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7 min
Lluvia de cristal (parte 1 de 2)
Fantasía |
03.08.16
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Sinopsis

En un reino en el que el gobierna el caos, las personas son completas asesinas que se matan entre ellas. Hasta que un día, un regalo de los cielos desciende para traer la salvación a sus tierras. La felicidad consigue reinar por un tiempo, pero esta no será eterna, pues los dioses arden en cólera y no tardarán en destruir ese tesoro tan preciado que les ha sido arrebatado.

Esta historia sucedió muchos años atrás, en un reino que iba más allá de donde alcanzaba la vista. En este reino no se conocía la paz, ni si quiera existían leyes ni reyes. Todos y cada uno de sus habitantes luchaban entre sí sin razón, y no había manera de controlar aquella anarquía. Parecía que disfrutaban viviendo entre filos de espadas y puntas de flechas, pues el reino sobrevivió siglos y siglos así. Quizás era extraño, sí, pero como en todas las historias siempre debe ocurrir algún tipo de milagro. Y este fue el suyo.

Cierto día, el cielo dejó caer algo sobre aquellas tierras. Una lágrima de luz brillante azulada se situó en lo más alto de una montaña, captando así la atención de todos los ciudadanos. Estos, sin saber si sentían sorpresa o temor, agarraron sus armas con fuerza y siguieron aquel halo de luz que les hipnotizó por completo.

Al llegar a la cima, la extraña lágrima dejó de brillar y descubrió lo que ocultaba en su interior. Una niña de cabellos blancos dormía profundamente en la nieve. El pueblo, creyéndose abatido ante aquella princesa del cielo, se postró ante ella. De pronto, la pequeña abrió los ojos y se incorporó. Lentamente, se acercó a uno de los hombres. Su rostro mostraba temor, mucho temor. La brisa acariciaba suavemente sus facciones rudas y su cabello castaño. Apretó sus dientes con fuerza y cerró sus puños como si todo aquello fuera a ser el fin. Cuando la niña se detuvo frente a él, este fue incapaz de mantenerle la mirada.

Ella clavó sus ojos azules, casi transparentes en el hombre, y le dirigió la sonrisa más cálida que le pudo ofrecer. Delicadamente, colocó sus blancas manos en aquel rostro abatido y, de pronto, le abrazó. Nadie daba crédito a lo que veía. Aquella imagen se les grabó en la retina como una vieja fotografía. Cuando la niña se apartó, dos prematuras lágrimas se dibujaron en los ojos de aquel señor y el resto del pueblo dejó caer sus armas. 

Desde entonces no hubo más guerra. Se acabó la sangre y la batalla. Se acabaron los golpes de espada y los cadáveres secos al sol. A partir de ese momento, solo hubo paz. El pueblo se dedicó a cuidar aquella niña, a la que llamaron Lyra. La hija del cielo creció como una humana feliz, y tan pronto como se hizo mayor decidieron que ella se convertiría la princesa del reino, en agradecimiento por haber traído la salvación. 

Con el tiempo, aquel lugar se fue estructurando correctamente y se adaptó por completo a una vida más pacífica y tranquila, como bien mandaba la princesa Lyra. Aquellos fueron buenos tiempos, sin duda. La niñez de la princesa se escurría con rapidez, dejando un rastro de alegría y orgullo en todo el reino. Pero tarde o temprano aquel reino debería enfrentarse a una guerra que acabaría con lo que más apreciaba. 

Era una tarde bonita, podría decirse que la más soleada de todo el mes. Lyra salió a su balcón y respiró profundamente aquel aire puro que se le ofrecía. Observaba con una sonrisa cómo dos niños jugaban en el centro de la plaza, corriendo y saltando. Eran felices. La princesa se sentía muy orgullosa de haber creado algo tan bello como aquello. El hecho de haber descendido del cielo y haber logrado la salvación de tantos humanos la hacía inmensamente feliz. Después de todo, la princesa Lyra era en realidad una estrella caída.

Siempre había observado aquel lugar desde arriba con lástima. Contemplaba cómo la gente moría, cómo disfrutaban asesinándose entre ellos, y lo peor es que nadie decía nada. Nigún dios mostraba aprecio o compasión por aquella gente, solo se limitaban a mirar la escena de reojo y a cambiar de tema. Esto la hacía sentir inútil, entonces decidió pedirle a los dioses que la transformaran en mortal, que la expulsaran del cielo para así salvarles a todos. Y así hizo. 

De pronto, el sol se ocultó. Unos nubarrones color sangre se dispersaron por todo el cielo, dejándolo completamente cubierto. El aire se llenó por completo de una niebla espesa y fantasmal que le resultaba extrañamente familiar. Niebla de batalla. La guerra acababa de comenzar. Desde arriba, comenzaron a salir unas extrañas criaturas enviadas probablemente por los dioses. Pájaros metálicos. La gente de la calle comenzó a alarmarse. 

-¡Todos a cubierto!-chilló Lyra desde su balcón.

 Los pájaros descendieron hasta el suelo y comenzaron a perseguir a la gente. Todos corrían asustados, apresurándose por llegar a sus casas. Algunos lograron esconderse a tiempo, otros fueron alcanzados y descuartizados por los monstruos de metal. Lyra, horrorizada, descendió las escaleras de torre apresuradamente. No podía estar pasando. ¿Qué era todo aquello? ¿A caso un castigo de los dioses por haber abandonado el cielo? Y si era así, ¿por qué ahora, después de tanto tiempo? 

Tantas preocupaciones y preguntas la hicieron perder el equilibrio y rodar por las escaleras restantes. Cuando llegó abajo, sintió dolor. Mucho dolor. Su pierna derecha estaba rota. Se intentó levantar en falso un par de veces, cayéndose al suelo en el intento. 

-Tengo que...tengo que llegar-se dijo a sí misma. 

Arrastró su cuerpo como pudo y llegó hasta el exterior. Allí, vio como los pájaros picoteaban y destrozaban las casas, rebuscando carne fresca como auténticos pumas alados. Estos, al verla, ignoraron su afán de destruir y se acercaron hacia la princesa, al parecer más calmados. 

-Estúpidos-bufó Lyra, elevando su rostro-¡malditos estúpidos, tomadme a mí! Sé que soy yo a quien queréis. Dejad en paz a mi pueblo y llevadme a mí.

La joven se desplomó, agotada, ante la temerosa mirada de los ciudadanos que la observaban desde sus escondites. Los terribles pájaros de metal parecieron reír a carcajadas ante su compasión. Caminaron hacia ella con sus enormes garras, destrozando el empedrado del suelo a su paso. Lyra no ofreció resistencia alguna, se limitó a balbucear palabras inaudibles. Entonces, uno de los monstruos inclinó su cabeza y agarró a la princesa para llevársela. 

-¡Princesa, no!-gritaron los ciudadanos casi a unísono.

Muchos valientes corrieron detrás del pájaro y se agarraron a su cuerpo metálico con la esperanza de poder rescatar a Lyra. Forcejearon con fuerza, intentando arrancarla de sus fauces. 

-¡Lyra, dame la mano Lyra!-gritó uno de los hombres.

Este alcanzó el antebrazo de la joven, y lo agarró con fuerza. 

-Ya te tengo.

Ella no hizo nada, tan sólo le dirigió una mirada débil que le paralizó el alma. 

-Perdóname, Gin-le dijo soltándose.

Entonces, el pájaro mecánico se despojó de los humanos que le agarraban, dando un par de sacudidas con sus alas. La fuerza del monstruo hizo que los guerreros cayeran metros atrás. Y antes de que pudieran levantar la vista, el enviado del cielo ya alzaba el vuelo para seguir a su manada, y continuar su viaje de regreso.

Al contemplar aquello, los ciudadanos cayeron de rodillas al suelo, abatidos. Los dioses habían ganado la batalla, y ellos no habían podido hacer nada. Muchos comenzaron a llorar desesperadamente sin saber muy bien cual era el verdadero motivo. Les habían arrebatado su tesoro más preciado, su luz. Y sin ella, ¿cómo encontrarían el camino? 

Gin, el hombre al que Lyra abrazó aquella vez, volvió a apretar sus puños con fuerza para posteriormente golpear el suelo repetidas veces. Bajó su cabeza ante todos, dándose por vencido prematuramente.

-Qué haremos ahora-se dijo para sí. 

Ya anochecía, y las primeras estrellas de la noche comenzaron a dibujarse en el firmamento. Pero esa noche había una de más, una más blanca y más brillante que las otras, que les sonreía desde arriba. 

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