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6 min
LOS DEMENTES (LOS RIDÍCULOS)
Varios |
01.02.15
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Sinopsis

–  Ya te dije que lo que necesitás es un psicólogo.

–  Andate a la puta que te parió.

 

Cerró la puerta tan fuerte que casi hizo que las paredes se derrumbara, y quedó mirando la avenida que daba al frente de su casa. Pasó una bicicleta con una chica que lo miró como si estuviera mirando a un imbécil (o tal vez realmente era un imbécil), luego un auto con una familia de salvajes, luego un ómnibus repleto de personas que probablemente también lo consideraban un demente. Tenía muchas opciones; o tirarse debajo de ese ómnibus e ir a otro lugar tal vez mejor, corriendo el riesgo de que allí  también reinaran los imbéciles, tal vez menos, tal vez más, o salir volando y mirar las calles desde arriba, aunque ello ya no era una opción porque le habían cortado sus alas hacía dos minutos. Ahora, sin alas y con veinte pesos y un chicle en el bolsillo, tenía que salir a enfrentar lo brutal, sin rumbo alguno, simplemente andar, como lo hace este relato, que fluye sin saber cómo va a terminar, que puede durar un día, o tal vez dos, o tal vez toda la vida, aunque eso sí que sería ridículo.

 

Caminó y cada paso que daba era aún más indignante que el anterior. Una niña siendo una niña, actuando como una niña, caminando como una niña y no como una adulta, porque era una niña. Un señor sentado en un bar que la vichaba, a quien nadie juzgaría por mirar a una niña, porque solo la estaba mirando, pero que su cabeza probablemente soñaría esa noche con acostarse con ella en su morbo más profundo de pedofilia (o tal vez simplemente era su padre). Una señora maquillándose en el mismo café, pero no miraba a nadie, sino que a ella misma en un espejo que reflejaba a otra imbécil. Un perro miserable contra las ruedas de un auto, o tal vez era un indigente, o quién sabe.

 

Entró a un almacén.

 

– Dame un jugo de naranja. Por favor. – evidente era pedir “por favor” en esas épocas, la gente solía ofenderse si no se tenía ese gesto de amabilidad, porque Dios (de él hablaremos más adelante, o tal vez no, simplemente mencionémoslo), o un ser omnipresente, omnisciente, omnipotente controlaba cada favor de este mundo, y contaba cúantos “por favor” se decían al día como si de eso dependiera el destino de la humanidad.

–  Son veinticuatro pesos.

–  Es que solo tengo veinte.

 

Se miraron. La cajera inclinó sus hombros, con cara de nada. Tal vez su repertorio había acabado. Tal vez nadie nunca en su miserable vida le había dicho cómo actuar ante semejante situación.

 

– Está bien – dijo él.  – Ni siquiera tengo sed– y se marchó.

 

Otra vez,  la avenida. La niña ya era una adulta y por eso caminaba como adulta, el pervertido ya no la miraba y tomaba su café, la señora ya no se pintaba pero ahora reía con su amiga y el vagabundo seguía siendo un vagabundo. Es que habían pasado unos cuantos años dentro del almacén. Los suficientes como para que la niña ya fuera una adulta, y que el imbécil dejara de ser un imbécil. Tal vez habían sido cinco, o siete años. Sería que había madurado, pero siete años en el almacén habían hecho cambiarlo de parecer. Ahora sí necesitaba un psicólogo. Es que la vida en la calle era un tanto ridícula. Ahora ya ni siquiera lo ignoraban. Cada persona que pasaba a su lado lo apuntaba con el dedo y largaba una carcajada. “Seguro pensarán que estoy demente”, pensaba.

 

– Mi trabajo es escucharte.

– Es que no tengo nada para decir – de repente se sintió un tonto. ¿Cómo era que había pedido ayuda sin preparar un repertorio, sin siquiera hacer un listado de los problemas de su vida ordenados por grado de complejidad?

– Y entonces… ¿A qué has venido? ¿Cómo te sientes ahora? ¿Qué te trajo hasta acá?

– Es que me dijeron que necesitaba ayuda – ya balbuceaba, sus palabras se mezclaban, ya no recordaba ni quién lo había obligado a pedir ayuda. Solo deseaba que no le preguntara quién había sido, porque eso lo haría recordar, y si hay algo que no quería en este momento, era recordar.

– ¿Quién? – preguntó la especialista en mentes.

– ¿Quién qué?

– ¿Quién te ha dicho que vengas?

– No lo sé. Apenas lo recuerdo.

– ¿Y qué recuerdas?

– Solo recuerdo que me cortaron las alas.

– Ya veo – dijo la majestuosa señora, mirando las heridas que el corte había dejado en su espalda. Siguió. – ¿Y eso cómo te hizo sentir?

– ¿Qué exactamente?

– Tus alas…

– Ah… eso. No lo sé. Es que ya no sé nada. 

– Los humanos no deberían tener alas.

– Pero es que a mi me gustaban.

– Eso está mal.

– Pero, ¿por qué?

– Porque los humanos no deberían tener alas. 

– Entiendo.

– Son trescientos pesos.

– Es que solo tengo veinte.

– Puedes pagarme la próxima.

– Está bien. – dijo. Se paró, le dio la mano en un gesto de amabilidad exquisito, y se marchó.

 

La niña ya tenía unos cuatro hijos. Se había divorciado de su primer marido, y ahora salía con un señor mucho mayor que ella que solía mirarla cuando pasaba hace algunos años. Una novia esperaba para casarse en la puerta de una iglesia, desde la cual, si se escuchaba con atención, se podían oír las estrofas de un Ave María. Y ahora sí tenía sed. Pero con veinte pesos en su bolsillo no podía comprar un jugo de naranja. Recordó entonces que tenía una casa, de la cual se había marchado años atrás, y en donde probablemente lo esperarían con una sonrisa inmensa, después de todo, finalmente había buscado ayuda.

 

– ¿Y? ¿Cómo te fue? – fue lo primero que le preguntó su esposa ni bien puso un pie en su casa.

– Bien.

– ¿Qué te dijo?

– Que eran trescientos pesos.

– Ahora sí voy a poder amarte.

– Sí.

– ¿Le pagaste?

– La próxima le pago. Es que solo tenía veinte pesos. 

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