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44 min
Las migajas de la mesa de los amos
Suspense |
01.07.15
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Sinopsis

En la casa del ingeniero se ha producido un doble asesinato y el suicidio de la homicida. Todo está claro... ¿O no?


I. Habla el inspector Jiménez.

En junio de mil novecientos veintitrés se cumplía el vigésimo quinto aniversario de mi entrada en el cuerpo de policía de la ciudad de ***. Por entonces hacía tiempo que me había convertido en un hombre descreído y con poca paciencia, al que no era fácil que se le escapase un malhechor por mucho que tuviese la apariencia de una abuelita indefensa y encantadora. Ante mí había pasado lo más inmundo de la humanidad: hombres y mujeres capaces de cometer los crímenes más abyectos, y hasta niños que habían perdido la inocencia de la infancia para aprender en la escuela de la vida a sobrevivir mediante artimañas y conductas casi delictivas que harían ruborizarse al más experimentado adulto de ese mundo que llaman decente. Son tantos los casos que me han ocupado a lo largo de mi vida policial que todavía no entiendo por qué mi memoria, que los confunde todos, recuerda con tanta nitidez los acontecimientos de aquel verano. Lo cierto es que, a pesar de los años transcurridos, muchas noches en las que el insomnio me impide conciliar el sueño, acabo dándole vueltas y más vueltas a lo ocurrido entonces. 

El caso de Brígida R. nos tuvo durante meses alborotados a unos y otros en la comisaría, divididos entre los que creían que la impresión por ser la única superviviente al crimen en la casa del ingeniero le había trastornado la mente y los que, como yo, pensábamos que la joven no era sino una impostora que quería confundirnos por alguna razón de todos desconocida. Todavía hoy me es muy difícil decir quién tenía razón a pesar de que el caso lleva años cerrado. Todo empezó con la llamada de una mujer en la comisaría a primera hora de la mañana. Se había producido un doble asesinato y el suicidio de la supuesta homicida en la casa del ingeniero. La soledad en la que se encontraba el chalet, a doce kilómetros de la ciudad, hizo que nadie se percatase del aciago suceso hasta pasadas unas horas. Fue la mujer del guarda del pantano, que acudía todos los días a hacer las tareas domésticas en la gran casa, la que encontró los cuerpos en el gabinete y nos alertó del suceso. Cuando llegué con mi ayudante al lugar de los hechos nos fue muy difícil sacar una palabra comprensible a la pobre mujer: el susto y el llanto la impedían hablar. La dejé con mi ayudante y yo me dirigí al gabinete donde habían ocurrido las únicas muertes trágicas de aquellos parajes en cuarenta años. 

La resolución del caso no iba a ocasionar problema alguno: las piezas del puzzle encajaban por sí solas. O, al menos, eso creí entonces. Había en el gabinete una cama que el ingeniero utilizaba cuando se quedaba trabajando hasta altas horas de la noche para no molestar a su esposa, cuya salud, todos decían, era muy delicada. En el lecho estaba tendido el propio ingeniero; a su lado, yacía abrazada a él una joven que, en principio, creímos que también estaba muerta, y a los pies de la cama, el cadáver de otra señora sostenía apenas una escopeta de caza: la supuesta homicida que se había suicidado después de cometer tan horrible acción. La escena del crimen dejaba poco margen para la duda. Bastaba únicamente que alguien reconociese los cadáveres para tener el caso resuelto. El reconocimiento lo llevó a cabo la propia mujer que descubrió los cuerpos. El hombre era Leandro de Sotogrande, el ingeniero que, ocho meses antes, había llegado a la ciudad para hacerse cargo de la explotación del pantano. La joven que yacía junto a él era la señorita Brígida R., dama de compañía de su esposa, y era ésta, su propia mujer, la que, todo parecía indicar, había disparado contra la pareja de amantes después de sorprender a su marido en la cama con su amiga. No podía haber un caso más claro.

Fue mi ayudante quien se percató de que a la señorita R. aún la sostenía un hilo de aliento. Después de llamar a un médico para que atendiese lo que parecían graves heridas, tomamos declaración a la mujer del guarda del pantano y, tras inspeccionar la casa, regresamos a la comisaría con la certeza de poder cerrar con prontitud un caso sencillo. En aquellos años, la prensa aún no entorpecía nuestro trabajo con su avidez por cazar noticias sensacionales y la familia del ingeniero apenas era conocida en la ciudad, por lo que no esperábamos que el escándalo tuviese poder para obstaculizar los pasos que habíamos de dar. 

Fue muy poco lo que pudimos hacer las semanas siguientes en tanto que esperábamos que la joven volviese en sí. Los Sotogrande, como ya he dicho, no llevaban mucho tiempo en la ciudad y, en esos meses, habían llevado una existencia discreta, lejos de la ajetreada vida social de la familia del anterior ingeniero. El matrimonio llegó solo a la ciudad en pleno otoño, pero, después de Semana Santa, cuando decayó la salud de la esposa del ingeniero, arribó a la estación de ferrocarril la señorita R. para hacerle compañía mientras su marido atendía las obligaciones de su cargo. Al parecer, según nos había dicho la mujer del guarda, la joven era una pariente de la señora de Sotogrande, pero esta circunstancia aún había de esperar para corroborarla. Al matrimonio y, después también, a su huéspeda se les había visto en la iglesia del Carmen los domingos y paseando por los pinares cuando el tiempo era benévolo. El frío invierno que azotó la ciudad aquel invierno y la naturaleza enfermiza de la esposa del ingeniero no propiciaron el trato con las familias de la ciudad. De él decían los trabajadores del pantano que era un jefe bondadoso y cortés, aunque de pocas palabras. El matrimonio no tenía hijos: eran jóvenes y no debía de hacer mucho que se habían casado. Más que estas pinceladas no pudimos averiguar cuando preguntamos a las personas que habían tenido trato con ellos.

Aún tardaría semanas en poder tomar declaración a la señorita R. Estuvo perdida en la inconsciencia durante días y días, debatiéndose entre la vida y la muerte. Cuando despertó de su agitado sueño, estaba demasiado aturdida para hablar y las monjas que cuidaban de ella en la clínica a la que la llevamos nos impedían franquear la puerta de su dormitorio. Hube, pues, de aguardar un tiempo antes de poder interrogar a la joven. 

Caía la tarde de un día de mediados de agosto cuando la hermana María me abrió la puerta de la verja de la clínica y me condujo a la terraza donde convalecía la señorita Brígida R. Me encontré con una joven que no llegaba a los veinticinco años sentada en un sillón de mimbre a la sombra de un toldo de franjas blancas y amarillas. Tal vez debido al trance por el que había pasado, parecía una niña, tan menudo era su cuerpo. Su cutis era casi transparente, cual si fuese papel de seda, y sólo tres pecas en la punta de la nariz ponían una nota de color a la blancura de su piel. Alargó su mano hacia mí, que estreché con miedo a quebrar su fragilidad. Y en un hilo de voz que apenas se oía, se presentó como Adelaida Vidal, señora de Sotogrande.

Primero creí que había oído mal. La señora de Sotogrande se había suicidado tras disparar contra su esposo y su amante, es decir, contra la joven que tenía ante mí. Mas, cuando me senté a su lado para que me contase su versión de los hechos, pude constatar que persistía en su error.

No recordaba, me dijo, que en su casa hubiese más personas que su marido y ella. Aquella noche habían cenado temprano porque Leandro Sotogrande quería terminar un trabajo. Ella se había quedado un rato leyendo en la sala hasta pasadas las diez de la noche y, antes de retirarse a descansar, había entrado al gabinete para ver si su esposo necesitaba alguna cosa. Ya no se acordaba de más sino que había despertado en la clínica. Cuando le pregunté por la otra mujer, no parecía saber a quién me refería. Conseguí a duras penas ocultarle mi asombro por la historia que me había contado, tan dispar a la de la mujer del guarda y la de los pocos vecinos que habían conocido al matrimonio Sotogrande. Pensé que tal vez el temor a ser señalada como la amante del ingeniero la llevaba a mentir acerca de su identidad, pero, cuando le di toda suerte de seguridades sobre la discreción de la sirvienta y, como no, de la policía, persistió en su afán de hacerme creer que ella no era otra que la señora de Sotogrande. 

Sólo llevaba un cuarto de hora con ella cuando una de las hermanas se acercó a decirme que tenía que dar por finalizada la visita, pues la señora Sotogrande podía fatigarse. De camino a la salida, le pregunté a la monja por el comportamiento de la paciente y sólo pude oír de ella alabanzas a su exquisita educación y a su cortés trato con el personal de la clínica. He de decir que ni a ésta ni a otras hermanas que los días siguientes interrogué les cabían la menor duda de la sinceridad de la joven herida: para ellas esta mujer no era otra que la señora de Sotogrande, la esposa del ingeniero. Yo, por mi parte, desconfiaba de ella, pese a su apariencia indefensa. Estaba convencido de que, por vergüenza debido a su conducta, digamos, poco ejemplar o por alguna otra razón que se me escapaba, mentía. Después de todo había provocado a la verdadera señora Sotogrande burlando su hospitalidad, quebrando su confianza y engañándola con su marido en su propia casa.

Quise hablar con el médico que se ocupaba de la joven pero ya había finalizado su jornada y no regresaría a la clínica hasta el día siguiente. Así que me encaminé a la casa del guarda para volver a tomar declaración a su mujer por ser ésta la que conocía mejor al matrimonio Sotogrande y la que podía darme una idea más aproximada de lo que sucedía en la casa del ingeniero. He de decir que a punto estuve de dejar correr el asunto y cerrar el caso. Después de todo no había ninguna duda sobre la autoría del crimen; y los motivos, los celos y la traición, también estaban claros. Pero mi olfato de perro viejo me decía que lo que escondía la mujer que se recuperaba en la clínica era crucial para comprender el doble crimen y el suicidio de la otra mujer. 

La esposa del guarda del pantano se sintió muy ofendida cuando puse en duda las identidades de las dos mujeres. No había confusión posible, dijo, teniendo en cuenta lo diferentes que eran una y otra. Adelaida Vidal había sido una dama de apariencia robusta y elevada estatura a la que su delicada salud no le había hecho adelgazar en demasía. Era, por tanto, de complexión fuerte y más llamativa que su dama de compañía. Con el cabello rubio cayéndole por la espalda, debía de parecer una legendaria walkiria. Y, pese a ser de aproximadamente la misma edad, la esposa del ingeniero parecía mucho mayor que Brígida R. Ésta, en cambio, era una joven menuda que se diría que aún no había salido de la infancia. Sus negros cabellos cortados en una melena al estilo garçon, tan de moda en las grandes ciudades de aquellos años veinte, hacía imposible cualquier confusión con la esposa del ingeniero. Los pocos conocidos que habían tenido trato con el matrimonio corroboraron las palabras de la mujer del guarda del pantano. Aún me acerqué a la casa del ingeniero y estuve registrando sus habitaciones. En la cómoda del dormitorio encontré una fotografía de gran tamaño en la que aparecía una imponente señora elegantemente vestida de negro sentada en una silla. De pie junto a ella, un caballero posaba su mano derecha en el respaldo de la silla. Era aquélla la fotografía de la boda del ingeniero.

¿Qué ocultaba Brígida R.?, ¿el temor a ver su honra por los suelos la llevaba a negar la evidencia? Nada tenía sentido. Cualquiera hubiese dicho que la acusábamos a ella del crimen. Más y más convencido de que la joven dama de compañía había desencadenado la tragedia, proseguí en mis pesquisas.

Al día siguiente, le pedí a mi ayudante que me acompañase al hospital. Quería que, mientras yo me me dedicaba a hablar con el médico que se ocupaba de la señorita R., él interrogase a las hermanas y a las enfermeras. No me olvidé de llevar conmigo la fotografía de la boda del ingeniero como prueba de que Brígida R. se ocultaba tras una mentira. 

El doctor Balaguer era un caballero cercano a los sesenta años de aspecto distinguido que llevaba la mitad de su vida profesional dirigiendo la pequeña clínica. Su prestigio de hombre sabio y ecuánime se extendía más allá de las murallas de nuestra pequeña ciudad e, incluso, había publicado más de un artículo en revistas científicas extranjeras. Por esa razón, tenía yo en gran estima su opinión sobre la señorita Brígida R. Expuse ante él todo lo que sabía de la paciente, que no era mucho más de lo que habían declarado la mujer del guarda y los pocas personas que conocían a Leandro Sotogrande, a su esposa y a la dama de compañía. No ahorré ningún detalle sobre el fatídico crimen, incluyendo las relaciones pecaminosas del ingeniero con la amiga de su mujer. Si bien sobre este punto no pude darle más información que la que encontré en el lugar de los hechos, pues nadie a quienes pregunté supo decirme una palabra que pudiese manchar la reputación de la joven. Ni siquiera la mujer encargada dijo de ella sino alabanzas acerca de su bondadoso corazón y de las delicadas atenciones que gastaba hacia su amiga.

—Entonces —recuerdo que le pregunté—, ¿por qué se empecina en mentir?, ¿qué le lleva a negar la evidencia si nadie la está acusando de nada? Sus funestos amores no van a salir a la luz porque la mujer del guarda moriría, perdone la expresión tan desafortunada en este caso, antes de traicionarla y ella es la única persona que lo sabe además de mi ayudante, usted y yo.

El doctor Balaguer quiso hacerme creer que la señorita R. no estaba mintiendo de manera deliberada. Según dijo, los horrendos sucesos sufridos le habían causado una herida en su mente hasta el punto de sepultar los hechos en lo más profundo de su ser y crear falsos recuerdos para escapar del dolor. Mas yo no acababa de creer las fantásticas explicaciones del médico y, aunque ese día accedí a su ruego de no importunar a la paciente con más preguntas, salí de la clínica con la intención de volver. No debí dejar muy tranquilo al buen doctor porque, a media tarde, se acercó a la comisaría para explicarme que la policía ya poco podía hacer por averiguar la verdad que se escondía tras el testimonio de la joven; que ésta era una labor que sólo incumbía a la medicina. Tampoco me convenció esta vez, pero le prometí darle un tiempo para que actuase según le dictase su parecer y, si no obtenía resultados, entraríamos nosotros en acción.  

Rompí mi promesa en más de una ocasión. La semana siguiente acudí a la clínica varias tardes a interrogar a la impostora, pero sólo conseguí de ella lágrimas que no se se podían calificar de contrición y que llamaron la atención de las monjas quienes se presentaron prestas a ofrecerle su consuelo.

Mientras tanto! no cesaba de preguntarme por qué habían de tratar con tanto mimo a una mujer que había roto la paz del hogar que la había acogido. Valiéndose de la debilidad de la señora de Sotogrande, había seducido a su marido causando tanto dolor que la esposa no había visto más salida que el horrendo crimen. No. En mi pecho no había ni una brizna de compasión hacia la instigadora del crimen.

II. Habla el doctor Balaguer.

No sabía cómo deshacerme del inspector Jiménez. Su afán por desentrañar los motivos ocultos del proceder de Brígida Roca rozaban la obsesión. En su mentalidad justiciera, quería castigar a la joven por haber vulnerado las normas de la moral responsabilizándola de los crímenes cometidos en la casa del ingeniero Sotogrande. Para mí la confusión de identidad de la señorita Sotogrande era también un enigma, pero no por las mismas razones del viejo policía sino por la fascinación que me causaba el caso clínico. Aunque mi especialidad era el tratamiento de las enfermedades del pulmón, desde mis años de estudiante siempre tuve un gran interés por los misterios de la mente y los tortuosos caminos que puede recorrer el alma para escapar de los fantasmas que la acechan. Incluso, al finalizar mis estudios pasé unos meses en el hospital la Pitié Salpetriere viendo cómo un discípulo del doctor Charcot trataba los males de la mente.

Fue el recuerdo de mi estancia en París observando curaciones de casos de histeria el que me dio la idea de intentar acceder a los rincones escondidos de la mente de Brígida Roca por medio de la hipnosis. En mis conversaciones con la joven, me había encontrado con una mujer educada que parecía caminar por el mundo sin que ningún trastorno alterase su mente más que aquella confusión de identidades. Era inteligente y sufría por la trágica pérdida de quien consideraba su marido, que el inspector Jiménez se había encargado de hacérsela saber sin ahorrarse ningún hórrido detalle. Aunque no se acordaba de lo sucedido, era consciente de la magnitud de la tragedia. Brígida Roca no presentaba ningún síntoma de histeria, pero había borrado su propia historia para asumir como suya la de la asesina. Mas, ¿por qué se identificaba con quien había causado tanto daño? Cuando intentábamos hacerle ver que no era quien ella decía, su rostro reflejaba un inmenso sufrimiento, como si no comprendiese por qué deseábamos torturarla y nos miraba ansiosa por encontrar un poco de comprensión.  Algo me decía que la causa de su estado era más compleja que el trauma por el asesinato. Y, pese a las diferencias con los casos de histeria que había visto en París, presentía que si la sometía a una sesión de hipnosis, lograría sacar a la luz los fantasmas sepultados en su subconsciente. 

Así, un domingo la invité a comer en mi casa y, allí, lejos de las monjas, que podían escandalizarse con mi proceder tan poco ortodoxo, le propuse que se sometiera a una sesión de hipnosis para averiguar las causas de su mal. La senté en una butaca de mi despacho y la ordené que me mirase fijamente a los ojos, como había visto hacer al discípulo del doctor Charcot. Después le induje un sueño profundo y le pedí, o más bien le exigí, que me contase quién era. En esta sesión me reveló mucho de lo que ocultaba su alma, que puse por escrito para dejar constancia de su testimonio.
   
III. Habla Brigida.

Mi nombre es Brígida Roca y tengo veintiséis años. Nací en un pequeño pueblo en el que mi padre enseñaba las primeras letras a los hijos de los mineros. A mi madre no llegué a conocerla: dejó este mundo el mismo día en que yo hacía mi entrada en él. Mi infancia transcurrió tan deprisa que una mañana desperté con doce años, huérfana de padre y madre, en una casa extraña donde vivían unos tíos y una prima a los que no conocía. Atrás quedaron las mañanas de mi niñez en la que Gregoria, la mujer que nos cuidaba a mi padre y a mí, me colmaba de arrumacos y mimos; las tardes, en las que después de la merienda, me sentaba en las rodillas de mi padre para que me contase cuentos que dejaban pálidos los que narraba Sherezade en sus mil y una noches; las veladas en las que yo contemplaba extasiada el humo que salía de su pipa esperando que se apareciera algún ser maravilloso que, cual el genio de la lámpara, me concediese el deseo de tener una madre. Mas, como digo, a los doce años el mundo en el que vivía desapareció en la nada.

Mi padre murió de apoplejía dejándome sola y sin más riqueza que una maleta de cartón y una muñeca con la cara de porcelana a la que le faltaba un ojo. Gregoria me acompañó en el viaje que hice en tren hacia la capital y me dejó en una gran casa con una escalinata de mármol negro a la entrada, que me causó más susto que asombro. Una señora de elevada estatura cuyo vestido crujía al moverse llenó mi rostro de besos y lágrimas. Luego me dijo que era la hermana de mi difunta madre y me presentó a Adelaida, mi prima: una niña dos años mayor que yo. Los primeros días estaba tan asustada que no despegaba los labios y andaba pegada a las paredes en busca de un rincón donde esconderme. Las noches se me pasaban en la pequeña habitación que sería la mía en los años siguientes, sin poder dormir abrazada a mi muñeca y ocultando el rostro en la almohada para apagar el llanto que me causaba la añoranza de mi padre, de Gregoria y de mi casa.

Fue Adelaida la que me rescató del mundo de tristeza y soledad que había creado a mi alrededor. Una tarde en la que intentaba camuflarme con las cortinas de terciopelo del salón me tomó de la mano y, con voz imperiosa, me ordenó que la acompañase a su habitación para hacerle un peinado. De nada me sirvieron mis intentos de explicarle que no sabía hacer sino las dos coletas que aniñaban mi rostro. Sin escucharme, tiró de mí y, casi a empujones, me llevó por el interminable pasillo. Cuando entré en su dormitorio, creí encontrarme en la cueva de Alí Babá. Una cama con un dosel del que caía un velo blanco de tul me dejó boquiabierta. Junto a ella una casita de muñecas que no era sino la reproducción en miniatura de la casa a la que había ido yo a parar y, frente a ella, una estantería poblada de muñecas que hacían parecer la mía una mendiga al lado de elegantes damas. Extasiada debí quedarme contemplando tan fabulosa habitación porque mi prima Adelaida me llamó con impaciencia y sentándose delante de un espejo que era mucho más alto que nosotras, me tendió el cepillo, conminándome para que iniciase la tarea que me tenía encomendada.

He de decir que aquella tarde no fui capaz de trenzar su cabello al gusto de Adelaida. Hubo de ser ella quien jugara con mi pelo rebelde mientras me enseñaba cómo se hacía para que en los días sucesivos me ocupase de convertir su cabeza en los caprichos que creaba su alocada imaginación. No sé si fue aquella vez o en ocasiones sucesivas cuando descubrió el placer de transformarse en mi maestra instruyéndome en todo aquello que mi educación pueblerina me había negado. Mi tía dispuso desde el primer momento que las institutrices y profesores que se ocupaban de pulir a mi prima me incluyeran en sus clases. Y debo confesar con vergüenza que, a pesar de los esfuerzos realizados por mi padre para llenar mi cabeza de sabiduría, mis conocimientos dejaban mucho que desear. Así que Adelaida satisfacía sus deseos de tener a alguien a su merced convirtiéndome en su discípula.

Aquellos primeros meses sirvieron para que se forjara un vínculo entre nosotras que sólo la aparición de Leandro en nuestras vidas años después pudo truncar. Pero aún quedaba mucho para que eso sucediera. Mientras tanto iba creciendo dentro de mí más y más mi admiración por Adelaida. Ella era alegre, sociable y valiente, nada que ver con mi temperamento apocado y asustadizo. Casi siempre lograba salirse con la suya camelando a los de su alrededor con mimos y besos; y, si no lo conseguía por las buenas, se encerraba en un frío mutismo o armaba una rabieta hasta que le daban la razón. Yo tenía tanto miedo de perder su cariño, que accedía a todo lo que me pedía, aunque ello supusiese vulnerar las estrictas normas que nos imponía mi tío. 

En la casa todos querían hacerme creer que yo era una más en la familia; pero yo sabía que no era cierto. Mis tíos, los profesores e institutrices y hasta los sirvientes no sentían por mí sino el tenue afecto que nos inspira un gracioso gato de compañía. No había nadie en la casa que no sintiese veneración por Adelaida, en tanto que mi melancólica presencia sólo despertaba en ellos una triste compasión que aliviaban con una fría caricia o alguna golosina. Me sentía como los perros de los que habla la mujer cananea del evangelio que comían las migajas de la mesa de los amos. Y aquella tibia piedad me causaba mayor sufrimiento que si hubiese estado rodeada de animadversión. 

En más de una ocasión, pese al inmenso cariño que sentía por Adelaida, no podía evitar que el veneno de los celos rebosase en mi corazón. Veía a su madre cómo respondía a sus palabras con besos apasionados o permanecía contemplándola con extasiado deleite mientras que yo sólo recibía alguna frase amable que sonaba fría a mis oídos. Entonces dejaba volar mi fantasía e imaginaba que, por obra de un milagro, era yo la hija de todos querida mientras que Adelaida pasaba a ser la prima pobre pendiente de que no le faltase nada a la reina de la casa. No podía dejar de preguntarme por qué yo no podía disfrutar del amor de una madre y a ella parecía fastidiarle tanto mimo. Un día intenté aliviar mi corazón contándoselo al ama de llaves, mujer que mostraba hacia mí mayor afecto que el resto de la casa y con la que solía hablar cuando descansaba de sus quehaceres. Mas pronto descubrí que había cometido un error. Me acusó de ingrata y malvada; después me mantuvo arrodillada durante una hora con las manos extendidas y un libro en cada una de ellas para expiar mi culpa. Mucho más daño me causó la acusación que el castigo impuesto y aquella noche permanecí horas despierta reprochándome mi perfidia. Al día siguiente redoblé mis atenciones hacia mi prima para hacerme perdonar, pero los remordimientos no cesaron de azuzar mi conciencia. La alegría afectuosa de Adelaida lograron apaciguarme un tiempo, hasta que otro día los celos regresaban para torturarme dando paso a la culpa por mi maldad y a los remordimientos que desgarraban mi alma.

Los veranos los pasábamos en San Sebastián en una casa que tenían mis tíos frente a la playa de la Concha. En la temporada estival manteníamos más relaciones sociales que el resto del año, especialmente con una familia que cada principio de vacaciones aparecía con un nuevo bebé. Adelaida y yo acudíamos cada tarde a merendar a la casa de esta bulliciosa familia y disfrutábamos de los juegos y chismorreos con dos de las hijas que rondaban la edad de mi prima. El primer verano los dos años de diferencia de edad que había entre nosotras no afectaba a nuestras relaciones. Es cierto que siempre aparenté ser más pequeña y disfrutaba más con los juegos de la infancia que con los primeros coqueteos que tanto placer causaban a las otras cuando entraron por la puerta de la adolescencia. Sin embargo, el verano en el que estrenaban sus dieciséis y diecisiete años se hizo más evidente que yo seguía siendo una niña en tanto que ellas se habían convertidos en aprendices de adultas. Así, vi con sorpresa como muchas tardes me dejaban sola mientras ellas salían cogidas del brazo a recorrer el paseo marítimo y dirigían sus pícaras miradas a jóvenes de bigotes incipientes. Entre tanto, yo me quedaba llenando de colores mis cuadernos de dibujo con las acuarelas que me había regalado mi tío al cumplir catorce años.

Al principio, era tal el deleite que sentía con la pintura que no me percataba de la ausencia de Adelaida y sus amigas. Además, alguna vez me visitaban las niñas más pequeñas de la familia y yo me entretenía contándoles los cuentos que recordaba de mi padre o cortando flores para ellas del jardín con las que luego hacíamos ramilletes y guirnaldas. Mas, con el paso del tiempo, se fue apoderando de mí más y más un sentimiento de abandono. Adelaida parecía haberse convertido en una extraña. Si con sus amigas no dejaba de parlotear, conmigo enmudecía como si no encontrara las palabras, como si no supiese qué decirme. Parecía como si me hubiese vuelto invisible para ella. Había veces en las que, al verla llegar de sus paseos, yo corría a su lado deseosa de contarle mis insignificantes acontecimientos del día, pero Adelaida parecía no oírme o me escuchaba con la mirada distraída y la mente perdida muy lejos de mí. No podía dejar de darme cuenta de que su entrada en el mundo de los adultos la estaban apartando de mí; que una vez más me abandonaba quien había de estar más próximo a mí. La contemplaba salir entre risas con sus nuevas amigas mientras yo me quedaba atrás desamparada sin más compañía que unas niñas mucho más pequeñas que se sujetaban a mis faldas rogándome que me uniese a sus juegos.

Fue el mayor de los hermanos de aquella numerosa familia que rondaba nuestra casa el que me rescató de la melancolía que me estaba invadiendo. Se llamaba Leandro. Era para mí un gigante que me causaba cierto temor por su aspecto severo. Solía bajar a la playa con una ristra de hermanos y otros niños de la vecindad, que le seguían cual si se tratase del flautista de Hamelín. Él no era muy aficionado a los baños de mar. Se tumbaba en la arena con un libro entre las manos que solía servirle de excusa para observar lo que sucedía a su alrededor. Todavía no sé qué fue lo que le llevó a fijarse en mí. Tal vez no fue más que el deseo de engañar el aburrimiento. Lo cierto es que una mañana acercó su hamaca a la mía y estuvo dándome conversación hasta la hora de partir para comer. Me causó una gran impresión que se dirigiese a mí no como lo hacen los adultos cuando hablan a los niños, aturdiéndolos con mil y una preguntas para luego dejar de prestar atención a las respuestas. No. Él no me hizo sentir insignificante. Estuvo contándome la alegría que le había causado aprobar el examen de ingreso en la Escuela de Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos. Cuando tenía once años había visto una gran presa hidroeléctrica y le había fascinado de tal manera que se había prometido a sí mismo que algún día construiría una que causaría la admiración de todos los que la contemplasen. A medida que hablaba, me pedía mi parecer sobre este y aquel tema como si lo que yo pudiese decir tuviese para él algún valor. La emoción que me embargaba por ser tratada con tanta consideración no me dejó dormir por la noche y al día siguiente llegué la primera a la playa expectante por repetir mi encuentro con el joven. Mas, para mi decepción, el aspirante a ingeniero no acudió a la cita no expresada pero sobreentendida sino hasta pasado el mediodía, momento en que apareció con tres o cuatro muchachos y muchachas que, como él, eran mucho mayores que yo. Tragué como pude mi desilusión e intenté distraerme jugando con sus hermanas pequeñas que, al menos ellas, recibían jubilosas mis atenciones.

La semana siguiente apenas vi a Leandro. Sabiendo que se entretenía con su pandilla de amigos, no me atrevía a bajar a la playa por no ver cómo volvía a convertirme en invisible para quien había puesto mis esperanzas y permanecía en mi habitación pintando pájaros de colores con las acuarelas. Pero un día fue él quien se presentó en la casa de mis tíos para interesarse por mí. Fue tal la alegría que sentí por que se hubiese dado cuenta de mi ausencia, que los primeros minutos no pude pronunciar ni una palabra. Cuando logré sobreponerme a la timidez que atenazaba mi garganta, le conduje a la terraza y allí se nos pasó la mañana hablando de nuestro pequeño mundo. Descubrimos que a los dos nos gustaba el dibujo y la pintura con acuarelas. Yo le estuve mostrando mis modestos trabajos, que Leandro miraba con atento interés. De vez en cuando, me sugería algún cambio para mejorar un trazo o conseguir con los colores una mayor sensación de realidad. Cuando se acercaban las dos de la tarde, se despidió de mí con un beso en la mejilla, que dejó mi corazón lleno de contento durante varios días.

No. No me había enamorado de Leandro. O, al menos, no todavía. Era la dicha de una niña solitaria que encuentra a un amigo.

Aquel verano fue el más feliz de mi vida. Y no es ésta una hipérbole ni una frase hecha, sino la verdad tal y como la viví. Es cierto que no tenía a mi nuevo amigo sólo para mí, como tal vez hubiese deseado, pero, cuando estaba a su lado, lograba sacar de no sé dónde una Brígida diferente, más alegre e inteligente. Y siempre, al despedirse, aquellos dulces besos en la mejilla que yo atesoraba cual si se tratasen de perlas únicas de incalculable valor.

Al verano siguiente, retomamos la amistad donde la habíamos dejado. Mi corazón, que iba madurando al compás de mi cuerpo, construyó para Leandro un palacio de rubíes y esmeraldas. Poco a poco, mis sentimientos hacia él se tornaron más y más profundos, creciendo en mí el convencimiento de que el aspirante a ingeniero guardaba para mí en su alma el mismo amor que yo sentía por él.

Hasta que todas las esperanzas e ilusiones que había ido forjando se truncaron.

Adelaida se había convertido en una mujer que atraía las miradas de quien se cruzaba en su camino con su porte elegante y la seguridad en sí misma que transmitía. Tenía entonces casi diecinueve años y en la casa ya se hablaba de las posibilidades de hacer un exitoso matrimonio. A la joven no le faltaba nada para ser considerada un buen partido: Era bella, procedía de una familia que gozaba de reconocimiento social y, al no tener hermanos, algún día heredaría una respetable fortuna. Yo contemplaba con admiración cómo la crisálida se había convertido en mariposa y espiaba con disimulo sus ademanes suaves y femeninos que tanto contrastaban con su porte grandioso, casi de matrona. En primavera, mis tíos hicieron su presentación en sociedad. Organizaron para ella un baile de gala en el casino, al que habían de asistir todas las buenas familias de nuestra ciudad pero al que yo estaba excluida por ser aún demasiado joven. Durante semanas y semanas fui testigo de los imponentes preparativos para una fiesta que parecía más propia de un miembro de la Familia Real que de una señorita de provincias. Me sentí contagiada por la expectación de mi prima; y la emoción que me embargaba no era menor que la de ella. La ayudaba a elegir telas, guantes, sombreros y sombrillas; la acompañaba a casa de la modista, al peluquero y a contemplar los escaparates de la joyería que exhibían fabulosos pendientes, pulseras y collares. Adelaida no se fiaba sino de mí cuando había de elegir el corte de seda para su vestido o los primeros zapatos de tacón alto que habían de lucir sus bellos pies.

Mas, como digo, yo no asistí al baile. La vi salir de casa vestida de ensueño, con un vaporoso vestido de color vainilla que dejaban al descubierto sus hombros de canela. La contemplé embelesada del brazo de su padre sin atreverme a despedirla con un beso no fuera a mancillar su esmerado arreglo. Mientras Adelaida giraba alrededor de la pista en brazos de jóvenes galantes, yo la esperaba despierta soñando en la noche que a mí me había de tocar conquistar ardientes corazones. He de decir que aquella velada no sentí la tortura de los celos, sino el disfrute por la dicha de Adelaida y la alegría que es fruto de la esperanza. Poco podía imaginarme entonces que aquella noche despertaría de mis sueños adolescentes.

Adelaida regresó pasada la medianoche con las mejillas arreboladas. No pudo dormir hasta entrada la mañana y dejó pasar las horas contándome excitada cómo había sido el baile. Hablaba sin descanso, yendo de un tema a otro y nombrando a personas que yo no conocía más que de oídas. Hasta que uno de estos nombres atrajo mi atención: Leandro. Él, que habitaba ya mis fantasías juveniles, se había quedado prendado de mi prima y Adelaida, sin saber que me estaba rompiendo el corazón, me hablaba y hablaba de todas las atenciones que había tenido con ella, de sus dulces miradas y sus palabras cautivadoras. Aunque todavía no era para mi prima sino un galanteador más, presentía que me estaba robando pedazos de mi corazón. Mi amor por Leandro estaba guardado con mimo en lo más profundo de mi alma y ni siquiera a Adelaida, a la que le contaba todo, le había hablado de él. Aun así, no pude dejar de sentirme dolida por lo que me pareció egoísmo y falta de tacto, pues ella sí sabía que el joven era mi único amigo.

A partir de aquella noche, las visitas de Leandro a la casa de mis tíos se hicieron asiduas, mas no para verme a mí, sino para posar sus ojos en su adorada Adelaida. Se sentaba lo más cerca posible de ella y, pese a que quisiera hacernos creer que nos incluía a toda la familia en la conversación, sus palabras no eran sino para quien le había robado el sosiego. Alguna vez parecía reparar en mi presencia. Entonces me dedicaba una sonrisa como la que mostraría a una hermana, buscando mi complicidad por la dicha que le regalaba la vida. Entonces, como me ocurriese de niña, los celos me torturaban hasta romper el ritmo de mi respiración. Por las noches dejaba que mi mente jugara con la realidad e imaginaba que era yo la que recibía las miradas amorosas de Leandro, los besos apasionados de sus labios y las caricias furtivas que había sorprendido en el jardín entre los dos amantes. En mi fantasía, no había ninguna rival, ninguna Adelaida que me robase el amor que, por derecho, me correspondía.

Hasta que se anunció el compromiso matrimonial, viví entre la esperanza y la desesperación: Esperanza alocada de que las relaciones entre los dos jóvenes no fuesen más que un capricho pasajero de mi prima, que tanto le gustaba coquetear y ser admirada; desesperación por ver cómo mi prima me despojaba del único amor genuino y desinteresado que había recibido desde el fallecimiento de mi padre. De nuevo me vi inmersa en los preparativos de una gran fiesta, aunque esta vez no me causaran sino un inmenso dolor. Mi corazón se llenó de resentimiento hacia la que, hasta entonces, había sido mi amiga, mi hermana. Una vez más, buscaba consuelo en las historias que forjaba mi imaginación. En ellas yo tomaba el lugar Adelaida: yo era ella y recibía todos las atenciones que a lo largo de mi vida había visto que le dedicaban unos y otros; y tenía a Leandro para mí sola.

Después de la boda, los recién casados partieron a la ciudad donde destinaron al flamante ingeniero. Durante meses, mi vida se llenó de tinieblas que sólo rasgaba el rayo de luz que traían las cartas de Adelaida. Por ellas supe del júbilo que les produjo la noticia del niño que venía en camino y de la desolación que causó su pérdida antes de que abriese los ojos al mundo; de lo quebrantada que quedó su salud después; de sus quejas por el frío; de su impaciencia por el calor; y de la alegría por la primavera.  

Temerosa de convertirme en una carga para mis tíos, busqué unas cuantas niñas, hijas de familias conocidas, a las que dar clases de dibujo. Lo que ganaba me permitía comprar la ropa que llevaba, los libros que me gustaban y algún que otro antojo que antes no me atrevía a anhelar. Todavía me quedaba algo de dinero y, con lo que ahorré, pude alquilar dos habitaciones en casa de una viuda, donde conocí la plácida alegría de la independencia: el gozo de disfrutar de lo que depara cada día sin tener que vivir a expensas de otros. 

Hará unos meses recibí una carta de Leandro. La alegría al ver en el sobre escrito mi nombre con su letra picuda se redobló cuando leí los dos pliegos que contenía el sobre. En la carta me pedía que fuese a pasar una temporada con ellos. Leandro tenía mucho trabajo en el pantano, por lo que pasaba casi todo el día fuera de casa y le daba miedo dejar tantas horas sola a Adelaida, cuya salud era cada vez más y más delicada. Partí hacia esta ciudad tan pronto como pude romper con los compromisos que me ligaban por mis clases de dibujo y llegué a la casa de Leandro poco después de Semana Santa. Encontré a mi prima muy cambiada. Sus problemas de salud la habían envejecido y su carácter, que siempre fue caprichoso y tornadizo, se había vuelto impaciente e irritable. Su alegría juvenil había dado paso a la cólera: por cualquier nimiedad pronta a encenderse. Leandro procuraba apaciguarla con palabras cariñosas que casi nunca lograban apagar su irritación. Su rostro mostraba un inmenso cansancio que no lograba aliviar los breves momentos en los que su esposa volvía a ser la joven alegre e ingeniosa que a todos cautivaba.

A los pocos días de llegar, me convertí en la confidente del uno y la otra. En cuanto me veían a solas, me aturdían con sus quejas. Adelaida pasaba las mañanas contándome cómo sufría por la falta de comprensión de su marido. Repetía una y otra vez que Leandro la había engañado; que cuando estaba soltero, no tenía sino palabras dulces para ella, mas, al casarse, había dejado al descubierto su verdadera naturaleza egoísta. Por su parte, Leandro se quejaba de lo poco contentadiza que se había vuelto Adelaida; siempre de mal humor y enfadada. Acostumbraba a pasear conmigo después de comer, mientras ella descansaba en su habitación. Y, en uno de estos paseos, se desbordaron nuestros sentimientos y, dejándonos llevar por la emoción, nuestros labios se encontraron en un apasionado beso: el único beso de amor recibido en mi vida. 

*** 

El doctor Balaguer no consiguió que Brígida continuase con su relato hasta el momento del crimen. En plena sesión de hipnosis, la interpeló acerca de lo sucedido, sin lograr más que el pánico asomase a sus rostro. Perlas de sudor coronaron su frente mientras unos sollozos casi callados le entrecortaban el habla. Ante tal resistencia, la hizo volver en sí y dejó que descansara en el sofá de su despacho arropada con una manta. La joven no volvió a pronunciar una palabra en toda la tarde. La tristeza parecía haberla abatido. No recordaba nada de lo que había sucedido durante la sesión y, al despertar de su siesta, le pidió al doctor que la llevase de regreso a la clínica. Al día siguiente, Brígida se mostraba más tranquila, por lo que el sabio médico le propuso repetir la sesión. En esta ocasión, tampoco logró que fuera en su narración más allá de aquel beso, pero, antes de despertarla de su estado hipnótico, la ordenó que sacase sus recuerdos a la luz. Aún la sometió a tres sesiones más: siempre con el mismo resultado; siempre con la misma resistencia a revivir los desgraciados acontecimientos que causaron la muerte de sus parientes. Hubo de tratarla durante meses para que desapareciera la angustia y la melancolía que le quedaron después de aquellos tristes días, que se avivaban con las insistentes visitas del inspector Jiménez. No se atrevió el doctor Balaguer a someterla a una nueva sesión de hipnosis. Su falta de pericia en el campo de la psiquiatría le hacía temer que, si se adentraba en el proceloso subconsciente de la joven, podría hacerle un daño de difícil remedio. Así que cerró el expediente con el siguiente diagnóstico: La mente de Brígida Roca había aprovechado el traumático crimen para apoderarse de la identidad de quien siempre quiso ser. Y, pese a no haber logrado rescatar del olvido el recuerdo de aquel aciago día, estaba satisfecho de haberle devuelto su identidad.

Año y medio después de su llegada a la ciudad, Brígida dejó la clínica. Hacía meses que el viejo policía había desistido, a su pesar, de desentrañar el misterio que ocultaba la joven. La hermana María la acompañó hasta la estación de ferrocarril donde la despidió con sinceras lágrimas de cariño. Consigo llevaba una pequeña maleta y el corazón lleno de una tristeza que la acompañaría el resto de sus días. En su destino, retomó la vida que había elegido cuando salió de la casa de sus tíos y se convirtió en una profesora de dibujo amada por sus discípulas y respetada por los padres de éstas.

Una mañana, poco antes de cumplir treinta y nueve años, no acudió a las clases que tenía que dar aquel día. La patrona de la casa, asustada de no verla, llamó a la puerta de su habitación. Al no obtener respuesta, entró en ella y se encontró a su huéspeda colgada de una lámpara. La policía se enfrentó a un dormitorio casi impersonal, sin más objetos que revelaran que alguien había vivido en ella que una vieja fotografía en la que una joven vestida de novia estaba sentada en una silla mientras su recién estrenado marido, a su lado ella, posaba su mano en el respaldo. Debajo del portarretratos, un pliego de papel parecía querer contar lo ocurrido.

“Aquella noche cenamos temprano. Adelaida dijo que quería permanecer un rato leyendo en la salita, pero que yo podía retirarme a dormir. Estaba tan cansada de oírla quejarse todo el día de esto y aquello que me despedí de ella, y casi antes de poner mi cabeza en la almohada, caí en un sueño profundo. Era noche cerrada cuando me desperté bruscamente. No sé qué pudo arrancarme de los brazos de Morfeo. La casa estaba en silencio, sólo el reloj de péndulo del vestíbulo parecía marcar la respiración de la noche. Me levanté de la cama y, con el recuerdo del beso de Leandro, recorrí el pasillo hasta su gabinete. Pegué la oreja en la puerta para escuchar el sonido de sus movimientos. Pero lo que oí fueron las alegres voces del matrimonio. No pude dejar de sentirme defraudada y furiosa. Allí estaba Adelaida una vez más robándome lo que era mío. Recordé que Leandro guardaba en el armario del vestíbulo su escopeta de caza y fui a buscarla. Sin saber muy bien lo que me proponía entré en el gabinete y disparé primero sobre ella y luego sobre él. Cuando me di cuenta de mi atroz pecado, quise morir también. Tendí a Leandro sobre la cama y, pese a mis manos temblorosas, logré disparar sobre mí. Con lo que me quedaba de vida, limpié el arma y la puse entre las manos de mi prima: ella nos había matado hacía mucho tiempo; que cargase con su culpa. Sin apenas aliento, aún pude abrazarme a él, a mi amor, dispuesta a esperar a que la muerte nos uniese en la eternidad.”.

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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