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5 min
Las locuras de una vida normal
Amor |
22.10.14
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Sinopsis

Historias de vida...

A lo largo de los años que llevo de vida (49) - y como laburante (19) - , seguramente ha de ser un mojón el miércoles 11 de Junio de 2008.

Levantarme semidormido y a las 7:10 enfilar a la cochera en busca de mi vehículo y dirigirme a mi trabajo, era una situación absolutamente normal.

Pero ese día, un resabio de la construcción (un trozo de ladrillo) habría de marcar mi vida. Mil veces he practicado deportes, ya sea de manera federada como así también a nivel aficionado sin una lesión. No conozco lo que se siente padecer un desgarro, una fractura, una distensión o cualquier otra situación que pudiese pensar.

Aquella mañana fría de invierno, pisé mal y mi rodilla izquierda (maldita pierna inútil) se torció y comenzó mi calvario.

Nuevo en aquella institución, desde el 1 de Marzo, llegué con la idea de cumplir como cada día mi función escolar. Un agudo dolor me hacía pisar de manera anómala, pero tal mi costumbre le resté importancia y me dispuse a afrontar un nuevo día de trabajo.

Aún recuerdo claramente que a las 10 de la mañana ya no me bancaba más el dolor, hablé con la secretaria de la escuela  y tras mostrarle la inflamación de mi rodilla, iniciamos los trámites clásicos de un accidente laboral.

Maldita la hora en que eso sucedió. Paso siguiente se iniciaron las acciones que correspondían, la visita al médico de turno, y un primer diagnóstico: tendinitis y pequeño desgarro meniscal. Una a una se fueron sucediendo las sesiones de kinesiología, los días de reposo hasta que agotadas las opciones, visité el quirófano por primera vez.

Transcurría el mes de Agosto, la planificación marcaba que volvería a la actividad natural para Diciembre pero el destino me guardaba una sorpresa muy poco grata. No había dolor, mis movimientos eran casi normales, pero una cantidad apreciable de líquido se negaba a salir del área. Tal así las cosas, el 9 de Diciembre volví al quirófano para corregir esa anomalía.

Para cualquier lector estas primeras líneas podrán representar un sinnúmero de quejas y lamentos propios de alguien que se ha visto afectado por una situación fortuita, pero nada más erróneo. Estas pequeñas situaciones me han demostrado que hay cientos de personas en las cuales depositamos nuestra confianza y nos demuestran cuan poco vales para ellos y con que facilidad se habla y se expresan opiniones alejadas de la realidad.

¿Dónde quedó la amistad de aquellas personas que compartían la lucha diaria? Esas que cuando había que remodelar instalaciones, venían a casa para planificar actividades, aquellas que llenan la casilla de correo electrónico con mensajes banales y a las que parece importarles muy poco tu estado físico y anímico.

Al cabo de estos once meses y algunos días de convalecencia, he podido corroborar que muchos de ellos sólo reaccionan y se manifiestan solamente si se invade su área de trabajo o sus casillas de correo expresando lo que uno vive. Lamentablemente, las habladurías abundan y es mucho más fácil recurrir a falacias y comentarios infundados, que acudir a las fuentes para conocer lo que pasa.

Pero atención: así como descubrí falsedades, noté que no es necesario compartir años de trabajo, horas de convivencia y cientos de situaciones para establecer que hay personas para las que uno tiene un valor relevante. No hay que llenar casillas de mail, ni torturar con mensajes de texto para demostrar interés y preocupación.

Noté que a más alto rango, más te convierten en un número de expediente; que es más sencillo hablar que escuchar, que difamar es más productivo que validar, que sacar conclusiones es más cómodo que indagar.

Hoy, 22 de mayo de 2009 un veredicto médico me pone a las puertas de retomar actividades, el lunes habrá sonrisas falsas enmarcadas en rostros que tendrán como fondo (en sus mentes) frases tales como “Se te acabaron las vacaciones pagas”, “Tu reemplazante era mejor y menos conflictivo” y tantas otras que deberé suponer cuando vea rostros que dibujen sonrisas muy poco creíbles.

Quedarán en mi recuerdo y mi gratitud permanente los esfuerzos del doctor por recuperarme, la amabilidad del personal del centro médico ante cada visita de control, los esfuerzos de la señorita de la empresa aseguradora por conseguirme la mejor de las opciones para rehabilitarme y el apoyo de un compañero de equipo, pese a los tragos amargos que la vida le brindó.

Cuando enfrente nuevamente a mis alumnos, volveré a ser el tipo informal que trata de ayudarlos a superar los inconvenientes que el mundo les plantea a diario, pero con una vivencia más de esas que duelen por dentro. Heridas que deja la vida, de las que se aprende más que leyendo una biblioteca entera.

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Absolutamente normal, excepto la rodilla izquierda. Ochentero a morir.

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