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4 min
Lascivia contumaz
Reales |
16.11.10
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Sinopsis



A veces nos cruzamos por la calle con seres increíbles de los que podríamos enamorarnos, pero no los vemos. Otras veces, al escuchar la radio, en medio de un laberinto de palabras, se nos quedan apenas un par de ellas vagando por el cerebro, y no le damos importancia en ese instante, pero regresan para exigirte que las menciones cuando menos te lo esperas.

Iba yo conduciendo bajo la lluvia –otros cantan, como Gene Kelly-, saboreando el instante claroscuro que separa la noche del amanecer de un miércoles cualquiera, mezclada entre locos que se aventuran a horas intempestivas en la jungla de la M40, cuando alguien que hablaba de cine, ha mencionado la película Lo que el viento se llevó, y al instante, ha convertido este miércoles anodino en miércoles de diseño, con solo recordarla.

Se estrenó en el cine Windsor Palace de la calle Diagonal de Barcelona, el 17 de noviembre de 1950, nada menos que once años después de haberse rodado, y yo intento situarme en ese momento. Fue una película calificada como gravemente peligrosa por las autoridades eclesiásticas de la época, pero ¿cómo podría ser de otra manera? España intentaba reconstruirse después de una no muy lejana guerra civil. Nuestro sistema de gobierno dictatorial, no podía ver con buenos ojos que una Escarlata O’hara, caprichosa, hermosa y egoísta, se lanzara como un kamikaze, con lascivia contumaz, sobre el personaje pretendidamente gris que encarnaba Ashley Wilkes, el mismo que mantuvo casi hasta la muerte de Melania, su mujer, una postura ambigua sobres sus verdaderos sentimientos hacia la O’hara.

Pero claro, una loba adorable e inquietante como Escarlata, persiguiendo por la pantalla al marido de otra mujer era un plato demasiado fuerte. Si además resaltamos su falta de escrúpulos al casarse por interés o despecho en varias ocasiones, además de quitarle el novio a su propia hermana, la cosa no mejora. Moralmente hablando, también era poco corriente la imagen que representa Belle Watling, la prostituta amiga de Rhett Butler, que esconde un corazón noble, solo entrevisto en una ocasión, cuando le cuenta a Melania Hamilton, en la oscuridad de la noche y oculta en un carruaje, que tiene un hijo ilegítimo interno en un colegio lejos de la ciudad, mientras que al despedirse de ella, le entrega dinero para colaborar con los aguerridos e idealistas soldados sureños.

En 1970, el Windsor tuvo que cerrar, como tantos otros de tantas ciudades españolas. Los cines pequeños estaban en crisis, y fueron cayendo, porque las grandes superficies edificaban diez, quince, veinte salas, dentro de un macro edificio, y contra la desmedida, poco podemos hacer. Nos hemos acostumbrado –siempre me asombrará la capacidad de adaptación del ser humano a cualquier cambio vital, bueno o malo- y los fines de semana, cuando termina nuestra película, hacemos shopping, visitamos al dentista, al estilista, o reservamos hora para un cambio de sexo realizado en tiempo record. Las pequeñas salas donde se comían pipas, altramuces y barquillos de canela (las palomitas llegaron mucho más tarde), dejaron de ser rentables. Aquellos sitios encantadores, que tan bien retrata la película Cinema Paradiso, el encanto de los aplausos cuando ganaba “el bueno”, los cortes en las escenas que la censura consideraba subidas de tono, los besos encendidos de los novios de entonces, siempre en la última fila, son solo historia.

Pero esta mañana, mientras venía conduciendo, mi espíritu ha sobrevolado la Diagonal de Barcelona. Estábamos en 1950, año en el que yo ni siquiera había nacido. Rhett Butler, ataviado como un auténtico caballero sureño –aunque según su propia definición, no lo era- me esperaba sentado en el patio de butacas. En el asiento que yo debería ocupar, había un ramo de rosas rojas. El champagne, casi helado, me esperaba en la copa.
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