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5 min
Lecturas vacacionales
Reflexiones |
12.04.15
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Sinopsis

Sobre tres libros leídos recientemente

Me gustan las vacaciones de Semana Santa y Pascua. Más teniendo en cuenta que, en esta soleada tierra de mis pecados, quienes nos (mal) ganamos las habichuelas en el negocio docente, gozamos de unos cuantos días libres extra, no sé muy bien a santo de qué, y nunca mejor dicho, vaya.

Me gustan, decía, y mucho. Posiblemente se trate de mi período vacacional predilecto. Y no precisamente porque anide en mí un entusiasta del fervor, entre hipócrita y folclórico, que por estas fechas embarga a tantos de mis paisanos. Sino porque son días exentos de agotadores compromisos familiares ―Navidad― o turísticos ―verano―. Las de Semana Santa y (aquí larguísima) Pascua son vacaciones genuinas. Quality time, como muy certeramente refiere el siempre conciso idioma inglés. Tiempo, en efecto, de calidad, y, lo que es más importante: tiempo para uno mismo.

Por mi parte, y a la vista de la fijación homoerótica que nuestros programadores televisivos manifiestan hacia el “peplum” más casposo, he dedicado dicho tiempo a la lectura, aunque no de la Biblia ―reconozco que el año pasado hojeé el Cantar de los Cantares y otros pasajes del Antiguo Testamento, la bizarría de algunos de los cuales nunca dejará de sorprenderme ni, hasta cierto punto, admirarme.

Me las he visto, en primer lugar, con el bestseller divulgativo ―conste mi natural aversión a productos de su pelaje, puesta en barbecho sólo para la ocasión y porque me llegó muy recomendado― De animales a dioses. Breve historia de la humanidad, obra del joven medievalista e historiador militar israelí de abradacabrante nombre, Yuval Noah Harari. En él trata su autor de dar respuesta al porqué de la pervivencia del Homo Sapiens ―todos nosotros, por más que en ocasiones (muchas, cada vez más) cueste incluir a ciertos individuos en tan distinguida categoría―, cuando hace apenas 100.000 años ―un parpadeo en el eterno devenir del universo― éste compartía el planeta ―es de suponer que en no muy buenos términos― con al menos otras cinco especies “humanas”, no necesariamente peor adaptadas al hostil medio ambiente.

A grandes rasgos, su hipótesis de trabajo estriba en una serie de cambios cognitivos paralelos al desarrollo de una (bio) lógica eminentemente genética, según la cual es bueno aquello que garantiza la perpetuación de la especie. O sea, su replicación exponencial. Ergo somos virus, poco más. Toda consideración moral ―y, por ende, filosófica o religiosa, incluso sociológica― queda así desterrada de la historia, para escándalo, imagino, de una cuota nada desdeñable de la comunidad académica.

Pese al muy discutible aroma spenceriano que destila, resulta un punto de vista francamente estimulante. Un soplo de aire fresco que no le va a venir nada mal a la maltratada disciplina, empantanada desde hace décadas en el adocenamiento maniqueo ―que no dialéctico.

La libre asociación de ideas no ha tardado en arrojarme a los cínicos brazos de Maquiavelo. A los de un agudo comentarista suyo más bien, el profesor Ignacio Iturralde Blanco, cuyo De príncipes, caciques y otros animales políticos forma parte de la colección Descubrir la filosofía, voluntarioso y encomiable proyecto llevado a cabo por El País con la edición de 30 libritos en torno a las figuras máximas del pensamiento occidental ―este domingo le tocó el turno a Rousseau, creo.

Apuesta valiente la del otrora progresista diario, toda vez que no debe de haber un nicho de mercado particularmente fértil para este tipo de literatura ―ni para literatura de ningún tipo, matizaría―. Muy de agradecer, en cualquier caso, su esfuerzo por acercar al lego materia tan ―a veces― inaccesible, más si cabe dada la costumbre, muy extendida entre los profesionales de la misma ―profesores de secundaria, catedráticos y plumillas de toda condición―, de oscurecer lo que es ya de por sí suficientemente opaco; pareciera que con ello traten de justificar la riqueza de unos emolumentos que de otro modo considerasen improcedente.

En el volumen dedicado a Old Nick ―vocablo inglés para referirse, y no por casualidad, tanto al demonio como al sagaz florentino― se hace un sucinto y muy clarificador repaso a su ― ¿Inmoral? ¿Amoral?― teoría política, aristotélica arte de lo posible, al tiempo que se desmiente el manoseado tópico de que el fin justifica los medios, falazmente atribuido a un autor cuyo paladar se hubiera sentido agredido por semejante vulgaridad totalitaria.

No sé a cuál de las otras nueve monografías adquiridas hasta la fecha hincarle el diente a continuación. El cuerpo me pide Nietzsche. O quizá me meta con Schopenhauer, al que tengo mucho menos estudiado.

Mientras me decido, y ya para terminar, unas líneas ―pocas, lo prometo― para la tercera de mis sugestivas lecturas vacacionales, una (anti) novela en su caso: Tiempo de silencio, de Luís Martín-Santos, malogrado ―murió en accidente de tráfico sin haber cumplido los 40 años― James Joyce patrio. Publicada en 1961, se desmarcaba del plomizo realismo social que había colonizado la narrativa española desde la posguerra, abriendo con ello la puerta― y las ventanas― de una cultura enrarecida a los vivificadores aires de la experimentación. Sólo por eso merecería ya una revisión admirada. Pero es que se trata además de una obra maravillosa, un jalón extraño, hermosísimo en su polifonía, en una literatura por entonces monolítica y grasienta. Recuerdo estudiarla cuando adolescente, aunque no la he leído hasta hace pocos días. Se atribuye a Bernard Shaw aquello de la juventud es una enfermedad que se cura con los años. Hay veces, como ésta, en que me alegro. 

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