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17 min
Las cuerdas del corazón
Drama |
20.12.14
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Sinopsis

“El corazón humano es un instrumento de muchas cuerdas”. David Copperfield, Charles Dickens

Estimado Antonio:

Por fin me siento con fuerzas para escribirte. No creas, amigo mío, que, si no te he escrito hasta ahora, haya sido por no agradecerte tus afectuosas cartas. Nada más lejos de mi ánimo. En estos terribles seis meses, han sido mi único consuelo, mi única compañía. Cuando hasta yo mismo había perdido la fe en mí, tus palabras alentadoras me devolvían la esperanza. Y, a pesar de todo, te debo una explicación.

Permíteme que me remonte dos años atrás; al momento en el que aprobé las oposiciones de Magisterio. Como te conté entonces, me dieron una plaza provisional en un barrio del extrarradio de esta ciudad en tanto me adjudicaban mi destino definitivo. El puesto en la escuela que me tocó en suerte fue de profesor de una de las clases de cuarto de primaria: una perita en dulce, debo decirte, porque dentro del panorama de aquel colegio, era la que más posibilidades ofrecía a un maestro inexperto como yo para hacerse con la clase sin necesidad de lidiar con los problemas de disciplina de los que tanto se quejaban mis compañeros de los cursos superiores. Además, mis niños sabían lo suficiente como para disfrutar aprendiendo el secreto que se esconde entre las páginas de un libro. Aún así, te contaré que mi clase era muy heterogénea. En ella podías encontrar niños con elevadas capacidades como para hacerme sentirme orgulloso de mi labor de enseñante y niños que dejaban entrever importantes problemas de aprendizaje y de conducta, que eran todo un reto para mí; niños nacidos en esta ciudad que no conocían más cielo que el que nos saluda cada día; niños venidos de lejanos lugares que contemplaban con extrañeza nuestras queridas costumbres: un abanico multicolor de lenguas y razas.

Uno de los niños, al que llamaré David, destacaba por su comportamiento silencioso. Se sentaba en la última fila de la clase y allí permanecía olvidado de todos nosotros no sé si atendiendo mis explicaciones o perdido en su mundo de fantasía. No destacaba, digo, ni por su brillante rendimiento ni porque se quedase rezagado. Si tuviera que señalarte alguna característica por la que me llamara la atención, sólo se me ocurre señalar su peculiar caligrafía: sus letras más parecían huellas dejadas por un pequeño insecto que símbolos perfilados por la pluma. En el recreo, le costaba participar en los juegos cuando se trataba de grupos grandes. Era raro verlo correr detrás del balón en el campo de fútbol o en busca de niños que esperaban agazapados en algún escondite. Prefería unirse a un solo niño o a una niña en actividades que implicasen poco esfuerzo físico o bien vagar solitario por el patio del colegio.

Conocí a su madre en una reunión de padres. Era una mujer joven y atractiva, de modales suaves y distinguidos. En seguida nos cautivó a todos los presentes en el aula, no sólo a mí, con su simpatía y amabilidad. Cuando le hablé de su hijo, cuando le conté que se trataba de un niño solitario, me dijo, extrañada, que en su familia no habían observado un comportamiento distinto del que podía verse en cualquier otro chiquillo de su edad. Por unos días, pensé que todo había sido una exageración mía. Mas, según iba pasando el tiempo, David iba volviéndose más y más retraído.

Cuando llegó la primavera, la madre de David vino un día a verme. Me contó que el niño sufría un asma importante causada por la alergia al polen. Me pedía que, para evitar los ataques que le dejaban extenuado y sin aliento, lo mantuviera en clase a la hora del recreo. Yo, que conozco los estragos del asma por mi hermana Susana, me avine a sus deseos. No creí necesario consultarlo con el jefe de estudios ni pensé estar vulnerando ninguna norma del colegio. Tampoco pensé que me quedaría sin el único momento de descanso del que disfrutaba en mi jornada laboral. Sólo tuve en cuenta el bienestar del pequeño. Hablé con él, preocupado porque se sintiese discriminado respecto a los demás niños o porque le causara desdicha quedarse sin el merecido recreo, sin los juegos que a sus compañeros nadie disputaba; pero, a él, no pareció importarle permanecer en el aula conmigo mientras los demás correteaban por el patio. Pasaba aquella media hora dibujando barcos veleros que surcaban mares embravecidos bajo cielos soleados. Aunque era poco dado a la conversación, logré que me contara alguna cosa. No hablaba nunca, o casi nunca, de sus padres o de sus hermanos más pequeños. Sólo le gustaba hablarme de sus héroe favorito: Harry Potter. Al principio, permanecía con una expresión seria y reflexiva más propia de un adulto que de un niño de apenas ocho años, pero, con el tiempo, empezó a asomar en sus labios una sonrisa que iluminaba todo su rostro como el Sol en verano llena de luz los campos. Y. así, poco a poco, David iba metiéndose en mi corazón. Había en él cierto aire de desamparo que me impulsaba a protegerlo. Y aquella mirada suya tan pícara cuando me contaba alguna travesura... No puedo recordarla sin sentir un pellizco en el alma.

Un día, llegó a la clase más nervioso de lo que era habitual en él. Se levantó varias veces de la silla después de dejar caer el cuaderno, el bolígrafo… Él, que siempre se mostraba tan silencioso, aquella mañana no dejaba de alborotar y distraer a la clase, por lo que tuve que reprenderle en varias ocasiones. A la hora del recreo, le pedí explicaciones por su comportamiento, pero David no me contestó sino con evasivas. No volví a acordarme de aquello hasta el día que descubrí unas misteriosas manchas en su piel. A pesar del calor de aquella primavera, David no se quitaba la sudadera nunca. Yo le insistí en varias ocasiones para que lo hiciera, pero fue inútil. Me aseguraba una y otra vez que se encontraba bien. Un día en el que las temperaturas eran especialmente elevadas, no me dejé convencer y yo mismo se la quité. Le hice alzar los brazos y se la saqué de un tirón por la cabeza. Tal fue la energía que puse en mi empeño, que me llevé por delante la camiseta que llevaba debajo. Fue entonces cuando los vi. Tenía la espalda cubierta de moratones. Las distintas tonalidades indicaban su distinto grado de antigüedad. Los había de un morado tan intenso que eran casi negros; en otros, el tiempo los había hecho amarillear y los había tan claros que habíanse tornado casi imperceptibles. Debió de ver David mi cara de asombro, mi cara de susto, porque empezó a contar muy deprisa, tan asustado o más que yo, la increíble historia de una caída mientras iba en la bici. En aquel momento le creí, tal era mi no sé decir si pavor, sobresalto o sorpresa, que de todo hubo. No obstante, no lo dejé pasar. En cuanto me fue posible, llamé a su madre que confirmó las palabras del niño.

Los días que siguieron, David volvió al estado de mutismo en el que solía permanecer cuando le conocí. Una mañana me insistió en que quería salir al patio a la hora del recreo, mas yo no se lo permití temeroso de que sufriese un ataque de asma. Por la tarde, su madre me pidió que le dejase salir mediante una nota que el niño me hizo entrega nada más entrar en la clase. Aun con reticencias, hube de rendirme. Aproveché esa media hora para charlar un rato con Cristina, la maestra de párvulos con la que estaba empezando a salir.

Cuando regresé, me encontré un enorme revuelo en mi clase: un corro de gente rodeaba a un niño al que, en un principio, no reconocí. Me extrañó ver entre los que allí estaban al director del colegio hablando con la madre de David. Aún tardé unos minutos en comprender lo sucedido. Uno de mis alumnos me contó con frases entrecortadas cómo había tenido que llamar a la profesora que cuidaba el recreo al ver que David apenas podía respirar debido al asma. Ésta, asustada, había ido a buscar al ATS quien, al despojar al niño de la ropa para facilitar su respiración, descubrió los cardenales que cubrían su espalda. El resto, Antonio, te lo puedes imaginar: avisaron al director, que se puso en contacto con la madre del pequeño de inmediato. Y allí estaban todos esperándome.

A partir de ese momento, todo es muy confuso para mí. Los acontecimientos se sucedieron de forma tan rápida que es muy difícil para mí hacerte un relato coherente de lo que pasó sin recurrir a lo publicado en los periódicos y a lo que, luego, me contó mi hermana: La memoria es señora caprichosa que te oculta lo que quisieras recordar y te muestra lo que deseas olvidar.

Al día siguiente, los padres de David pusieron una denuncia ante la dirección del colegio contra mí por malos tratos y agresiones. En un principio, el claustro del colegio creyó en mi inocencia. Mas pronto empezaron las dudas de quienes antes me habían apoyado. Circulaban por la escuela rumores sobre mí que, al evocarlos, aún me producen horror. Niños de mi clase contaban supuestos accesos míos de cólera. Se exageraban los escasos castigos que impuse a los más díscolos. El que me hubiera quedado con David en la clase durante los recreos, puedes suponer, no ayudaba mucho a mi causa. En fin, ¿para qué entrar en detalles de las historias que inventaron sobre mí? Te costaría reconocerme en ellas. Baste decirte que, en pocos días, pasé de ser uno de los maestros más queridos al más odiado y temido del colegio. Hasta Cristina se vio presa de las dudas.

Nada más puesta la denuncia en la comisaría, un policía se presentó en mi casa para, decía, que prestara declaración. No sé cómo se corrió la voz entre los vecinos del edificio en el que vivo. Vi a varios de ellos asomados a la puerta de sus casas mientras bajaba las escaleras de mi piso hasta el portal. Cuando subí al coche patrulla, no sabía que tardaría seis meses en regresar.

Los días siguientes se confunden en mi memoria. La declaración ante la policía, las dos noches en el calabozo, la declaración de once horas seguidas ante el juez, el abogado de oficio que no creía en mí, la prisión incondicional decretada por el magistrado…  Y, entre tanto, la sensación de estar viviendo un sueño, de haberme colado en la pesadilla de alguien que no era yo.

Un día me encontré encerrado en una celda donde no había más que dos camastros, un armario, un lavabo y un inodoro. Mi compañero de celda era un hombre que me pareció mucho mayor que yo pese a, según dijo, apenas superar los treinta años. Cumplía condena por tráfico de drogas y estaba a la espera de salir de prisión en breve. Curro, que tal era su nombre, había sido asignado para vigilarme y evitar que intentase quitarme la vida. Su amena conversación hizo, más de una vez, que olvidase mi desgracia. Fue él el que, pese a tenerlo prohibido, me informaba de lo que decían los periódicos de mí, del sobrenombre por el que se me conocía en la prensa: Mr. Cleakle, evocando al déspota director de Salem House, la escuela en la que estuvo David Copperfield. Me contó que más de un preso había prometido vengar a mí David y darme una merecida paliza: ¿quién de los que allí estaban no tenía un hijo, un hermano, un conocido de su edad? Tal vez fuesen esas amenazas las que explicasen el retraso de mi incorporación a la vida de la cárcel, no lo sé, lo cierto es que pasé días y semanas sin salir de mi celda entretenido, supuestamente, en los libros que me traían de la biblioteca; sin atender a sus páginas, mientras mis pensamientos giraban en torno a mi desgracia.

Según iba tomando conciencia de lo sucedido, mi ánimo iba decayendo más y más. Había momentos en que me sentía tentado a dejarme envolver por los brazos de la desesperación, al no ver ni cerca ni lejos la blanca luz de la esperanza. En otros, era tal mi depresión que tenía que hacer un gran esfuerzo para levantarme del camastro. La depresión solía llevarme a la apatía y ésta, de nuevo, a la desesperación.  Lo peor eran las noches. El insomnio era mi más fiel compañero. Horas y horas dándole vueltas a los recuerdos de mis días de maestro, preguntándome por mi futuro y por cómo se encontraría David: ¿estaría sufriendo algún infortunio más terrible que el mío?, ¿tendría algún pensamiento para su antiguo maestro?, ¿guardaría en su corazón algún sentimiento positivo para su maestro? Y cuando Morfeo al fin se sentaba a los pies de mi cama, miles de monstruos poblaban mis sueños.

En aquellas semanas, descubrí lo solos que estamos cuando sobreviene la adversidad. Amigos de "toda la vida", compañeros del alma, desaparecieron del horizonte. No fueron a visitarme, no me escribieron, como tú hiciste, ni tuvieron la deferencia de hacerme una llamada de teléfono. A mi madre y a mi hermana les negaban el saludo los mismos que, meses antes, cruzaban la calle para intercambiar unas palabras con ellas. Pero el abandono que más me dolió fue el de Cristina, la joven con la que no hacía mucho estaba saliendo. Al principio, me apoyó o, al menos, eso creí. Permanecía en mi casa hasta altas horas de la madrugada amándome y prometiéndome seguir amándome por toda la eternidad. Mas, con el paso de las semanas, sus visitas se fueron espaciándose hasta que dejó de verme poco antes de mi detención.

Cuando me integré a la rutina de la cárcel, vi en los otros presos la mismas caras de animadversión que había visto fuera; me seguían con palabras duras que llegaban al insulto; y hubo intentos de agresión, más frecuentes cuando Curro dejó la prisión...

Y, entretanto, esperaba la fecha del juicio que nunca llegaba, enredado el juez que me tocó en una instrucción que parecía no tener fin.

Una mañana, uno de los empleados de mi galería se acercó a mí con signos de ansiedad. Me conminó con impaciencia a leer el periódico que estrujaba su mano. Me costó comprender el significado del titular que encabezaba la portada: "No fue Mr. Cleake sino Mr. Murdstone". He de decirte que entonces no había leído aún la obra de Dickens y no sabía quién eran estos personajes salidos de su pluma. Pero, cuando leí el contenido de la noticia, tampoco entendí su sentido hasta después de leerla varias veces.

David, mi pequeño alumno, había sido hospitalizado tras sufrir una brutal paliza por parte de su padrastro. Los médicos que lo habían atendido no creyeron la historia contada por la madre sobre una caída en la bicicleta y habían denunciado los hechos a la policía y a los servicios sociales de la comunidad autónoma.

Cuando me percaté del desamparo de David, mi corazón rebosó de dolor. No pensé en aquel momento en mi certera puesta en libertad, sino en mi responsabilidad cuando vi por vez primera las manchas violáceas que cubrían su espalda. No supe ver entonces la tragedia que se escondía tras la historia fabulada del niño: cerré los ojos a la evidencia. ¿Quién sabe si, detrás de mi ceguera, no se ocultaba el miedo a meterme en un lío y elegí el camino fácil de creer la historia de David? En la oscuridad de la noche, se me representaba la mirada del niño cuando lo visitaba la tristeza y sus ojos oscuros parecían querer reprocharme mi negligencia.

Tan pronto me pusieron en libertad, quise enterarme del estado de David. Al principio, no me dejaron verle. Aún persistía la desconfianza en mí y los médicos que estaban con él no querían arriesgarse a abrir nuevas heridas en el niño. Llamaba cada mañana para informarme de cómo iba evolucionando. Su cuerpo magullado se recuperaba con la celeridad propia de la edad infantil; mas su alma se tomaba su tiempo abrumada por tanto dolor causado por quienes más le habían de proteger. Al salir del hospital, le ingresaron en un centro de acogida en tanto buscaban algún familiar que se hiciera cargo de él. Yo me puse en contacto con la trabajadora social del mismo que me prometió preparar a David para una entrevista conmigo.

El encuentro tuvo lugar la tarde de la víspera de Nochebuena. Pasé la mañana recorriendo centros comerciales en busca del último libro, la última película de Harry Potter. No puedo negarte mi miedo a encontrarme con David, pero en esos momentos no podía permitirme pensar sino en él. Me es imposible describirte mi encuentro con este niño que hizo brotar tanto amor de mi corazón: no tengo palabras. Cuando entré en la sala en la que me estaba esperando, se quedó paralizado, creí yo que por el miedo. Pero cuando me arrodillé ante él y le tomé una mano, se abrazó a mí y acurrucó su cabeza en mi hombro. Toda nuestra emoción contenida se desbordó a raudales; y a raudales rodaron por nuestras mejillas lágrimas de felicidad.

 

Desde ese día, lo visito cada vez que tengo un momento libre y algún domingo consigo llevarlo conmigo a la hora de merendar. No vamos muy lejos. Llegamos a un parque cercano, si hace buen tiempo, a una hamburguesería, si hace malo. Y, poco a poco, va volviéndose más y más dicharachero, más y más alegre.

 

Querido Antonio, amigo mío, el único que ha tenido la valentía de no dejarse llevar por la corriente de prejuicios que me persiguieron. Te deseo toda la felicidad que me da a mi este niño.

Un fuerte abrazo,
 


Fermín

 
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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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