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14 min
Las Estampillas
Reflexiones |
08.06.15
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Sinopsis

Probablemente seamos esclavos, de ese imperativo categórico que nos impele a buscarle sentido a las cosas, dotarlas de algo de que carecen en términos absolutos. En la carrera permanente para llegar a la meta inexistente, suelen existir estos demiurgos, que mediante obras como la presente nos invitan a que reconsideremos la perspectiva, que el ser sea solamente para lo que es y para nada más. Todo aquello que se desprende de esa simpleza, en la complejidad de la vida, de ser sin más cuestionamientos ni búsquedas pasa a ser incierto, inacabada, indómito, insustancial.

Sucedió, en una tarde lluviosa de octubre, esas que se recuerdan por obra y gracia de las benditas baldosas rotas, que se transforman en trampas letales para la elegancia, dado que al pisar la parte floja, el chorro de agua embarrada se dispara con vehemencia, adhiriéndose, a la ropa. Luego de desayunar en el café Oviedo, propiedad de un español, que pese a sus más de setenta abriles, aún conservaba el tono castizo en su voz, salí presuroso a la parada de colectivo. La rapidez no se debía a que estuviera apremiado de responsabilidades laborales, más bien tenían que ver con las enormes gotas de agua, que castigaban el asfalto y todo lo que se interpusiera en su camino. Una vez guarecido de tamaño diluvio, encendí, con inimaginable dificultad un cigarrillo, para acompasar la espera del ómnibus. Al promediar la mitad de la longitud del tabaco prendido, el micro se estacionaba casi en el medio de la calle, debido a las complicaciones del tránsito en días de lluvia y, porque no, a la torpeza del conductor. Hube de dejar pasar, a dos mujeres de mediana edad, que se encontraban detrás de mí en la cola para el ascenso, luego de la gentileza caballeresca, milagrosamente, encontré una silla vacía, en donde ocurriría lo inesperado.

 

El lapso de mi viaje se reducía a menos de treinta cuadras, un viaje corto, para el trayecto que llevaba el colectivo que se extendía bastante entre las dimensiones contrapuestas de la ciudad. Las gotas que se agolpaban, irrefrenablemente, en el techo y las ventanas de la unidad, brindaban un raro sonido, que podría ser tomado por un optimista como una especie de música funcional.

 

Tras dos paradas, luego de mi ascenso, ella se sentó. El colectivo volvía a avanzar sobre la avenida, mientras la llamativa mujer, ataviada con un elegante traje, color crema, y bañada en un empalagoso perfume, se acercaba, frugalmente al asiento de a lado. Sigilosamente, hubo de mirarme de arriba a abajo, para finalmente, depositar su mirada en el horizonte, que se perdía entre tanta agua y tantos automóviles maniobrando. Miró su reloj, de un amarillo opaco, que semejaba a oro. Yo también lo observé. Eran como las tres de la tarde. Cruzaba y descruzaba las piernas, con cierta ansiedad e incomodidad, en tal momento las cuadras no transcurrían, la parada en donde tenía estipulado bajar, parecía cada vez más lejana. Meneó su cobriza y encrespada cabellera, su labio carmesí, amenazaba teñir lo gris del día, tomó con fuerza su cartera, y estirando su grácil pierna, sorpresivamente, se paró y tocó el timbre para bajarse.

 

Justo en el mismo momento, en el que descendía por las escaleras y abría su paraguas ganando la calle, me detuve a observar el asiento que la sugestiva mujer dejaba abandonado, un sobre de color blanco, había quedado librado a su suerte, en el pliegue, símil a una zanja, entre los dos asientos. Sin pestañear, sin pensar y sin respirar, tomé presurosamente el sobre. Me hubo de embargar la sensación de que estaba cometiendo un delito, si bien mi acción no revestía, ni una finalidad, ni un proceder delictivo, sentía en tal momento que todos los pasajeros del ómnibus depositaban sus miradas, en mis desesperadas manos que se hacían del sobre de la mujer. 

 

Bajé repentinamente del colectivo, la lluvia no cesaba. Los automóviles, coreaban una detestable melodía de bocinas, la gente trotaba pegada a lado de la pared y los paraguas se chocaban unos con otros. Pese a los escasos segundos que me llevó encontrar un bar, para reparar en el contenido del sobre, mi cabeza chorreaba un torrente de agua, proveniente del cielo. Ingresé en la confitería Ucase, la concurrencia hubo de levantar la mirada ante mi ingreso desprovisto de elementos textiles que combatieran la lluvia. Nada me importó, en lo único en que pensaba era en el sobre. Mi corazón latía al borde de la taquicardia. Antes de tomar asiento, en una mesa próxima a la ventana, le realice una señal al mozo, como para que me alcanzara un cortado americano. Prendí un cigarrillo, la llama del encendedor me indicaba que precisaba una recarga de bencina, tras la primera pitada, coloqué el sobre por encima de la mesa.

 

Al abrirlo me encontré con una fina lámina de plástico, casi del mismo tamaño que el sobre. Dentro de la cual, se encolumnaban una serie de estampillas, que por el aspecto que poseían, parecían datar de un lejano pasado. Por influencia de mi condición de cinéfilo, desde el momento en que hube de ver el sobre, en el colectivo, habría presentido que se trataba de dinero. Nada menos cinematográfico que un par de sellos postales, que seguramente no poseían valor material alguno. De todas maneras mi mente, dentro de ese lejano espacio conocido como inconsciente, se esperanzaba con la utópica posibilidad que las estampillas perteneciera a una serie extinta, que cotizara alto en el mundo de la filatelia. Al llegar el mozo, un hombre caucásico, entrado en años, e intentar dejar mi pedido, torpemente y sin explicación, derramó el café por encima de la mesa. Con rapidez de felino, pude salvar a los sellos antes de que tomaran un inesperado baño de cafeína. Los pedidos reiterativos de disculpas, por parte el torpe trabajador, me molestaban más que la situación en sí. Mi reprimenda fue feroz, anulé el pedido y comparé el error del mozo, con la paupérrima situación que vivíamos en el país. Estamos como estamos por gente como usted, hube de exclamar, ante la sorpresa del destinatario y la concurrencia. No estaba a más de cinco cuadras del trabajo. Partí raudamente, sin amedrentarme ni por el aguacero ni por la fortuna que no había sido tal.

 

Empapado e indignado, para completar, un día que no se presentaba como de los mejores, casi resbalé en la entrada del edificio. Realmente no podía imaginar, y carecía de voluntad para hacerlo, quién podría ser el destacado cerebro que tuviera como ocurrencia encerar lustrosos pisos un día de lluvia. Al borde de la abnegación, atravesé los molinetes de seguridad, que desde su instalación no funcionaban bien, y me paré frente al ascensor, al que le faltan bajar trece pisos, para que yo pudiera subir. Tiempo para prender un cigarrillo, pensé. No hube de tener en cuenta, que la bencina del encendedor, había expirado en el bar.

 

Desafiando las inclemencias climáticas, volví sobre mis pasos, y me dirigí hacia el quiosco. Debía cruzar la esquina y seguir absorbiendo agua, no me importaba mucho, tenía ganas de fumar y la lluvia no me lo iba a impedir. Los autos violando el principio legal y moral de dejar el paso a los transeúntes, se agolpaban, al no poder doblar con velocidad, y arremetían mediante bocinazos, por sobre la humanidad de los caminantes, que debíamos hacer malabares ente el agua, los paraguas, los coches y los ancianos de andar lento, para ganar la acera. La expresión acabada de que la ciudad es una selva, me dije, mientras pedía una caja de cerillas, a los fines de alimentar la necesidad de nicotina. Me detuve a contemplar el espectáculo que brindábamos los hombres, certificando que la vida es ni más que menos un gran sálvese quien pueda. Exhalaba mi primer bocanada, orgánicamente me hube de tranquilizar un poco, de todas maneras tenía las estampillas, que en un primer momento me hubieron de hacer pensar que en realidad eran un manojo de deseosos y apetecibles billetes. Debía salir de la fantasía, del deseo infantil y muy generalizado, que uno recibe la gracia de dios cuál maná que cae del cielo. Yo hube de salir del estado fantasioso, pero por obra y gracia de la realidad. Ya ante la evidencia, luchaba heroicamente conmigo mismo, para no maldecir porque en el sobre no hubiera dinero. Que boludo que soy, expresé mientras reía solitariamente. Porque mierda tenía que haber guita en el sobre del orto. De última están estas estampillas que no son mías, que no me interesan y que no hice nada para tenerlas. Al pensar esto último, dejé en el tacho de basura del quiosco el sobre con los sellos y crucé la avenida para ingresar al edificio y ponerme a trabajar.

 

Ya frente a mi computadora, analizaba con mayor frialdad lo que había vivido. Que raro que siga, pese a las ciento de horas en terapia, con ese pensamiento mágico que mi destino podrá variar por un detalle casual de la vida. Al decirme esto, escribí la clave para ingresar al procesador de textos e iniciar mi nueva jornada laboral. Tenía un escrito pendiente sobre un proyecto destinado a proteger a los consumidores de las llamadas telefónicas avasallantes, por parte de las diferentes empresas de servicios. Desgastaba el teclado del ordenador, escribiendo giros lingüísticos con fundamentos jurídicos. Con la ayuda de un par de páginas letradas, introducía en la argumentación, jurisprudencia extranjera, a modo de ejemplo, para consolidar la propuesta que se prohibiesen, las llamadas publicitarias que invadían a los consumidores, con un sinfín de supuestos beneficios, que se trasformaban en sendas pesadillas, para los supuestos clientes, quienes, por citar un ejemplo, debían salir corriendo del inodoro, para atender un llamado, en donde amablemente le ofrecían pastillas para adelgazar.

 

Podía pasar horas enteras compenetrado en un texto, tal día no hubo de ser la excepción. Tras consumir la casi totalidad de un atado de cigarrillos, mi teléfono celular, me indicó el tiempo que estaba invirtiendo en esa iniciativa parlamentaria, que entre tantas cosas, no iba a llevar mi firma. ¿Cómo estas gorchi?, Resonaba la pregunta, en la dulce y, ex profeso, aniñada, voz de mi amada. El establecer un contacto real, con la persona que me despertaba tantos sentimientos, aunque más no fuere por intermedio de un teléfono, me daba la pauta que conservaba rasgos humanos, pese a la cantidad inusitada de tiempo que dedicaba a labores que me hacían escapar de mí mismo y de todo lo que no tuviera que ver con el pensamiento. Muy  bien, respondía más por inercia con tal modismo que por otra cosa. Le hube de contar las peculiaridades del trabajo que en ese momento llevaba acabo y las características rimbombantes con las que adornaba el proyecto, por obra y gracia de mi bendita pluma. Tuve que interrumpir la conversación, merced a que insistentemente, golpeaban la puerta de la oficina, y todos los trabajadores habían cumplido su horario y se hubieron de retirar. Al dar, con firme voz, la señal de pase, una mujer de menos de treinta años, con unos lentes para la vista y una pollera corta como vestimenta, solicitaba que le firmara una citación de una comisión de la cámara, para que se la acercara a la diputada. Este tipo de labores, más algunos que otros llamados, se transformaban en las piedras básales de la funcionalidad de un empleado público administrativo. Yo, por obra y gracia, de lo que a veces denostaba, mi actividad literaria, no me veía encerrado en ese conjunto de actividades mediocres, que cercenaban la cabeza y la dignidad de las personas. Toda esta gente ya lleva en el rostro, esa pinta de gnomos, hube de reflexionar. Reprimí una risa al recordar la metáfora utilizada. En realidad no me pertenecía la autoría intelectual, de asociar la imagen de los duendes de fantasías con las personas claudicantes o sojuzgadas por un lazo de esclavitud con el patrón de turno. La tutela le correspondía a mi mujer, quién con su frondosa e irónica imaginación bien podría haberse dedicado a la literatura. Como yo bien podría haberme dedicado a la abogacía, profesión que Viviana ejercía y que también lo hubo de hacer mi padre. Era imposible, me dije, ante la última reflexión.

 

Daba por concluida mi jornada. Tomé mis efectos personales, un maletín pequeño donde guardaba las facturas de los servicios que debía pagar, una agenda casi en blanco y un puñado de hojas impresas con mis escritos, para dirigirme a mi hogar. En el trayecto hube de retirar un bolso de ropa en el negocio de los uruguayos y me hube de hacer de un atado de cigarrillos en el quiosco de los chinos.

 

Esa noche intentaba pasarla como una más, sin embargo, no podía lograr mi cometido. El incidente de las estampillas me hacía, buscar imperiosamente, una explicación ante lo vivido. Era como si pretendiera descubrir, en realidad inventar, una lógica trascendente que uniera los acontecimientos más vulgares, pero que en realidad poseían una finalidad trazada por un ser superior. Necesitaba creer que hube de encontrar los sellos postales por obra y gracia de un mandamás celestial, que algo me quería significar, algo me quería indicar, mediante lo que me había otorgado, y que yo por incapacidad, lo sindicaba como la casualidad de las estampillas. No me iba a entregar tan fácilmente, buscaba por todos los vericuetos posibles, una relación que brindara lógica a lo que parecía un acto meramente casual. Recordaba que de niño, hube de coleccionar sellos postales. Durante años, compraba filatelia, en el único negocio, que vendían las mismas, en la ciudad que me había visto nacer. Un hombre mayor, de cabellera blanca y anteojos, era el dueño del local, tan alta había sido mi pasión por los sellos postales, que transcurría siestas enteras mirando y seleccionando mi compra. Nombres como Burkina Faso, Helvetia, se repetían en los sellos que tenían animales, castillos, hombres, militares, flores. En ese período de mi infancia, buscaba quizá, tener la propiedad de las divertidas figuritas troqueladas, que atesoraban un valor monetario y una diversión garantizada, a los fines de hacerlo. Tras tres años de filatelista, y con cuatro libros completos de colecciones importantes, le hube de mostrar la misma a un compañero de escuela. Tendríamos once o doce años, se llamaba Federico y era hijo de un acaudalo médico de la ciudad. Tan interesado se mostró, que me aproveché de su desesperación por tener mi colección, le oferté la módica suma de cuatrocientos dólares, sirviéndome de su onerosa prosapia y haciendo mis primeras armas en los negocios. Claro que la negociación fracasó, cuando todo hubo de terminar y a modo de regocijo, le hube de ir a mostrar los billetes a mi madre, quién ante tanto dinero, deslizó sus armas de castración y llamó a la madre de mi compañero, dado que no creía en la autodeterminación de los preadolescentes. Miraba, sin observar la televisión, en verdad tal recuerdo me había ocupado todos mis sentidos perceptivos. Intentaba unir lo vivido en la infancia con el encuentro en la adultez. Seguía con la falsa premisa, de que algún dios bondadoso me estaba otorgando una posta secreta y oculta que debía descifrar.

 

Abruptamente decidí salir a tomar un café. Si bien, merced al barrio en que vivía, debía caminar varias cuadras para encontrar una cafetería decente, la ocasión ameritaba para que saliera y ventilara mis ideas, preocupaciones y excesos. Con un cigarrillo en la boca y sin importarme si alguna otra persona pudiera ingresar, bajé el ascensor echando humo.

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