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2 min
Lechuzas, vayamos a dormir.
Reales |
31.05.16
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Sinopsis

Dedicado a esas lunas que salen de día.

Qué día tan cojonudo -pensó Miguel, montado a toda velocidad en su Porsche-. A su lado, Camila, prostituta de profesión, iba realizándole magistralmente una felación. Ella hacía su trabajo lo mejor que podía (los derrapes que daba Miguel en cada curva no ayudaban). 

Miguel, director de una mediana empresa de Valencia, iba bastante cargado de cocaína. Aunque no lo suficiente como para olvidar conducir. Su amiga, a su lado, por la mirada perdida que llevaba estaba más que servida -completamente ida-. Costaba vislumbrar el capó del coche sin sentir nauseas: restos de sangre, esperma y cocaína se mezclaban en una surreal mezcla rosácea. 

Durante unos instantes Miguel perdió el conocimiento. Desde fuera solo parecerían unos minutos, pero en su cabeza fue una eternidad. Su último tirito le sentó mal, muy mal. Miguel se tambaleó y cayó de boca contra el volante. Aún en marcha. Esto es lo que vió: 

Era una agradable tarde de otoño. En una acogedora habitación llena de cuadros con ardillas y otros animalitos. Era su hogar. Donde se crió ya hacía casi treinta años atrás. Cuando la vida era mucho más simple, era divertida. Dentro de esta ensoñación Miguel miró hacia la derecha, ahí estaba: Pesusín, su peludito peluche pez espada. Fueron incontables las veces que Pesusín salvó a Miguel en sus sueños. Miguel miró a la izquierda, allí estaba Estrellín. Una estrella de mar de plástico que le salvaría de todos los monstruos cada vez que iba a ducharse solo. Estrellín era esponjosa, beige, brillaba al abrazarla. 

Menos mal que Miguel despertó a tiempo, aquella prostituta mordió su polla. Acelerado y cargado de adrenalina dió un volantazo a tiempo para no caer, por los pelos, por el barranco.

Aquella tarde, por unos instantes, Miguel estuvo cerca de recuperar su humanidad. 

 

 

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