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23 min
Las dos puertas
Varios |
09.10.14
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Sinopsis

La pequeña y tierna oveja blanca del rebaño adora ser mimada y recibir la atención de todos, incluso de los lobos.



 

    Había una vez una ovejita. Era de lana suave y blanca, muy cariñosa y tierna, que creció al amparo y delicados cuidados de su madrecita, la oveja gris. La ovejita gustaba de pastar en los cerros, como a todos los demás ovinos, pero el color blanco de su lana era tan brillante, que siempre llamaba la atención de los lobos que circundaban los alrededores, por lo cual era víctima de ataques continuos. Por suerte, estaba su madre, que siempre se mantenía cerca de ella para protegerla y salvarla de los horribles ataques.

    — Hija querida, no temas —decíale la oveja gris a su hijita, mientras secaba sus tiernas lágrimas y la acariciaba con sus pezuñas—, pues esto durará mientras seas una pequeña oveja del rebaño: un día crecerás, y serás un adulto como yo, entonces podrás defenderte tú misma de los lobos malvados.

    Si bien esto parecía ser un consuelo para la pequeña asustada, la perspectiva de tener que cuidarse sola parecía desalentarla un poco.

    — Pero ¿tú, madrecita? ¿dónde estarás? ¿es que acaso, cuando yo sea adulta, tú me dejarás?

    — Por supuesto que no, hija... —La oveja gris sentía mucho amor y preocupación por su hija, por lo que no quería agregarle temores a la pequeña hablándole del futuro: la muerte parecía tan lejana aún y la ovejita tenía derecho a disfrutar de su infancia todo lo que diera.

    La ovejita se calmó entonces y durmió tranquila acurrucada junto a su madre toda la noche.

 

    Así pasaban los días para la ovejita: inocentemente corría a los cerros y lomas, donde pastaba alegremente, hasta que era atacada por los lobos al acecho: pero ella no se preocupaba, pues su madre siempre estaba cerca y salía a defenderla de inmediato. Podía terminar con mordidas o heridas menores, pero ella siempre protegería a su cría: eso era lo único que importaba. Y la ovejita blanca era feliz.

 

    Sin embargo, un día, los lobos se reunieron para discutir el asunto. Llevaban mucho tiempo intentando cazar a ese cachorro de oveja, que vestía una piel suave y plateada, y que despedía un aroma irresistible. Todos deseaban saborear esa carne, tierna y joven, regordeta y suculenta. Estaban acostumbrados a matar y alimentarse de ovejas grises, incluso negras, pero ¿blancas? Eso era un manjar que pocos podían disfrutar, y eso los tenía locos a todos.

    — Todo es culpa de esa oveja gorda y gris —aullaban unos.

    — Debe ser la madre —respondían otros.

    — Entonces a ella es a la que hay que atacar primero. —dijo uno que tenía mirada más inteligente.

    — ¡Pero yo no quiero comer oveja gorda y vieja! —gimió otro.

    — Si no la quieres, no te la comas —dijo el lobo astuto —. Pero si quieren comer carne blanca y tierna, debemos deshacernos primero de la que estorba.

    Los lobos discutieron esta propuesta durante un tiempo, hasta que al final estuvieron todos de acuerdo de que era una idea novedosa y tal vez podría funcionar, ya que todas las anteriores estrategias habían fallado.

 

    Y así lo hicieron.

 

    Era de mañana, el sol se elevaba radiante por el horizonte: nadie sospechaba ataques a tan temprana hora del día. Las ovejas aprovechaban precisamente esa hora para salir a estirar las patas y comer hierba en el campo abierto. La ovejita no era ajena a esta tradición, y junto con su madre salieron a comer pastito recién mojado por el rocío.

 

Entonces, ocurrió el ataque.

   

Los lobos aparecieron desde todos los bordes del prado, gruñendo y mostrando sus feroces colmillos. Las ovejas del rebaño salieron corriendo en todas direcciones, presas del pánico. El cordero líder logró hacer que se reagruparan justo en un punto seguro, lejos del alcance de los cazadores, pero entonces notó que dos ovejas habían quedado atrás: la vieja y gorda oveja gris, con su pequeña hija, la ovejita blanca. Lamentablemente, él debía velar por el resto del rebaño, por lo que no podía devolverse a buscar a las rezagadas: así era la ley de la vida.

    Pero la oveja gris no se amedrentó ante los lobos. Estaba preparada mentalmente para pelear y defender a su hija, por lo que encaró de frente a sus atacantes.

Los lobos comenzaron así a rodear a ambos ovinos por todos los costados. La oveja gris les mostraba su mirada más feroz. Alistaba sus patas para golpear con toda su fuerza a todo aquel que osara acercarse a ella o a su hija.

    Pero eran muchos. Dos lobos por cada esquina, y uno en el frente: los ojos de éste eran distintos de los otros, pues tenían una luz especial, parecía que la furia del cazador se hallaba contenida por alguna extraña fuerza interior. La oveja vieja entendió que aquél sería seguramente el líder, y por tanto, el más astuto y temible de todos los demás, por lo que comprendió el peligro en el que se hallaban ella y su hijita: tal vez hoy no tendrían escapatoria.

La ovejita, entre tanto, veía toda esta escena supremamente excitada, tanto por el miedo como por la emoción de ver a su madre nuevamente salir victoriosa. Junto a ella, sentía que no tenía nada que temer, y ni siquiera sopesaba las implicancias de la situación actual. Ella simplemente no pensaba: era blanca y hermosa, mimada y querida por todo el rebaño, protegida por su madre, y, también, por qué no decirlo, preferida por los lobos durante los ataques a los que se veía enfrentado el rebaño cada vez: la vida era perfecta, pues era querida y tomada en cuenta por todos, a tal punto que hasta sus enemigos le daban su atención antes que a otras ovejas, era la felicidad absoluta.

    Atenta estaba para ver al primer lobo saltar sobre ella y ver al mismo tiempo, a su madre defenderla, cuando, efectivamente uno de los lobos avanzó desde el círculo que las rodeaba. Mostrando ferozmente los colmillos, dio un paso hacia el frente a toda velocidad, lo cual hizo creer a la oveja vieja que el ataque había comenzado: pero los lobos habían tramado este astuto plan durante varios días, y esto sólo fue una trampa. Al momento que el primer lobo hizo el amague de atacar, la oveja se giró en su dirección a golpearlo con sus patas, pero entonces otros dos se avalanzaron por detrás de ella, al tiempo que un tercero se arrojaba sobre su cuello con las fauces abiertas y salivantes: la oveja gris cayó estruendosamente sobre el suelo, con tres bestias mordiendo su garganta y extremidades.

    La sangre brotó en chorros desde el cuerpo de la oveja agonizante, al tiempo que los lobos reían a carcajadas por su triunfo. El lobo astuto miraba la escena tranquilo, pero con un brillo de contenida euforia en sus ojos.

    La ovejita, por su parte, estaba inmovilizada: no había sido atacada aún por ninguno de los lobos, pero el miedo la había hecho quedar sujeta al suelo, como si en un árbol se hubiese transformado y las raíces le ataran a la tierra. No sólo el horror de lo que veía la tenía en shock, sino lo que aquello comprendía: estaba sola, la habían dejado sola, a merced de los lobos, a merced de la soledad. Algún pensamiento de dolor por la madre asesinada surcó su mente, pero el terror que sentía era más fuerte que cualquier sentimiento o recuerdo. No tenía instinto propio de supervivencia: siempre había sido protegida; no tenía conocimiento de qué hacer en aquella situación: su madre y el rebaño siempre le indicaron la dirección correcta. Estaba perdida. “Y ahora ¿qué?”, sólo pudo pensar.

    Mientras los lobos se deleitaban haciendo pedazos el cuerpo exánime de la oveja gris, mordiendo y arrancando trozos de la carne, y bebiendo con regocijo la sangre que aún manaba del animal, el lobo líder giró su mirada hacia la ovejita, al fin.

   

    — No temas, dulce blanca —dijo el lobo líder a la pequeña.

    La ovejita, confundida, miró a la bestia oscura acercarse lentamente hacia ella. El miedo la tenía todavía atada al suelo, por lo que se mantuvo en su sitio hasta que el lobo llegó a su lado.

    — No temas. Yo cuidaré de ti ahora —dijo la bestia, cambiando aquella otrora mirada eufórica en una de ternura nunca imaginada por la ovejita.

    De pronto, todas las historias que su madre le contó sobre los lobos, parecieron mentiras. Este lobo era amable, no tenía locura en sus ojos y no había mostrado señas de querer comérsela: es más, hasta le había ofrecido cuidarla de ahora en adelante. El destino parecía favorecer siempre a la pequeña ovejita blanca.

 

    Así fue como el lobo sacó a la ovejita silenciosamente del campo, aprovechando la locura en la que se hallaban inmersos los demás lobos, dándose el banquete con la oveja gris.

 

    Mientras caminaban, la ovejita comenzó a relajarse por fin. No todos los lobos eran malos. Y ella era testigo de eso. Las advertencias de su madre parecían ahora tonterías. Incluso pensó que tal vez la actitud defensiva de su madre fue lo que la llevó a ser presa de los depredadores: ella, siendo una inocente e inofensiva ovejita, había logrado sobrevivir, e incluso, ganado un incomparable guardián.

Pero más aun: teniendo como protector a un lobo ¿quién osaría ahora a atacarla? ¡Nadie! Ahora sí que se sentía segura. Los lobos eran los más feroces cazadores, y ahora uno de ellos era su guardián, nada podía ser mejor que eso. Aunque… sí, había algo mejor: no sólo sería protegida por un lobo feroz, sino que tendría la atención de todo el mundo. Todos los rebaños hablarían de la oveja que era protegida por un lobo que no quiso comérsela, sino sólo amarla y cuidarla. Las manadas de lobos pelearían por tratar de quitársela a su lobo guardián, pero eso sería más emocionante y encima, nadie podría derrotar a su lobo amado.

    Todas estas cosas pensó la ovejita mientras el lobo protector la llevaba lejos del lugar.

 

    La bestia llevó a la ovejita por prados plenos de hierba fresca, donde la pequeña se deleitaba con el verdor y bebía embelesada el agua cristalina de los ríos y canales adyacentes.

 

    Así pasaron los años, y el lobo se mantuvo a su lado siempre, protegiéndola de todo mal y proveyéndola de todo manjar que necesitara. La ovejita se sentía mimada y querida, y, aunque no se daba cuenta, disfrutaba también de la envidia de otras ovejas y de sentirse deseada por otros lobos.

    Esta última sensación aumentó con los años, al tiempo que la ovejita dejaba de ser una tierna infante, y se transformaba en una radiante joven. Su piel blanca seguía brillando como siempre, y la suavidad de su lana era admirada por todo el que la observara, aun sin tocarla. Su cuerpo era regordete y turgente, lo cual la hacía aun más apetecible para los otros lobos. La ahora oveja blanca vivía en un mundo feliz.

 

    Un día, mientras pastaba tranquila a las orillas de una frondosa arboleda, una voz que venía desde dentro del bosque la llamó.

    — Ten cuidado, joven oveja —dijo la voz misteriosa.

    La oveja intentó descubrir al propietario de la voz, pero sólo entrevió ramas y hojas tupidas. El sol casi no penetraba aquel follaje, por lo que la curiosidad hizo presa de ella.

    — ¿Quién ha dicho eso? —preguntó.

    — Una amiga —respondió la voz.

    La oveja se acercó al lugar donde percibió venir la voz.

    — Si eres mi amiga, ¿por qué no te dejas ver?

    — El amigo es amigo por lo que hace y dice, no por cómo luce o quién es —respondió la misteriosa voz.

    La oveja comenzó a alterarse. En su vida consentida nada le era prohibido, y esto no podía quedar así.

    — Si no das la cara, para mí no eres mi amiga. Y le diré a mi lobo que te saque de tu escondite para que dejes de burlarte de los demás.

    — No es necesario. Cuando el momento de la tristeza llegue, volveré a estar aquí. Adiós.

    La misteriosa voz dejó de hablar, por lo que la joven oveja, estupefacta, quedó con la palabra y curiosidad en la boca.

 

    Si bien las palabras de la desconocida no dijeron mucho, por un momento la llevaron a su infancia, a aquella época donde vivía segura en su rebaño y su madre la cuidaba. “Ten cuidado”, le decía constantemente su madre. “Ten cuidado de los lobos”, era la frase completa. Negó con la cabeza. “No todos los lobos son malos”, se repetía en la cabeza, “Yo lo comprobé”, terminaba por decir en voz alta.

    Esa noche durmió intranquila. Su lobo dormía junto a ella, envolviéndola cálidamente.

    Se levantó, y se fue a caminar por el prado bajo la noche, pues necesitaba tomar aire.

    En eso, un rugido en la arboleda cercana la hizo detenerse. Su lobo dormía, por lo que estaba sola, desprotegida. Pero ya no era la inocente ovejita blanca: ahora no quedaba paralizada por el terror, ahora sabía cómo caminar sigilosamente hasta donde estuviese su lobo, para pedirle que la salvara del peligro. Eso hizo, dando silenciosamente la media vuelta hacia el lugar donde su guardián dormía.

    Grande fue sorpresa, cuando, al llegar, su amado no se encontraba en el lugar.

    Entonces, el rugido volvió a escucharse, pero esta vez, justo detrás de ella.

 

    La oveja blanca se giró hacia el origen del gruñido, y entonces lo vio: su lobo, pero distinto: su mirada no tenía ternura ni ofrecía protección. Era una mirada de ferviente deseo y apasionada locura. Era la mirada del cazador.

    La oveja quedó estupefacta: no entendía qué estaba pasando. Él era su lobo, su protector. Tal vez, por las noches, él dejaba salir al cazador reprimido, con el fin de no atacarla a ella. Era entonces error de ella haber salido de noche sin avisarle. Él entendería, porque ella lo entendería a él.

    — Lobo amado, soy yo, tranquilo, volveré a nuestro aposento.

    Y diciendo esto, se giró para volver a su lecho, confiando en que sus palabras bastarían para calmar a la bestia.

    Pero entonces, lo sintió sobre sí: el lobo habíase arrojado sobre ella con toda su descomunal fuerza. La oveja se debatió entre sus patas y fauces.

    — ¡Pero ¿Por qué? ¿Por qué me atacas, amado lobo? ¡Soy yo! ¡Tu querida y hermosa oveja blanca!

    — Por lo mismo: porque eres mía lo hago —respondió con los colmillos a la vista sobre el cuello de la oveja—. Años llevo cuidando de mi presa, alimentándola, engordándola y protegiéndola de mis colegas: no iba a comerme una pequeña oveja, cuando podía comerme una grande, de piel tierna y carnes turgentes.

    Entonces, las palabras de su madre vinieron a su cabeza. Una tristeza profunda embargó su corazón. Sentíase tonta, inmensamente tonta. Iba a ser devorada, y nada podría hacer para impedirlo. No había tenido cuidado.

 

    Todo ocurría en milésimas de segundo, y mientras ella esto pensaba, el lobo mordía con ferocidad su costado más regordete. Sus afilados colmillos traspasaron su blanca y sabrosa piel. No atacaría su cuello, pues era el cazador más feroz del prado y disfrutaba más que ninguno de la agonía y del sufrimiento de su víctima.

    Pero entonces, la imagen de su madre defendiéndola vino a la memoria de la hermosa y joven oveja. Entre el dolor del desgarro, vio las patas de su madre atacar con ferocidad a los lobos, y cómo éstos huían despavoridos ante dicho golpe. “Un día serás adulta, y podrás defenderte como yo”, recordó las palabras de su madre. “Ya soy adulta”, pensó después. Y en menos de un instante, logró girarse, levantando sus cuartos traseros, haciendo que el lobo saliera despedido unos metros de ella.

    La mirada de la oveja transmitía un profundo dolor, el mismo que le daba fuerzas ahora para defenderse.

    — Con que quieres jugar —dijo el lobo, aún más excitado por la situación—. Excelente, tu sabor será aun mejor luego de doblegar tu pobre intento de comportarte como tus iguales, después de haber vivido aletargada por mí todos estos años.

Esto encendió el dolor de la oveja y sus ganas de defenderse. ¡Todos los lobos son malos!, pensó, y así fue como, aun sangrando por el costado, arrojóse con todas sus fuerzas sobre el cazador.

Aunque el lobo esperaba una acción defensiva por parte de su presa, jamás imaginó un ataque frontal. Lo encontró desprevenido, y esto fue su derrota. La oveja había crecido lo suficiente como para derrumbar a cualquier animal mediante un empechón. Y más, si su embestida iba con intención de matar. El lobo salió expelido varios metros de lugar. Pero este choque no lo mató. Ahora era él el sorprendido: lo que pretendía ser un juego emocionante y delicioso, se tornaba una pelea igualitaria. Esto no le gustó nada. Los lobos atacaban siempre en manada, precisamente para evitar pelear con sus presas. Además, elegían a las más débiles, por la misma razón. Su oveja blanca había parecido estar plácidamente dormida en su fantasía todo este tiempo, pero tal parecía que había subestimado al enfurecido animal. Aunque había pasado años cuidando su inversión, no era de los que se quedan a ver cómo todo termina: era un sobreviviente, sin apegos ni escrúpulos. La situación había cambiado, y ahora él estaba en desventaja.

Así fue como la oveja blanca vio huir al lobo, perdiéndose en la floresta cercana.

 

Aunque había logrado defenderse y sobrevivir como toda una adulta al ataque de un lobo, esto no la llenaba de orgullo ni tranquilizaba en lo más mínimo. El dolor en su corazón era más grande por la traición, por el desengaño. Su costado seguía manando sangre, y por eso arrastró sus patas hacia el lecho del río de aguas cristalinas.

A la luz de la luna, acercó su cabeza a la orilla, donde bebió profusamente del agua del río.

Entonces, la escuchó otra vez: la misteriosa voz del día anterior.

— Aquí estoy, como lo prometí —dijo la voz.

La oveja giró la cabeza hacia donde su interlocutora estaba.

Bañada por la luz plateada de la luna, una lustrosa serpiente observaba a la oveja con una mirada tranquila y paciente.

— Tú lo sabías… —preguntó la oveja, volviendo el rostro hacia el río, para seguir bebiendo.

— Por supuesto, todos lo sabíamos.

La oveja miró a la serpiente con cara de interrogación.

— ¿”Todos”? ¿Quiénes son “Todos”? ¿Si todos los sabían, por qué no me advirtieron antes que esto sucedería?

— No podían, tú no escuchabas.

— ¿Que yo no escucho? ¿De qué hablas?

La serpiente no respondió.

— Mi madre… —pensó en voz alta la oveja entonces, como auto respondiéndose.

— Tu madre, tu rebaño, todos, incluso los lobos.

— ¿Los lobos? Ellos no dan consejo a las ovejas, ¿por qué iba a escucharlos?

— Los lobos gruñen, muestran sus colmillos, y comen ovejas, ¿no? —preguntó la serpiente, a lo que la oveja asintió—. Bueno, no es necesario ser un genio para entender que no puedes ser amigo de quien come a los de tu especie.

La oveja sintió aquellas palabras como un dardo en su corazón.

— Eres cruel —dijo a la serpiente.

— La vida es cruel —respondió la interpelada.

La oveja bajó la mirada.

— Estoy herida, es probable que muera. No necesito a alguien al lado mío diciéndome cosas dolorosas.

La serpiente sonrió despreocupada.

— Oh, vamos, es sólo un pequeño rasguño en tu lomo. Agradece a la vida que tu cazador era un loco sanguinario, que dejó tu parte vital para el final, y por ello no moriste enseguida. Ahora lava tu herida y cuida que no se infecte lamiéndola bien cada día. Saldrás de esta si te cuidas bien.

La oveja la miró incrédula.

— Como no eres tú la herida, no entiendes mi dolor. No sabes por lo que estoy pasando.

— Por supuesto que no lo sé, porque yo jamás me dejaría atrapar por un cazador tan fácilmente.

— ¿Por qué no te callas y dejas de decirme cosas hirientes?

— Está bien —respondió la serpiente—. Pero…

La serpiente guardó silencio.

El silencio se prolongó, hasta que la oveja no aguantó la curiosidad.

— “Pero” ¡qué?

— Nada, dijiste que me quedara callada.

— Ya dilo, si comenzaste —respondió furibunda la oveja.

— Mmh, ¿sabes? Hay un lugar en este bosque, que tiene dos puertas. ¿Has oído de él?

La oveja negó con la cabeza.

— Pues bien, dicen que si eliges entrar por una, serás muy feliz; pero si eliges entrar por la otra, sufrirás un gran dolor.

La oveja miró a la serpiente, cuando ésta guardó silencio tras estas últimas palabras.

— Y ¿qué con las puertas? ¿Dices que debo elegir una puerta? O ¿quieres decir que yo elegí ya entrar por una puerta, y esa fue la segunda?

— No —respondió sorprendida la serpiente—: Tú elegiste la primera.

La oveja miró incrédula al reptil.

— Verás —explicó la serpiente—, todos tenemos que elegir entrar por una de esas puertas alguna vez en la vida. Y cuando tu momento llegó, elegiste entrar por aquella en donde todo era felicidad para ti.

“En aquel lugar, todo es favorable para uno, todo encaja y nos hace feliz. Quienes nos acompañan a entrar en esa puerta nos dicen todo lo que queremos oír, nadie nos contradice, pues allí tenemos siempre la razón, es el paraíso en la tierra.”

La oveja intentaba entender la analogía, pero algo le decía que el desenlace de la historia no iba a gustarle nada. La serpiente siguió.

— Ahora, si hubieses elegido entrar por la otra puerta, es muy probable que estuvieras muerta en este momento.

La oveja miró a la serpiente con expresión desconfiada.

— Espera, no conjetures sin haber terminado la historia.

“La segunda puerta, dicen, conduce a un lugar oscuro. Nadie sabe lo que hay dentro. De hecho, muchos dicen que está lleno de trampas y agujeros profundos, donde caes y caes, y si logras sobrevivir a la caída, es probable que mueras debido a las heridas.”

La oveja seguía mirando con desconfianza al reptil.

— La verdad, es que todo lo que describes es exactamente lo que me pasó a mí. No sé por qué insistes en decir que yo elegí la primera puerta, y no la segunda. Mírame, estoy herida, en peligro de muerte.

La serpiente suspiró.

— Ya te dije que no conjeturaras antes del final.

“Lo cierto es que cuando eliges una u otra puerta, no es lo que encuentras dentro de ellas lo que importa, sino lo que llevaste contigo cuando ingresaste. No es lo que hay dentro lo que determina el final de la historia, sino cómo viviste dentro.”

La oveja volvió a quedar interrogante.

— Tú elegiste entrar a la primera puerta porque allí todo te era conocido, tú podías seguir en la misma comodidad que habías conocido desde infante. No tenías necesidad de preocuparte por problemas, porque otros lo harían por ti. No era necesario aprender a defenderte, porque otros te protegerían a ti. Prolongarías la forma en que viviste tu infancia, pero sin detenerte a pensar en que era un lobo el que llevabas a vivir esa felicidad. El peor enemigo de los tuyos. El final de la historia era evidente. ¿No lo crees?

La oveja frunció el ceño. Mirando hacia el suelo, buscaba alguna respuesta que contrarrestara la historia de la serpiente.

— Si la primera puerta es una ilusión de felicidad donde todo termina mal, ¿qué se supone que significa la segunda puerta?

— La vida, amiga oveja, la vida.

La oveja no lograba entender.

— No entiendo. Eres malísima para explicar las cosas.

— Eso dicen —sonrió la serpiente—. La vida está en la segunda puerta, porque en la vida, no sabes lo que pasará, no ves lo que hay delante de ti, y hay mucha probabilidad que caigas y salgas herido, sino muerto.

— Y ¿cuál sería la diferencia con la primera puerta, de donde ya salí herida?

— Te lo dije hace rato: no importa lo que hay al traspasar las puertas, sino lo que llevaste contigo al entrar.

— Bueno, si hubiera entrado a la segunda puerta ¿qué debería haber llevado, entonces?

— Sólo a ti misma.

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