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9 min
LLAMARADAS
Amor |
07.11.14
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Sinopsis

Dilan se pone a trabajar en un circo, y conoce a Carla Coral, la lanza-fuegos. Hay un idilio entre ambos pero parece como si su amor fuese imposible.

Casi no se había dado cuenta de que había ido dejando atrás las últimas calles. Sus manos rozaban las espigas de hierba y de trigo que crecían en las márgenes de los caminos. Luego el camino se hacía carretera y como no pasaban demasiados coches se atrevió a tomarla. Pasaban algunos pero eran camiones que transitaban con lentitud levantando polvaredas que se abatían sobre las ropas de Dilan. Luego cuando se marcharon los camiones se quedó de nuevo a solas. Con el cielo límpido.

Entonces lo vio. Desde lejos parecían cúpulas de una iglesia eslava. Multicolores y apuntando hacia el cielo azul. No quería hacer un rodeo y se atrevió a atravesar un solitario campo de trigo. El trigo estaba sin recoger. Crecía mas allá de sus rodillas. Era como caminar por un mar donde no te podías ahogar. Había una planicie de tierra y sobre ella habían levantado los toldos del circo. Brillantes bajo la luz del cielo. Parecían nuevos pero cuando salió del campo de trigo y se acercó vio que el plástico de las lonas  estaba ennegrecido por la humedad. 

Un hombre de pantalones negros y ajustados miraba como el viento hinchaba los toldos como si fuese las velas de un navío. Se giró y lo vio plantado detrás de él. Lo miró con gesto hosco. Como si fuese una mala aparición.

-¿Es usted del ayuntamiento? -le preguntó con voz ronca.

-Claro que no -le dijo Dilan- solamente estaba dando un paseo y las piernas me han traído hasta aquí. 

El hombre que se llamaba Lauren le explicaba lo que ocurría. Le deben un dinero al ayuntamiento y tuvieron que plantar las carpas en aquella área alejada de la ciudad.

-No tenemos a donde ir hasta tengamos algo de dinero. La gente esta sin blanca. Necesitamos ayuda pero la paga es pobre.

-¿Qué clase de trabajo es el que ofrecen? -preguntó intrigado Dilan.

-Nada más que esto. Vigilar los toldos que no caigan y vigilar a los animales salvajes.

-¿Tienen tigres? 

-Solamente un triste tigre -dijo con aburrimiento Lauren.

-Será emocionante…

-¿Es que acepta?

Había una camioneta abandonada en una esquina cerca del campo de trigo. El trigo tapaba las ruedas del vehículo pero por dentro era otra cosa. Dilan había soñado vivir en una camioneta reconvertida en vivienda. Por dentro estaba arreglada como si alguien estuviese viviendo en ella hacía poco tiempo. Quizás alguien tenía que haberse marchado para que él la habitase. 

-Por eso no tienes que preocuparte -le dijo Lauren- la mujer que la ocupaba hace semanas que la ha dejado.

A Dilan le dieron una larga vara con la que podía aguijonear a los animales y darles de comer. Pero los animales eran pacíficos. Pasaron los días y Dilan dejó de sentir el fuerte olor de los animales. Se acostumbró a ellos. 

Fue cuando tenía que vigilar a los animales y mirar que las carpas no se cayesen que conoció a Carla Coral. Era la mujer de la que le había hablado Lauren. Era la que comía fuego y luego escupía las llamas. La había visto lanzar llamaradas desde su boca y había quedado impresionado, pero no sabia como dirigirse a ella. Era una mujer alta y fuerte y sus cabellos nunca se quemaban con su fuego.

-Lo que tenías que hacer es hablarle con tranquilidad. Es una muchacha solitaria y no le gustan ni las sorpresas ni los desconocidos.

Durante varios días, casi una semana, Dilan estuvo cavilando cómo abordarla de manera que no fuese un disgusto ni una mala sorpresa. Dilan solamente se dedicaba a hacer su trabajo y luego se encerraba en la camioneta a leer revistas eróticas atrasadas. A algunas le faltaban las portadas ¿era aquella la clase de lectura que le gustaba a Carla Coral o alguien más se las había dejado? 

Pero fue finalmente ella la que habló con él. Una tarde llamó a la puerta de la camioneta. Dilan la abrió y la miró con verdadera sorpresa.

-¿Sabes quién soy yo?

-Te he visto lanzar llamas con la boca. Parece como si tuvieras fuego en el estómago.

-Es eso exactamente -dijo ella riéndose. 

Dilan se olvidó de cerrar la puerta de la jaula del único tigre que había en el circo y el tigre se escapó. Nadie sabía donde podía estar. Pero a Dilan se le ocurrió donde podría encontrarlo.

-En el trigal cerca de aquí. El trigal que atravesé antes de llegar hasta aquí.

-¿Un trigal? -preguntó asombrado Lauren que creía saberlo todo acerca de los tigres.

-Es el único sitio donde podría meterse. Un triste tigre en un trigal.

Al oír aquel disparate estuvieron de acuerdo que era el único sitio donde podría haberse escondido. El sol estaba en pleno día, lanzando su clara luz sobre ellos.

-¿Que os parece si lo quemo?

-¿El tigre?

-El trigal -dijo ella y lanzó una llamarada de fuego por la boca como si fuese un dragón de tiempos pasados. 

-Es una idea horrible -dijo Dilan. Pero fue él quien se internó por el trigal en busca del tigre.

-Puede ser peligroso -le dijo Lauren- lleva varios días sin comer su carne. Estamos sin dinero.

Pero aquel aviso poco le importó a Dilan que atravesó las espigas doradas. Encontró al tigre entre las espigas y este entrecerró los ojos cuanto lo vio aparecer, pero no hizo nada peligroso. Por su parte Dilan supo lo que tenia que hacer. Comenzó a hacerle caricias en el vientre donde las rayas eran mas blancas y el tigre se quedó dormido. 

Carla Coral estaba fascinada por aquel acto de valentía. Pero Dilan le restó importancia. Pero ella estaba empeñada en ir todos los días hasta la camioneta de Dilan. Pero él lo único que quería era estar solo. Si había alguna razón por la que había aceptado aquel trabajo era solamente porque se olvidaría de cada una de sus amistades y nadie lo encontraría.

-Pero alguna vez tendrás que volver. No puedes esconderte por más tiempo -dijo ella y una vez dicho esto, escupió en el suelo una llama que se apagó al instante. 

-Seguramente más pronto de lo que creía. 

-¿Lo dices en serio?

Pero él no le hizo mas caso. Cerró la puerta de la camioneta y se acomodó en su soledad. Pero Carla Coral era insistente. Sin decir nada abrió la puerta y se metió dentro. Vio a Dilan tirado en un viejo sofá viendo en la tele un insulso programa de telerrealidad. Pero a él le parecía de lo más gracioso. No paraba de lanzar carcajadas y no se había dado cuenta de la presencia de Carla Coral. De la comedora de fuego. Ella fue hasta la nevera. Y sacó una cerveza helada. Se sentó al lado de Dilan y tiró de la anilla. La cerveza helada pasó a través de su garganta como si fuera un cuchillo frío. Bebió varios tragos y quiso escupir en el suelo alguna llama, pero de su boca solamente salieron salpicaduras de cerveza helada. Pero no se preocupó. Era algo normal. 

No tardaron en empezar a hacer el amor. Empezó Coral. Se quitó la ropa y se sentó en los muslos de Dilan que se olvidó de la tele. No se había dado cuenta de lo bello que era el cuerpo de Coral. Lo acarició y ella lo besó.

-¿Entonces no te vas a quedar?

-Me parece que es imposible.

Y a medida que hacían el amor, mayor era la temperatura dentro de la camioneta y sobre todo del cuerpo de Coral. Era cosa que no podía refrenar y por eso había perdido a tanto amantes. Unos la habían dejado de motu propio, otros habían fallecido abrasados entre sus adorables y cálidos brazos. Era cosa que ella no podía evitar. Le salía el fuego de la boca. Le salió una llamarada que prendió en la camisa de Dilan. Por fortuna no tenía el pecho desnudo. Y en cuanto vio arder su cuerpo apartó de su lado a Coral y salió corriendo de la camioneta y fue la buena suerte que estuviese lloviendo a chuzos. Y con la lluvia y que las llamas en su ropas no eran muy grandes el fuego se pudo apagar.

En la puerta apareció Coral. Compungida.

-Lo siento -dijo ella que parecía que iba a llorar- pero es la razón por la que tan poco tiempo me duran los amantes.

-No me extraña -dijo indignado Dilan. 

Ella se sentó en los escalones de la camioneta. Y el agua caía tan fuerte que enfrío sus ardores y de su boca no salía ni una sola llama.

Aquella fue la última vez que vio a Coral. Ella lo admiraba por su valor, pero su amor era imposible. Se dirigió a Lauren y le explicó la situación. El y Coral no podían vivir en el mismo lugar. El lo comprendió pero le dijo a Dilan que no tenía para pagarle aquellos días, estaba escasos de recursos. Pero a Dilan poco le importó. Cuando regresó a la camioneta había cesado de llover y Carla Coral había desaparecido, avergonzada, y él pudo recoger sus cosas y recomenzar su paseo. Tenía la oportunidad de regresar a la ciudad o bien seguir por aquella misteriosa carretera donde sobresalían los coloridos minaretes de las carpas del viejo circo.

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