sobre el suelo de mármol provocando una oleada de ecos endemoniados que de parte a parte de la sala por al menos un minuto paralizó la actividad. Vitaly dio un paso atrás, pero al poco reaccionó recobrando la compostura.

  Sintió entonces mucho más que cuando la vió por primera vez una sacudida de satisfacción que palió el desgarrador pum-pum-pum-pum del metal contra el mármol. Se abalanzó contra el artefacto ahora cegado. Sabía que no era buena idea quitarse la máscara, recordaba perfectamente lo sucedido con su compatriota tres cuartos de hora antes, pero la impresión de tener tan cerca el sueño de su vida, pudo más que la prudencia siempre fría y distante de Vitaly e irrefrenablemente se la arrancó tirando del filtro naranja. Tras rodar unos cuantos metros por el suelo, fue a detenerse justo entre las botas impermeables de un compañero que, apenas pudiendo dejar de mirar la caja fuerte, se agachó vehemente para recogerla con la imagen mental de devolvérsela. El otro se quedó mirando el pequeño cajón acorazado y con el brazo derecho detuvo el paso de su camarada que con su máscara en mano mecía la linterna de lado a lado.

  «Puedo aguantar sin ella», dijo tranquilo envenenándose de un sorbo hondo de aire. «Abrámosla lo más pronto posible o cojámosla así, pero lo mejor es cerciorarse aquí mismo de si está el disquete dentro», terminó de hablar exhalando. El mismo hombre encargado de suplir a Alexander era el que tenía la máscara antigás de Vitaly entre las manos y los conocimientos técnicos aunque sin llegar a ser especialista como para abrirla asi como los instrumentos.

  Vitaly le pidió a Herman que la abriera. Colocó la caja acorazada sobre un teclado y comenzó a abrirla. El proceso fue rápido. Mucho más rápido de lo que esperaban todos que fuese. Cuestión de unos cuantos estirones, unos minutos escuchando con el estetoscopio, varios movimientos de ganzúa, algún grito de impotencia y lentísimos movimientos de ruleta. De pronto un clac, y la caja abierta. Entonces se miraron los unos a los otros expectantes… Herman metió la mano en su interior y pegó un salto de alegría cuando tocó lo que contenía sin siquiera haberlo visto bien. Un rectángulo de diez por quince centímetros de lado, extraordinariamente frio, que no podía ser más que lo que llevaban media vida buscando. Lo puso a vista de todos alzándolo como si de la hostia consagrada se tratara. La hoz y el martillo refulgían en el centro del rectangulo con fuerza. Estaba bañado en un tono rojo pasión muy encendido y era imposible encontrarle un solo rasguño.

  Vitaly suspiró mientras se cruzaba de brazos. Ya estaba todo hecho, le escucharon decir sus camaradas. Se metió el disquete en el bolsillo y ordenó que volviesen lo más rápido posible a donde estaba el cuerpo de Alexander. Prácticamente no dijo palabra, ni se colocó la máscara durante todo el tiempo que siguieron en el interior.

  Una vez fuera, con los escasos pero revitalizantes rayos de Sol que se filtraban por las nubes argénteas dándole de frente, volvió a pronunciar unas palabras y, con lo más destructivo que podía haber dicho en toda su vida condensado en una única frase nada sospechosa, mandó que se establecieran durante unas horas cerca de la antigua piscina municipal.

  El edificio se conservaba en un estado razonable, sin cristales en lo que antes eran cristaleras, pero en modo alguno derruido. A unos tres metros del suelo, un reloj enorme y cuadriculado con números verdes y manecillas negras marcaba las doce y quince minutos. En la piscina restos de mesas, sillas, vidrios y algún que otro flotador infantil tapizaban el suelo alicatado.

   El grupo se puso sobre unos banquitos de madera que los nadadores utilizaban para cambiarse cerca de una esquina. Enchufó, Herman, el ordenador a una toma de corriente, se cruzó de brazos y observó como los otros lo miraban ansiosos. No pensaba en lo que estaba haciendo ni en lo que estaba pasando, sencillamente tenía en mente a Alexander. Ojos cubiertos por una fina mácula de azul eléctrico, regueros que igual que una telaraña se extendían por sus mejillas. Un rigor mortis solo roto por el abominable pose de sus dedos retorcidos y manchas oscuras en el traje que no habían visto cuando lo dejaron antes de entrar en la central.

  El sonido de Windows al iniciar lo devolvió a donde estaba. Se apresuró a meter el disco flexible en la disquetera, entonces todos se inclinaron en torno al portátil expectantes.

  Una pantalla con imágenes en blanco y negro dio paso a unos desfiles en Moscú probablemente grabados durante la guerra fría, luego unas secuencias sin nitidez con audio trabado y por último un hombre de unos cuarenta años hablando en ruso con acento de Vladivostok en unas instalaciones ciclópeas. Frente a él cuatro mesas metálicas con piezas, entre medio las dos que formaban el centro de la imagen, un motor o algo muy similar a lo que cualquiera entendería por motor reposaba medio desmontado. El hombre, seguramente físico o ingeniero del ejército, comenzó su disertación batuta en mano moviéndose gentil por entre las mesas sin dejar de coger piezas ni de hablar en ningún momento. De vez en cuando se llevaba la mano derecha al bolsillo, silenciaba el video manteniéndose callado y comenzaba con las explicaciones de nuevo.   

  Eran imágenes fluidas en las que de manera muy desenvuelta, resultado de docenas de ensayos, detallaba el funcionamiento del motor de Hidrogeno y como obtener este del agua. De vez en cuando algún ayudante aparecía desde detrás del todo con algún instrumento en mano y permanecía en escena varios minutos, otras muchas veces aparecían de los lados, siempre con bata y aparatos, desde pizarras hasta pantallas surrealistamente similares a las que hoy se conocen como Tablet. Sin embargo, el director del video había preparado todo para que las intervenciones de colaboradores fueran las imprescindibles.

  Transcurridos unos cuarenta minutos de grabación, se produce un corte en la cinta y el escenario pasa a ser el lago Baikal. Enormes pinos nevados se extendían hasta el horizonte azul a orillas de las aguas calmadas y caribeñas si no fueran por la temperatura. El grupo se mostraba ahora en el lado derecho de la imagen con el mismo motor pero montado sobre el suelo y un todoterreno a unos pocos metros. Quien en las escenas anteriores tenía la batuta, hablaba montado en el 4X4 en punto muerto con una mano al volante y la otra en la rodilla. Dijo que esta era la prueba definitiva, cerró la puerta y avanzó con el coche dejando atrás a sus ayudantes y al motor, uno idéntico que el que movía el Ural en el que iba, oculto en una nubecilla de polvo. Después para la grabación y se suceden una serie de láminas con toda la información. Eran diapositivas color sepia con dibujos, fotografías, ecuaciones, logaritmos, paginas y paginas de texto en ruso, axiomas, marcas de proveedores entre las que Vitaly pudo ver fugazmente la española SEAT y bocetos de prototipos que no tuvieron éxito.  

  Los miembros del equipo se abrazaron enfrente del ordenador. No hizo falta que dijeran nada para saber que era común la sensación de triunfo. Herman miró al techo y pegó una bocanada honda de aire, luego encendió un cigarrillo. Entonces comenzaron las reacciones; felicitaciones y agradecimientos y muchas palabras por el futuro. Desde «este disco cambiará el mundo» hasta «ha salido todo como teníamos previsto, pero ¿Quién se ha dado cuenta de que ya no tenemos dinero?» pasando por  «casi nos matamos en cuatro ocasiones, Alexander nunca volverá, y ni siquiera hemos parado para bebernos unas cervezas».

  Recogieron tan pronto como pudieron el ordenador para ponerse en marcha de vuelta. El disquete lo guardó Vitaly en un estuche especial de aluminio que se colgó del cuello. De nuevo tuvieron una impresión de profunda satisfacción al darles la luz del día cuando salieron del edificio de la piscina. Estaban convencidos de que todo saldría bien. Seguro no habría ningún problema. La furgoneta casi se vislumbraba ya en el horizonte. Pero a última hora algo salió mal.

  Mientras avanzaban por un sendero de vuelta, en el interior de un corredor que dividía un sinuoso parque, un pitido empezó a sonar en la mochila de Herman. Se detuvo y gritó a sus camaradas que se detuvieran también. Les comentó que un programa había detectado error en los datos del disco flexible con el proyecto Laika. El programa, dijo mirando al suelo, tenía que haber analizado los datos mientras grababa el contenido en el disco duro del Acer, pero no hizo bien ni lo uno ni lo otro. Le pidió a Vitaly que volvieran a hacer el proceso antes de alejarse más de la central. Este, aunque muy indeciso, cedió.                                          

—Herman, son las cinco de la tarde, es poco menos que de noche, démonos prisa, coño—. Un aire gélido envolvió las palabras del otro alemán.

  Herman asintió y cogió el disquete de la mano de Vitaly. Regresaron al edificio de la piscina y de nuevo hicieron el mismo procedimiento sin demasiadas complicaciones, pero esta vez al recoger tuvo lugar una catástrofe tan estúpida que debieron transcurrir muchas horas para que lo asimilaran: a un metro o metro y medio del punto de corriente eléctrica, una alcantarilla cuadriculada de setenta por setenta sin tapa y un charco de agua de lluvia a unos treinta centímetros, hicieron desaparecer para siempre el ordenador con el disquete dentro.

   Cuando Herman terminó con el programa, se encontraba aturdido por traducir tanto, la atmosfera que llevaba soportando más de trece horas y la falta de alimentos. Durante tres pasos, los tres pasos que le separaban de la cañería, no se acordó de encender la linterna, y como ya era de noche y los otros estaban también agotados deseando que acabara con los brazos cruzados y sus linternas iluminando el suelo colgadas de los cinturones, no vió el charco ni tampoco la alcantarilla. Resbaló cayendo de boca sobre el agujero con el portátil que tenía sujeto como si fuera un repartidor de pizza. Gritó todo lo fuerte que pudo, se agarró con una mano del canto y con la otra llegó a sujetar el cable pero se desconectó en el acto y el ordenador cayó tan hondo cuanto el pozo era.  

 

 

 

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    El trabajo de Maringá es un relato que habla por si mismo

    Lo ocurrido en Pripyat es uno de los incidentes que más marcaron el siglo XX. Tengo pensado hacer una novela ambientada en este lugar. Espero que guste.

    Algunos tienen desgracias; otros obsesiones. ¿Quienes son más dignos de lástima?, Del inconveniente de habar nacido, Emil Cioran.

    Un filósofo alemán describió la locura como la rotura del hilo de los recuerdos. Humildemente encuentro esa definición perfecta.

    He querido hacer critica social, sin perder el estilo en el quiero especializarme, del momento presente.

    He estado en una tienda muy parecida a la que aparece en el relato. No me encontré nada tan irónico, pero si una profunda sensación de extrañeza en ese lugar. Humildemente estoy muy satisfecho con el resultado, y quisiera intercambiar opiniones cuando lo valoren.

    Este relato lo publiqué hace algún tiempo bajo un seudónimo. Lo hago público ahora con mi nombre auténtico, pero manteniendo el sentido original; que sea como un chispazo. El titulo, Paréntesis creativo, apunta ya en esta dirección. Espero que guste.

    No recuerdo quien dijo que para hacer una buena historia, debe parecer más real que si hubiera sucedido en realidad; esta era mi intención cuando escribí Infierno.

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Soy un estudiante de bachillerato de vida agitada y vocación literaria inquebrantable.

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