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4 min
Las Grandes Praderas
Fantasía |
10.04.09
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Sinopsis



Suena un tambor a lo lejos, y una voz desgarrada eleva su volumen para que Manitú sepa que mis amados indios siguen conmigo. Son los indios Sioux, danzado en corro alrededor de la hoguera de mi corazón solitario en esta tarde festiva y ociosa, en la que mi memoria pasea entre la indiferencia y el deseo de no inventar y no existir.

Anoche soñé de nuevo -o pienso que soñé, porque mis horas de sueño son escasas, y nunca estoy segura de haberlo soñado o haber maquinado esas ideas que vagan por mi cabeza cuando le doy rienda suelta-. Estaba en casa de una antigua vecina, una pija morena cuya máxima aspiración en la vida era estar bronceada y aparentar treinta años, una vez sobrepasados los ciento veinte. En un tiempo fuimos vecinas de una lujosa urbanización. Yo, recién llegada, la espiaba desde la cocina, temiéndome lo peor: que ella y su tribu no me dejaran tranquila.

Efectivamente, cuando intentaba utilizar las zonas comunes, cuando bajaba con la hamaca a buscar un espacio de sol y sombra con el periódico y un libro, era requerida para reunirme con el insulso grupo de esas otras etnias que poblaban nuestra particular pradera. Había de todo: Pies Negros, Apaches, kiowas o cheyenes, pues cada una venía de una región diferente de España.

Mi alma se resistía, y al principio con los cascos ajustados, fingía no escuchar sus llamadas, los reclamos indios al Dios de la lluvia, al de la caza, y al de sus antepasados. De nada servían mis cantos y mis danzas ancestrales pidiendo soledad. Terminé por deslizarme a tomar baños nocturnos bajo la luz de la luna, cuando se esfumaba el resplandor del bronceado de la pija, a última hora de la tarde.

Nunca he sido ni me he sentido de grupo. Mi madre siempre decía, abusando de esos refranes que tan bien manejaba en el momento oportuno "el buey suelto bien se lame" y yo he lamido mi piel durante toda la vida como hace el buey suelto, así que únicamente al desaparecer la última hamaca, el último bikini último modelo, me sentía capaz de descender a disfrutar de las aguas caldeadas por el sol de la indolencia.

No se debe confundir el confort con la felicidad. Entonces no era feliz, tenía un gran orificio dentro del corazón, pero llenaba mi vida con una actividad intensa que me hacía caer en la cama rendida, sin tiempo para pensar.

Un día, cuando menos lo esperaba de esa desconocida que soy yo para mi misma, salté de la hamaca y corrí; corrí como corría Toro Sentado, sin rumbo, escapando a través de las Grandes Praderas, porque tampoco deseaba terminar recluida en una Reserva, dándome al alcohol para olvidar mi tediosa e insignificante vida.


Han pasado muchos años; mejor no contarlos. Pero precisamente cuando no pensaba nunca en la pija, anoche pensé, -o soñé, o puede que lo viviera-. Paseaba por su casa vacía, donde la piscina ocupaba el lugar que antes ocupó el gigantesco salón. Inmensas y azules lucían sus aguas cerca de la terraza. Era mi nuevo hogar, el que antes le pertenecía.

Busqué su piel oscura, temerosa de encontrarla en la cocina, en el baño, o en cualquier armario empotrado de los muchos que guardaban su lujoso vestuario, pero no. Su espíritu aborigen había abandonado también aquel Tippi con ascensor. En el dormitorio, dos lámparas de cristal azul, dormitaban sobre las mesillas de noche. La cocina estaba en orden; los baños, llenos de frascos con pinturas de guerra, que supuse habían hecho su insustancial vida algo mas confortable. Pero no se debe confundir el confort con la felicidad.

He caminado por su casa atravesando las paredes, moviéndome a mi antojo y sintiéndome un poco más próxima a ella. En algún momento he tenido conciencia de que tampoco a aquélla mujer, por muy pija que fuera, le llenaba su monotonía sin horizontes.

Yo me marché mucho antes, con un quincallero que escribía poemas de amor y que no tenía futuro. Ella lo hizo bastante después, pero como era más sofisticada que yo, prefirió un susurrador de caballos.

Nuestros espíritus galopan ahora libremente, a través de las Grandes Praderas.


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