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9 min
LIDIA
Amor |
31.10.14
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Sinopsis

Orson que lleva una vida como la de un vagabundo, recibe un dinero extra y conoce a Lidia que le alquila un cuarto.

 

 

Alguien rompió un vaso y el cristal, en pedazos, no lo quiso recoger nadie. Unos sorteaban el vidrio, otros lo pisaban. La rotura de vasos era un hecho cotidiano así que nadie se asustó y no dio por perdido el vino.

-¿Quieres otro? -le preguntó Quijano, el dueño de la taberna al que había desperdiciado el vino. Era un tipo alto y enjuto que parecía que estaba todo el tiempo pensando en las batuecas. Iba todos los días a beber y no pronunciaba  ni una sola palabra. Solamente bebía como si estuviese ahogando sus penas.

-Claro -dijo el tipo enjuto. Quijano sacó de una fresquera blanca una jarra blanca y se apresuró a llenar el vaso de su oscuro vino.

Quijano sintió lástima por aquel individuo tan callado ¿Que le ocurría para beber siempre tan solitario? A veces entraban algunas mujeres pero ni a ellas les dirigía la palabra. Entonces se atrevió a ofrecerle un cigarrillo.

-¿Un cigarrillo? -dijo Quijano.

-Claro que sí -dijo el desconocido poco hablador. Y en el momento en que Quijano le prendía el cigarrillo al hombre, otro desconocido todavía más desconocido entraba en la taberna. Quijano lo miró con desconfianza.

Este hombre se sentó en una mesa. En una mesa que estaba cerca de una chimenea pero la chimenea estaba apagada, solamente se encendía en los días de crudo invierno, así que no se podría calentar, si es lo que buscaba. 

Quijano se enderezó y se dirigió hacia el hombre. 

-¿Quiere algo? -le preguntó.

-Algo para calentarme los huesos -dijo el desconocido.

Y Quijano sin mediar palabras se dirigió al mostrador y en un vaso vertió vino tibio, para el frío de los huesos.

Cuando Quijano se aproximó a la mesa y depositó el generoso vaso de vino y el hombre habló.

-Mi nombre es Orson y vengo a esta ciudad por motivos de una herencia.

-¿Un familiar?

-Ah no -dijo Orson que era ancho de espaldas y le sobresalían los huesos de sus mejillas como si hubiera pasado hambre- fue un gran amigo mío.

-¿Y tiene donde dormir? -le preguntó Quijano al ver su bolsa de viaje gastada como si fuera un vagabundo. A él no le gustaban los vagabundo a pesar de que Orson tenía buena presencia. 

-Me pregunto porque no enciende esa chimenea -le dijo Orson y Quijano suspiró de fastidio

-Estamos en otoño y aun hace calor. La enciendo cuando empieza a nevar.

-Esa es una buena medida -dijo Orson- pero a pesar de lo que diga hace algo de frío- Orson bebía el vino y parecía que entraba en calor.

-¿Tiene donde dormir o no?

-La verdad es que no.

-Entonces le presento a Lidia, ella alquila cuartos por días.

Apareció Lidia que era una mujer alta y de anchos hombros. Al igual que Orson.

-¿Quién quiere un cuarto? -preguntó Lidia que tenía una voz gruesa. Lidia y Orson simpatizaron al momento. Fueron hasta la casa de Lidia- ¿Qué le parece el cuarto? -preguntó Lidia mientras sostenía la puerta de la habitación. El cuarto tenía un armario y una mesa y a un lado una ventana no muy grande. El suelo era de madera cruda y los zapatos raspaban sobre su superficie al caminar.

-Me parece bien.

-¿Ah si?

-He venido por causa de una herencia y no voy a quedarme mucho tiempo.

-Aquí no sabemos mucho de herencias. Cada cual se gana su jornal.

Orson se sentó en la cama que crujió. Miró a la ventana y luego se levantó y se asomó. Había un terreno como pantanoso y en una esquina crecían matojos de flores salvajes. Parecían enredaderas de rosales. Lidia era callada pero le dijo que podría tomar algo en la cocina.

-De acuerdo -dijo Orson.

Lidia quería parecer una buena anfitriona y en la cocina buscó un vaso y vertió leche y mezcló en ella una buena cucharada de azúcar. Luego sacó las galletas. No era muy tarde y faltaban aun algunas horas para la cena.

-Tome, esto le sentará bien.

Orson no quería insultar a la mujer. Así que se bebió parte de la leche a traguitos. El sabor de la leche con el azúcar le daba asco. Pero no dijo nada. Tenía el estómago vacío y tomó la leche y se comió las galletas. A pesar de la rara merienda a Orson le gustó Lidia y el lugar. La cocina estaba limpia y olía a lejía. 

Al cabo de una semana Orson apareció en la cocina. Los ojos le brillaban. Le mostró a Lidia el dinero. No era mucho.

-Sólo son dos mil euros -dijo- pero puedo empezar una nueva vida.

-La puedes empezar aquí. Es una ciudad pequeña pero puedes vivir bien.

Eran las nueve de la noche y durante dos horas Orson había estado paseando por las estrechas calles. Pensando, como había dicho Lidia, que podía empezar allí mismo una nueva vida.

-La verdad es que estoy agotado de esta vida itinerante. Mis piernas empiezan a cansarse.

Y al decir esto Lidia le sonrió de forma comprensiva. Le recordó lo que había estado haciendo durante aquella semana. Había cubierto el terreno pantanoso con tierra seca y había conseguido un banco de madera donde se sentaba después de comer  y encendía un cigarrillo. Las flores en la esquina habían florecido, amarillas y violetas y rojas.

Era un buen trabajo. Pero Orson no había querido volver a la taberna. A pesar de que lo recibirían con los brazos abiertos. 

Lidia se sentó en el banco y a su lado estaba Orson. El lugar era agradable y los dos sabían estar en silencio.

-El primero en morir dejaría su dinero a su compañero -dijo Orson mientras encendía un cigarrillo- es la explicación de este dinero. Es la primera fortuna que poseo. 

-¿Y si hubieras muerto tu? -Le pregunto Lidia. 

Pero Orson no contestó a la pregunta, como si le gustase envolverse en una capa de misterio. 

Orson era un hombre muy solitario y la única persona con la que se trataba era Lidia. Desde su llegada no había hecho ni una sola amistad. A pesar de que Lidia le decía que fuese a la taberna. Pero Orson no querría hablar del tema.

A Lidia tampoco le importaba que se quedase. Orson se había comprado un cuaderno y se pasaba las tardes escribiendo. Cuando lo acabó se compró otro y siguió con la labor. Lidia nunca le preguntó lo que escribía y tampoco le preguntó que haría con el dinero. No era asunto suyo. Le parecía que Orson era cada más atractivo.

Entonces pensó en ello. Pensó que sería una buena idea casarse con él. Pero no sabía como decírselo. Una tarde se sentó a su lado y le pidió el cigarrillo que fumaba. Le echó dos chupadas y se lo devolvió. Estaba manchado de carmín, a Orson no le importó. Le gustó el sabor a fresa que quedó en el filtro.

A Lidia le pareció que era el momento más adecuado. 

-¿Nunca has pensado en casarte? -le preguntó.

-No, la verdad.

-Cásate conmigo -le dijo como si fuese su deseo mas ansiado. Se puso de rodillas y él la miró asombrado. Nunca habría pensado tal cosa de la comedida de Lidia. No supo qué decirle. Cogió la libreta en la escribía, la cerró y la puso sobre sus muslos. Cerró la boca y miró a las flores que en pocos días habían crecido de forma desmesurada. 

A la mañana siguiente se levantó muy temprano y recogió sus cosas. A Lidia le dejó lo que le debía de la semana y aunque el suelo de su habitación crujía abrió la puerta y recorrió el pasillo. No quería despertarla. La puerta de su habitación estaba entreabierta y ella, a través de la rendija, vigiló sus movimientos hasta que desapareció al cerrar la puerta de la calle.

Se sentó en el banco de madera y como no hacia frío se sentó en él y después se echó haciendo de su bolsa la almohada. Cuando se despertó era mediodía casi y Lidia estaba enfrente de él.

-¿Entonces es cierto que te vas?

-Lo siento -dijo como despedida. Cogió su bolsa y se alejó a toda prisa. A aquellas horas del día la taberna estaría abierta. Vio la entrada libre.

No tuvo que explicarse mucho. Quijano, que estaba sirviendo, comprendió que se marchaba.

-Supongo que nos deja.

-A lo que venía ya está hecho.

-Le llevó una semana.

-Era el tiempo que tenía pensado.

-Ah, claro -Quijano no dijo más.

Habían puesto una máquina de discos. Se bebió de dos tragos lo que quedaba de su café y puso la máquina en funcionamiento. Metió dos monedas y la sacudió. Sonó una música pero no era la música que había escogido y que le recordaba la belleza tímida de Lidia. Sonaba fuerte como una música para un desfile militar ¿Qué clase de música era aquella? Entonces acompasó sus piernas siguiendo el ritmo y cogió su bolsa de viaje y, como si fuese un soldado salió de la taberna, tomó el camino y al poco tiempo su figura se perdía entre los tilos de la avenida. 

 

FIN.

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