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4 min
Los domingos de Cementerio.
Suspense |
20.09.21
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Sinopsis

Sinopsis breve: quien mata a un maltratador...

Domingo en el Cementerio de Ciutat.
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Deberemos convenir que ésta es una historia que no tendría el menor interés, ni por el lugar, ni por los personajes, ni siquiera por los modismos del lenguaje que hablaban los lugareños. Para hacerles a ustedes, queridos oyentes, más fácil el desentrañar las frases de aquellos paisanos, les daré una pista: hablaban el mismo castellano que ustedes y yo, pero, por alguna causa, bien genética, bien histórica –que sobre esto hay controversia-, no pronunciaban la letra “i”; en su lugar pronunciaban una especie de “h” intercalada y ligeramente aspirada. “Bien” era pronunciado por ellos: “bhen”, cocina era cochna o “idea” era “hdea”. Resultaba algo complicado al principio, hasta que uno se acostumbraba a ello.

Rosalinda les entendía bien, pues llevaba  casi un año conviviendo con ellos.
Rosalinda había huido de la ciudad porque había matado a su marido. Su historia era conocida por todos, pues ella misma la contó en el bar social a la semana de instalarse en el pueblo, y tomar su cargo de maestra. La alcaldesa se lo había aconsejado.

- Verás, Rosalhnda, sh quieres que te acepten en este lugar, es mejor que se lo cuentes tú mhsma. Al fhn y al cabo, tarde o temprano se van a enterar…

Y, así, lo hizo el primer domingo que fue al bar tras la misa que oficiaba el reverendo Josemaría. Los domingos, al salir de la misa que congregaba a todos los habitantes del lugar, menos a uno, todos acudían al Bar, al se referían como “La Alegría” (que pronunciaban, obviamente, La Alegrha”).

- Y, ahora, querhdos felhgreses, daos la mano y vámonos todos a La Alegrha! –terminaba siempre el sermón dominguero el mosén.

Rosalinda llegó decidida al bar, esperó a que los vermuts y vinos estuvieran servidos y algún trago echado en el gollete de la concurrencia, y se subió al entarimado donde habitualmente se instalaba la orquesta cuando las fiestas, con un vaso en la mano y un cuchillo con el que golpearlo para llamar la atención del pueblo reunido allí.

¡Clin, clin, clin!

- Escuchadme, amigos. Aunque algunos ya sabéis quien soy –empezó Rosalinda-, permitidme que me presente. Me llamo Rosalinda y soy la nueva profesora de la Escuela. Espero dedicarme con todo el cariño y efectividad a educar a vuestros hijos e hijas.

La interrumpió el cerrado aplauso de la concurrencia. Esperó Rosalinda que los ecos de la ovación se dispersaran para continuar.

- Gracias, gracias –se ruborizó algo-. También tengo que deciros, y espero que esto no sea ningún problema para vosotros, que soy la asesina de mi marido, el bruto Antonio de la Ciutat.

Esta vez, la ovación resultó más acalorada y larga que la anterior.

La fiesta duró hasta la noche. Entonces, el único habitante del cementerio, el sepulturero, cerró las puertas del Camposanto y marchó a descansar a su miserable chabola, no sin antes detenerse a tomar unos tragos de aguardiente al Rincón del Obrero, la taberna de Ciutat. Como siempre, terminaba contando a quienes le quisieran escuchar que en el cementerio, debajo o mezclado  con las tumbas y criptas, existía un pueblo al que iban las almas de los delincuentes y ajusticiados, y quizás la de algún adúltero. Y las de algunos de sus hijos, también.

Al sepulturero lo terminaban echando del bar, borracho, cansados de sus monsergas.

¿Me preguntaréis por qué Antonio de la  Ciutat no estaba en el mismo pueblo que nuestra maestra? Es claro: él fue directamente al infierno, como todos los tipos de su calaña.

Aunque yo creo que todo eso no es más que una leyenda y que después de la vida no hay nada, que vamos a ninguna parte. Pero, por si acaso, me portaré bien con la parienta y cometeré algún delito, quizá robe en el comercio donde trabajo, o me acueste con la dependienta a espaldas de mi mujer.

Por sh acaso, sh. Y por no perderme esos dhverthdos domhngos en el Cementerio.

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