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2 min
Los claroscuros de cada segundo
Amor |
04.09.18
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Sinopsis

.

Me gusta ver un caracol tomando el sol. Cada uno tiene sus rarezas, yo tengo las mías, no pretendo demostrar nada, siempre te dije que era muy previsible, muy sencillo y demasiado normal. También me gusta soñar. A Jose Luís, por ejemplo, siempre le digo que la búsqueda continua de sus sueños lo convierten en una persona imprescindible para mí. Conozco a muchas personas y casi todas, con los años, cubrimos los sueños que tuvimos con una patina de realidad y sentido común. Jose Luis sigue persiguiéndolos sabiendo que nunca los va a alcanzar, pero celebra cada pequeño éxito como si acabase de cambiar el destino de la humanidad. Yo, en cambio, sólo sueño con la certeza de que mis sueños se morirán en mí. También son imprescindibles (para mí, para mis adentros) pero sin interés. Y no me importa. La verdad es que cada día me importan menos cosas. Con la edad a lo único que aspiro es que el cáncer que me lleve sea lo menos doloroso posible, y a poder ser que me deteriore poco, nada me gustaría más que dejar un cadaver presentable. Pero, repito, me gusta soñar y lo hago a menudo, como cuando sueño con la elegancia de tu caminar desnudo delante de mí. Como me gustaba verte andar, altanera, orgullosa, soberbia. Se sueña y se ama sin prisas, yo te amé con las alegrías a flor de piel y las tristezas escondidas bajo siete llaves. Los claroscuros de cada segundo. Hay segundos  eternos que nacen de la intrascendencia de una mirada, de la ternura de una caricia, de la mística música que emana de un café compartido. Y esos segundos eternos se pegaron a algún rincón de mi ser y ahora, en el desajuste sentimental que me da el título de abandonado, me salen a borbotones en el  plácido recuerdo de la soledad, ese lugar en donde la nostalgia te puede herir o acariciar.

Contigo llené mi vida de segundos eternos que sólo pude disfrutar y que ahora, en el dolor, ya no me permito ni soñar.

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