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6 min
Lecturas (no tan) culpables
Reflexiones |
19.08.15
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Sinopsis

Una pequeña reflexión acerca de la literatura de consumo

Porque sería de un elitismo despreciable no hacerlo, reconozco que, en ocasiones —y ésta lo es; el verano, tiempo de galbana e irresponsabilidades varias, se presta mucho a ello— yo también consumo best sellers.

Claro que, en la lectura de superventas, como en muchos —demasiados— otros ámbitos de la vida, hay también jerarquías. Así, me ufano de no haber paseado este astigmatismo de mis pecados por una sola línea salida del procesador de textos de, por ejemplo, Dan Brown —sí he padecido, no me pregunten por qué, un par de adaptaciones cinematográficas de sus conspiranoias judeo-masónicas, a cuál más bochornosa.

Durante un tiempo, y debido al negocio de compraventa de libros con que trato de complementar mis exiguos ingresos, obró en mi poder la trilogía de moda —recientemente engrosada con un cuarto volumen—, a saber, Cincuenta sombras de Grey. Mi padre, de cuyo impecable criterio me fío, aún tuvo el coraje de leer una página, una, antes de reafirmarme en mis sospechas de que el sadomasoquismo para menopáusicas que tanto revuelo viene levantando de un tiempo a esta parte no es sino un montón de basura. Tardé poco en colocar los tres ejemplares por diez euros. Y es que, como exclamara el torero Lagartijo, ¡Hay gente pa tó!

Con todo, insisto en que un par de veces al año procuro aflojar las riendas de la auto-exigencia, mal llamémosla, intelectual. A mediados de marzo, cuando quedan pocas semanas para el estreno mundial a bombo y platillo de la nueva entrega de Game of Thrones (Juego de tronos), me gusta sumergirme en el tomo tocante a la temporada anterior, a fin de refrescar la memoria de las múltiples tramas y personajes —tanto los nuevos, como los supervivientes (pocos, cada vez menos), como los asesinados (siempre, eso sí, con un grado de crueldad altamente satisfactorio) — de Canción de hielo y fuego.

En la saga —o novela-río, afrancesamiento mercadotécnico no sé hasta qué punto necesario— firmada por George R.R. Martin, la fantasía épica es a menudo eclipsada por sus copiosos elementos folletinescos, cuando no directa y descarnadamente hardboiled, lo cual la dota de un atractivo bizarro que, a mi juicio, la hace bastante más divertida que, por ejemplo, El señor de los anillos, sobrevalorado —y también sobado— paradigma del subgénero.

He de decir, no obstante, que, lo mismo que su adaptación televisiva —digan lo que digan los siempre airados fans, bastante fiel al texto original—, pasado el impacto de los dos primeros libros, la historia (o, en rigor, historias; varias de ellas, al menos) pierde fuelle a marchas forzadas. Temo, de hecho, la hora en que haya de enfrentarme —porque, pese a todo, lo haré; el cerdo es un animal de costumbres— a Festín de cuervos. En cuanto a la plasmación de la misma en pantalla, lo cierto es que he descubierto que, ahora mismo, prefiero las tres brutales temporadas de Vikings (Vikingos). Que me detengan.

Cuando se acercan los apisonadores días de ferragosto —qué elocuente término, por cierto; del italiano tenía que venir— acostumbro a batirme el cobre con el correspondiente volumen de la frondosa Señores de Roma, de la australiana Colleen McCullough, quien alcanzara inusitadas cotas de celebridad con El pájaro espino, sobre todo a partir de su adaptación televisiva. Este año no ha sido excepción, de modo que me encuentro en torno a la página 350 de César, quinto de los siete abultados libros que componen la serie —no hay aquí novelas-río que valgan, bendita concisión.

Prodigio de prolijidad —me perdonarán la aliteración—, McCullough se recrea, casi con morbosa fruición, en la descripción minuciosa de cada rasgo —físico y de carácter— de las decenas —cientos— de personajes históricos que recorren el friso ciclópeo que constituye su saga.

Aunque similar atención, podría decirse entomológica, dedica en este quinto volumen al relato de la guerra de las Galias —con la indudable influencia del texto original, firmado por el propio Cayo Julio César, los canónicos Commentarii de bello Gallico o, en su versión más corta y conocida, De bello Gallico— no hay apenas épica en la documentadísima recreación que del último y agitado siglo de la República nos regala. En cambio, atraviesa cada página de la obra —de los cuatro tomos y medio leídos hasta la fecha, seguro— un cinismo feroz. Impregnando todos los estratos de la sociedad romana, se refleja especialmente en el maquiavelismo cruel de una praxis política en que la corrupción era moneda de cambio tan habitual como los matrimonios concertados, hasta tal punto que no resulta aventurado tildarla de institucionalizada. A la vista de la desagradable actualidad, parece claro que nuestros tatarabuelos no limitaron su legado a un florido ramillete de lenguas romances, por no hablar de esa indeseable querencia nuestra por el autoritarismo gubernamental, también conocido, y no por casualidad, como cesarismo.

En fin, como ven, otro tipo de literatura de consumo es posible. No diré que sea particularmente sesuda, pero por lo menos tampoco agrede en exceso al idioma —tanto el de partida, creo, como el de llegada— ni, espero, las indefensas mentes de sus lectores. Y si me equivoco, ¿qué más dará? Recién terminé el Tractatus lógico-philosophicus, cuyas últimas páginas me regodeé en declamar, no sin acompañarme de toda una estudiada parafernalia gestual, y a la orillita del mar, para terror de bastantes paseantes y sospecha de la mayoría. Por suerte puse punto final al vehemente y—reconozcámoslo— infructuoso estudio del texto wittgensteniano —el cacofónico neologismo no es mío— antes de que se personase la autoridad competente, en este caso algún fornido y aceitado socorrista, molesto por haber sido interrumpido en sus ímprobos quehaceres, o sea: broncearse (más). Con todo lo cual vengo a reivindicar mi derecho a un poco de literatura basura. Pero sin abusar.

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