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13 min
Lo que le pasó a la tía Erika
Drama |
31.03.15
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Sinopsis

Un breve relato que intenta ser una aproximación a la mente de un delincuente

Era una de esas tardes de primavera en que la laguna dejaba de castigar con su olor a podrido, y todos los incluidos realizaban allí actividades al aire libre. Circulaban por la ancha vereda que recorría toda su orilla, en ambos sentidos. Había hermosas adolescentes y preadolescentes patinando en rollers, mujeres jóvenes y adultas con cuerpos bellamente trabajados. También se veían en menor cantidad gordas, feas, viejas,  hombres y perros. A este desfile circular se sumaban pobres que bajaban del barrio Planta de Gas hacia el centro y viceversa con sus peculiaridades entre tristes y graciosas, como esos increíbles injertos de bicicleta.
Me encontraba sentado en un banco. Estaba junto a la vereda principal y a la vez cerca de una de las calles que limitaban la laguna, la que subía hasta el observatorio. Descansaba luego de hacer una rutina de ejercicios algo agotadora para mi estado físico, que no era malo. Miraba disimuladamente a la gente pasar, disfrutando de las proezas estéticas que se me presentaban. Disfrute perverso desde ya, dado que a cada mujer deseable que pasaba una perturbación iba creciendo en mí. Se alteraba mi ánimo como las copas de los olmos comienzan a moverse alertando de una tormenta que se viene. Una sensación de malestar me iba dominando, una mezcla de admiración, impotencia, indignación e ira.
Estaba ya en el punto que las sensaciones se transforman en pensamientos, en ideas sobre lo que debía hacer para sentirme mejor, cuando en ese tumulto de gente la vi.
Paso veloz frente a donde estaba. Un enorme par de tetas. Pude verlas un instante que no por breve dejó de ser suficiente para que las notara. Cuando fijé la vista ya me daba la espalda. Era un poco alta, más que la media pero no por mucho. Tenía el pelo castaño claro, remera blanca y calzas negras bien ajustadas hasta debajo de la rodilla. Su trasero estaba muy bien, una linda forma, aun así nadie se detendría primero en éste.
Avanzaba rápidamente pasando a las demás personas, se notaba que su estado físico era excelente, la seguí con la mirada todo lo que la geometría de la laguna me lo permitió. Trataba de mantener un aire distraído aunque estaba ya bastante inquieto. Fijé la vista en un punto que me permitiera verla periféricamente y esperé.
Pronto apareció. Era hermosa. La finura de su rostro no podía dejar de notarse. Nariz pequeña y respingada. Ojos redondeados, de un marrón claro, que con sus cejas puntillosamente delineadas formaban, desde luego, una mirada desdeñosa. Sus labios sin ser gruesos estaban bien marcados, prominentes, como si estuviera por besar a alguien. Los pómulos y la carretilla, magros, daban líneas rectas al cuadro sin restar femineidad.
Sujetaba su ondulado cabello con vincha blanca. La luz del sol cayendo daba a su piel bronceada y transpirada un color dorado, cual si estuviese bañada en polvo de oro.
Tenía, como ya dije, unas tetas impresionantes. Deberían ser talle 120. La remera blanca, escotada, permitía verlas parcialmente, asomando como dos globos. A cada lado dos franjas de color descendían paralelas entre sí, una verde claro fluorescente hacia el centro, más angosta, y otra gris oscuro hacia los costados; eran rectas, pero debido a la presión que hacían los senos se curvaban resaltándolos aun más. Me daban ganas de morderlos.
"¡Puta!" grité en silencio. Me enojaba mucho verla tan hermosa, tan sexualmente atractiva y tan inalcanzable, al menos para mí. No podía quitarle la vista de encima.
Un par de metros delante de donde yo estaba cruzó a dos negros villeros que venían subiendo hacia la loma. Le gritaron de todo, "Mamita, con ese cuerpo te corro toda la noche" fue lo más suave. Esos comentarios me encolerizaron, como todo lo que venía de ellos, pero el acto de justicia no era tan reprochable. Ella se mostraba de esa forma, tan sexy, tan altiva, ...  provocando ¿y nadie le decía nada? ¿nadie la ponía en su lugar con un reproche? ¡Claro que no!
Se alejó de nuevo quedé mascullando pensamientos interiormente. Seguramente sería la novia de algún nene de mamá con plata, de esos a los que todo se les da fácil porque tienen dinero. Tal vez el gato de algún político, empresario o profesional importante. O quizás sea ella misma profesional. Recién recibida, con su propio estudio o consultorio. Independiente, bella, joven. Engreída. ¡Cómo la odiaba!
Me hundí en esas ideas y sentimientos hasta que me sobresaltó un bocinazo por el que un imbécil saludó a otro. Mi cuerpo se estremeció al punto que casi me incorporo de un salto. Justo en ese momento pasaba ella. Debe haber notado mi turbación porque fijó su mirada en mí. Tenía una expresión desaprobación. También la miré fijamente buscando incomodarla. No la miraba con lascivia sino con rencor.
Al llegar a la calle se detuvo y elongó. Ya no me prestaba atención. Yo en cambio seguía cada uno de sus movimientos como si ella fuera un maestro cirujano que explicaba una operación que a continuación debía hacer por primera vez. Cuando terminó subió a un auto pequeño pero lujoso y se marchó despacio. Pude ver su patente O-- 7--.
Desde mi celular ingresé al sitio del Registro Nacional de Propiedad Automotor y conseguí estos datos: Erika A., Michael Jones N°. Al fin tenía un nombre para esa puta buscona.
Subí a mi auto y en pocos minutos ya estaba en su cuadra. Esperaba encontrar lo ideal: una casa. Nada de departamentos, nada de dúplex, una casa aislada centrada en el terreno, sin perros ni habitaciones pegadas al vecino. Entonces llegué, ¡malditos dúplex! ¡Maldito afán inmobiliario! En un solo terreno cuatro departamentos apiñados uno al lado de otro. En ese tipo de construcciones todos los cuartos están junto a otro, nada puede suceder en uno sin que alguien más lo perciba. Mis esperanzas disminuían pero pronto renacieron. Uno de los departamentos interiores estaba vacío. Dos ocupados, uno sin habitar y el siguiente. Busqué su auto y ¡ahí estaba! ¡en el último! Seguí camino sin poder creer mi suerte.
Luego de cenar me quedé en casa esperando la hora oportuna para ir a verla. Se me hizo interminable. Estaba totalmente exaltado, conmocionado. La idea de lo que iba a venir me tenía prisionero. No podía hacer nada, en la televisión todo me parecía aburrido, los juegos de la PC no me interesaban, ni intentar dormir. Tampoco me venían pensamientos o reflexiones sobre lo que sucedería, no estaba planeando. Me encontraba en un estado de semiinconsciencia, como si estuviese en un cuarto incendiado y la salida de emergencia fuese ella.
Al fin se hicieron las 2:30. Me pareció el momento adecuado y salí. De todas maneras no podía esperar más. En el camino manejé tranquilo, no solo por prudencia, ya me movía, disfrutando cada instante.
Dejé el auto en Perito Moreno, a media cuadra de Michael Jones. Tenía que doblar la esquina y caminar dos cuadras. De este modo era más difícil que un curioso desvelado siguiera mi recorrido completo.
Bajé cuando estuve seguro que no había nadie. Tomé la barreta y la escondí dentro de mi pantalón, la coloqué junto a mi muslo derecho y la sostuve con la mano a través del bolsillo. Comencé a caminar.
Llevaba andados 50 metros por Michael Jones cuando veo doblar a la policía por Musters, a menos de tres cuadras, venían hacia mí. Dos veredas delante vi una casa que tenía un jardín en el frente con una pequeña reja, ornamental, cuya puerta estaba abierta. Me metí, tomé mi celular y comencé a caminar en círculos y a gesticular como si estuviera teniendo una discusión acalorada. Esperé. Unos segundos después pasó el móvil lentamente. Los miré de reojo, como si apenas notara que estaban. Pasaron y esperé de nuevo. Nada.
Llegué al dúplex y me escondí entre el auto y la puerta de ingreso. Me puse un par de guantes de látex y saqué la barreta. La calcé, me preparé a correr y mirando el cartel de la empresa de alarmas hice palanca... Nada, muchas personas solo colocan la alarma cuando están ausentes. Otro intento más y la puerta estaba destrabada. Entré y arrimé la puerta para que no se note desde afuera que habían entrado. Avancé un paso y espere a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. Todo era calma, hasta yo. Estaba en un pequeño living sobreamueblado. Al final, sobre la derecha había un pasillo, a la izquierda una escalera que subía al primer piso. Encaré por el pasillo. En las paredes había cuadros con fotos. Tomé el celular para iluminarlos. Uno grande de ella. Al lado, otro igual donde se veía con otra mujer y una nena de unos nueve años. Todas eran parecidas por lo que supuse que se trataba de hermana y sobrina. Súbitamente sentí como una descarga eléctrica en la nuca. ¿Y si no estaba sola? ¿Si la acompañaba la niña? No. Era época de clases y hoy era día de semana. Pensé en la sobrina, en lo mal que se pondría cuando sepa lo que le pasó a la tía Erika - si es que le contaban la verdad -, pero está bien, así ella también aprendía. En unos años seguro se iba a poner igual de buena. Y engreída. Seguí, el pasillo lo formaba un pequeño baño. Después la cocina, también pequeña - como todo, era un dúplex -, una mesa familiar que apenas cabía, heladera, lavarropas. Por fin un patio minúsculo y vacío. Todo ordenado, en la pileta ni un trasto sin lavar. En la heladera todo sano, light, la vida del puritano moderno. Merodear por la casa con ella durmiendo, inocente de mí, me llenaba de alegría. Busqué en los cajones, encontré una cuchilla ... No, muy grande. Todos se asustan y obedecen ante una cuchilla, pero no es fácil de controlar en un forcejeo. No quería terminar herido. Un Tramodina, muy pequeño. Hallé un cuchillo viejo, como de asado, empuñadura de madera, hoja de hierro común de unos doce centímetros, buen filo, ¿una reliquia familiar tal vez?. "Este" pensé.
Volví hasta las escaleras y subí. Frente a mí el baño, a la derecha la pieza delantera, a la izquierda la trasera. ¿Cuál sería la de ella? Esperé. La oí respirar en la habitación de adelante. Fui despacio a la trasera y confirmé: no había nadie más en la casa. Me detuve en el dintel de la puerta. Ya estaba ahí, al fin, estaba excitado, feliz. Así estuve unos minutos disfrutando el momento. Me desnudé y entré con el cuchillo en la mano.

Caminé lentamente hasta la cama. De a un paso, como si fuese una ceremonia religiosa. La ventana estaba abierta dejando que la luz de la calle iluminara un poco la habitación y a ella en primer plano, como en una obra de teatro. Dormía boca arriba destapada hasta la cintura. Vestía una remera holgada que igual marcaba sus enormes pechos.
Fue en un instante, a la vez, con mi mano izquierda le tapé la boca y le salté encima. Con el peso de mi cuerpo impedí que se moviera. Forcejeó un poco hasta que vio el cuchillo y se detuvo.
- Hola. Ahora tenés que contestarte una pregunta muy importante ¿querés vivir? - Dije en un tono que me hizo acordar a los médicos cuando intentan convencer a sus pacientes de que hagan algo desagradable. Asintió con la cabeza.
- ¿Estás dispuesta a hacer lo necesario entonces? - Nuevamente asintió. ¡Sabía que le gustaba cojer! - Date vuelta entonces.
Obedeció. Usando la sábana como cuerda ate sus manos juntas detrás de la espalda. Con el cuchillo corté su bombacha y desgarré su remera. Le acaricié el costado de uno senos presionado contra la cama. Se la puse por atrás. Gimió y me fui, estaba muy excitado. Mientras sentía como se me aflojaba, ella lloraba y gimoteaba. No la detuve, me gustaba.
La puse boca arriba y comencé a besarle la panza, sus abdominales bien marcados. Subí a chupar y morder esos hermosos globos. Enseguida la tuve dura de nuevo y se la metí. No paraba de llorar y de gritar ¡cómo me calentaba eso! Cuando lo hacía muy fuerte le tapaba la boca un instante y decía "No tan alto".
Lo hacía despacio, esta vez quería q durara. Cuando sentía que estaba al borde de irme me detenía, me calmaba y retomaba. De súbito casi me voy. La saqué espantado de que la diversión terminara, para enfriarme, pero ella no dejaba de quejarse, así que le di una fuerte trompada en la cara.
-¡Callate!
Tuve que esperar un minuto interminable, tal vez dos. De nuevo arremetí. Esta vez fuerte y rápido hasta que acabé. Sublime, tenía ganas de llorar casi.
Antes de salirme le clavé el cuchillo en el cuello bien profundo. Abrió sus ojos con espanto y quiso gritar, pero solo un sonido ahogado salió de su boca. Me incorporé, giré el cuchillo sobre su eje y lo saqué rápidamente. Intentó sin éxito incorporarse. Salpicó bastante esos segundos ensuciando las sabanas y el piso. Yo estaba en el lado opuesto mirando con suma atención ese instante en que la vida se escapa. Ya estaba muerta.
Me dirigí al baño y examine los guantes y mi cuerpo. Lave un poco de sangre que tenían los primeros, busqué mi ropa y me vestí.
Bajé a la cocina. Me serví un vaso de agua y lo bebí lentamente, sentado a oscuras en la mesa.
Ya a punto de salir vi espantado las luces azules de la policía a través de la ventana. Quedé inmóvil, como un gato que interrumpe su caminar distraído, deteniéndose ante un ruido que lo alerta. Se fueron.
Salí, me quité los guantes y caminé tranquilo hasta el auto, feliz. Entré. Mañana a trabajar temprano - pensé - ¡pero qué noche!
Encendí el motor y salí despacio.

 

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