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2 min
Las palabras se evaporan
Amor |
12.04.20
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Sinopsis

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Por una callejuela del viejo Cuzco camina un escritor desconocido, loco y melancólico. En su cabeza un gorrito rojo y amarillo, de papachito, sandalias de lino. En el bolsillo de su pantalón, dos flores rojas de datura sanguinea.

Al descubrir sus propios orígenes viene invadido de esa una sensación de repudio y derrota, que lo había dominado por años. La angustia lo arrasa.

El paladar y la lengua se secan. La respiración se hace afanosa. En la garganta palpita el corazón.

Donde posa su mirada los objetos se cubren de un manto negro. Intenta gritar. De su boca no salen sonidos; y cae al suelo.

Tan solo uno de sus tantos paseos nocturnos, donde a menudo viene atacado por las alucinaciones, por los fantasmas de personas que hablan con voces sofocadas y en lenguas desconocidas, por trenes que atraviesan las cárceles, por muertos que regresan vivos. Los particulares ínfimos de la realidad asumen dimensiones atroces.

De regreso a su cuchitril no logra dormir y permanece por horas con el rostro vuelto hacia la pared, hasta que se alza y se sienta frente a una una escuálida mesa de madera, agujereada por las galerías de los tarlos voraces, la silla cruje y rechina como los grillos.

El cuaderno amarillo espera los surcos del lápiz azul. El escritor melancólico no logra pensar ni escribir, ni siquiera una palabra deja caer sobre la hoja ávida. No logra leer el libro que ya no terminará.

La entera articulación de la lengua, la puntuación, las conjugaciones e, incluso, el nombre de los objetos están envueltos de una niebla impenetrable.

Es el delirio de un esquizofrénico donde todo está saltando a pedazos. Las frases se disgregan en palabras, las palabras en letras, las letras en signos rotos, los signos en una huella gris.

No queda más que la angustia pura que destruye cualquier sentimiento, pero no la fuerza telúrica de la palabra escrita (verba volant, scripta manent).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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