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6 min
Lecturas programadas
Reflexiones |
07.07.15
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Sinopsis

Sospechosas ocupaciones estivales.

A nueve meses de su publicación —ilustrativo período, vaya—, he sido bendecido con los primeros royalties de Giacomo, opera prima que me ha costado el saludo de varios de los que creía buenos amigos y por la que —quizá también a causa de eso mismo— cada día siento un orgullo mayor. El montante de aquéllos me refirma en la opinión de que, al menos en este país, puede uno hacerse rico de muchas maneras, y entre ellas no figura la literatura. En cualquier caso, no deja de constituir una inyección de moral para una vocación que en —algunas, no tantas— ocasiones flaquea, habida cuenta del erial —más ajustado que selva— en que, casi ya de modo inexorable, viene tornándose, y valga el pareado, el mundo editorial.

Además, y aunque —como era de prever— dicha liquidación de derechos no va a pagarme el alquiler, sí será de gran ayuda para financiar ciertas lecturas que, a guisa de deberes, me he asignado de cara a los dos largos meses de vacaciones —en gran medida forzosas, y es que la supresión de los exámenes de septiembre ha supuesto una importante merma en la carga de trabajo (con su correlativa y dramática mengua en lo salarial) para ese lumpenproletariat docente que integramos los profesores de academia.

La semana pasada, mientras hacía tiempo para una cita —con mi madre, no se crean— a la que había llegado en exceso puntual, y dando una vuelta por una librería, rara avis, capaz de conjugar comercialidad y buen gusto, topé con cuatro obras de Kerouac — ¡Cuatro!— que faltan en mis dispersas estanterías, a saber: Satori en París, Visiones de Cody, Tristessa, y Viajero solitario. Acostumbrado a cazar en establecimientos de lance, el precio por página —llámenme mezquino, es igual— me pareció poco menos que vejatorio. No obstante, poco tardaré, me temo, en caer de nuevo en los acogedores brazos de su prosa sincopada, como quien vuelve una y otra vez a saborear las mieles de un amor primerizo —el eterno retorno, si a Nietzsche le hubiera ido algo mejor en su disfuncional trato con las damas.

Con el que ya me he hecho, llevado a él por el volumen que la estupenda y anteriormente reseñada colección divulgativa Descubrir la Filosofía del diario El País dedica a su autor, es el críptico —y me estoy quedando corto— Tractatus lógico-philosophicus, de Ludwig Wittgenstein. Cualquiera se arredraría ante tamaño reto —y no precisamente por el volumen del libro: 160 páginas, apenas 100 de las cuales contienen el Tractatus en sí—, de cuyo hermetismo avisa el propio Wittgenstein ya en el prólogo. Pero, habiendo salido indemne —creo— del Ulysses de Joyce, en inglés y en su versión de 1922, copiosas erratas incluidas, lo cierto es que nada temo. Efectiva y deliciosamente incomprensible —diga lo que diga la infinidad de interpretaciones, guías de lectura y mapas conceptuales al respecto—, se trata, en mi poco humilde opinión, de un texto destinado a ser leído en voz alta, única manera en que puede saborearse la musicalidad de su inglés, más que polifónico, polígamo incluso.

Metidos en el noble arte del recitado, y a riesgo de sobresaltar a mi vecino —cosa que, por otra parte, veo poco probable, dado el estentóreo volumen al que escucha la televisión—, adiestro mi pobre entonación con la edición bilingüe que Cátedra tiene de la Poesía completa de Aldous Huxley. Ni la calidad lírica ni la musicalidad ni la traducción son gran cosa, pero me llegó muy recomendado, allá por el mes de noviembre, con que ya son horas, me parece, de devolverlo a su prestatario, acompañándolo de una mención crítica lo menos conflictiva posible.

Más ediciones bilingües: una que espera impaciente a que le hinque el diente, a cargo de Akal en su caso y fechada en 1988, la de las obras completas del Conde de Lautréamont. En su día —no en 1988, por suerte para mi niñez— leí, vertidos al castellano, sus inmortales e inmorales Cantos de Maldoror, cuyo decadentismo sofocante me impactó con fiereza. El tomo al que pretendo enfrentarme les suma dos colecciones de poesías y seis cartas, además de unos cuantos textos académicos en torno a la controvertida figura de Isidore Ducasse, el hombre —el malogrado joven, cabría decir— tras el nobiliario pseudónimo. Aunque valiosísima en sí, se trata de una lectura con valor añadido, ahora que recién comencé un curso intensivo de francés a fin de llenar algunas horas de este verano de plomo que se nos ha venido encima. Si bien es cierto que lo útil, o la moda, es hoy el alemán. Y el árabe y el chino. Pueden, en fin, llamarme romántico, además de mezquino. O imbécil.  

Otro dandi transpirenaico —nada más lejos de mi ánimo, por cierto, que convertirme en uno yo mismo— de cuya obra prometí empaparme a lo largo de este 2015 es Marcel Proust. De momento no hará ni dos semanas que terminé Por el camino de Swann, primera de las siete novelas (?) que componen la monumental En busca del tiempo perdido, en la sabrosa traducción que le dedicara nuestro gran Pedro Salinas, sazonada de leísmos y algún que otro laísmo que no hacen sino multiplicar su encanto.

Y así es como me propongo sobrevivir al largo y cálido verano. Eso sin contar las varias bodas —alguna internacional— en las que me he comprometido a hacer acto de presencia, además de impertérrita guardia junto a la barra libre. Porque, en efecto, empiezo a entrar en esa etapa de la vida en que a la gente le da por precipitarse camino del altar o del juzgado… qué estupideces digo, si hace años ya que me adentré en tan lacerantes edades. ¿Será el calor?

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