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4 min
Las dos caras
Históricos |
05.03.15
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Sinopsis

Dos caras de una misma moneda, unos ganan y otros pierden. Es el horror de la Guerra, hace cien años, cincuenta, y hoy día. Sea el bando que sea. Dos manos que se aprietan, enemigo contra enemigo.

4 de Septiembre de 1937.

El suelo tiembla.

Ya es costumbre, pero eso no impide que le tiemblen hasta los huesos. Francisco Quijano nunca fue un hombre valiente.

Se asoma por la ventana, saca su fusil y dispara. Tres veces, ningún acierto. Francisco Quijano, además, jamás acertó una lata con una piedra ni a metro y medio de distancia.

Dos disparos más. Revisa la munición de forma automática. Sabe que apenas le quedan balas. Intuye que todo aquello es inútil. 

Rugen de fondo los disparos de la artillería. Suenan como truenos salidos del infierno, fabricados para enviar a allí a todo el que se cruce en su trayectoria. Responden los disparos enemigos, mientras reza por no acabar convertido en un montón de tripas y escombros, como le pasó a González. 

-¡Quijano, cojones, dispara de una puta vez!

-¡A la mierda la ametralladora! Sin munición. Vamos a tener que lanzarles los huevos como sigamos así, Capitán.-responde Trillo, un murciano de los que se dice que tiene 'un buen par de pelotas.-Y Trallero en San Agustín.

-¿Dónde está ese maricón de Revilla con la munición?

'Escondido en algún agujero meándose encima', piensa Francisco Quijano. Se encoge de hombros ante la mirada del Capitán Rodríguez 'el Tuerto'. El apodo hace honor a la cicatriz espeluznante que le cubre desde la sien izquierda y se pierde bajo el uniforme raído.

-¡Me cago en to' zus muerto'! ¡Vení pa'cá, panda mamone'!-gruñe el quinto personaje. Un gaditano con más 'salero' que un gitano de boda, y con más 'mala uva' que Satanás. Tiene el mismo ingenio para bromear que para insultar, cosas que le gustan más que comer.-Otro 'moraito' meno'. En tor' pecho.

-¡Quijano, dispara, coño!

Francisco asoma el fusil y lanza las últimas tres balas que le quedan. Por lo poco que ve a través del humo de la artillería, ha alcanzado a uno de esos cabrones.

En un instante, todo se convierte en luz, dolor, y agonía. Y se apaga. Para siempre. 

 

6 de Septiembre de 1937.

Adolfo Alemany mira alrededor. El humo apenas le deja abrir los ojos.

Aún suenan disparos en la lejanía. Los carros de combate chirrían por la Plaza de Goya. Las explosiones se suceden en San Agustín y la Plaza Nueva, resuenan los desplomes de algunos pocos edificios que siguen en pie. Aún se escucha también, aunque ya casi es un murmullo, algunos débiles gritos ahogados bajo los escombros.

Adolfo, a sus veintitrés años, aún es novato en todo aquello. Hace menos de un mes desde que se alistó en el Ejército del Este, y ya ha tenido que sufrir aquella barbarie.

Al llegar a lo que antes era el hospital, no puede sino llevarse las manos a la boca para evitar vomitar. Apesta a sangre por todas partes. Algunos cuerpos aún se mueven, pero los sádicos y sanguinarios ingleses de la 45ª División Internacional ya se encargan de rematarlos. Cero prisioneros se ordenó, y ellos obedecen como perros.

Lo acompaña el bueno de López, fusil al hombro y cuchillo en mano, rezando en voz baja para no tener que rematar a ninguno de aquellos pobres futuros cadáveres. 

Rodean el Hospital, o lo que queda de él, y avanzan hacia la Puerta Mayor.

El joven Adolfo observa moverse unos escombros y no duda un instante en acercarse. No es valiente, pero es su obligación. Apenas es una mano que se agita despacio entre trozos de ladrillo, cemento y casquillos de bala dorados. Mueve los dedos despacio, pidiendo una ayuda que su boca no puede gritar. Adolfo no duda un instante.

Empuña el fusil, se lo hecha un lado, y lo deja caer. Mueve algunos escombros hasta encontrar la cara de aquel moribundo. Apenas quedan restos de ella bajo la abultada sangre y el polvo. Está hinchado y a punto de morir.

El jovencísimo soldado se arrodilla junto a él, aun a sabiendas de que puede ser fusilado por aquello. Le toma la mano y deja caer algunas lágrimas mudas. Su oponente, su adversario moribundo, le devuelve el apretón. No hay palabras, pero tampoco hacen falta. En momentos así es mejor no decir nada.

López lo mira nervioso. Ambos muchachos ven en aquel rostro el reflejo de su propia apariencia, el reflejo de su propia persona. Los personajes podrían ocupar cualquiera de los puestos. Unos a punto de dejar el mundo y otros entregándoles un último adiós antes de que llegue la nada.

Y a su alrededor Belchite, mientras, se despezada ladrillo a ladrillo, corazón a corazón.

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  • Un flash de nuestra contienda. No superada, aunque muchos lo crean. Sugestivas imágenes que reflejan la locura de la guerra y en ella una llama de humanidad entre los dos jóvenes soldados. Relato que atrapa al lector. La última frase final a mi juicio es excelente. Realmente, me has impresionado.
  • Una mirada que se pierde y unos ojos que buscan, ansiosos, encontrarse con ellos. ¿Quién sabe? Tal vez algún día exploten chispas, pero no hoy.

    Dos caras de una misma moneda, unos ganan y otros pierden. Es el horror de la Guerra, hace cien años, cincuenta, y hoy día. Sea el bando que sea. Dos manos que se aprietan, enemigo contra enemigo.

    Ningún pueblo puede oponerse al Poder de Roma. Ninguno. No hay forma de escapar a su mano poderosa, ni forma de esconderse de su mirada penetrante. En Numancia lo sabían cuando decidieron oponerse a Roma. Lo sabían, aunque no sabían sus consecuencias. Roma era tan grande que se escapaba de sus pobres mentes...

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