cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

6 min
Las tribulacionaciones de Juancito II
Reflexiones |
29.12.17
  • 5
  • 2
  • 2061
Sinopsis

 Embarracionaciones II

¿Dónde andará Gracielita? Desde el fin de las clases dejó de verla, no la buscó, solo la recordó durante bastante tiempo, deseando encontrarla por coincidencia, o a lo mejor esperaba que ella lo buscara, sería una forma de sentir que lo quería, que él le importaba. Como eso no sucedió dio por sentado que todo estaba terminado entre ellos, y empezó a hacer esfuerzos para olvidarla. Todavía la recordaba, pero era un recuerdo atenuado, indoloro, no había ni amor ni odio. Estaba la imagen de ella mirándolo y sonriendo tímidamente, que lindo era sentirse querido. Qué lindo es creer  o saber que una mujer piensa en uno. Juancito se enamoraba más de eso, que de otra cosa. Saber  que la mujer que lo esperaba o que despedía, o visitaba o besaba o amaba, necesariamente pensaba en él, lo extrañaba o temía perderlo era lo que le daba la mayor felicidad. Gracielita ¿habrá pensado en él? ¿Lo habrá extrañado? Tuvo cierto desagrado en su ánimo; lo cierto era que jamás lo había llamado, ni buscado, al igual que él. Pero él sabía cuánto la recordó, y extrañó.

 Jamás volvió a verla, y eso era extraordinario ya que la casa en la cual  ella vivía estaba relativamente cerca, nunca supo nada más, nadie le habló de ella, y nunca  preguntó.

  Juancito era un tipo muy reservado. No le gustaba mucho hablar. Escuchaba, observaba en silencio. 

  De chico le habían inculcado que no se debía mentir. Y claro a los tres o cuatro o cinco años, hay poco que decir, y no era tan difícil decir la verdad, pero luego cuando se va creciendo, hay cosas que se quieren ocultar, deseos, gustos, pensamientos.  Y ya no se puede dejar de mentir. Claro que mentir es sobre todo un ejercicio del habla, aunque puede mentirse con la acción. Pero habitualmente la mentira es algo que se dice en forma engañosa. Para Juancito no poder decir siempre la verdad era un dolor. Y en realidad no comprendía que cuando uno dice algo, que sea o no verdad, es secundario ya que no puede determinarse. Que el criterio de verdad solo es para uno mismo cuando lo que dice coincide con lo que siente y piensa. Es decir es solo verdad para uno mismo. El otro que está enfrente no puede determinar que es verdad o que no lo es. Hablamos de verdad en tanto aquello que puede ser generalizado y aceptado por todos, y esto es menos verdad, ya que entonces verdad solo sería lo aceptado como tal, sin importar si cumple la condición de verdadero. La verdad entonces es un arbitrio, es verdad lo que es consensuado.

  Juancito empezó a darse cuenta que no le iba a resultar fácil sostenerse en su postura irreductible.  Su conclusión era que poco a poco debía ir reprimiendo lo que sentía/pensaba/deseaba, en pos de una convivencia posible. Una total adaptación, una ineludible hipocresía. La humanidad se recibe de humanidad en el renunciamiento de realización completa. Uno se mutila, renuncia a lo que quiere, a lo que desea hacer, optando por lo que debe hacer. En ese margen hay que vivir. En esa delgada línea.  Ay ¿dónde estará Gracielita? ¿Con quién? ¿Se acordará de mí? ¿Sabrá que la extraño?

 Juancito no tomaba una decisión, pero tampoco renunciaba del  todo a aquello que no decidía. Se quedaba estancado. Ahora mismo no tenía la menor idea de lo que haría.

  La vida entonces no era como le dijeron –la búsqueda de la verdad-, sino el sostenimiento de la mentira. O peor aun ni la verdad ni la mentira existían como absolutos, la cuestión no se trataba de eso, aunque se viva en pos de eso.

Haber llegado al primer día de  clases embarrado de pies a cabeza, haber estado aturdido y avergonzado. Sentirse observado, al cabo del tiempo se revelaba como algo significativo, de allí en más se sintió embarrado muchas veces. Se embarraba él solito, elegía mal, desechaba lo que luego quería, demoraba en decidir, tanto que terminaba confundido. 

  Embarrarse era entonces  algo ineludible, y lo interesante era que luego habría un periodo de desembarramiento. La caída de aquel primer día tal vez fue la mejor clase que tuvo en su vida, el mejor aprendizaje.

 

  Mantenerse en la creencia que uno jamás miente. Uno se mantiene en un limbo, en una irrealidad un estancamiento. La verdad es un dogma. Pero solo es perseguible, por medio del embarramiento.

  Juancito siguió creciendo, “no hay que mentir” resonaba ese mandato en su interior, a veces se lo recordaba su mamá, otras su papá. ¿Cómo habrán hecho ellos? Para sostener esa premisa.

   Juancito comenzó a pensar que en realidad necesitaba definir de otra forma tanto  a la verdad, como al engaño. Primeramente se dijo que tanto una, como otro solo pueden referirse a cuestiones del orden de la  cotidianeidad, cuestiones del común, en temáticas que abarquen a todos o a la mayoría de las personas.

  Ya estaba convencido de que Gracielita, no debía haber pensado en él, visto que jamás intentó encontrarlo, ni preguntó, ni le envió ni siquiera un saludo. Esa era una verdad. Cierto era que tampoco Juancito hizo algún gesto hacia ella, pero  también era verdad que sí la había pensado intensamente. Se lo confesaría de encontrarla, y le preguntaría si ella alguna vez se acordó de que él existía.

 No mentir, era el intento de no embarrarse, no hundirse, mantenerse impoluto. Creerse  mejor, ser de una calidad superior, en suma estar por arriba de los demás. Sin embargo sentía y sabía que era imposible no embarrarse, aun en forma accidental puede terminarse embarrado, y ese embarrarse implica un trabajo. Observó a su alrededor y encontró a personas que  sostenían  haberse mantenido siempre fuera del barro, y era notorio que no estaban limpios, en realidad estaban muy embarrados pero no eran conscientes de esto. Se auto engañaban creyéndose puros, asumiendo que eran puros.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Soy psicólogo social y docente en actividad. Me jubilé en una empresa de energía, después de 42 años tengo 68 años

Tienda

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Ranking Relatos (ver más)
+ Valorados
+ Leídos
Encuesta
Rellena nuestra encuesta