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10 min
Los 3 reyes y la última carga de las Navas de Tolosa
Históricos |
22.10.14
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Sinopsis

Una nueva aventura de Vermudo en esta ocasión en la legendaria batalla de las Navas de Tolosa.

Vermudo llevaba un rato paseando por el campamento, no hacía ni diez minutos que había "aterrizado" he investigaba cuál era el destino de su nueva aventura. Este es su cuarto viaje y ya se está acostumbrando, no se sentía tan desorientado como en ocasiones anteriores.

 Vagaba por unas tiendas de estilo  militar, probablemente de la edad media, a lo lejos escuchaba el ruido de un combate, no se había molestado en mirar a los contendientes, estaba más preocupado en ver lo que hacían unos hombres ataviados con sotanas, parecían religiosos y de muy alto status, le llamaban la atención porque siempre se lo había imaginado como una clase social alta en esa época pero estos parecían bastante humildes para lo bien vestidos que iban.

  Hay un revuelo en el campamento, se acerca un jinete a galope tendido. Del pabellón  más grande que estaba situado en el centro del campamento sale un hombre, tenía porte regio, se notaba que era un caudillo o algo parecido, una persona que estaba acostumbrada a mandar sin que le repliquen. Los monjes que estaba persiguiendo se acercaron rápidamente al personaje que había aparecido de la tienda de campaña, Vermudo no quería perderse nada  de lo que estaba sucediendo por lo que acelera su paso en pos de conocimiento, la manera que el llamaba a cotillear.

 El jinete descabalga de su montura, se arrrodilla en el suelo con la cabeza baja en señal de respeto,  estaba jadeando, se notaba que había venido a la carrera exigiendo al máximo  a su montura, el animal también resoplaba por el esfuerzo.

—Mi rey, los Almohades han parado el ataque de Don López de Haro y están comenzando a contraatacar, nuestra vanguardia esta comenzando a pasar apuros—Dijo el mensajero con voz firme a sabiendas que estas noticias no serían del agrado de su majestad.

 El monarca sale a paso rápido a una loma cercana, sube seguido de su escolta,  los clérigos y de Vermudo como no podía ser de otra manera.

 El paisaje era desolador, miles de hombres luchaban en una loma, los musulmanes comenzaban a bajar de ella atacando con furia, abajo los españoles y aliados aguantaban la acometida a duras penas, era evidente que de un momento a otro cederían ante el empuje almohade, si no se actuaba rápido la batalla estaba perdida.

 El rey se queda pensativo, mira a su alrededor, busca en los ojos de sus subordinados la confirmación de lo que tenía hacer, sin mediar palabra  todo el mundo se pone de rodillas, Vermudo los imita torpemente. Los vasallos habían leído en el rostro de su comandante la determinación que había tomado, iban a luchar. 

  —Soy Alfonso VIII, rey de Castilla, en Alarcos fuimos derrotados, aquel día nos retiramos y juré que nunca más volvería a huir de los musulmanes, hoy en las Navas de Tolosa lucharé hasta la muerte. Dios nos convocó en este lugar y en este momento para defender la fe cristiana y lo haré o moriré en el intento— El caudillo coge su escudo con el símbolo de los cruzados y monta en un gran caballo blanco.

 —¡Viva el rey! ¡viva Dios! ¡viva Castilla!—Comenzaron a gritar todos los presentes allí reunidos, el monarca los miro a los ojos y asintió con la cabeza con gesto agradecido, era consciente que esos hombres le seguirían hasta el infierno si se lo pedía, en su cara se reflejaba el orgullo de liderar a unos hombres tan valientes.

 —Enviar mensajeros a los reyes Pedro y Sancho  y decirles que voy a hacer una última carga contra los árabes— El rey encabeza las tropas que le quedaban en la retaguardia, Vermudo no sabía montar y lo que era más importante no tenía montura, los mira partir triste quería estar cerca, la resolución de esos hombres le hacia presentir que sería una carga épica.

—Sube chico, esta vieja mula nos puede llevar a los dos,  además no tienes pinta de ser un luchador, has compañía a este viejo siervo de Dios y oremos por la victoria de la verdadera religión, rezar será nuestra espada— Era uno de los monjes que había seguido, en concreto el mejor vestido de los que vio. Como siempre Vermudo era reacio a estar cerca de los combates pero su curiosidad volvió a ganar el pulso a su razón y montó en el animal.

 Cuando habían avanzado un trecho se ve a lo lejos dos grupos grandes de soldados a caballos acercándose a toda velocidad, el rey Alfonso los ve venir y espera, Vermudo no conocía esos estandartes pero debían ser importantes por lo imponentes que le resultaban y gracias a  esa parada le dio tiempo a llegar junto a los soldados con la compañía del monje.

 Se trataba del obispo auxiliar del arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada, a Vermudo no le sonaba de nada, pero a lo lejos en el fragor de la batalla se podía ver un caballero en cuya armadura destacaba una enorme cruz roja parecida a la de la orden del temple, estaba en primera linea dando ánimos a los cristianos.

 —Mi señor, son los reyes Sancho y Pedro— Dijo un soldado de la guardia del  rey.

 Se unen los grupos, los tres reyes sin mediar palabra alguna se colocan al frente, se miran y no dicen nada, no era necesario, el orgullo de ser español es lo más grande que tenemos, jamás dejaremos luchar sólo a uno de los nuestros,  no necesitamos que nos encomienden a  Dios para eso ni que nos prometan los más preciados tesoros, antes muertos que perder la honra de dejar a un compañero  en la batalla.

 Los caballeros reanudan el viaje, el asno que transportaba a Vermudo se queda rezagado pero a una distancia suficiente para que pudieran ver todo lo que ocurría, de vez en cuando paraban un poco y el ayudante del arzobispo tomaba alguna notas en un pergamino, tenía pinta que era una especie de diario de la batalla.

 —Señor, ¿conoce algo sobre el cristal de los ancestros? — Pregunta Vermudo al monje intentando usar un tono casual para no despertar sospechas.

 —Nunca he visto uno, pero he escuchado a algunos eruditos de la orden de los templarios hablar sobre ellos, aunque no les haría mucho caso siempre están con el misticismo y las supersticiones, cosas de las que todo buen cristiano debería alejarse — Dijo el monje, aunque la mirada que lanzó  decía que sabía más de lo que contaba pero Vermudo no quiso seguir con el tema por temor a que lo descubrieran.

 Estaban cerca de la batalla, se bajan de la montura y e obispo comienza a escribir de nuevo en su pergamino, por su parte Vermudo se sube a una piedra y observa con atención la batalla que tenía ante si.

 A lo lejos se ve al enemigo lanzarse colina abajo persiguiendo a los españoles, los soldados arábigos estaban seguros de su victoria y atacaban sin prestar atención a lo que se le venía encima. Los reyes al ver esto se bajan la visera del casco y comienzan a galopar,estaban con las lanzas en ristre, eran la mejor caballería del mundo por la gracia de Dios y estaban dispuesto a darlo todo, antes muertos que ver a España conquistada por los musulmanes.

 Bajan las lanzas y a galope tendido impactan con una fuerza demoledora contra las tropas almohades, atraviesan las lineas enemigas sin ningún problema, las tropas españolas que estaban en el campo al ver a los propios  reyes comandar la carga vuelven a atacar con fuerzas renovadas, ellos también eran orgullosos y no iban a dejar que sus señores lucharan solos. Los caballeros que quedaban de las órdenes militares también se unieron a la carga y comenzaron a subir la loma en busca de la llamativa tienda roja de Al-Nasir líder  de los musulmanes que rezaba el Koran mientras transcurría la batalla.

 Los enemigos caían o huían ante la furia asesina de los españoles, Vermudo vio en el cuartel de los árabes a unos negros vestidos de negro encadenados por la rodilla con la mirada de los fanáticos, eso heló la sangre del muchacho. Mas adelante se enteraría que los guerreros de negro eran Los Im-Esebelen la guardia personal del "El Miramamolín" y se encadenaban para mostrar al enemigo que no se rendirían, que lucharían hasta vencer o morir.

  Sancho el rey de Navarra aprovecha un ataque sobre el flanco que él ocupaba y se lanza contra los fieros guerreros encadenados, con unos doscientos caballeros de su séquito y algunos más que el azar quiso que estuvieran allí en ese momento.

   El monarca aniquila a todos los defensores, los cuales fieles a su juramento y fanatismo lucharon hasta morir, sin ninguna excepción. El califa apenas tuvo tiempo de tirar su libro sagrado y huir del lugar, en ese instante la moral de los musulmanes se vino abajo y la batalla concluyo con una rotunda victoria cristiana.

 Al terminar la batalla, el monje que llevó a Vermudos a lomos de su mula, rezó junto con el arzobispo en el campo de batalla con todos los caballeros y soldados cristianos arrodillados, oraron un Te-Deum agradeciendo a Dios el haberles dado fuerzas para conseguir la victoria.

 Vermudo se aparta, sabe que pronto volverá a su casa, se esconde tras un árbol a esperar el viaje de vuelta, al cabo de unos minutos nota que el cristal se agota y se deja llevar, al separar  su mente del orbe puede observar en sus aristas el árbol en el que hace unos instantes estaba agazapado y ve al ayudante del arzobispo examinar el lugar con aire pensativo.....

 El 16 de Julio de 1212, en las Navas de Tolosa los españoles junto con caballeros del resto de Europa, pararon la invasión musulmana y salvaron  al mundo cristiano de ser dominados por los árabes. Fue la batalla más importante de la edad media, la que decidió el curso del destino de España, el punto de inflexión de la reconquista, ya nunca los "moros" volverían a levantar cabeza. Los españoles comenzarían la etapa más gloriosa de su historia, todo ello gracias a la valentía y el coraje de tres reyes que sacrificaron todo por su pueblo, ojalá los mandatarios de nuestros días tuvieran un cuarto de los cojones de lo de aquella época, seguro que mucho mejor le iría a España.

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