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5 min
Las hormigas no saben nadar
Amor |
24.03.13
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Sinopsis

El café que se enfriaba en la mesa del poeta que susurraba palabras indecisas en el rasgar del lápiz. La luz de un velador casi opacado por aquel sol que temeroso intentaba encontrar el paso hacia un firmamento surcado de nubes. El violento gotear de aquella hoja llorosa que aún dibujaba en aquel paisaje los restos de una llovizna de verano. Y un silencio aturdido por los gritos de la confusión en la mente del poeta.

Era extraño ver a Luis escribiendo en prosa, solía pasar horas haciendo listas y listas de palabras. ‘Esta lista la hice la primera vez que vi el mar’ me dijo una vez orgulloso. No me voy a olvidar el azul desconsolante que me dejaron entre ver aquellos pequeños trazos. No sabía distinguir el verde hoja del verde manzana, pero sabía relatarte el color de los árboles mejor que cualquier modista y pintarlos mejor que cualquier artista.

El sol había logrado alcanzar el celeste del firmamento y el velador seguía encendido. La última gota de la hoja cayó en el pequeño charco que se había formado bajo ella y lo inundó. El agua comenzó a fluir a una velocidad descomunal para la pequeña hormiga que caminaba a su lado, y a una velocidad infinitamente lenta para el contador que al otro lado de la ciudad esperaba impaciente terminar sus trámites. Pero en la habitación de Luis, el tiempo no existía ni pensaba hacerlo, sin embargo el agua se movió e inevitablemente lo inventó. La última gota fue a parar a la hoja borroneada de Luis y lo despertó de aquel letargo imposible. En ella viajaba la hormiga. Con un dedo cuidadoso que una vez había descrito las muchas virtudes de una hormiga igualita a esa, la corrió del agua. La hormiga caminó despacio hasta posarse en la palabra ‘Adiós’. Sobre la curva de la ‘s’ se paseó divertida, y Luis la miraba preguntándose si tal vez hubiera podido escribir entre las virtudes ‘nadan’ para que  aquella hormiga estuviera ahora en su hogar. La hormiga se cayó de la ‘s’ y fue a parar casi sin equilibrio a aquel punto indeciso que Luis había dibujado casi siendo coma. Se apresuró a dibujar otros dos puntos junto al primero y allí se posó la hormiga. Aprovechando la tinta fresca comenzó a pintar desde aquel último punto una cruz. Se preguntó entonces Luis si las hormigas podían creer. La hormiga dio un pequeño salto y a su lado dibujó lo que parecía un tres invertido. ¿Sabrían contar? ¿Dónde había dejado aquella lista? Fue entonces cuando la hormiga hizo un salto largo y dibujó una puntiaguda cumbre nevada. Luis miraba fascinado. Un salto y dos jorobas. Un salto y un pequeño círculo.

Repentinamente, recordó donde estaba la lista. Bajo el enorme montón de papeles sacó uno manchado con café y lo puso sobre la mesa.

 

Virtudes para hormiguitas en cursiva minúscula

 

                                                       andan

                                                     buscan

                                                     ayudan

                                                     unen

                                                 encuentran

                                                 silenciosas

                                               indescifrables

                                               inconfundibles

                                                 inolvidables

                                                indomables

                                                 inteligentes

                                                   eternas

                                                     vivas

 

Entonces lo notó. Justo allí, en la primera palabra. Una pequeña mancha de café había borroneado la ‘d’ y la ‘n’ y las había transformado en una hermosa ‘m’.

Fue gracias a un café frío igual al que el poeta había dejado sobre su mesa mientras el velador quedaba olvidado que Luis salió corriendo con la carta bajo el brazo.

Fueron muchos años después cuando notó que tan sólo un error en el orden de las letras podría haberle costado toda una vida de amor. Por suerte para todos, menos para nuestra hormiguita, las hormigas no saben nadar.

 

Fin

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