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18 min
Las victimas de Alessa Volkov. Capitulo 1.
Suspense |
17.05.15
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Sinopsis

Cuando una enfermedad mental se apodera de ti sin que lo sepas.

De pronto abrí los ojos, no sabía en donde estaba, ni lo que había hecho en las últimas horas, mi vista estaba muy borrosa, lo último que recordaba era ir caminando por la calle después de una pelea con mis padres. Llevo las manos a mis ojos para tratar de recuperar la vista, poco a poco lo logro. Pero cuando pude ver en donde estaba no me topé con nada agradable, me encontraba en un cuarto muy oscuro, a pesar de eso, a través de las orillas de la puerta se podía ver el resplandor de la luz del sol y podía escuchar caminar a las personas por la calle. Me senté en el suelo y al poner mis manos para apoyarme, sentí un líquido pegajoso entre mis manos, incluso con la poca iluminación pude notar que era sangre, demasiada… por lo que deduje que no podía ser mía. Di un vistazo a mi alrededor, gracias a la luz que se filtraba por las orillas de aquella puerta pude ver que había dos cuerpos a 3 o 4 metros de distancia. El olor era fétido, como si estuviesen en descomposición y yo… ya me había familiarizado con ese olor más de lo que debería. No sentía miedo… no sentía nada, porque al mirar a mi lado, vi que había un cuchillo empapado en sangre y un poco más haya, instrumentos que probablemente se utilizarían para la muerte de aquellas personas. Mi ropa estaba completamente teñida de ese rojo oscuro… entonces entendí lo que había pasado, por alguna razón que no recordaba yo los asesiné, de una forma que incluso ahora estando consiente de mis actos, me causa cierta satisfacción. No era la primera vez que pasaba, siempre terminaba sin saber quiénes eran aquellas personas, sin saber por qué lo había hecho, nadie lo sabía, nadie más que yo y esa voz que me acompaña todo el tiempo. Era común que un día hiciera algo terrible y al día siguiente no recordara nada, o que un día tratara bien a una persona y al siguiente la tratara como basura y siempre sin estar consiente de todo eso. Escuche la puerta abrirse de golpe, eran dos hombres vestidos de blanco acompañados de muchos policías, los hombres me cargaron entre los dos llevándome a rastras, ya que yo no ponía ni la más mínima resistencia, ni siquiera hacia esfuerzo por caminar. Me subieron a lo que parecía una ambulancia, pero era completamente blanca y estaba vacía. Fue hasta después de casi 1 hora que aquella ambulancia por fin paró y abrieron la puerta. Cuando me bajaron de la misma manera en que me habían subido, pude ver el enorme edificio. Parecía más bien un gran castillo gris, a un lado había un gran cartel que decía “institución mental Bachmeiar”. Al abrir las puertas estaba la recepción, pero incluso ahí ya se alcanzaban a escuchar algunos gritos y risas desenfrenadas que lo único que hicieron fue regresarme a la realidad… estaba en un manicomio de verdad. Me llevaron por muchas puertas y pasillos, era como un laberinto, en todos los pasillos había puertas con barrotes y por lo menos un guardia de seguridad en cada esquina. Mientras caminábamos, detrás de mí y los guardias que me escoltaban, estaba un agente de la policía, uno de los sujetos que me trajeron aquí y además de ellos estaba mi padre. Ambos le hacían preguntas mientras contestaban un test, mi nombre, mi edad, desde cuando había empezado mi comportamiento agresivo, desde cuando había empezado mi comportamiento extraño. Escuchaba respuestas banales, como si estuviesen muy lejos, como si hablaran de otra persona. Todas las paredes, todas las puertas, todo el piso e incluso los utensilios y vestimenta de las personas eran blancos, pero un blanco tan viejo y gastado que más bien parecía gris. En las paredes había muchas manchas, algunas aún se notaba que eran sangre. Marcas de manos, marcas de uñas. Por los pasillos se observaban pacientes caminando con la mirada perdida acompañados de enfermeras, mientas otros se reían sin parar, otros gritaban y otros estaban de frente a una pared hablando con un ser desconocido. Llegamos a un lugar en donde no había pacientes en los pasillos, estaba completamente solo, pero los ruidos que venían de las habitaciones eran aún más perturbadores. Personas cantando canciones que solo ellos podían entender, en un tono muy bajo, sollozos, risas, susurros. Mientras íbamos pasando por cada puerta, me asomaba por la pequeña ventanilla. En dos ocasiones me hicieron saltar del susto, ya que de no ver nada…pasaba a ver una cara horrible e incluso deformada gritando desesperadamente. Hacia lo posible por no entrar en pánico y comenzar a temblar, no quería acabar en un lugar como ese. Cuando por fin llegamos a una habitación, una enfermera muy joven mantenía la puerta abierta para que yo entrara, en cuanto puse un pie dentro de la habitación corrí y me metí debajo de la cama, no estaba muy segura de por qué, pero cuando era niña lo hacía todo el tiempo, era como un refugio en donde nadie me podía encontrar y nadie me podía dañar. Cerraron la puerta y escuche que siguieron caminando, entonces salí, no sabía cómo era mi aspecto, quien sabe cuánto tiempo estuve en aquel lugar junto a esos cadáveres. Comencé a caminar hacia el espacio en donde se suponía que estaba el baño, en la pared había un mugriento espejo reforzado a la pared y con una mica de plástico por encima. Lo que vi fue una persona completamente diferente a mí, mi cara tenia manchas de tierra y sangre, además de que al parecer tenía una herida en la cabeza, eso explicaría el dolor y el hilo de sangre seca que baja hasta mi boca, mis labios estaban resecos, partidos y morados, aun se podía notar la marca de mis dientes sobre ellos, el maquillaje de mis ojos estaba corrido asiéndome parecer aún más ojerosa y con una expresión que no me gustaba nada, en mis brazos y piernas había muchas heridas pequeñas y leves rasguños, mi camisa negra de manga larga estaba rota y rasgada y el pantalón antes blanco ahora era casi completamente rojo, mi cabello estaba tan enredado que me era imposible peinarlo con las manos. Verdaderamente daba un aspecto aterrador, esa persona que estaba viendo en el espejo no era yo. Alguien abrió la puerta, eran dos sujetos vestidos de azul y con cubre bocas, ambos me tomaron de los brazos y me llevaron hasta el elevador, bajamos al menos 3 pisos hasta lo que parecía la clínica de aquel lugar. No me sentía nada bien ahí, ya que la clínica estaba compartida con la morgue. Comenzaron a limpiarme y revistarme las heridas, en uno de mis brazos tuvieron que coser una de ellas. Todo lo hacían sin anestesia, dolía pero no me esforcé en hacérselos saber, simplemente me quede ahí, con la mirada perdida en el techo mientras mi mente se inundaba de pensamientos y pequeños fragmentos de recuerdos acerca de como había matado a esas personas. Cortaron mi cabello tan corto como les fue posible. Me pusieron una máscara que no me dejaba respirar bien, más bien aspiraba un gas que me hacía sentir cada vez más mareada y me hacía ver todo borroso, en ese momento trate de levantarme y hacer todo lo posible por salir de ahí antes de perder completamente la conciencia. No podía hacer nada, varios médicos me sujetaban fuertemente para mantenerme acostada hasta perder completamente la conciencia, fue entonces cuando paso lo que más temía, lo escuche, escuche esa voz grave que siempre me hablaba, esa voz que me hacía perder el control sobre mis acciones y pensamientos. -Hazlo, Tómalo… Y al instante como si mi cuerpo hubiera tomado la orden sin consultarme, tome un bisturí de la mesa que estaba junto a mí y se lo clave a uno de los médicos en la mano, enseguida todos me soltaron y retrocedieron, yo me levante de un brinco y me arranque la mascarilla, aun seguía mareada y sentía como en cualquier momento caería al piso inconsciente, pero ya no era yo la que controlaba mi cuerpo era el, yo quería correr, alejarme de aquel lugar lo antes posible, pero en lugar de eso, corrí hasta uno de los médicos clavándole el bisturí en la yugular, me empapaba de su sangre mientras los otros médicos me veían aterrorizados. Vi de reojo que uno entro a la clínica azotando las puertas, pero no veía temor en sus ojos, sino todo lo contrario, mientras me distraje mirándolo, uno de los médicos me tomo por la espalda y me quito el bisturí, me pusieron de nuevo en la camilla, pero esta vez me ataron de manos y pies con las correas de la misma, No me pusieron la máscara otra vez, ahora me inyectaron algo en el brazo, sentía dolorosamente como aquel liquido entraba en mis venas e iba recorriendo mi cuerpo mientras me dejaba entumecida, me retorcía en la camilla mientras la voz me decía “NO TE DUERMAS” Yo gritaba desesperadamente que se callara tratando de llevar las manos a mi cabeza hasta que por fin pude descansar, hasta que por fin cerré los ojos y lo único que veía era obscuridad, donde lo único que oía era silencio absoluto. Desperté sobresaltada, abrí los ojos mientras seguía acostada, examine cada detalle, no era la misma habitación a la que me habían llevado primero, se notaba que en esta había más seguridad, junto a mi había una enfermera sentada, y al lado de la puerta reforzada estaba un botón rojo de emergencia, en la pequeña mesa de noche blanca que había en la habitación, había muchos frascos de medicinas y jeringas acomodadas por tamaño, eso me asusto un poco, quise preguntarle a la enfermera que pasaba pero en lugar de eso, de mi boca solo salió un sonido más parecido a un rugido, algo me cubría la boca y me impedía hablar, quise llevar mis manos a mi boca pero no pude moverlas, estaba atada por correas, de los brazos, las piernas la cintura e incluso la cabeza, en mis manos había guantes circulares que cubrían la mano entera. Estaba desesperada por no poder moverme, por no poder ni siquiera hablar. Comencé a moverme desesperadamente con la esperanza de que alguna correa se desatara, trataba de gritar pero en vez de eso solo daba gemidos agonizantes. Entonces la enfermera se levantó tranquilamente, tomo una jeringa de la mesa y sin pensarlo dos veces, sin remordimiento ni culpa, la clavo en mi brazo. Sentí como me paralizaba, pero esta vez no perdí la conciencia, solo sentía como mi cuerpo dejaba de reaccionar, pero seguía consiente. Llego a un punto en que fui incapaz de mover todo el cuerpo, incluso mis parpados dejaron de funcionar, no podía abrir los ojos, no podía moverme, no podía hablar, pero seguía consiente, seguía sintiendo, seguía escuchando. -Te lo explicare una sola vez, así funciona esto….te despoja del control sobre tu cuerpo pero sigues consiente, así manejamos aquí a personas como tú, así que si no quieres que te hagan una lobotomía estando así te recomendaría no hacer alboroto. – Dijo aquella enfermera de voz ronca. No sé si han pasado horas o minutos, pero a mí se me ha hecho una eternidad, incluso podría jurar que pasaron dos días completos así, estaba cansada pero no podía dormir, solo me quedaba ahí inmóvil, incapaz de moverme o hacer algo. Comencé a tener control sobre mis manos otra vez, las abría y cerraba dentro de los guantes. Cuando por fin recupere el control de mi cuerpo completamente, me di cuenta que no serbia de nada ya que seguía amarrada. Mire el techo y comencé a recordar aquella pregunta…” ¿Desde cuándo había empezado mi comportamiento extraño?” Pasaron días, semanas, sin moverme, sin hablar, solo pensando en mil y un cosas. No sentía hambre, no sentía sueño, ya no sentía nada. Cuando desperté estaba en un lugar diferente, las luces resplandecían más al punto de cegarme por un momento, moví mis brazos y piernas, ya no estaba atada a la camilla. Tarde un momento en poder caminar otra vez, ya que mis piernas no reaccionaban o no tenían la fuerza suficiente para hacerlo. La puerta estaba abierta, al salir me encontré con los enormes y largos pasillos, las puertas que se encontraban a ambos lados eran de metal, parecían muy pesadas y tenían un sistema de seguridad más avanzado. Automáticamente llego una pregunta a mi cabeza…. Si aquel lugar tenía tanta seguridad ¿Cómo es que mi puerta estaba abierta? Al mirar por una ventanilla, estaba una chica sentada al centro de la habitación, sus pies estaban atados a la silla de metal con correas de cuero, tenía una camisa de fuerza, su boca estaba cubierta por algo que parecía un bozal negro. Lleve las manos a mi boca y me di cuenta de que probablemente era uno como el que yo tenía que no me permitía hablar. La chica volteo hacia arriba y me miro a través de la ventanilla, su mirada era tan fría y aterradora que me hizo estremecer. Al avanzar a la siguiente habitación, me di cuenta que estaba abierta, sabía que no era lo correcto pero con un impulso incontrolable, entre. Había un chico de cabello largo y negro, estaba sentado en una silla pero en lugar de correas él estaba atado con cadenas. En las paredes de su habitación había marcas de sangre, como si hubiera rasguñado la pared y con esta misma escrito palabras que no entendía. No le podía ver la cara ya que el cabello se la cubría, no le tome demasiada importancia, me di la media vuelta y cuando estaba a punto de salir por la puerta, escuche una voz ronca y burlona que me decía… -¿Por qué no sonríes? Solo voltee a mirarlo, había levantado la cara y ahora podía verlo perfectamente, era de piel blanca llena de cicatrices, como pequeñas cortadas, ojos demasiado negros y una sonrisa torcida que aterraría a cualquiera, pero por alguna razón sentía que lo conocía. -Yo sé lo que te pasa….yo también lo escucho -¿Escuchar qué? –Le dije. -La voz… Entonces supe de lo que hablaba, pero quien era él y como sabia eso. Salí de ahí dejando la puerta tal y como estaba, vi que en el pasillo había un par de doctores dirigiéndose hacia la habitación, así que me escondí detrás de una mesa. Ambos entraron a la habitación de aquel sujeto extraño. Tentada por la curiosidad, mire por la orilla de la puerta, vi que uno de ellos tenía algo en las manos y enseguida lo reconocí… era el artefacto con el que hacían las lobotomías. El otro doctor le sostenía la cara a aquel sujeto mientras trataban de mantenerlo quieto. ¿De verdad yo también terminaría así? Él dijo que podía escuchar lo mismo que yo, entonces eso quería decir que estaba ahí por la misma razón que yo. Mi cabeza me empezó a doler como nunca y escuche de nuevo aquella voz. -No dejes que lo hagan. Entonces, me levante involuntariamente, una vez más mi cuerpo ya no me pertenecía, solo obedecía órdenes. Entre a la habitación de golpe y empuje a uno de los doctores haciéndolo chocar contra la pared y quedar inconsciente, tome la jeringa que tenía en la mano y me abalance contra el otro que al parecer estaba en shock, lo tome por la espalda y le clave la aguja en el cuello. Me levante rápidamente y mire a mi alrededor en busca de aquel chico, no lo veía por ningún lado; comencé a caminar por la habitación, a lo largo de la pared había dibujos y símbolos extraños, todos pintados con sangre. De pronto sentí un dolor agudo en el cuello, una aguja había perforado dentro de mi piel y me estaba desvaneciendo poco a poco. Al mirar hacia a tras vi que estaba el chico parado, sus labios formaron una sonrisa antes de decir algo que no pude entender. En ese momento me desmalle por completo. Al despertar estaba dentro de la misma habitación, justo en el lugar donde había caído, pero me sorprendí al ver que no había nada escrito en las paredes, ninguna mancha de sangre, ningún médico en el suelo, nadie más que yo. Me levante desconcertada, al tratar de abrir la puerta, esta estaba sellada, grite tanto como pude, algo en esa habitación me causaba incertidumbre y desesperación. Mi cabella comenzó a dolerme de tal forma que perdí el equilibrio y caí de rodillas al piso. -¿Me recuerdas? – Dijo una voz susurrante dentro de mi cabeza.- ¿Ya no tienes miedo Alessa? ¿Ya no hay miedo? Grite entre lágrimas que saliera de mi cabeza pero solo repetía las mismas preguntas…” ¿Me recuerdas? ¿Ya no tienes miedo? “ Mi visión comenzó a volverse borrosa, parpadee fuertemente para tratar de recuperar la vista, en lugar de eso empeoro, solo pude ver muchas sombras, sombras que entraban a la habitación y me rodeaban, sombras que se metían dentro de mi cuerpo, ya no podía aguantar más, podía sentir como poco a poco perdía el control de mi cuerpo para quedarme completamente inmóvil, pero seguía consiente, sintiendo cada cosa, viéndolo todo sin poderme mover, sin poder hablar o poder emitir sonido alguno. Como si una vez más me hubiesen inyectado aquella droga. -¿Me recuerdas, Ya no tienes miedo Alessa? – la voz comenzó a hacerse cada vez más grave, llego a tal grado que me hizo estremecer y comencé a sentir pánico a mis adentros. -Ya no tengo miedo…ya, ya no hay miedo. – Le dije, mientras un par de lágrimas se escapaban de mis ojos. Al terminar de decirle eso, muchas imágenes vinieron juntas a mi cabeza… Una familia, una casa, un niño, una niña, una muñeca de porcelana rota y ensangrentada. Al fin pude moverme, poco a poco me levante mientras trataba de encontrarle sentido a todas esas imágenes, pero al hacerlo aún más imágenes extrañas vinieron a mí. Había dos niños corriendo por un lugar extraño y obscuro, la niña parecía asustada mientras que el parecía divertido. El hizo que la niña se tropezara, la muñeca de porcelana se rompió en sus manos haciéndola sangrar y gritar de dolor, el solo seguía burlándose de ella. Entonces volví a la realidad, estaba tan mareada como confundida, mire mis manos, mire mis cicatrices, no recordaba con que las había hecho pero ahora todo estaba más que claro, aquella niña era yo, era mi familia, mi casa… mi hermano, pero había un pequeño detalle… esa familia, era muy diferente a la familia con la que me encontraba ahora. Entonces… que hacía yo con ellos. Hice un esfuerzo por recordar algo mas pero no pude, sentía como si mi cabeza fuera a estallar, estaba mareada y lo único que hice fue recostarme en la camilla, al hacerlo pude notar el suave perfume de un hombre, el cual me tranquilizo. Ahí estaba, la prueba de que aquel chico había estado ahí y no solo fue mi imaginación, eso me hizo sentir en casa, me hizo sentir segura y por primera vez desde que llegue aquí… pude dormir tranquila

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Amante de la música,del arte, del color rojo, las frases y las cerezas. A lo largo de mi vida he aprendido una cosa; que no importa que tan difícil sea el camino, lo que importa es continuar en el te encontraras con piedras y obstáculos pero ninguno de estos debe impedir que llegues a tu meta que es ser feliz.

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