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6 min
Los amantes de Praga (I)
Amor |
15.12.19
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Sinopsis

El amor de dos amantes en mitad de una Europa carcomida por el odio.

Cuando llevas un tiempo encerrado en la más completa oscuridad empieza a ocurrir algo insólito, tu cuerpo se desvanece convirtiéndose en una neblina que acaba llenando todos los espacios de la estancia, es algo extraño; pero sucede.

Dicen que cuando pasas más de dos semanas solo en completa oscuridad las secuelas psicológicas son permanentes, imagino que así será, no lo sé. Creo que pasé varios meses ahí metido, envuelto por la oscuridad que aunque me destrozaba por dentro me protegía, porque cuando ésta desaparecía la puerta de la celda se abría y entonces llegaban las palizas, palizas de muerte que me dejaban tirado en el suelo suplicando un ansiado final que nunca llegaba.

Durante esos trances entre la vida y la muerte mi mente abandonaba mi cautiverio y se marchaba a los cafés de Praga apenas tiempo atrás.  Allí, rodeado de damas y de caballeros acariciaba sutilmente mi magnífico piano que dejaba escapar los hermosos sonidos del Vlatava, el maravilloso poema con el que Smetana expresó en notas la inmortal alma del río Moldava.

Fue en una de esas veladas cuando la vi por primera vez, entró al café acompañada de un caballero de edad madura, ella vestía un abrigo de piel para protegerse de las bajas temperaturas dejando entrever por debajo un vestido color carmesí que se ceñía a su cuerpo y avivaba mi deseo. Se sentaron enfrente de mí y pidieron una copa. Yo no podía retirar la mirada de ella, mis manos seguían interpretando a Smetana pero ya sin sentimiento, porque todo él estaba puesto en mis ojos. Ella me lanzaba miradas fugaces al principio; pero poco a poco las miradas fueron haciéndose más constantes hasta que nos observamos fijamente. Fue como si una fuerza invisible y ajena a nosotros nos hubiera alineado al uno con el otro.

Al día siguiente vino sin su pareja. Cuando acabé mi concierto me senté con ella, me sonrió, y al instante una sensación de amor y familiaridad me invadió. Sentí como mi alma al fin había encontrado a su gemela, como si nuestros destinos hubieran estado trazados de antemano cruzando su camino con otros millones de destinos más que entretejen una red infinita en el tiempo y en el espacio.

Allí, en ese café de Praga nuestros destinos se encontraron. La besé, no me importó si la pareja del día anterior era su marido o no, simplemente la besé, ella me devolvió el beso y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Se llamaba Sara.

Afuera los copos de nieve caían suavemente en medio de un invierno helado que azotaba toda la región de Bohemia. Sara estudiaba arte en la universidad Carolina y estaba casada con un industrial dedicado a la fabricación de armamento. Comenzamos a vernos en secreto, viviendo nuestro amor prohibido por las calles menos transitadas de la bella Praga.

Nos convertimos en asiduos de cafés clandestinos donde intelectuales amigos míos comenzaban a avisar del horror que se nos venía encima. Y allí en esos antros entre discursos políticos y poesía interpretaba de vez en cuando a Smetana deleitando a mi amor y al resto de mis amigos. Bebíamos, reíamos y soñábamos y ya de madrugada salíamos de nuestros escondites para pasear nuestra pasión en la noche. Ebrios de alcohol y de amor nos abrazamos en el puente de Carlos, con la vieja torre del puente y la iglesia de San Francisco a nuestras espaldas y el Moldava transcurriendo lento e hipnótico bajo nosotros. Y allí nos dijimos que nos amábamos, que ella dejaría a su marido y nos iríamos lejos de esta Europa carcomida por los nacionalismos y el odio a un lugar donde empezar de nuevo. Yo la miraba y de solo contemplarla sentía estar flotando sobre el Moldava, sobre Praga y sobre el propio Mundo, qué bello es estar enamorado, esa noche le hice el amor en mi modesto apartamento, con vistas a una casa vieja con las ventanas desvencijadas donde decían que Mozart al borde de la locura pasó tres noches buscando inspiración para su Don Giovanni, fue la mejor noche que he pasado en mi vida. Nuestros cuerpos sudorosos se entrecruzaban y entre arrebatos de amor y pasión nos dábamos calor protegiéndonos del duro invierno checo que a mediados de diciembre ya estaba mostrando toda su crudeza.

Los días siguieron, ella dejó a su marido y vino a vivir conmigo a mi apartamento de la calle Martinska. Era un sitio pequeño pero cuando estás enamorado todo es posible. Sara siguió estudiando arte en la Carolina mientras sacaba algún dinero dando clases de alemán a los niños de la burguesía praguense, gente adinerada que pasaba sus inviernos en Karlovy Vary recibiendo tratamientos de aguas termales a la vez que cerraban negocios con gente como ellos, y urdían conspiraciones políticas para quitar o poner a tal o cual en el poder con el fin de que les favoreciera en sus negocios.

Nuestra vida era otra cosa, era el arte y la música, era la poesía y disfrutar cada momento que nos quedaba por pasar juntos en la bella Praga antes de partir hacia América. Dejar la vieja Europa me partía el corazón; pero un cáncer se estaba extendiendo por ella a gran velocidad. Había que irse. Yo seguía tocando el piano en el café, un concierto por la mañana y otro por la noche; pero ya estaba tramitando todos los papeles necesarios para irnos a Nueva York, allí Sara tenía familia que podría ayudarnos hasta que empezáramos a ganar algo de dinero.

(continuará...)

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