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11 min
Las puertas de marfil
Varios |
06.09.19
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Sinopsis

Micaela Nogaret, condesa de un pequeño pero basto reino de alguna época pasada. Es un día lluvioso y con espesa niebla, donde podemos escuchar las pequeñas y grandes tribulaciones de su mente. ¿Seguirá con su cara de marfil, dura pero moldeable a su conveniencia ¿O solo se dejará llevar por sus sentimientos, despiertados por un collar, un libro y una tragedia?

Era de madrugada, pasadas un poco más de las cinco. Una ligera neblina entraba por la ventana invitando a acobijarse aún más del eterno frío que acompañaba al reino todo el año. Se escuchaba una pequeña llovizna caer por el abovedado techo de marfil del gran castillo en medio de la densa flora simulando los pequeños pasos de un ejército de hormigas.

El mayordomo de la familia, Fernando, subió a la pequeña biblioteca de la alcoba, donde le aguardaba impaciente la señora Micaela. Él llevaba en la bandeja café, negro, sin azúcar y tan cargado como solo a ella podía gustarle, y varios trozos de pan duro, como el que solía preparar la madre de la señora. La llovizna se convirtió en poco en tiempo en un diluvio tropical. La temperatura bajó de golpe y el café de la bandeja dejaba una estela de humo por todo el trayecto. Al llegar a la puerta, preguntó:

- ¿Puedo pasar, señora?

- Cómo no, Fernando –dijo ella–. Ésta es tu casa, no la mía.

Fernando frunció el ceño y luego pasó al nido de la señora Micaela. Colocó la bandeja sobre una mesita y aguardó a que ella probara la merienda de la tarde.

- ¿Cómo está? –preguntó él.

- Muy bueno, gracias. Usted es siempre muy amable.

- No me refería al café, señorita. Le preguntaba a usted cómo se siente hoy –dijo Fernando.

- Oh –dijo ella–. Me encuentro bien, gracias. Es solo que... Ahora siento un poco de frío, por la lluvia, usted sabe.

- ¡Señora! –exclamó el mayordomo–. Haberlo dicho antes. Ya mismo bajo por las mantas. Usted ni mueva un dedo.

Y antes de que la señora Micaela pudiera darle las gracias por su amabilidad, él se esfumó como si nunca hubiera estado en esa fría habitación. Pero mientras bajaba las escaleras el leal Fernando se preguntó como uno podría estar bien cuando apenas ayer había perdido a su hijo por un parto prematuro.

La verdad era que Micaela estaba afligida por dentro, pero su queridísima madre y su casi ausente padre, ambos aristócratas, la criaron siendo una mujer fuerte. Nada de emociones a flor de piel, la sociedad era cruel y despiadada en esos tiempos y cualquiera quería aprovecharse del prójimo. En tiempos de guerra y con tal de sobrevivir, la gente hacía lo que podía para mantenerse a flote.

—Ya estás con amado padre, mi querubín— dijo ella, hablándole a la dulce neblina y al vacío frío de la mañana, dejando caer una única lágrima que acumulaba todo el dolor que ella sólo esa vez dejó salir-. Estarás mejor allá que aquí –dijo para sí misma con dulzura.

Micaela era una mujer risueña, con labios naturalmente rojos con una forma natural de corazón, tenía grandes ojos de un profundo gris que delatan su estado de ánimo según qué tan claro u oscuro estuviese. Su pequeña cara redonda le daba una apariencia algo infantil, un cuello fino que parecía ser hecho a medida sólo para ella, un largo cabello castaño tan delicado que parecía seda, manos suaves de bebé y cuerpo de guitarra. Ella era de voz de soprano dulce y cantarina, acompañadas de una presencia, solemne pero penetrante.

Micaela tuvo un escalofrío y se preguntó si Fernando volvería pronto. La herida en su vientre le molestaba muchísimo. El dolor atravesaba su alma pero se mantenía fuerte y firme. Más llegaba a momentos en los que perdía la noción del tiempo por todas las medicinas y hierbas que le recetó el matasanos del castillo. "Se curará pronto, señorita" dijo mientras mezclaba hierbas raras y siniestros líquidos en frascos de boticario, "Ya verá, en un mes pondrá tener hijos de nuevo, se lo aseguro". Pero ella no creía en las palabras de aliento del doctor, ni en las de él ni las de nadie. La señorita sabía que aquella fatídica noche algo muy profundo en ella se quebró y que las piezas jamás volverían a encajar, condenándola a una vida de soledad y aislamiento. El fruto de su único amor yacía en una pequeña urna dentro de las aterradoras catacumbas de aquel castillo de marfil.

Fernando regresó con su manta favorita, la que su madre le tejió después de que ella se casara con su ya fallecido esposo, Frederic. Micaela, saliendo de sus disertaciones internas, rápidamente se secó los restos de la lágrima que surcó su sonrosada mejilla y colocó su semblante de la señora del castillo de marfil, como todos los del lejano pueblo la llamaban.

—Tome mi señora, resguárdese del lacerante frío— dijo Fernando algo agitado, dando la señal de haber pegado una ligera carrera.

—Gracias, Fernando. Por favor no se acelere demasiado, recuerdo lo que le dijo el matasanos— dije ella con tono de solemne reproche.

—Si mi señora, lo recuerdo. Pero usted es muchísimo más importante que este desgastado anciano— dijo el experimentado mayordomo que, mostrando una pequeña sonrisa en dónde que le pudo ver el nacimiento de los dientes, se podía ver el faltante colmillo izquierdo.

—¿Hay alguna correspondencia proveniente del pueblo? — dijo Micaela mirando con aburrimiento a la dirección dónde se suponía se encontraba el pueblo a la lejanía. Sólo se veían algunas  sombras de los grandes edificios.

—No le tenido la decencia de corroborarlo mi señora, mis disculpas. Voy a revisar de inmediato.

Fernando dejó la habitación de nuevo un poco más calmado. Micaela echó un pequeño suspiro de alivio. No quería tener muchas interrupciones este día. No era que no le gustara la compañía de Fernando, no, era algo más simple: no quería mantener su cara de marfil por mucho tiempo. No estaba especialmente de humor.

De repente la invadió un sentimiento de nostalgia. Sintió un hambre voraz, famélica por los viejos tiempos. Los tiempos en que no había guerra. Recordó cuando Frederic, su amado Frederic el señor del castillo, impartía justicia y prosperidad para su pequeño reino. Y también recordó a Frederic, el amante, que solía tomarla con pasión donde quisiera, en la cocina o en su alcoba matrimonial, pues él era el rey. Pero su figura atlética y de porte de la realeza se volvió distante. La corona-reliquia de oro de la familia brillaba en su cabeza como un sol, pero hasta el sol tiene que ocultarse tras el ocaso y la figura del rey se perdió entre las tinieblas del pasado. Cayó sobre los cojines y edredones que sus sirvientes habían puesto para ella en la biblioteca. El llanto pugnaba por salir de su pecho. Necesita compartir con el mundo su dolor. Pero sus sentidos se hallaban fuera de sitio. La señorita sentía que tenía la lengua hecha de espinas y cada palabra se clavaba en garganta, desgarrándola por dentro.

En ese monto se levantó algo dolorosa al recordar la ubicación de un preciado libro para ella; dio un par de vueltas sobre sí misma, todavía se hallaba un poco mareada por las hierbas. Se tambaleó grácilmente al costado derecho, dónde se encontraba una enorme estantería de caoba, enviada desde las Ricas calles de Suiza; “un pequeño regalo” le dijo su no tan querida tía, que era Condesa. Buscó febrilmente con sus apagados ojos un libro dorado con pequeños detalles de también de marfil pintado tallados en el lomo. Lo tomó temblorosa, cómo si este le evocara las peores pesadillas de su tierna infancia.

Cuando lo sacó, inmediatamente lo abrazó, como si de un pariente querido que no ha visto en mucho tiempo se tratase. Y realmente, para ella, así era. Sentía que el libro al tacto le quemaba, pero ella sentía que era merecido ese pequeño castigo.

Un poco más calmada fue de regreso a su confortable cama de cojines. Al sentarse, se llevó una mano un poco sudorosa al collar que llevaba. Era un collar en forma de botella, hecho con oro blanco, muy raro en su tierra; tenía tallado a mano una rosa en la parte delantera y detrás las iniciales de su nombre: “Micaela Nogaret”. Fue un regalo de Frederic, antes de irse a la guerra. Desde entonces, nunca se desprende de él.

Un pensamiento oscuro pasó por su cansada mente. Miró su taza de café, ya fría, que no había tocado demasiado. Tenía una lucha interna, entre ese pútrido pensamiento y sus valores que con tanto afán le inculcaron de pequeña. Ella creció siendo temerosa de Dios, y en este momento, después de tantas desgracias alrededor, empezó a dejar de crees en él, a pesar de que fingía orar con su madre cuando ella venía de visita.

En su pequeña disputa, sólo esa vez, la primera y última vez, ella dejó que el mal ganara. Se quitó el collar con suavidad y descorchó la botella de oro para verter un líquido oscuro, casi negro, de consistencia un poco cuajosa, en el café.

Luego, abrió lentamente el libro. Era un álbum de recuerdos. No era sólo un álbum, era el álbum en dónde ella guardaba sus recuerdos más preciados. El libro fue un regalo de su padre, fue la última vez que lo volvió a ver, en su cumpleaños número dieciséis. Había fotos viejas, casi desprovistas de color. Sólo se podían observar las sombras de lo que eran una pequeña bebé en brazos de una señora regia y solemne.

Empezó a hojear el álbum mientras tomaba su café. El café ahora tenía un sabor un tanto ácido con pizcas de hierro, pero era un poco agradable al gusto. Micaela escuchó la puerta abrirse detrás de ella. Era Fernando.

-He regresado mi señora, ha recibido una carta de su amada madre– dijo sosteniendo en la mano enguantada una carta que desprendía un dulce olor a canela, el favorito de la madre de Micaela.

-Oh, qué sorpresa. Gracias, Fernando –dijo Micaela, regalándole una pequeña sonrisa–. Si me disculpas, la leeré y después tomaré una pequeña siesta. Estoy un poco cansada.

-Por supuesto, mi señora. Estaré en la cocina arreglando todo para cuando sea la hora de la merienda diurna– dijo Fernando, haciendo una pequeña reverencia y dirigiéndose a la puerta.

-Ah, Fernando –dijo Micaela, llamando su atención–. Gracias por ser amable conmigo. No sé qué haría sin usted –alagándolo con una sonrisa que reflejaba inmensa gratitud.

-No se preocupe mi señora. Siempre estaré para usted –dijo, Fernando un tanto colorado e inflando el pecho con orgullo–. La dejo descansar – dijo dándose la vuelta y saliendo de la habitación ya por tercera vez.

Micaela se tomó su tiempo por hojear su pequeño tesoro. Había fotos de ella de joven, sonriente; de su boda, de ella con Frederic, ella con su madre, con su padre, con toda la familia. A medida que avanzaba, las fotos eran más recientes, y su dolor más profundo. Amargamente, empezó a dejar sucias lágrimas de profunda desesperación y vacío, al son de lágrimas de dicha y emoción por los recuerdos.

Ella seguía tomando su café suavemente. Empezó entrarle el sueño que estaba esperando. Se limpió la cara, ya roja de tanto dolor. Se colocó su preciado collar que dejó a un lado cuando vertió el líquido en el café. Abrazó y besó tres veces su tesoro y se recostó sobre sus cojines, abrazando a su libro. Miró la dulce neblina que se disipara para dar lugar a la triunfal entrada al sol. Ella se quedó viendo el horizonte hasta que vio el primer rayo de sol. Y pronunció:

- Dios, sé que lo que estoy cometiendo no tiene perdón. Pero te pido, te pido con todo lo que está desesperada alma puede darte, que me aceptes. Para que pueda estar con ello –dijo la solemne señora del castillo de marfil, dirigiéndole esas palabras al saliente sol.

Y con un suspiro, una sonrisa y una sensación de alivio, contemplando la gloriosa salida del Sol; Micaela cerró los ojos. Y calló en un profundo sueño, en dónde pudo ver a su amado y a su querubín esperándola. Frente a grandes puertas de marfil, en el cielo.

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  • Veo que te estrenas en esta página, Tania, y me alegra que lo hayas hecho con este relato que me ha dejado un gran sabor de boca. Está ciertamente bien escrito, estructurado con notable acierto, una sintaxis muy plausible que denota un excelente manejo de la prosa, y un estilo que fluye con naturalidad, fácil de leer. En definitiva, me ha gustado mucho esta tu ópera prima en esta página. Espero seguir leyendo cosas tuyas
  • Micaela Nogaret, condesa de un pequeño pero basto reino de alguna época pasada. Es un día lluvioso y con espesa niebla, donde podemos escuchar las pequeñas y grandes tribulaciones de su mente. ¿Seguirá con su cara de marfil, dura pero moldeable a su conveniencia ¿O solo se dejará llevar por sus sentimientos, despiertados por un collar, un libro y una tragedia?

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