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LEYENDAS DE HYRBEÏA. LAS SIETE RAÍCES DEL MUNDO. CAPÍTULO 6. PARTE 1
Fantasía |
07.04.07
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Sinopsis

EL MAL DEJA HUELLA


Los seis avanzaron sigilosamente por el camino a la tenue luz del amanecer. Aún no habían empezado a desaparecer las estrellas, pero se notaba un ligero resplandor en las piedras y en el mar, que se perdía en el horizonte hasta lugares infinitos y comenzaba a mostrar un brillo rojo-azulado. Estaban muy cansados y a uno en especial le costaba avanzar más que a los otros. Le habían hinchado la cara a golpes y veía muy mal, por lo que iba algo a la zaga, pero sin separarse del resto. Otro había recibido un corte en un hombro, pero había sido muy leve. Parecían sombras entre aquellos acantilados rocosos y sólo los animalillos que salían de sus pequeños escondrijos eran capaces de verlos a esas horas. Estos se estaban preparando para ver el eterno espectáculo de los amaneceres y aprovechaban la tregua entre las criaturas de Hyrbeïa para buscar comida. Muchos eran roedores que no se alimentaban de carne, puesto que eso, por supuesto, hubiera roto el pacto. Las águilas esperaban en las cimas y en la copa de algún árbol, acurrucadas, como bellas estatuas vivas de aquella variada naturaleza.
Lejos de allí, Lóndax y los que quedaban de la tribu del oeste yacían desfallecidos en el campo de batalla, cumplida ya la misión de reconquistar el oeste de aquellas apestosas criaturas. El agotamiento se había apoderado de ellos después del énfasis de la victoria, y se quedaron sumergidos en sus pensamientos y penas al borde de la línea que separa la consciencia del sueño.
Por el camino, el que tenía la cara amoratada se paró un momento en seco, como si algo lo hubiera detenido. Sorprendidos, el resto le preguntó qué era lo que pasaba. Al principio, el herido no supo si podría contestar a esa pregunta, pero se mostraba tremendamente asustado y no podía mostrar ningún disimulo.
-Es solo un mal presentimiento. Me había dado la impresión de que estábamos en peligro.
-Ahora las bestias no atacan, y menos tan lejos de Eledon. Estamos en la otra punta y muy distantes de la aldea.
-No te fíes de que las bestias no atacan: yo sé mas de eso que tú –le contesto el herido-. No obstante es como si me encontrase encerrado con una manada de lobos.
-¿No confías en nosotros? –le preguntó uno.
-No tiene nada que ver con eso, idiotas... venga, sigamos.
-Todavía no sabemos a dónde ir... –se lamentó el del corte en el hombro.
-Sabemos que por aquí debieron de venir aquellos dos; con eso me basta para marcharme de aquí. ¡Vamos!
Pasó un largo rato y la sensación de inseguridad se transformó en miedo, y después en pánico. Sus compañeros comenzaron a mostrarse cansados, como si les faltase el aire, pero eso no le pasaba a él. De alguna manera lo único que sentía era un terror incontrolado, nada más. Por lo tanto, tenía que mostrarse fuerte y seguro como lo había hecho siempre. Para eso era el líder.
-No podemos seguir –dijeron todos dándose media vuelta.
No sabían dónde estaban exactamente, pero desde allí veían la torre en el mar: un punto lejano y brillante en el horizonte, fondeado en las aguas. Cerca de ellos, en una grieta que había en las rocas del acantilado bajaba un riachuelo que se perdía en una sima, probablemente de camino al mar. Seguramente se trataba de algún afluente subterráneo que se había ido abriendo camino, creando vegetación a su paso pues, además, en lo alto asomaban bastantes árboles grandes.
-No podemos –dijeron, y uno de ellos se desplomó en el suelo. No se volvi&oacut
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