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2 min
Los escritores franceses y el lenguaje
Reflexiones |
15.04.20
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Sinopsis

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Dicen que los escritores franceses son los que han trabajado sobre el lenguaje más que cualquier otro pueblo, pero después de tres siglos, en esta imponente empresa, Maupassant, como otros de sus compatriotas, sintió la opresión de haber llegado, según Henry James, de haber llegado al final del camino. El instrumento expresivo estaba fatigado, y arrancarle nuevos sonidos ya no era posible. Se había llegado al punto de saturación, de marchitez permanente, a la ausencia total de palabras, de frases nuevas, ya todas eran trilladas y retrilladas, todos los pensamientos repetidos y familiares hasta el hastío. Entonces, genios de la lengua como Maupassant, finalmente encuentran su propio centro de equilibrio manejando el mismo material -su lengua materna-, y descubre nuevas armonías, lejos de los medios ya conocidos, con los que se divertía al público y nada se arriesgaba; bastaba estar dentro al candor de la mediocridad.

Maupassant apuntó, e hizo centro, a la simplicidad, a la búsqueda de la sobriedad, porque estaba convencido que por ese camino se llegaba al conocimiento profundo, y no a través de la pirotecnia verbal, de un desbordante proliferar de términos nuevos, de oscuras astrucerías, de complicadas bizarrías, del danzar sobre la cuerda floja de la frase para expresar inéditos matices del idioma y que, entonces, venían propuestas e impuestas. Nuestro autor, por el contrario, llevó su talento y su esfuerzo hacia el descubrir y el distinguir, con extrema precisión, todas las variaciones y potencialidades del valor de una palabra, según el lugar que ésta ocupe en relación a las otras. Más que coleccionar términos raros, él decía, hay que usar menos nombres, menos verbos y menos adjetivos de matices casi imperceptibles, hay que llevar los esfuerzos hacia el construir nuevas y diversas frases, tratando de modelarlas, de darles vida, de enriquecerlas con todo el arte del sonido y del ritmo.

Guy de Maupassant construyó su obra con un lenguaje propio, como lo han hecho, en todas épocas y tiempos, los grandes artistas de la palabra escrita. Esos que nadan contra la corriente del propio tiempo, y descubren nuevos ríos navegables.

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