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9 min
Los Abuelos del Chirajara
Reales |
16.07.15
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Sinopsis

Santiago Garzón amaba a Fidedigna con la fuerza del Rió Negro en el invierno, con la ternura y delicadeza del roció de las flores en las montañas de la cordillera, con la inmensidad de la llanura oceánica que se extendía hasta el infinito en el oriente, su amor era sublime, como las cumbres inalcanzables a cuyos pies se levantaban Guayabetal y Quetame.

Antes de abrir sus ojos,  Fidedigna Pardo ya había sido arrancada de los brazos de Morfeo por el aroma legendario del café matinal hecho por su marido. Sus fosas nasales se abrieron con fuerza, permitiendo  el paso, hacia sus pulmones ávidos de mañana, de ráfagas de aire cargadas de texturas, aromas y recuerdos. Percibía con gran fuerza el dulzón preveniente del café con panela de su marido, sentía con claridad el olor a parafina y sebo de cerdo producto de las velas de las que dependía su sustento, casi podía ver, como solía decir, el aroma del guayabo en su esplendor, justo al lado de la entrada de su casa.

Cuando finalmente decidió abrir sus ojos, Fidedigna, sintió por un segundo que el techo de su casa había desaparecido y que un cielo profundo, diáfano y trasparente se había adueñado de todo su campo visual, tardo unos instantes, tratando de establecer las dimensiones de esta etérea visión, de esclarecer sus confines, de atarse a la tierra para no caer en sus abismos y placeres. lucho pues, por su autonomía, durante uno de esos instantes-eternidades que solo pueden ser producto de los años o del amor;  recuperó el aliento y dejó de naufragar en el azul cielo plasmado en los ojos de su amado y con una voz tan melodiosa como el manantial del Chirajara, dijo bostezando, - ya hizo el tinto mijo Santiago -.

Santiago Garzón, habitaba junto con su esposa Fidedigna en las inmediaciones del túnel de Quebrada Blanca. Según le parecía, su aspecto no tenía nada de particular, salvo por sus ojos de unos azul marino, capaces de confundir a las garzas al despuntar el alba.- percepción no compartida por Fidedigna, quien presumía que Santiago era el hombre más galante y buen mozo, que había pisado tierra alguna situada entre Caquezá y Pipiral.

Era un hombre jovial y enamorado, laborioso y dedicado, su risa era ligera y sus palabras certeras y a veces crudas. Había sido testigo directo de la transformación de la tierra y de las personas, en una región que lo había parido más de ochenta años antes sabiendo que nunca  la abandonaría. Era fiel devoto de la virgen del Chirajara, amante de las arepas de sagú y capaz de robarle una sonrisa a cualquiera que se topara con él en un día lluvioso.

Santiago Garzón amaba a Fidedigna con la fuerza del Rió Negro en el invierno, con la ternura y delicadeza del roció de las flores en las montañas de la cordillera, con la  inmensidad de la llanura oceánica que se extendía hasta el infinito en el oriente, su amor era  sublime, como las cumbres  inalcanzables  a cuyos pies se levantaban Guayabetal y Quetame.

Los sonidos de la montaña inundaron los sentidos de Fidedigna. Percibía con claridad el retumbar de la quebrada, la quietud y dignidad del flormorado y el sietecueros, la fuerza de la roca en su batalla eterna con los elementos, el resonar de las tejas de lata que recubrían su hogar en celestino juego con el viento matinal.

Con esfuerzo, levanto su cuerpo otrora flexible y dúctil, contemplo las cuatro paredes dentro de las cuales se aglutinaban enseres, ropas, memorias e ilusiones, contempló a su esposo, y por un segundo, los primeros rayos de sol le permitieron sobrepasar el velo impuesto por el amor y la cotidianidad. Lo vio tal cual era, de tez clara, de contextura indefinible, medito sobre su estatura preguntándose si siempre fue un hombre pequeño; en sus años mozos nunca se había detenido a pensar en la estatura de su amado. Recordó el día en que sus miradas se cruzaron, supo entonces que no podría ser de otra manera, que había nacido para él, y desde ese primer día se entregó con ansias y devoción, las mismas que hoy, varios años, décadas o siglos después, pregonaba  él por ella. La amaba  con la convicción y seguridad con la que el colibrí  alimenta su cuerpo de la azucena, la amaba con la paciencia del roble que bebe y se nutre de  la sangre de la tierra, con la constancia de la  montaña  orgullosa que nunca claudica en su búsqueda de la  caricia celestial.

El primer trago de café le produjo una sensación de clarividencia, y acudieron a sus recuerdos tumultos de experiencias, sensaciones, alegrías y desazones. Con claridad se vio a si misma viviendo en una pequeña casa con paredes de madera y techos de lata, a orillas de una carretera que había cambiado tanto como ella misma durante los últimos treinta años. Se vio compartiendo su vida con Santiago, se  vio temiendo por su vida y la de su amado en los tiempos en los que su cuerpo era tan joven como ella, aquella tarde fatídica en la que la naturaleza dio una lección de humildad a la humanidad, sepultando para siempre a cientos de almas bajo las entrañas de una cordillera tan antigua e implacable como el tiempo mismo.

Tomo un segundo sorbo de tinto, mientras  todas las  imágenes que jugueteaban en su mente  se disolvían cual bruma inocua huyendo del  calor del amanecer en las montañas. Santiago hacia los preparativos cotidianos para iniciar una jornada que parecía ser la misma desde tiempos inmemoriales. Se había puesto el viejo y roído pantalón azul que parecía ser una extensión  de su propio cuerpo, continuo con su ritual infaltable de usar camisa  de cuello alto  cerrada hasta el último botón, se  calzo una botas que con descaro pregonaban al mundo los muchos años de uso y abuso de las que habían sido víctimas, se deslizo al interior de una chaqueta de color indefinible, matizada con aportes de diversas índoles y procedencias, finalmente, poso sobre su cabeza una cachucha a medio comer por las polillas, quizás abandonada por alguno de los pocos  devotos que todavía abandonan su camino para visitar al santuario de una  virgen que también había vivido tiempos mejores.

Cruzar el portal de su casa hacia el lozano amanecer  siempre inflamaba el alma de Santiago con un fulgor imperceptible para aquellos, que, pese a las alegrías de la vida, son incapaces de fusionar su espíritu  con el trino de las aves y el llamado de la cordillera.   Sus manos, ásperas, pequeñas  y rudas,  se veían repentinamente  inundadas con torrentes  inagotables de emociones perdidas en el tiempo. Habían pasado varios años desde que finalmente sucumbió a la idea de ser tan viejo como su cuerpo y eso lo tranquilizaba, ya no era necesario probarse nada, ya no se requería entablar abierta guerra con los estragos de los años arrancados a punta de alegrías, tristezas, risas y llantos.

Su hombro fue rozado por una mano suave y temblorosa, llena de coraje, de aguante, de amor, de hermandad. Giro su cabeza con la absoluta certeza de ver al amor de su vida junto a él, de ser miembro de una logia más antigua que la misma humanidad, de formar  parte de algo superior a él mismo, a todos los hombres. Ahí, a su lado, estaba ella, tan frágil, tan imponente, tan dulce, tan  soberbia. La vio  vieja como él y eso le produjo un escozor que caló hasta lo profundo de sus huesos deteriorados por el trabajo  y la humedad, sintió deseos de besarla, no con la pasión adolescente con la que la beso hace muchas primaveras, cuando, por primera vez, sus labios saborearon la ambrosia del primer amor, ni con el afán de agradecerle el sí, pronunciado en el altar cuando sus vidas se fundieron definitivamente en el perihelio de sus días.

Sintió deseos de besarla, porque estaba allí, a su lado, después de todo, pesé a todo. Supo entonces, como lo había sabido siempre, que moriría junto a ella, que moriría por ella y gracias a ella, que cada instante de su vida, cada error, cada acierto, cada huida, cada caída, lo habían preparado para este preciso momento, este momento sublime, en el que  los estragos de la vida desnudaban nuestra alma de las superfluas vanidades, de los celos, del deseo y la pasión, descubriendo una verdad tan absoluta y magnifica que resulta indescifrable  para todos, hasta el momento en el que nuestro espíritu se encuentra en el ocaso de su brillo.

Sintió entonces como todo su cuerpo se dilataba y extendía hasta el infinito, como su ser se elevaba por encima de su casa con paredes de madera y techo de lata, dejando tras de si  la carretera, espectadora de sus días felices y amargos, alejándose  de su querida  y conocida montaña, traspasando los límites de  la cordillera y de las nubes, hasta finalmente fundirse  con el universo magnifico y esplendido,  en ese instante,  Santiago Garzón  miro a los ojos a fidedigna Castro y pronuncio las palabras que aun retumban en el lecho del canon del rió Negro desde los días en que los hombres eran jóvenes y las historias no se habían contado

- voy a vender unas velas mija, no se olvide que la amo.-

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    Santiago Garzón amaba a Fidedigna con la fuerza del Rió Negro en el invierno, con la ternura y delicadeza del roció de las flores en las montañas de la cordillera, con la inmensidad de la llanura oceánica que se extendía hasta el infinito en el oriente, su amor era sublime, como las cumbres inalcanzables a cuyos pies se levantaban Guayabetal y Quetame.

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