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4 min
LAS COSAS NO SON LO QUE PARECEN
Humor |
22.02.08
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Sinopsis

Se mudaron hará cosa de seis meses, al principio no les preste mucha atención, aunque sabia a ciencia cierta que me traerían problemas, no me preguntéis por qué, tal vez aunque lo quiera negar, las diferencias me asustan, seré tal vez un poco racista, como casi la mayoría de la gente aunque nos rasguemos las vestiduras por convencer a los demás, y tal vez, a nosotros mismos de lo contrario.

Primero apareció una, casi por casualidad, pero al poco tiempo ya convivía con tres mas. Yo presentía que eso no traería nada bueno para mi, y me limitaba a observarlas desde la ventana de mi cocina. Intenté disuadir a la casera, convencerla de que era una pésima idea permitir que se instalaran. Pero a mis planteos ella siempre rebatía, con su infantil amiguismo, o con su contundente:” es mi casa y aquí mando yo”. Ante semejante argumento, yo no tenia mas que decir, o aceptaba o ya me estaba buscando otro lugar donde vivir. Decidí armarme de cuanta paciencia pudiera e ignorarlas al máximo. Pero la realidad era que en poco tiempo y aunque la casera se esforzaba en eliminar toda la suciedad y desperdicios que ellas iban generando, aquello empezó a ser inaguantable, sobretodo los días en que despuntaba el calor. Ceje en mis intentos de abrir las ventanas de esa parte del edificio, porque si mi intención era ventilar esas habitaciones, la verdad es que el olor que entraba era mucho peor del que tenia que salir, y al fin y al cabo el de dentro, era mío.

Nunca pude entender como eran capaces de vivir ahí, creo que yo nunca hubiera podido. El lugar que les cedió la vieja era minúsculo, como un trastero, con poca luz, y ni el suelo ni las paredes estaban en condiciones. Pero ellas parecían ser muy felices ahí, a saber de que lugares mugrientos vendrían. Además yo creo, que ni siquiera pagaban algún tipo de alquiler. Mientras ellas seguían cada día con su inalterable rutina, comiendo a la misma hora chismorreando a la vez y disfrutando de sus cortas pero seguidas siestas diarias. No se porqué , yo empezaba a obsesionarme con su presencia, no podía eliminar de mi casa su olor, ni de mis oídos hacer desaparecer su ininteligible parloteo. Pasaban los meses y la situación seguía igual, y ante la imposibilidad de que yo pudiera mudarme a otra parte y la seguridad de que no tenia manera de hacer cambiar de opinión a la casera, mi objetivo se centró en convertir en mi aliado al marido de esta. Un hombre sensato y tranquilo, que por su amor hacia ella y las pocas ganas de discusión y enfrentamiento, le asentía en todo con tal de verla feliz y tranquila. Al casero le encantaba rememorar historias de su juventud, de cuando la guerra y sus viajes por el mundo. Ante la poca disponibilidad de sus hijos y nietos a escuchar por enésima vez sus múltiples batallitas, aceptó de muy buen grado mi invitación de cada tarde compartir conmigo un cafecito, bizcocho casero y la posibilidad de dar rienda suelta a sus mas lejanos recuerdos.

Me bastaron tan solo dos o tres semanas para ganarme la confianza del viejo, y tantear que el también compartía mi opinión y le afectaba el incordio de tener que compartir espacio con semejantes criaturas.
Urdimos un plan, para hacerlas desaparecer. Apenas nadie sabia que vivían allí, era obvio que estaban indocumentadas, no estaban censadas en el pueblo y ni tan siquiera constaban sus nombres en el buzón de la comunidad. Podrían desaparecer tal como habían llegado, solo había que esperar la ausencia por tres días de la casera, que se iba a la provincia vecina a visitar a su hermana enferma. Era entonces o nunca.

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