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37 min
Llena Hasta Arriba
Terror |
26.06.15
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Sinopsis

Relato histórico de misterio, con una fuerte dosis de terror sobrenatural, en el que he tratado de reflejar el caótico ambiente político de la Cataluña costera durante la época decimonónica de la Primera República. Como siempre, un toque presagioso y "dark" tiñe mi relato por completo...

~~


LLENA HASTA ARRIBA


Fingiremos que su nombre era Mateu Rosés. Este no es su nombre verdadero, por supuesto; pero, como resulta comprensible, la familia no quiere saber nada del asunto desde hace generaciones, y seremos respetuosos con su deseo. Nadie sabía mucho acerca de él; era un hombre muy callado y discreto. Cuando regresó a su pueblo natal, después de tantos años, él debía tener unos cuarenta y cuatro -pero eso, claro está, también son conjeturas. 
Decían que se había pasado nada más y nada menos que veintidós primaveras en América, ganándose la vida quién sabe con qué; él apenas había dado tampoco detalle alguno. Normalmente, cuando cualquier chico del pueblo regresaba, tras quince o veinte años, curtido por el sol y con la barba ya espesa, la taberna más cercana se llenaba hasta altas horas de la madrugada, sonaba música y corría vino en abundancia, y el viajero explicaba durante horas, a menudo hinchando y exagerando la historia, cómo era la vida al otro lado del océano. En el caso de Rosés no hubo nada de eso. Un hombre discreto y melancólico habría ido directamente, quizá, a refugiarse en el hogar familiar, donde, tras la cena, habría narrado largamente a los sobrinos de turno los detalles de su experiencia entre el humo de su pipa de siempre. Rosés no hizo ni eso siquiera. Casi nadie reparó en su presencia; por alguna u otra razón, algunos ni le reconocieron en absoluto. Parecía otro hombre, taciturno, oscurísimo. Se dirigió directamente a la masía familiar, a las afueras del pueblo; allí tenía aún un hermano, Joaquim, que estaba casado y ejercía de campesino. Los padres llevaban muertos muchos años.
Desde el principio quedó claro: algo extraño y doloroso debía de haberle ocurrido, a Mateu, allí donde fuera que había vivido durante tanto tiempo. Se sabía que, en su caso, no había sido Cuba, sino algún otro punto de las Antillas; él, deliberadamente, había optado al respecto o bien por un silencio antipático o bien por alusiones inconcretas y ambiguas, dejando así el campo libre para la imaginación y las elucubraciones de cada uno. Era un hecho constatable, sin embargo, que aquel hombre había cambiado en todos los puntos de vista. De chiquillo de veinte años risueño y volátil, algo esmirriado y de cabellos largos y grasientos, había pasado a ser un hombre cerrado, furtivo, que miraba siempre de reojo y acudía a menudo a la playa, donde, enfundado en un abrigo negro de lana basta, permanecía escudriñando la lejanía durante horas, ajeno a todos, la vieja pipa de espuma de mar siempre humeándole en la boca. Los pocos que lo recordaban –gente de edad, por supuesto– no terminaban de creérselo; corrían rumores sobre él por toda la localidad e incluso por los pueblos del entorno. La piel, antes tersa y blancuzca, se le había ido curtiendo hasta el punto de convertírsele en una dura corteza rugosa, seca, impenetrable. Algo extraño y como hipnótico rondaba en su mirada y en su actitud: se le suponían unos cuarenta y tres o cuarenta y cuatro años, pero tanto podría haber tenido treinta y dos como cincuenta y tres.
De lo que no había duda era que, de ultramar, había vuelto rico: considerablemente rico. Nadie lo habría dicho, al verle; pero con el tiempo se volvió célebre por gastar grandes sumas de dinero como si nada, en ocasiones en objetos de capricho y veleidades estrambóticas. Bajó de la goleta cargado tan sólo con un gran baúl viejo y cantudo; no le precedió, ni le acompañó durante el viaje, ninguna fama de acaudalado. Todo lo contrario; pasaba completamente desapercibido, en este aspecto, y todo el mundo dio por hecho que veinte años de capataz en los campos de tabaco o de socio-ayudante en unos astilleros rurales de algún protectorado del trópico no le habían hecho ascender lo más mínimo en la escala social. Pero no pasó mucho tiempo que ya se hizo construir, en una soleada colina de las afueras, una gran residencia de "indiano" enriquecido, de diseño colonial, blanquísima, con dos pisos y una ancha terraza enlosada. Su hermano no podía tener nada que ver con todo aquello; ya bastante trabajo tenía en tirar adelante la masía, y se conocía que era hombre de vida más bien anónima y frugal, nada dado a estridencia alguna. El caso era que Mateu Rosés vestía casi siempre como un perdulario y se comportaba como un ermitaño, pero de alguna parte sacaba una cantidad de dinero muy superior a la del campesino o mercader medio de la comarca y ocasionalmente lo gastaba, aunque siempre en objetos o servicios más o menos llamativos; el hecho mismo de que nuestro hombre llevara, en todo lo demás, una vida tan sobria y carente de relevancia volvía aún más espiadas y comentadas sus pocas pero curiosas adquisiciones. Con el tiempo se hizo respetar, pero también odiar; en los pueblos se habla y se murmura, y un hombre oscuro y de costumbres herméticas como él necesariamente no podía comunicar a los lugareños la menor empatía.
Entre otras extravagancias, insistió en hacerse construir una enorme clepsidra móvil, llena de piedras pequeñas y planas, en el patio posterior de su residencia; instaló un aparatoso telescopio en el terrado; e incluso, durante un cierto tiempo, convivió con un larguirucho y apestoso simio, que, como es de suponer, no tardó en morir. Pero su principal adquisición, o al menos la que realizaba más a menudo, eran grandes y viejos tomos de libros que trataban, o al menos eso se rumoreaba, sobre hechicería, nigromancia y combinaciones mágicas de números. Aquellos librotes costaban un dineral, pero aun así se los hacía traer con regularidad de diversos países europeos.    
Era, por otro lado, una época convulsa. La monarquía zozobraba, de Madrid llegaban noticias a diario. Corrían vientos de levantamientos y sublevaciones. Los ricos sacaban al menos parte de su dinero de los bancos; los pobres adquirían armas para defender lo poco que tuvieran en un caso hipotético de violencia social. Todo el mundo sabía que Amadeo, el rey saboyano que apenas hablaba español y leía novelas pornográficas, no duraría; había sido obvio desde el principio que su administración sólo podía terminar en fracaso, y, en consecuencia, en una inestabilidad social todavía mayor. Además, era bastante reciente, sobre todo en Cataluña, el recuerdo del asesinato del general Prim, tan querido en la comarca del Maresme. Nada era estable ni seguro, todo parecía precario y efímero. La mecha ya había sido encendida; la bomba estallaría de un momento a otro.
Pues bien: hacía un año, más o menos, que Mateu Rosés había regresado de ultramar cuando, en aquella misma localidad costera, o al menos dentro de su término municipal, sucedió un hecho que movió mucho alboroto y se comentó, nada lacónicamente, en los diarios locales. El cuerpo de una muchacha de unos quince años de edad apareció, una fría y húmeda mañana de febrero de 1872, espantosamente mutilado. La víctima era de raza caucasiana y medía poco más de un metro cincuenta de estatura; llevaba puesto un vestido blanco de lana basta totalmente hecho harapos. Alguien la había arrojado entre un montón indefinible de porquería, junto a un cañar polvoriento de los que abundan en las ramblas y avenidas de esa comarca: estaba de tal forma enterrado que pasó desapercibido durante un cierto periodo de tiempo, de suerte que, para cuando fue reconocido, la descomposición se encontraba ya avanzada. La causa de la muerte –así lo dijeron los forenses– se debía probablemente a brutales contusiones en el cráneo; éste,  no obstante, presentaba un aspecto tan irreconocible que resultaba casi imposible extraer conclusiones fiables. "Deberías haberle visto lo poco de rostro que le quedaba a la pobrecilla: una carnicería espantosa de ver", repetía una y otra vez el viejo Julià, campesino retirado que, por vivir en una finca contigua, tuvo ocasión de ver el cadáver. No se encontraron alrededor del cuerpo objetos concretos ni otros indicios particulares. La identidad de la víctima, por supuesto, no fue descubierta; tampoco posteriormente reclamó nadie ningún familiar o conocido desaparecido.
Las autoridades, en absoluto interesadas a dedicar tiempo, dinero y esfuerzos a investigar el tema, dirimieron el caso deprisa: alguna joven prostituta que, quizás bajo el efecto de algún estupefaciente, habría sido golpeada por un cliente borracho, quien, después, habría intentado esconder su crimen tan bien como habría sabido. El estado desfigurado del rostro, por otra parte, lo explicaría el deseo del homicida de dificultar al máximo la identidad de su víctima.
El ambiente marinero es propicio, desde siempre, a crímenes y a sordideces. La chusma de los puertos se compone, en todas partes, de hombres sin identidad, sin raíces, que parecen no tener ni edad ni trayectoria vital alguna y que podrían ser originarios de cualquier parte. Para cubrir por lo menos ciertas formalidades, se comprobaron -no demasiado exhaustivamente- los registros de entradas y salidas de los puertos principales de los alrededores. Una goleta de trescientas toneladas de desplazamiento, la Leonora, había partido de Arenys de Mar tres días antes del macabro hallazgo; venía de Valencia y hacía el cabotaje hasta Génova; transportaba alcohol etílico en grandes barriles. Esto último no tenía nada de especial: era un comercio regular que existía desde hacía siglos. El barco en cuestión tenía matrícula española; la tripulación la formaban, además del capitán, que era gaditano y más o menos conocido en aquel ambiente, cuatro valencianos, tres catalanes, dos italianos y un puertoriqueño; ninguno de ellos tenía antecedentes penales, al menos en territorio nacional, ni había creado nunca problemas en el ambiente de los puertos de la comarca. El libro consultado en el edificio de intendencia marítima de esa localidad no revelaba nada más acerca de aquel viaje concreto. Por supuesto, era más que posible que el criminal hubiera sido uno de esos hombres, pero una ulterior indagación parecía dificilísima, y, fuera como fuera, cualquier indicio o evidencia habría sido imposible de probar. Un segundo barco, en este caso un clíper relativamente pequeño -su desplazamiento era de ciento sesenta toneladas-, había salido de Mataró tan sólo un día después del hallazgo. Llevaba también matrícula española y había pasado todos los controles  aduaneros; además, su capitán, un tal Deulofeu, era un ampurdanés bien conocido en Mataró de hacía muchos años. El clíper se llamaba Virgen de Aránzazu y se dirigía, como tantas otras embarcaciones de gran calado, a Cuba, donde se disponía a cargar veinte mil fanegas de algodón para las industrias textiles catalanas: viajaba, pues, vacío. La tripulación la formaban nueve hombres, contando el capitán: tres catalanes, un mallorquín y cinco marineros de distintos orígenes caribeños, todos ellos sin ninguna reputación previa. Por el tamaño y las características del barco, la distancia a recorrer y las condiciones atmosféricas de aquella época del año, se calculaba que arribarían a Santiago aproximadamente dos meses y medio después. En este segundo caso, las autoridades se mostraron aún menos decididas a proseguir ninguna investigación: durante los últimos meses no habían sido pocos los disturbios antiespañoles que habían estallado por toda la isla de Cuba, y los poderes fácticos preferían no remover más bullicio con incómodas indagaciones y prosecuciones legales. Aunque el asesino tuviera que vivir impune en una alejada isla tropical, siempre sería eso preferible a malmeter el lucrativo tránsito de las necesarias materias primas. Al culpable, ¡ay!, ya lo castigaría Dios el día en que abandonara este mundo.      
Por supuesto, se habló y se murmuró de nuevo, en las calles, en las tiendas, en los mercados; cada uno masticaba en voz baja nombres, motivos, indicios, suspicacias. Si no decían pestes de los marineros acabados de partir era simplemente porque no les habían conocido. Algunas malas lenguas relacionadas, bien que de manera oblicua, con los círculos carlistas apuntaban a Pere-Apel·les Gomà, abogado, propietario de una gran finca no lejos del sitio y diputado liberal que tenía cierta fama de mujeriego; la respuesta a los conservadores no tardó, y a la mañana siguiente casi todos los cristales de la iglesia parroquial de la villa aparecieron rotos. La política inquieta del tiempo se mezclaba con los elementos macabros de aquel hecho, que todo el mundo, por supuesto, tomó por una especie de mal presagio o funesto anuncio. El tiempo transcurrió, no obstante, y poco a poco la palpitación de la vida diaria alejó campesinos, obradores y pescadores de aquel asunto y los devolvió a la rutina. 
En medio de este alboroto político y social, Joaquim y Mateu Rosés estaban cada día en peores términos por diversos motivos. El primero, padre de familia humilde pero digno así como ferviente católico, ya desde el principio no vio con buenos ojos ciertas actividades de su hermano. Mateu no asistía nunca a misa, ni siquiera a la de los domingos; llevaba una vida furtiva de recluso que, si bien gota a gota, traía mal nombre a la familia; y pasaba mucho tiempo entre los librotes antiguos que su hermano juzgaba de contenido cuando menos sospechoso. Ambos hermanos o bien no se hablaban o bien lo hacían con una tensión creciente y con visible incomodidad por parte de ambas partes.
Hacia principios de verano de aquel mismo año, Rosalia, la mujer de Joaquim, observó que éste estaba inquieto por algún motivo; sabía que algo le preocupaba porque se mostraba más arisco de lo habitual y ponía poca atención en los deberes de la masía, que, por lo común, centraban todo su interés. Hacía ya unos días que lo veía así, pero una noche le exigió que le explicara qué ocurría –aunque no podía decirse que ella no lo sospechara. En la intimidad del dormitorio, y como si hacerlo le representara un gran esfuerzo anímico, su marido le reveló a media voz ciertos aspectos de aquello que le obcecaba.
"No lo tengo claro", empezó a explicar, "pero Mateu no es el de antes, y cada día me temo más que para peor, para mucho peor. No lo sé, es como si se hubiera vuelto loco; eso, por lo menos, es lo que dicen en el casino, y ahora ya sin disimulo siquiera. Hasta ahora sólo me tenía a mí; nunca me gustó mucho, pero trataba de poner buena cara para evitar que la gente hablara. Ahora ya me tiene harto y estoy considerando cortar cualquier lazo. Por otro lado sé perfectamente que él no necesita la compañía de nadie, y de hecho más bien la rechaza, como si ésta pudiera representarle un obstáculo para conseguir cierto objetivo. Pero en fin, el caso es que hay algo en él, no sé muy bien qué, que me produce repeluznos. Deberías ver el interior de su casa, parece una pocilga de cerdos, llena de porquería y de multitud de cacharros que no sé de dónde los ha sacado ni para qué sirven. Él mismo apesta, y cada vez le veo más y más demacrado; ya ni siquiera come, vive tan sólo de frutos secos y vino de garrafón. Me parece que ya te comenté que le venía una criada a limpiarle un poco los rincones; pero hace ya como una semana que ella se largó de ahí por propia voluntad, escandalizada y horrorizada. "No quiero tratos con el demonio", me dijo por toda justificación, de  manera tímida pero con una tal firmeza que no podrían haberla hecho cambiar de opinión ni colocándole una pistola en la sien. Me explicó un par o tres de cosas poco agradables de oír, pero un detalle en concreto me pareció repulsivo. Aseguró –y la creo, porque yo también tuve ocasión de experimentarlo– que en aquel edificio, o al menos en algunas de sus estancias, se notaba un olor repugnante que en ocasiones era un verdadero pestazo y volvía imposible la realización de cualquier tarea. Se trataba de un olor agrio y penetrante, un olor por otro lado inconfundible porque todo el mundo lo experimenta a menudo: el olor de la sangre -y aquí Joaquim se pasó la mano por la cara y bebió un buen trago de licor de una petaquita que llevaba a todas partes.  
"¿Por qué dices que tú también lo experimentaste?", le preguntó la mujer, con evidente preocupación y cargada de la (siempre acertada) sospecha intuitiva que tienen los caseros a la hora de olfatearse la hostilidad de un ambiente y las vibraciones del entorno.
"Pues ya te lo dije: hará unos cinco días que fui a visitarlo yo mismo para tratar de hablar con él, sonsacarle algo, no lo sé....Lo que no te expliqué fue lo que ocurrió allí. Bueno, como ocurrir, no ocurrió nada: este es el problema, me temo. Casi siempre se comportaba como si yo no estuviera allí; se mostró tan seco y tan poco comunicativo como siempre, muy distante y casi apático. No manifestó el menor interés por los asuntos de la masía que, por otro lado, fue el hogar de sus padres y donde él mismo fue criado. Es como si ya no viviera en este mundo, ese loco. No me ofreció nada para comer ni beber, pero no por avaricia, diría yo, sino porque tampoco tenía nada en la alacena. Le encontré especialmente flaco y también medio encogido, áspero todo él, como si hubiera envejecido diez años. Se dirigía a mí con cierta cortesía, y se le veía calmado; se nota que no teme nada ni a nadie. Pero también resulta obvio que calla muchísimo más de lo que dice y que considera cualquier asunto mundano como completamente falto de interés. Se expresa, sin embargo, de una forma insoportable, que lleva al desespero: nunca tiene un sí o un no, nunca explica nada de forma decidida, todo resulta ambiguo, indefinido, lejano. Esta impresión la han tenido otros de por aquí; ellos mismos me lo han confirmado en varias ocasiones. Cuando le preguntas, responde, pero casi siempre te quedas igual que antes porque es como si no hubiera dicho nada, tan nebuloso y vago es todo lo que dice: por supuesto que él lo hace expresamente y le encuentra un cierto placer u otro. Pues bien, puedo asegurarte que el interior de esa casa apestaba a sangre,  en algunos puntos de forma verdaderamente insoportable, créeme. Él lo justificaba diciendo que su gato, que entra y sale libremente, debía de haberse defecado en alguna parte; me consideró lo bastante ingenuo o ignorante como para creer que yo no sabría reconocer ese hedor. Pero no fue eso lo más curioso del caso, Rosalia; lo que realmente me produjo un malestar enorme fue otra cosa. Mateu guarda sobre el escritorio una calavera, una calavera humana. No hizo el más mínimo ademán de quererla disimular u ocultar mientras yo estuve allí. Cuando le pregunté acerca de ella se medio escabulló: afirmaba que se la había encontrado medio enterrada en los campos, en Puerto Rico o en no sé cuál isla de la Antillas, y que se la había llevado consigo de recuerdo. Se notaba que no le agradaba demasiado hablar del tema, sin embargo; era, por así decirlo, como si él creyera que yo me estaba metiendo en un terreno que no era de mi incumbencia. Al acercarme más al cráneo en cuestión, no obstante, advertí dos cosas que no suelen encontrarse en la mayoría de cráneos; al menos no tal como éstos suelen concebirse, vamos. En primer lugar, la bóveda no tenía una forma digamos ortodoxa, sino que me pareció alargada, ligeramente oblonga, para que nos entendamos. No me gustó demasiado aquello, pero no le di especial importancia, al menos en aquel momento. Sin duda, su propietario no había sido de origen español, sino criollo o, más probablemente, indígena. En cuanto a dientes, le faltaban tres, dos abajo y uno arriba; los demás tenían un aspecto extrañamente rubicundo y límpido. La construcción general de la calavera daba una impresión de robustez y concentración: emanaba algo tenso y como al acecho, y créeme si te digo que el calificativo que menos le habría convenido, en mi opinión, es el de inerte. Pero en fin, el detalle más llamativo, quizá, era el hecho de que la bóveda presentaba un enorme agujero. Era un agujero de buen tamaño, de contornos irregulares, como si la víctima hubiera sufrido una trepanación hecha sin el menor cuidado ni destreza. Aquel detalle confería, más que ninguna otra cosa en aquella habitación, una sensación de horripilancia macabra, y no pude evitar un escalofrío. Observado todo aquello, comprenderás que no deseara quedarme mucho rato más debajo de aquel techo: mi visita duró media hora, como mucho”.
“La verdad es que a los niños les da miedo aquel hombre”, respondió Rosalia en voz baja, “y no les he oído llamarlo nunca “tío”, como si les repugnara usar esta palabra en relación a él”.
“No tendrá nada que ver, si quieres”, continuó Joaquim, “pero el caso es que anoche tuve un sueño de lo más extraño; y no es la primera sino la segunda vez que lo tengo, y en el plazo de pocos días. No sé si has tenido alguna vez una pesadilla de esas que te dejan inmóvil durante unos instantes, al despertarte, y, paralizado por la impresión de las recientes imágenes, no osas ni moverte ni hacer el menor ruido. Eso mismo me ocurrió a mí; y, de hecho, aún durante mucho rato después me sentí oprimido por…, no sé cómo explicarlo, por la propia oscuridad, por la quietud absoluta, por así decirlo; no volví a dormirme hasta bien entrada el alba. Pues bien, el sueño es el siguiente. Me encuentro delante de una casa medio en ruinas, perdida en algún lugar remoto. No veo muy bien el edificio en sí, que me parece de gran altura y medidas considerables; tengo, también, una vaga impresión que está pintado de un color blanco muy sucio y corrompido. Trato de darme la vuelta para ver dónde estoy, cuál es el vecindario, qué hay alrededor, pero me resulta físicamente imposible; siento la espalda como bloqueada o insensible, inarticulada, de forma que no puedo mover la cabeza, ni dirigir mi rostro más que hacia delante. Tampoco puedo cerrar los ojos, por otro lado; mis movimientos son rígidos, y siento, nítida, profunda y ruidosa, mi respiración, que es del todo irregular.
“Camino como si alguien me dirigiera, o como si mi destino fuera dar una serie de pasos en una dirección concreta. No me aparto lo más mínimo, o eso me parece, de una línea recta imaginaria. Subo unos escalones de mármol llenos de hongos y de lodo seco; la hiedra cubre las pesadas puertas, pero éstas se abren solas, sin ningún tipo de movimiento por mi parte, y la casa entera parece esperar vivamente mi entrada. Dentro, todo es un puro claroscuro; los objetos quedan iluminados en parte, a menudo sólo las siluetas se dibujan. Percibo el olor dulzón y desagradable del estancamiento; apenas veo muebles, y los pocos que hay están medio destrozados y del todo cubiertos de polvo. La casa presenta un aspecto repugnante; es innegable que lleva años deshabitada y abandonada. Pared abajo se deslizan lentamente espesas gotas de una especie de grasa asquerosa; la humedad y la putrefacción son inexpresables; crece la hiedra por todas partes, y el musgo comienza a cubrir porciones enteras del corredor. Éste es ancho y de techo más bien bajo; no veo el final, porque en vez de ser plano se eleva de forma paulatina hasta desaparecer, mucho más allá, transformado en una especie de estrecho tubo que asciende de forma gradual. Recorro la extensión plana hasta que empieza a subir; no veo en parte alguna luz artificial ni ventanas de ningún tipo, pero aun así el corredor se encuentra iluminado –de un modo extraño y como funesto– en toda su extensión. Pronto el pasadizo deja de serlo, y, a medida que va ascendiendo poco a poco, se transforma en una especie de tubo o canal más bien estrecho, formado por no sé qué clase de porquería mineral, como piedra calcárea pero de un color indefinido; toda ella está cubierta, a modo de película uniforme, por la grasa repulsiva que antes he nombrado. La sensación de espantosa maldición personal e infinita lejanía de cualquier esfera humana va en aumento, y a estas alturas ya resulta insoportable para mi conciencia, que pierde toda esperanza.
“No sé muy bien cuánto tiempo ha transcurrido, pero finalmente me encuentro a la entrada de una gran estancia subterránea excavada en la misma piedra; allí concluye el pasadizo. Al fondo de la estancia, de techo bajo, se encuentra una especie de altar inmenso, de aspecto solemne: una gran roca cuadrada y regular del mismo material. El altar, del que emana algo inimaginablemente maligno, contiene unos símbolos gravados en su centro; encima de la piedra se ve, estirado, el cuerpo de un hombre que lleva el rostro tapado. Querría dar media vuelta y salir de allí corriendo; querría gritar hasta el límite de mis fuerzas; pero me resulta imposible, mi voluntad parece anulada del todo. En la roca se distingue, cincelada con austera pulcritud, una gran y feroz calavera, muy reciente y muy antigua a la vez, que, por algún motivo que acaso no me atrevo a confesarme a mí mismo, me inspira una repulsión indecible. Nada más hay gravado sobre la piedra; pero esta imagen odiosa parece actuar como de marco o de introducción a la atmósfera de horror del cuerpo que descansa justo encima. Con un asco inexpresable recorro los últimos pasos hasta el cuerpo, que aparentemente está muerto. Un sudario le cubre, y tiene la cara tapada por una tela que tan sólo muy vagamente revela sus rasgos. Muy en contra de mi deseo, y forzado por la rigidez maquinal de la que soy esclavo, destapo el sudario, y allí veo –a mí mismo. Soy yo, aquél muerto horrible; mi mismo rostro con ojos cerrados y casi sobrenaturalmente pálido. Una infinita desesperación me invade: en estado de extrema perplejidad, contemplo fijamente aquel ser, a pesar de la absoluta repugnancia que me crea. Entonces, de repente, aquello abre los ojos y me clava una mirada fija. Todo se vuelve negro; y entonces, de algún modo, como emergiendo de un abismo para precipitarme a otro de leyes distintas pero igualmente temibles, percibo que estoy despierto”.

Aproximadamente un mes después de esa confesión, una mañana de mala mar, dos chiquillos del pueblo entraron corriendo a la taberna de Joanot, la más cercana al muelle de pescadores. Parecían muy angustiados por algo y hablaban a gritos entrecortados.
"Un hombre!....hay un hombre flotando en el agua, boca abajo, allí, junto a la escollera!"
Tres o cuatro aldeanos se abalanzaron al punto hacia la playa. Ya de lejos lo vieron; era una imagen que, además de la desgracia en sí, poseía algo particularmente grotesco y macabro. Se balanceaba a caballo de las olas, chocando aquí y allá contra las rocas, y boca abajo, de forma que resultaba del todo imposible reconocerlo. Con un largo palo de pescar pulpos cuyo extremo era un tridente de hierro arrastraron el cadáver y lo llevaron hasta la arena.
Aquello no era otra cosa que un apestoso grumo de sangre revestido con camisa blanca, faja y pantalones negros, todo ello hecho harapos. No tenía los cabellos largos, ni barba: parecía más posible, por tanto, que se tratara de un campesino que de un marinero. Desfigurado por todas partes, presentaba dos enormes agujeros horrorosos de ver en la carne –uno en el torso, debajo del corazón, y otro en la cabeza, en la nuca–, además de toda clase de desgarros, moretones y contusiones. También tenía diversos huesos fracturados de forma visible. Los peces, además, habían arrancado la piel a tiras durante quién sabe cuántas horas. Ante esta imagen infernal, todos los hombres se santiguaron, mudos, mientras esperaban a la policía local. Uno de ellos, un desgraciado de puerto que iba y venía sin rumbo y ocasionalmente se ganaba un dinero cargando fardos, reconoció el cuerpo. Era Joaquim Rosés.
Al día siguiente el pueblo bullía como nunca de presentimientos, murmuraciones, odios y rencores. La política, como no podía ser de otro modo, se infiltró de nuevo, insensiblemente, en todo aquel asunto. Ahora, menos que nunca, parecía imposible hacerse el sordo y mirar hacia otro lado; todo el mundo debía de tomar partido, y aquél que no lo hiciera pasaba a ser, de forma inmediata, el blanco de todas las sospechas: antes que el buen nombre de la patria estaba el del propio pueblo natal. La nación entera parecía venirse abajo, pero allí la situación revestía una gravedad particular, acentuada por la inefabilidad y tiniebla del asunto: la que hasta entonces no había sido otra cosa que una plácida localidad de pescadores de aquella comarca empezaba a convertirse en macabro escenario de las maniobras del diablo.
Rosalia, la viuda, cayó en una desolación tal que tuvo que ser atendida por médicos en varias ocasiones: los ataques de nervios le eran constantes. Sus hijos fueron enviados, momentáneamente, a casa de un hermano de ella que vivía en Barcelona. Las exequias fueron en la misma masía familiar, donde, siguiendo la tradición, se expuso el cadáver estirado sobre una mesa entre cuatro grandes cirios. Todo el pueblo vino a presentarle sus respetos; como es de suponer, sin embargo, lo que menos comentaron, en circunstancias tales, fueron las virtudes del difunto y las cuatro beaterías de turno: todas las lenguas apuntaban a algún tipo de maniobra oculta y despreciable.
A grandes rasgos, tres bandos de opinión se formaron al mismo tiempo. Por un lado, los campesinos y la gente de clase humilde creyeron que todo aquello no era otra cosa que una maldición del Diablo ocasionada por la corrupción de los tiempos, y se santiguaban constantemente. Por otro, las personas “cultivadas” creían que se trataba de una conspiración; ahora bien, para ciertos patricios, así como para los hombres de profesiones liberales, tal conspiración era sin duda de origen carlista, mientras que para los pequeños tenderos, las solteronas de turno y el clero local, ésta era de origen liberal. Un manto de oscuridad parecía cernirse, invisible, sobre cada uno de los aldeanos, volviéndolos desconfiados y agresivos. Un rumor de venganza, vagamente formulado, se percibía por doquier.
En aquellos días, además, se acercaban elecciones, y Pere-Apel·les Gomà, que aspiraba a diputado provincial pero contaba cada vez con más detractores, creyó adecuado dar un golpe de efecto aprovechando la favorable coyuntura. Este golpe, sin embargo, y no por casualidad, coincidió con otro, paralelo en el tiempo: el del rector del pueblo, mosén Pijaume, quien, en el sermón de dos domingos seguidos, clamó contra la cabeza de turco inmediata y obvia: Mateu Rosés, el elemento extraño y discordante que jamás acudía a misa y la reputación moral del cual, por otro lado, ya era pésima antes de los acontecimientos. Sin nombrarle directamente, este capellán movió, con su discurso, las crédulas masas humildes y el “somatén” local contra aquel hombre, al mismo tiempo que, desde la sombra, Gomà, hombre influyente, con la ayuda de ciertas relaciones bien posicionadas conseguía medio convencer el cuerpo de policía que Rosés había asesinado a su hermano para obtener la masía familiar. Esta misma acusación, acompañada de toda clase de imprecaciones bíblicas, era formulada por mosén Pijaume; sin embargo, todo el mundo había visto a Mateu acudir, si bien breve y lacónicamente, a despedirse del difunto, y, hasta aquel momento, no había dado paso legal alguno en relación a la escritura de la finca o sus bienes.
El alcalde, personalmente, salió al balcón del Consistorio para hacer una crida a la calma: los crímenes estaban siendo debidamente investigados “por las autoridades correspondientes”. Pero el pueblo llano no reconocía otra autoridad que la de Dios, los designios del cual creían comprender perfectamente; y, al atardecer de un caluroso día de bruma de principios de julio, un nutrido grupo de campesinos se dirigió, hoz en mano, hacia la mansión del impopular indiano, sin acusaciones ni pruebas concretas pero con el corazón lleno de la rabia ciega que es producto de la impotencia. Entre la turba se encontraban varios miembros del “somatén” local, como siempre dispuestos a tomarse la ley por su propia mano. A pesar del fuerte bochorno, el cielo estaba del todo tapado y presentaba un aspecto amenazador, de un color lechoso sucio y nauseabundo; los pájaros volaban bajo, y se habría dicho que, a una velocidad superior a la normal, describían extraños círculos y figuras antes de perderse de nuevo entre los árboles.
La casa parecía completamente deshabitada; un silencio violento, tenso y de mal agüero, planeaba sobre ella. Onofre, un campesino bajo y robusto de maneras rudas, gritó en voz alta el nombre de su inquilino. Nadie respondió; alguien lanzó un par de piedras a los cerrados porticones del primer piso, que resonaron con un ruido seco, vacío, desagradable. Onofre alzó mucho la voz en tono imperativo: exigía de Rosés “parlamentar”, como él mismo decía, y, bajo la responsabilidad civil del alguacil municipal, dar una ojeada en el interior de la casa. Si cooperaba, prometía no ejercer ningún tipo de violencia sobre él o sus propiedades; en caso contrario se verían forzados, en contra de su voluntad, a “tomar medidas”.
Ni un solo sonido emergía de la casa; no se escuchaba otra cosa que el roce de los grillos nocturnos. Se respiraba una humedad polvorienta; no tardaría en llover, y con fuerza.
Onofre lo intentó de nuevo, ni que fuera a fin de no poder recriminarse después a sí mismo que no había hecho todo lo posible antes de irrumpir por la fuerza en domicilio ajeno. “Mateu, en nombre del difunto hermano de usted, que fue un marido y padre bondadoso y de muchos años querido, y del buen nombre en este pueblo de su familia, ¡déjenos entrar! Somos gente de paz, tan sólo buscamos tranquilidad para nuestras familias; estamos seguros de que, si usted es hombre sensato, lo entenderá”.
Ninguna respuesta; ningún ruido emergió de la masía, que parecía del todo deshabitada.
“Está bien”, Onofre se dio la vuelta hacia dos chicos robustos que tenía detrás suyo, “abrid la puerta, pues; si está cerrada, echadla abajo”.
Estaba cerrada con llave, pero, a juzgar por cierta elasticidad de los porticones al moverlos, lo más probable era que no estuviera atrancada, por lo cual no resultaría excesivamente difícil abrirla por la fuerza. Alguien sacó una pistola de mano y disparó al cerrojo, que saltó a trozos. Abrieron y entraron; tan sólo atravesar el dintel, el olor de la sangre resultaba intolerable. Todo estaba a oscuras, y gruesas persianas cubrían todas las ventanas; encendieron las velas de un candelabro. Casi no había muebles, pero sí diversos montones de porquería diversa esparcidos por todas partes. La cocina era un asco inenarrable de cazos, ollas, platos sucios; una miríada de grandes moscas y cucarachas se alimentaban de restos de comida. Pedazos de madera desballestada, excrementos de animales, el esqueleto putrefacto de una rata; y polvo, una gruesa capa de polvo por todas partes excepto únicamente en la parte central de los corredores y las estancias.
Sin embargo, al entrar en la sala de estar del piso de arriba retrocedieron horrorizados. Delante de una gran mesa de caoba llena hasta arriba de papeles y librotes, con unos ojos del todo abiertos que miraban fijamente hacia la puerta de entrada, como si quisieran saludar a los recién llegados desde el infierno, estaba Mateu Rosés, sentado en una butaca, desgarbado, deformado, escalofriante.
Una especie de grito ronco se cortó en las gargantas de cinco o seis hombres, que, instintivamente, empuñaron cualquier arma que tuvieran a mano. Confusos por el espanto, tardaron unos segundos en comprender: aquello que los escrutaba era ya cadáver.
Un aire viciado, increíblemente corrompido, llenaba la habitación entera; el hedor era más fuerte que en ninguna otra parte. Una atmósfera de maldición, de putrefacción moral y de odio parecía llenar la sala. No había duda alguna sobre su fin: la pistola, ya fría, le colgaba aún de la mano derecha, y bajo el insufrible olor se adivinaba cierto resabio a pólvora. Irónicamente, la bala no le había destrozado en exceso el cráneo, de modo que, si el lado derecho del rostro estaba abierto y despedazado, el lado izquierdo aparecía casi completamente seco. La expresión del rostro comunicaba más pavor que nunca; se habría dicho que el hombre había conocido la condenación ya antes de morir. La piel de la cara y de las manos era aún tostada, rugosa, dura; una media barba, sucia y descuidada, le apuntaba alrededor del mentón; la camisa sencilla de campesino, blanca, estaba casi completamente cubierta de sangre. Una extraña y contorsionada posición del cuerpo revelaba un enorme sufrimiento anímico antes del momento final.
“En el fondo fue eso: un cobarde”, dijo alguien con voz dificultosamente sofocada, llena de cólera. “Buscó el menor sufrimiento posible para sí mismo, mientras que infligió a dos vidas humanas inocentes el horror más inhumano. Que el Cielo lo maldiga para siempre”.
Una breve nota descansaba sobre la mesa, justo delante del cadáver; no había duda que había sido escrita para ser leída por aquél que “descubriera” el amargo fin de su autor.
Estaba escrita con pluma; el papel en sí era un pedazo arrugado de hoja de libro de contabilidad. La caligrafía era muy irregular, y no fácilmente legible; era obvio el estado de aflicción en el que había sido redactada. El texto era el siguiente:
Ya he tenido suficiente. Se acabó para ellos, pero también para mí. Intenté complacerlo, pero él quería más, siempre quería más. ¿Quién se habría podido resistir, al principio, cuando...? Me pareció como un juego, y ahora sufro los efectos. Él quiere sangre, siempre quiere sangre, pero este juego ha ido demasiado lejos. Era mi hermano, al fin y al cabo. Me maldigo a mí mismo, a pesar de que me siento contrito y humilde y, antes del final, pido perdón a Dios y le pongo mi alma a los pies: que sea Él, único Juez, quien me salve o me condene. Maldito sea el monstruo infernal que me prometió la abundancia y el poder, a cambio de
Así, de manera completamente abrupta, acababa la nota. Nadie, por supuesto, comprendió gran cosa, y menos aún en el estado de excitación y tensión emocional del momento. Finalmente se había llegado a la raíz de aquellos horrores; pero el hedor increíble de sangre podrida no parecía quedar explicado del todo, y, de un modo u otro, la sensación de algo turbio y tenebroso planeaba aún, diluidamente, en el interior de aquella casa. Hasta que ésta no fuera vendida o demolida, secretos terribles permanecerían silenciados entre sus muros ahora que su propietario e inquilino ya no existía.
En un lado, sobre una estantería clavada en la pared, un poco por encima de sus cabezas, vieron la calavera traída del Caribe. Onofre, irado, hizo traer una escalera de madera para bajarla y destrozar a golpes aquel odioso símbolo de pésimo agüero. Al coger con las dos manos el cráneo, no obstante, hizo un gesto de asco, de un asco infinito, y los rasgos de la cara se le arrugaron en una mueca espantosa. Temblándole las manos, bajó a trompicones la escalera y colocó el objeto sobre la mesa de cualquier manera. Un escalofrío recorrió todos los presentes: un ruido poderoso, compacto pero líquido, emergía del interior de aquel cráneo, y, gracias a su agujero, resultaba perfectamente audible: al chocar la mandíbula con la madera, una especie de...¿qué?, una ola, un chapoteo blasfemo y repulsivo pareció emerger del interior de aquella cavidad.
Onofre, blanco como el papel y extrañamente empequeñecido como un niño asustado, intentó decir alguna cosa, pero no le salieron las palabras, sólo un hilillo ronco que comunicaba algo espantoso en su sonoridad, algo así como una especie de inconsciente reminiscencia del miedo puro. "Dios mío..."
Mal situada en el borde de la mesa, la calavera titubeó un instante, inestable, antes de caer al suelo con una seca sacudida que pareció destrozar el oído de todos los presentes. Por el ancho agujero practicado en el hueso empezó a manar sangre y más sangre: la calavera estaba llena hasta arriba.
 

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soy un joven escritor de Barcelona de 33 años, de tema y estilo eclécticos, con gran interés por los clásicos de todos los tiempos. Disfruto de los libros tanto a nivel analítico como emocional..

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