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12 min
Lo que no hice antes de marcharme
Drama |
10.08.15
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Sinopsis

La vida está llena de casualidades. De pequeños gestos sin aparente importancia. De oportunidades que pasan de largo para no volver. De momentos desaprovechados. Y cuando te das cuenta ya es demasiado tarde.

Ignacio y Gabi se conocen en el colegio a los ocho años. Cuando los padres de Gabi se separan, el chico se tiene mudar e irse a vivir con su madre. El destino hace que ese colegio, que no es la opción preferida de su madre, sea el único de la zona que acepta admitirlo a mitad de curso.

Un patio enorme. Decenas de niños corriendo tras una pelota vieja. Gabi tropieza y cae al suelo raspándose las rodillas. Cierra los ojos sintiendo una punzada de dolor. Cuando los abre ve una mano tendida hacia él.

            -¿Estás bien?- pregunta Ignacio dirigiéndose a él por primera vez.

            -Sí- musita Gabi.

Ignacio le ayuda a levantarse y le da una palmada amistosa en la nuca, alborotándole el pelo sin querer. Cuando Ignacio se marcha corriendo, Gabi se peina malhumorado.

 

 

Una mañana de lunes en plena primavera Gabi se levanta de la cama con los ojos entrecerrados y arrastrando los pies. Hace buen tiempo, por lo que el pantalón del pijama es la única prenda que necesita. A tientas, se dirige a la cocina del piso que comparte con Ignacio y se recalienta al microondas un resto de café bien cargado del día anterior con la esperanza de que eso le espabile.

            -¡Gabi, que te duermes encima de la taza!

El chico abre los ojos sobresaltado. Ignacio, con una energía inusual a esa hora de la mañana, pasa por su lado y le alborota el pelo amistosamente.

            -Joder, Nacho, que te he dicho mil veces que no me hagas eso- protesta Gabi pasándose ambas manos por el pelo para peinarse, pero acaba sonriendo un poco.

Negando con la cabeza, no le quita el ojo de encima a su amigo, que pasea por la cocina en calzoncillos en busca de algo que llevarse a la boca.

            -La costumbre. Catorce años haciendo eso son muchos años- comenta Ignacio sentándose a la mesa junto a Gabi.

            -Ya. Y catorce años diciéndote que no lo hagas también son muchos, ¿no crees?

Ignacio, con los carrillos llenos de galletas mojadas en leche, se encoge de hombros y sigue engullendo su desayuno. Gabi le da un sorbo al café y pone cara de asco. Luego tira el resto por el fregadero y se estira al tiempo que sale de la cocina.

            -Oye, vístete rápido o vamos a llegar tarde- dice mientras se aleja por el pasillo.

            -Tranquilo.

Ignacio menea la cabeza con aire cansino y se enciende un cigarro.

 

            -¿Ves? Ya vamos tarde. Si es que siempre nos pasa lo mismo, y mira que te lo tengo dicho. La próxima vez me voy sin ti, ¿eh? Que el coche también es mío. ¡Anda, arranca!

Ignacio pone los ojos en blanco. Solo el veinte por ciento del coche pertenece a Gabi, es decir, la parte proporcional al dinero que puso. Con toda la tranquilidad y lentitud del mundo del mundo, Ignacio pone la radio, se abrocha el cinturón, mete la llave en el contacto y arranca. A su lado Gabi está de los nervios. Murmura algo mientras, girado en una incómoda posición, repasa que no le falte nada en la mochila que descansa en el asiento de atrás. Es la misma escena de todos los días.

El rum rum del motor resuena por todas partes pero el coche no avanza. Gabi lo mira con exasperación.

            -¿Pero qué haces? ¡Tírale!- exclama moviendo los brazos.

            -El cinturón- responde Ignacio.

            -Venga, no me jodas, Ignacio, que la Uni está ahí al lado. Tú ve tirando que no llegamos y que yo ya me abrocharé…- no termina la frase, así que Ignacio se queda sin saber cuándo se piensa poner el cinturón.

Aun así se pone en marcha.

 

            -Está guapísima.

            -¿Hum?

            -Estrella, que está guapísima hoy.

Gabi levanta la vista del periódico gratuito que alguien ha olvidado en la mesa de la cafetería y que ojea con interés. Le gusta estar informado de la actualidad. Ignacio tiene la mirada perdida en un punto lejano. Gabi sigue su mirada y se encuentra con Estrella y sus amigos que, sentados a varias mesas de distancia, se ríen formando un gran alboroto.

            -Bueno, pues ve y díselo- propone Gabi sonriendo pícaramente ante la expresión anonadada de su amigo.

            -¿Pero cómo voy a hacer eso ahí con todos esos delante?

            -Hombre, ahora no. Digo luego, en un intercambio, cuando se quede sola o algo.

A Ignacio le asusta la idea solo de pensarlo. Se le forma un nudo en el estómago. Sabe que no le saldrán las palabras. Nunca le salen. Lleva mucho tiempo enamorado de Estrella y sin hacer nada al respecto. Prefiere esperar. ¿A qué? No está seguro. Pero prefiere esperar.

            -Te vas a reír, pero tengo miedo. Siento hasta que me tiemblan las piernas. La miro y… me pierdo. Te juro que no sé qué hacer.

Gabi suelta el periódico y acerca su silla a la de Ignacio. Le pasa un brazo por los hombros, amistoso y confidente.

            -Mira, ya sé que da miedo. ¿Cómo te crees que estaba yo la primera vez que me declaré a un chico? Acojonao, estaba acojonao- Ignacio suelta una risita-. Y no recibí la respuesta que quería, pero al menos me sirvió para quitarme la duda de si tenía alguna posibilidad con él. Dile a Estrella lo que sientes, no te quedes con eso dentro. Lo mismo te llevas una sorpresa, ¿eh?

Ignacio, sin apartar la vista de la chica, asiente pensativo. Gabi le da una palmada en el hombro.

 

            -Oye, Estrella.

            -¿Sí?

            -Quería hablar contigo.

            -Dime.

Estrella se para frente a Ignacio. Es muy bajita, o quizás es que él sea muy alto. Sus ojos grandes, sus labios finos y unas suaves pecas que cubren sus mejillas y pasean por su nariz. Perfección.

            -Yo… esto…- balbucea Ignacio. Efectivamente, no le salen las palabras. Con las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones vaqueros, el joven se balancea hacia delante y hacia atrás.

La chica inclina la cabeza y levanta las cejas.

            -¡Estrella, ya está aquí el autobús!- la llama una amiga desde lejos.

El largo vehículo azul se detiene frente a la parada, donde una larga cola de estudiantes cruza los dedos para poder encontrar un asiento libre y evitar así tener que ir todo el trayecto a pie apretado entre la multitud como sardinas en lata. Estrella echa un vistazo atrás y vuelve a mirar a Ignacio con impaciencia.

            -¿Sabes? Ya… ya hablamos mañana, mejor- dice Ignacio torpemente.

La muchacha cambia la expresión de su rostro.

            -¿Estás seguro?- pregunta ligeramente preocupada.

            -Seguro.

            -¡Estrella!- insiste la amiga haciendo señales con la mano. Ya tiene un pie metido en el autobús y el monedero en la mano.

Mientras la ve alejarse con la falda ondeando por la brisa, Ignacio es consciente de que ha dejado pasar una buena oportunidad. Pero no le preocupa. Está convencido de que tendrá más ocasiones. Siempre hay más. De hecho, tiene toda la vida por delante.

A través de las ventanas del autobús, Estrella contempla a Ignacio haciéndose cada vez más pequeñito en la distancia deseando que llegue el día siguiente para saber lo que el chico tiene que decirle…

 

            -¿Otro? Joder, qué asco.

Ignacio ignora el comentario de Gabi y da una calada a su cigarro. El humo se eleva por el aire inundando poco a poco la habitación. Las volutas que se forman lo mantienen hipnotizado. Le encanta fumar. Le relaja. Y más después de la parrafada que ha tenido que aguantar de su amigo a la hora del almuerzo por no haber sido capaz de hablar con Estrella. Al final, no obstante, se había apiadado de él.

El partido de fútbol parece perder importancia a los ojos de Gabi, que está cómodamente sentado en el sofá con los pies en lo alto de la mesita del salón. Una palomita que está a medio camino de su boca vuelve con el resto al bol. Adopta una expresión sumamente seria.

            -El tabaco da cáncer, ¿lo sabes? Deberías dejar de fumar.

Gabi retoma su aperitivo de palomitas, esta vez a puñados de dos o tres. Ignacio se ríe.

            -¿Dejar de fumar? ¿Para qué? Lo mismo lo hago y mañana tengo un accidente de coche - argumenta Ignacio.

            -Ya, sí, bueno, pero morirías bien sanito, limpito por dentro.

            -¿Acaso eso importa? Cuando estás muerto estás muerto.

Gabi parece quedarse sin argumentos. Abre y cierra la boca como un pez fuera del agua.

            -Todos nos vamos a morir tarde o temprano, ¿no?- continúa Ignacio con su tranquilidad característica-. Nadie puede evitarlo. Mírate a ti, por ejemplo. Vida sana: no fumas, haces deporte… pero ahora mismo podrías atragantarte con una palomita y quedarte en el sitio.

            -Venga ya, ¡no me jodas!- exclama Gabi con una risita fingida, pero aleja un poco el bol de palomitas.

            -¿Que no? ¿Tú sabes la de muertes absurdas que hay al año?- dice Ignacio con tono convencido para pincharle.

            -Joder tío, no, no me digas eso que yo tenía un hambre de mil demonios y ahora…- Gabi comienza a farfullar cosas, pero su voz queda ahogada por las carcajadas del otro joven.

Gabi pone el recipiente medio lleno sobre la mesa y, todavía murmurando cosas acerca de que se le había quitado el apetito y la retorcida mente de Ignacio, se recuesta en el sofá con los brazos cruzados sobre el pecho y expresión intranquila. Ignacio, divertido ante la reacción de su amigo, se acerca y le alborota el pelo.

            -… las ocurrencias… ¡Aish!- se queja Gabi llevándose las manos la cabeza para peinarse, y continúa musitando para sí-. Ya me ha dao la noche… Yo no pienso comprar más palomitas, desde luego…

 

            La vida puede ser cruel e injusta. A veces las casualidades parecen producirse de forma fría y calculadora, pero con una lógica tal que es imposible rebatirlas. Porque no puede ser de otra manera.

Aquel lunes por la noche, Gabi e Ignacio discuten. “Coche”, “tabaco”, “Estrella”, “pelo”, “palomitas”, “fútbol”… Un entresijo de palabras sin aparente conexión entre sí dan lugar a un estúpido enfrentamiento que ellos se toman demasiado en serio, como si una olla a presión hubiera estallado entre los dos después de mucho tiempo avisando del peligro.

Ignacio coge las llaves del coche y se va dando un portazo y soltando gritos e improperios. Gabi hace lo mismo desde el interior de la casa.

Tras ponerse el pijama, el joven se sienta en el sofá a oscuras y mira el reloj. Tic, tac, tic tac. Piensa esperar a que vuelva, quizás para seguir discutiendo o quizás para hacer las paces. No está seguro, ya verá. Tic, tac, tic, tac. Los parpados de Gabi pesan demasiado y, tras una dura batalla, acaban por rendirse al sueño. Porque ya habrá tiempo de arreglar las cosas. Siempre lo hay.

El sonido del teléfono despierta a Gabi de madrugada. Por un momento no es consciente de dónde está ni porqué. Con gestos torpes acierta a encender la luz, que le deslumbra, y mira el reloj. Tic, tac, tic, tac. Gabi repara en la cajetilla de tabaco y el mechero que descansan sobre la mesa. Descuelga el teléfono.

            -¿Diga?- pregunta con voz ronca frotándose los ojos.

 

            Ignacio se ha ido. Ignacio se ha ido y no va a volver jamás, dejando su cajetilla de tabaco y su mechero olvidados en casa por primera vez.

Gabi no alcanza a entender del todo lo que le dicen las personas que le rodean, le abrazan y le estrechan la mano. No comprende por qué Ignacio no se puso el cinturón de seguridad aquella noche, motivo por el cual salió despedido por la luna delantera en un absurdo accidente de coche la única vez que habían discutido en toda su vida.

Ignacio y Gabi no podrán pedirse perdón. Estrella jamás sabrá lo que él tenía que decirle al día siguiente.

Gabi se obliga a contener las lágrimas porque no quiere perder la compostura. El traje negro le queda grande y aun así siente que el cuello le aprieta. En uno de los bolsillos alcanza a tocar con la yema de los dedos la cajetilla de tabaco y el mechero. Suspira.

El muchacho es el último del salir del cementerio. Cuando se monta en el coche, del cual solo le pertenece el 20 por ciento, y pone la llave en el contacto, se detiene. Enciende la radio y se abrocha el cinturón.

Gabi asiente con lentitud y se alborota el pelo como habría hecho Ignacio para darle su aprobación. Pese a su profunda tristeza consigue esbozar una ligera sonrisa. Luego arranca y se aleja por la solitaria carretera.

 

 

FIN

 

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